Viajar sin un rublo
El librito tiene apenas el tamaño de una cajetilla de tabaco y medio dedo de grosor. Las tapas son amarillas, del mismo gramaje que el papel del interior, y el título se acompaña de un dibujo de trazo infantil que parece representar un pájaro. Se titula La práctica de los viajes gratuitos, y lo escribe Anton Krotov, viajero moscovita que sabe mucho de cruzar el planeta sin llevar encima ni un solo rublo. Desde hace más de veinte años, pasa gran parte de su tiempo en la carretera dejándose llevar por quienes tengan la amabilidad de detenerse ante su pulgar extendido, come donde le ponen un plato, y duerme donde le dejan echarse.
Pero Krotov no se entrega sin más al azar de la generosidad ajena. Durante años de práctica, ha estudiado con precisión y objetividad el mecanismo que hace que alguien ofrezca a un desconocido un trayecto en su coche, un plato de comida en su mesa o una habitación en su casa donde pasar la noche, y con ello ha perfeccionado su técnica hasta ser capaz de garantizar esas partes de su viaje casi de la misma manera que un viajero normal cuando compra un billete de autobús. Y esa sabiduría es la que ha condensado en su libro, para que todos los que quieran emularle sepan la manera exacta de hacerlo.
El libro desmiga todas las piezas de esa forma particular de viaje que Krotov practica, y llega así al corazón del hecho mismo de viajar y, en especial, del trato humano que es en última instancia el fundamento del viaje. El autostop, eje imprescindible de su filosofía, queda pormenorizado hasta sus últimos elementos: dónde situarse, qué actitud adoptar, cómo hablar con el conductor, la manera de agradecerle el trayecto, etc. Si no hay coches disponibles, no es un problema. Krotov también dedica capítulos al hidrostop o el helistop, entre otros. Cualquier medio de locomoción es susceptible de servir a un viajero con la suficiente labia y carácter, siguiendo, eso sí, las bien probadas ideas de este particular navegante.
El enfoque de Krotov es científico, frío. Nada de lirismo y nada de ese aire bohemio que uno acostumbra a ver en quienes se apostan en el arcén de las carreteras tratando de conseguir un viaje gratis. Pero en su libro, verdadera Biblia de los autoestopistas rusos, hay también el calor del dogma, de la creencia firme de que viajar según ciertos criterios es una forma superior de viaje, y de que por ello no puede hacerse a la ligera, sino conociendo como mandatos todos esos detalles sobre los que él escribe.
Krotov asegura haber vendido decenas de miles de ejemplares su libro, lo cual es probable que sea cierto. Nadie lo ha de saber mejor que él, porque es él quien lo edita y lo distribuye, y no hay otra forma de conseguirlo más que de sus propias manos. También se venden abundantemente sus otros libros, donde narra las peripecias de sus cientos de expediciones a lo largo de toda Rusia, Asia y África, y que hacen las delicias de sus seguidores, algunos de ellos poco menos que devotos. Pero no vamos a engañarnos, esas otras obras no valen mucho. Krotov es un fuera de serie de la persuasión y el viaje gratuito, pero no tiene madera de narrador ni es un gran escritor viajero.
No obstante, para quien quiera un libro de viaje y no tenga interés en lanzarse a recorrer mundo apelando a la solidaridad ajena, quien prefiera reservar sus hoteles de la manera habitual, o quien quiera sin más quedarse en casa y leer sobre viajes, La práctica de los viajes gratuitos es aun así un texto fabuloso. En su estilo parco y mecánico, en su afán científico, deja sin narrar el viaje como tal y sirve como ningún otro texto para imaginarse a uno mismo viajando allá donde prefiera. Nada tan estimulante como leer sobre esas vicisitudes del viaje —la búsqueda de un transporte o de un alma caritativa que nos ofrezca un poco de alimento—, para que en la lectura nos transportemos a nuestro propio viaje y allí imaginemos todo el resto de la historia.
Krotov es el anfitrión perfecto para un viaje que no existe, para ese viaje soñado que todos tenemos. Y nos lo imaginamos así, sin dificultades, con la asistencia de todas esas buenas gentes que son el viaje en sí y vendrán a echarnos una mano si sabemos pedírselo.
Escribe Krotov en la contraportada del libro que, a fuerza de viajar, uno descubre que el mundo es amable, que la gente es hospitalaria y que en todos los rincones del planeta a uno lo acogen con agrado. Si esta es la verdad que uno aprende viajando, este es un buen libro de viajes, porque al acabarlo, más allá de la curiosidad inicial con que haya iniciado la lectura, le queda claro al lector que hace falta bien poco para echarse a la carretera y descubrir lo que nos rodea. Tal vez no despierte el ánimo viajero como otros, pero hará que veamos nuestros viajes futuros de otra manera. Y al igual que hace el buen viaje, nos convencerá de que, para quienes viajan y para quienes se quedan en casa, el mundo es en general un lugar amable, que no es poco.