Apuntes sobre el rigor cartográfico

La primera en levantar la voz de alarma fue una pequeña casa de subastas que se negó a incluir el mapa en el lote correspondiente, bajo el pretexto de que aquel no era obra original de quien se decía. El estilo, perfectamente imitado a decir de los expertos que evaluaron la pieza, sí se correspondía con los trabajos de Edward Fitzpatrick, el reputado cartógrafo que sirvió a principios del siglo XVIII en la corte inglesa, pero no así las imprecisiones y errores groseros que eran sencillos de apreciar para cualquier observador ducho en los asuntos cartográficos.

La realidad que contaba ese mapa adolecía de una insultante falta de verosimilitud. Bastaba cotejar con cualquier otro de la época para ver lo distintos que eran los rincones que allí se suponían representados. La mayoría de las formas eran erróneas; la mayor parte de las medidas, incorrectas.

El fraudulento artista se había preocupado por copiar la técnica y la estética de los mapas de Fitzpatrick, pero no así su rigor, y había puesto un ridículo empeño en darle el aspecto más evocador posible. Había querido distorsionar el mundo para hacer más atractivo el mapa, un delito de lesa diligencia que ningún cartógrafo cometería con semejante desvergüenza.

La pieza no logró entrar en el mercado del arte cartográfico, y quedó como un mero objeto decorativo sin valor para el coleccionismo. Otras, pese a haber circulado hasta entonces sin despertar sospechas, le siguieron en su camino a la irrelevancia tan pronto como se destapó ese engaño y comenzaron a aflorar en manos de diversos coleccionistas trabajos similares, aquejados todos de idénticas carencias.

Unas pocas pesquisas, y se descubrió que a Fitzpatrick no le había sido encargada nunca la tarea de cartografiar tales lugares. Incluso salió a la luz una pequeña colección de nuevos mapas apócrifos en los que se recogían enclaves irlandeses, y que habían sido atribuidos a Fitzpatrick sin que nadie lo cuestionara. De ser obra del mismo usurpador, revelaban su poco cuidado en la elección de localizaciones: Fitzpatrick nunca realizó ningún mapa en aquel país, y ni siquiera lo pisó durante su vida.

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A través del ventanal amplio y luminoso de la casa de los Fitzpatrick, en lo que entonces era un barrio periférico de Londres, no se alcanzaba a ver el horizonte. Toda la vista estaba hecha de edificios y una calle ancha.

Mary Fitzpatrick pasaba buena parte del día frente a aquella ventana, recordando los tiempos en que solía pasear por esas calles y viajar con su marido, al que incluso siguió en algunos viajes de trabajo. Amaba toda clase de lugares amplios, de paisajes espaciosos. La ciudad no le disgustaba, pero prefería el campo, las pequeñas aldeas, las colinas, los bosques.

Le gustaba caminar, y en otro tiempo había sido una gran caminante. Lo seguiría siendo de no ser por su cuerpo ahora frágil.

Había olvidado buena parte de las imágenes de su infancia y juventud, pero le era fácil rememorar las caminatas de entonces y sus paisajes a través de bosques y valles. Le bastaba para ello recorrer los trazos de esos mismos caminos sobre alguno de aquellos mapas irlandeses que tanto le gustaba mirar.

No recordaba la última vez que había visto un atardecer desde una colina, pero sus mapas favoritos eran aquellos en los que podía leer el relieve, e imaginaba sobre ellos puestas de sol y amaneceres, auroras y arreboles, y cómo habrían estos de verse desde una u otra atalaya.

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Hoy sabemos que esos mapas sí fueron obra de Fitzpatrick. Las técnicas modernas, a través del análisis de tintas y papeles, permiten dar por segura esta hipótesis. Pero aunque la ciencia venga a corroborar la autoría de los trazos, deja sin aclarar el porqué de las imprecisiones y la falta de rigor de estos. Esa explicación, sospechada desde hace años y solo validada por un análisis biográfico concienzudo y el oportuno hallazgo fortuito de los diarios de su mujer, reside tan solo en la sentimentalidad del propio Fitzpatrick.

Igual que podemos afirmar que fue él quien ejecutó los mapas, sabemos hoy con seguridad que también fue él quien pergeñó esas falsedades. No hay duda de que el dibujo salió de sus manos, pero tampoco la hay de que las irrealidades y exageraciones que pintó salieron de su imaginación.

Fitzpatrick perdió a su primera mujer tras el nacimiento de su único hijo, y se casó de nuevo años después con Mary Ferguson, una joven de origen irlandés y familia acomodada. A los cincuenta años, Mary sufrió un accidente que la dejó postrada en cama durante meses, y tras el cual quedó con una salud muy débil. Tan débil que ella apenas podía salir a la calle y pasaba los días en casa, entregada a alguna de sus aficiones y mirando el tránsito de paseantes a través de la ventana.

Mujer apegada a los espacios abiertos y con gran amor por los paisajes de su Irlanda natal, su marido compró para ella algunos cuadros de pintores irlandeses y tema paisajístico, con la esperanza de que aquello pudiera ayudarla a combatir la melancolía y el enclaustramiento al que se veía obligada. Pero más allá de alguna mirada breve y una punta de anhelo de tarde en tarde, no eran las escenas irlandesas de esas pinturas las que mejor servían a aquella causa. Mejor bálsamo era la literatura, en especial los relatos viajeros y algún que otro poema. Y sobre todo, los mapas. Ningún otro arte salvo el de los mapas le resultaba sucedáneo eficaz y verídico de esa realidad exterior de la que ahora se veía privada.

Aquellos, por suerte, no faltaban en casa de los Fitzpatrick. Y de la misma manera que se sentaba a leer una novela, pasaba las horas delante de un mapa, escrutándolo como si tratara de visualizar y memorizar cada rincón para luego ser capaz de imaginarse allí.

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No hay razón para sospechar que Fitzpatrick leyera los diarios de su mujer, aunque es probable que supiera de su existencia. Ella no habla de su costumbre diarística como algo oculto, sino como una ocupación que debía ser bien conocida en su círculo más inmediato, por otra parte lógica y esperable para alguien en sus circunstancias. Si Fitzpatrick supo de la pasión cartográfica de su mujer no fue gracias al recuento que esta hacía de sus excursiones sobre pliegos y trazos, sino por mera observación y sin aplicar más que un poco de suspicacia. Por lo que podemos deducir de sus anotaciones, ella no se lo hizo saber de manera directa, no le habló de la evasión que suponían aquellos mapas, o al menos no con la elocuencia y la sinceridad con que lo describe en las entradas de su dietario.

Fue al descubrir esto que Fitzpatrick comenzó a crear otra clase de mapas además de los que su trabajo le exigía. Conocedor de la geografía personal de su mujer, empezó en secreto a poner sobre el papel los lugares que significaban algo para ella: escenarios de viajes que ambos habían hecho juntos, rincones sobre los que la hubiera oído hablar con emoción en otro tiempo, territorios de su infancia. Y camuflados como si fueran parte de su labor profesional, se los hacía llegar con aquella coartada para que ella pudiera después darse a su juego de exploración imaginada.

Fitzpatrick convertía en cartografía las fantasías de ella, sus recuerdos, sus ensueños. No se servía de los datos o del trabajo de campo, sino de su creatividad y su intuición cartográfica. A veces tomaba un mapa ya existente y lo replicaba, añadiéndole en el proceso los caracteres que sabía que ella encontraba más inspiradores. Exageraba la forma de un río, hacía más conspicuo un pequeño bosque. Otras, si lo que representaba era un lugar que su mujer no había visitado, inventaba todo a la medida de sus deseos. Se aseguraba así de que el mundo que ella recreara después en su imaginación fuera aquel que más emoción pudiera despertarle.

Ya no operaba como un cartógrafo, sino al otro lado de esa delgada línea que separa la cartografía de la pintura, como un pintor de territorios que interpretaba la realidad sobre el criterio emocional de su mujer.

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Al cartógrafo le basta serle infiel a la realidad para dejar de oficiar como simple transcriptor de mundos y convertirse en un creador y narrador de universos.

Fitzpatrick llevaba a casa aquellos mapas como un fruto más de su trabajo, y ella los observaba de la misma manera que lo hacía con otros, acaso con más placer, pero sin intuir la falta de rigor voluntaria en que se sustentaban. Sin ese engaño, las mentiras de esas cartas dejaban de tener sentido.

Lo más probable es que Mary Fitzpatrick nunca sospechara que ese mundo que soñaba a través de los mapas de su marido era irreal y no tenía otro visitante salvo ella misma. Que existía solo en sus pensamientos y en esos papeles pintados. Que estaba hecho para su solo disfrute.

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Apenas se conservan hoy un puñado de esos mapas que Fitzpatrick hizo para su mujer, aunque se sabe que fueron muchos más. No había especial razón para preservarlos y catalogarlos más allá de su atractivo estético, una vez que se aceptó como válida la tesis de que no eran obras suyas. A la mayoría hace tiempo que se les perdió la pista.

Sus otros mapas, los profesionales, los que elaboró sin el sesgo de lo emocional, aparecen de cuando en cuando en alguna subasta humilde. Se venden a precios más modestos que otrora, valorados más por la mera antigüedad que por el prestigio de su autor.

De salir a la venta alguno de aquellos que entonces fueron puestos en duda, es de suponer que alcanzaría un valor mayor, como sucede con lo desacostumbrado y con todo aquello que arrastra una historia de esta clase. Mientras tanto, los mapas oficiales de Fitzpatrick parecen ser ahora piezas menores, porque de qué otra forma podría ser si detrás de ellos hay labor y artesanía, pero no romanticismo ni ternura. Como si, a la sombra de los que creó al gusto exacto de su esposa, estos fueran más correctos, más exactos, pero hubieran perdido toda la ensoñación que siempre ha de contener un mapa.

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