El tormento del té

Viajar se ha de hacer con la mente abierta y cierta tolerancia al disgusto. El mundo es variado y diverso, y no hay nadie con gustos tan amplios como para poder deambular por el planeta sin encontrarse con algo que, cuando menos, le provoque ligero desagrado. Son gajes inevitables de este oficio.

Yo nací con espíritu poco pejiguero y buena disposición a soportar los sacrificios que toda exploración conlleva, pero quiso el destino concederme asimismo una cualidad que constituye tremendo lastre a la hora de viajar y entablar relaciones con otros semejantes. De entre todas mis características, hay una que complica de manera muy notoria mis asuntos viajeros: aborrezco cualquier clase de infusión.

Sé que no suena a problema grave, y que circunstancias más dificultosas son fáciles de encontrar sin echarle demasiada imaginación, pero en lo que respecta a los asuntos del paladar, créanme que nada es obstáculo comparable al de sentir rechazo por esta clase de brebajes.

La historia ha convertido a las infusiones, y en particular al té, en el símbolo de la amistad y la fraternidad universal. No al zumo de melocotón, ni a la leche con chocolate, ni al tinto de verano, ni al caldo de pollo —líquidos todos ellos que merecerían con más razón ese lugar de honor—, sino al té en sus múltiples variedades. Los lazos humanos sobre los que se asientan buena parte de las sociedades modernas se entretejen alrededor de una sustancia aguachinada hecha a base de remojar hierbajos en agua caliente. Para quien, como yo, es incapaz de dar un sorbo de uno de tales preparados sin sentir nauseas, viajar por las culturas del mundo es garantía de poner a prueba frecuentemente el buen funcionamiento de su reflejo faríngeo.

Lugares hay, bien es cierto, en los que el café es más popular y sustituye a la infusión en este papel. También es verdad que las bebidas alcohólicas se encuentran en todas las culturas y han servido desde antaño para lubricar las interacciones sociales de sus habitantes, aunque no son adecuadas para todo momento y tienen efectos secundarios no deseables. Pero si se mira al mundo en su conjunto, es evidente que un vaso de té es una de las expresiones más internacionales de la concordia y el buen entendimiento.

Al viajero aquejado de poca afinidad por la tisana y el cocimiento herbal no le queda, pues, otro remedio que poner buena cara y ofrecer su mejor sonrisa, para al menos compensar el agravio que supone tener que rechazar un vaso de té o verse obligado a echar un trago sin poder evitar hacer una mueca de asco. Yo me he visto en tales circunstancias un sinnúmero de veces, y puedo afirmar con seguridad que es en ellas donde he cosechado las peores miradas de indignación de todo mi historial viajero.

Todavía recuerdo con mezcla de espanto y dulce nostalgia mi primera visita a un bazar marroquí. En cuanto puse mis ojos sobre la primera alfombra, el vendedor correspondiente vino solícito a invitarme a entrar. Cuando le pregunté el precio de la compra, hizo gestos para que me calmara, me propuso tomar asiento, y fue preparando su tetera humeante y un par de vasitos. Como entendí poco después, era su manera de decirme que allí no se negociaba ninguna compra sin antes compartir infusión.

Si el ritual del regateo ya me resulta poco estimulante, saberlo precedido de este otro teatro me provocaba escalofríos. Sin embargo, y por más que lo intenté, no logré convencer al comerciante de que, en mi caso, aquel agasajo no era la mejor estrategia comercial, y que mejor sería obviar la tradición y conducirnos de manera menos ceremoniosa.

El hombre, desconocedor de que un solo trago de aquel vaso me obligaría a obsequiarle un plato de cuscús a medio digerir sobre sus hermosos tapices, insistía en que bebiera. Yo, siempre con mis mejores modales, me negaba en redondo. Y así una y otra vez, sin que él comprendiera que estábamos ante un callejón sin salida.

Cuando vio que yo no estaba dispuesto a ceder, en lugar de saltar directamente a la operación comercial como yo esperaba, se mostró ofendido y me invitó a marcharme de su local. Su gestos eran ahora mucho menos amistosos que aquellos con los que me había recibido.

Enfrenté varias situaciones similares ese mismo día y durante los días siguientes, adquiriendo a cada nueva ocasión más soltura para sortear estos contratiempos. Así ha sido desde entonces, y a día de hoy puedo escabullirme de cualquier intento de invitación a té en cuestión de unos segundos, no siempre, eso sí, sin soliviantar el honor de mi anfitrión.

La vida del viajero enemigo del té es, como digo, un constante despliegue de toda clase de ardides y pequeños sacrificios para salir airoso de esta clase de trances. Si en una visita a Londres un flemático inglés me convida a merendar, dejaré el té enfriarse en su taza de porcelana y comeré medio kilo de pastas para que no dude de mi satisfacción. Si en mitad del invierno siberiano se me obsequia una taza de té hirviente para recuperar el calor, seré capaz de beber un litro de vodka para sustituir a la infusión y aun así mostrar agradecimiento. Y si alguien me invita en Japón a participar en la muy honorable ceremonia del té, directamente echaré a correr sin mirar atrás.

El té es bebida de amistad, y he de confesar que, a pesar del odio que me despierta, también a mí me ha ayudado a hacer grandes amigos. Cuando peregrino en solitario y veo que el destino va a ponerme frente a una taza de brebaje infusionado, me apresuro a buscar compañía entre cuantos otros viajeros logro encontrar, para así poder compartir con ellos aquel episodio. Llegado el momento, disimularé ante la infusión a la espera de que mi compañero termine su bebida. Y entonces, con la celeridad y exactitud de un prestímano, tomaré su vaso ya vacío, lo colocaré frente a mí, y en su lugar pondré el mío aún lleno, efectuando tan flagrante cambiazo sin que nuestro anfitrión se dé cuenta de la operación. Así, ya digo, he forjado grandes amistades, concediendo a mis compañeros de viaje el disfrute de un segundo vaso, y pudiendo gracias a su impagable ayuda poder salir de esos entuertos sin probar ni una gota de tan desagradable pócima.

Muchas son las cosas que uno aprende viajando, y quizás la más importante sea saber apreciar en el regreso las cosas sencillas, los gestos cotidianos. Tras muchos viajes peleando contra toda clase de tés, tilas y manzanillas, tras enfrentarme a toda suerte de bebedizos, y tras no quedarme a veces más remedio que asumir el suplicio de probar las más variadas pociones, he aprendido a valorar los lugares en los que la amistad y la hospitalidad se expresan de la manera más pura y natural posible: ofreciendo al viajero el pequeño milagro de un simple vaso de agua fresca.

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