Campo de nabos

En la jerga francesa, se utiliza para referirse a un cementerio la curiosa expresión «champ de navets», que, en traducción literal a nuestro idioma, vendría a decirse «campo de nabos». El lector español, en especial si es hombre, quizás esboce una sonrisa al escuchar esto y le vengan a la cabeza otra clase de circunstancias, lúgubres e indeseables también, no hay duda, pero de distinta naturaleza. El campo de nabos español, como es bien sabido, es ese frustrante panorama que el caballero castellano encuentra cuando, entrada ya la noche y con ánimo de buscar compañía del sexo opuesto para poner en práctica sus artes seductoras y amatorias, arriba a un lugar en el que espera encontrar amplio público femenino, y en su lugar no halla más que otros machotes como él y en su misma situación. Ya digo, estampa igual de funesta y deprimente que la del camposanto, pero de otra índole.

Hay, no obstante, un lugar en nuestra geografía ibérica donde esta expresión cobra un significa diferente y mucho más alegre, al menos un par de días al año. En Piornal, pueblo recio del norte de Extremadura, celebran cada 19 y 20 de enero su fiesta de «Jarramplas», una festividad de lo más salvaje y sorprendente en la que el nabo (el de verdad, el que crece de la tierra) es el protagonista indiscutible.

La fiesta tiene un planteamiento tan sencillo como impactante: embutir a un vecino del pueblo en un traje acorazado y bombardearle nabos hasta que no pueda resistir más. El disfraz que caracteriza a tan valeroso y al mismo tiempo descerebrado vecino es una prenda de muchas capas de tela adornada con flecos y cintas coloridas, coronada por un cucurucho de estilo nazareno a prueba de toda clase de impactos. Los nabos, de los que con gran generosidad la comisión de festejos del pueblo reparte unas cuantas toneladas, se dejan en montones salpicados por las calles, de manera que cualquier participante pueda surtirse a voluntad y arrojarlos contra el protagonista de la celebración. Y sin más ingredientes que estos, y con la participación enfervorecida de locales y visitantes curiosos, la fiesta tiene lugar.

Nuestro simpático personaje sale a las calles del pueblo y, a la señal acordada, da comienzo la batalla. Con parsimonia, y con la escasa plasticidad de movimientos a la que obliga el inusitado grosor de la vestimenta, el Jarramplas se desplaza errático por el pueblo mientras un inmisericorde vietcong hortofrutícola lo ataca sin contemplaciones. Durante el tiempo que dura la batalla, que puede llegar a alcanzar una hora, el Jarramplas toca un diminuto tamboril en el cual tiene su única manera de comunicarse con sus temporales enemigos. Si hay algún problema, basta con que pare de tocar para hacer saber a los demás que algo no está en orden y es recomendable detener su ofensiva. Entonces el público se toma un descanso, algún otro mozo del pueblo se acerca al colorido muñeco para preguntarle qué es lo que sucede, y cuando han conseguido solucionarlo, uno toma distancia, el otro regresa a su tamborileo, y la comitiva vuelve a lanzar su blitzkrieg vegetal.

Como sucede en todas las fiestas de esta clase, rústicas y un tanto incomprensibles, tan revelador es participar en ellas como observarlas desde fuera. Eso sí, a distancia prudencial. Participar en Jarramplas le pone a uno en contacto con su naturaleza más primitiva, pero ver cómo los demás se entregan al lanzamiento de nabo es un curso acelerado acerca de los impulsos y las pasiones del ser humano. Qué gestos, qué rabias, qué inquinas soterradas durante todo un año las que salen a la luz en esos minutos. Todas las venganzas de un pueblo materializadas en el cuerpo turgente de una sabrosa crucífera. Como experiencia sociológica, no me dirán que no es una maravilla.

Tan simple como parece, participar en la fiesta de Jarramplas lanzando nabos no es en absoluto sencillo. Si uno no tiene una estrategia adecuada y no piensa más que en acertarle al cucurucho del protagonista, lo más probable es que se salga de allí magullado. El Jarramplas deambula sin una ruta predefinida, y cuando en su errático movimiento cambia de rumbo, uno puede verse en el punto de mira de los participantes del bando opuesto. El impacto de un nabo sin ir pertrechado con la protección adecuada no es plato de buen gusto, como bien atestiguan los aguerridos lanzadores de nabos que se ven en esta circunstancia, ya sea por su torpeza o por acercarse demasiado para efectuar un disparo más certero. No son pocos los que salen de la festividad con un buen chichón o quedan noqueados por un nabo mal dirigido.

El público, eso sí, es muy generoso, y después de haberle sacado a uno tres muelas o haberlo dejado tuerto a golpe de nabo, procede con gran soltura a agarrarlo en volandas y sacarlo del epicentro de la batalla. Esto sucede unas cuantas veces a lo largo de la fiesta, y es otro espectáculo en sí mismo.

Podría pensarse, por el carácter violento y brutal de esta fiesta, que se trata de un asunto de sentir masculino, una ocasión para dejar salir los instintos del macho primigenio, y que, además de por la verdura que sobrevuela los cielos piornalegos durante esas horas de marcial deleite, aquello es un campo de nabos en el otro sentido de la expresión. Nada más lejos de la realidad. Junto a los hombres más rudos, las mujeres se aplican con igual pasión al lanzamiento de nabo, y su violencia no es menor que la de los hombres. Al parecer, la mala leche no entiende de sexos, y la necesidad de desahogarse se manifiesta de igual manera en ambos.

Cuando el protagonista del evento juzga que ha recibido un número suficiente de nabazos, detiene de nuevo el tamboril y se despoja de su gorro protector. Una bocanada de vapor sale de su cuerpo recalentado por el pesado disfraz y la excitación de haber sido bombardeado a base de hortaliza durante todo ese tiempo. Quizás, en un último alarde de coraje, volverá a vestirse el capuchón y hará diez minutos más de espectáculo, pero lo normal es que ahí quede la cosa y, tras una ronda de aplausos, la paz regrese a las calles del pueblo y desde allí se vaya a continuar la celebración a alguno de sus bares.

En esas horas posteriores, cada cual aplicado a su cerveza y a su cháchara amistosa, Piornal es el lugar más pacífico del mundo. No hay en la tierra rincón con menos rencores y malos pensamientos, porque han quedado todos disueltos en la recién terminada batalla (llamémosla «batalla nabal», que queda un juego de palabras infantil pero resultón). Guerra más sana no es posible encontrarla, y esta es una de esas tradiciones que parecen incongruentes y salvajes, pero son en realidad inteligentes, civilizadas y prácticas.

En resumen, una celebración muy recomendable a la que acudir al menos una vez en la vida, antes de que nos toque ir a ese otro inevitable campo de nabos donde reposar eternamente.

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