Los otros Caminos

A estas alturas de la historia, no debe quedar ni un solo pueblo en la geografía española (y parte de la extranjera) por el que no pase algún Camino de Santiago. En el mundo del turismo y los viajes, no se conoce una franquicia más exitosa y de tan rápida expansión como la de estas rutas sagradas, Cosa, por otra parte, que no habría de sorprender si se tiene en cuenta que su origen está en ese otro enorme y muy lucrativo franquiciado que abre iglesias allá donde se instala su marca.

Al Camino legítimo, el fetén, el clásico, se le han ido uniendo con el tiempo un sinnúmero de ramificaciones, a cual más sorprendente, y etiquetadas todas como tales en base a las excusas más peregrinas (en el sentido literal de la palabra). Si el alcalde de Alcanfor de las Polillas, insulsa aldea donde jamás se vio pasar a nadie que no fuera pariente inmediato de algún oriundo, o bien, en tiempos más recientes, que no fuera víctima de algún despiste del GPS de su automóvil, se le antoja que su población ha de formar parte de tan distinguida red de caminos, pues así lo proclama y con eso basta. Un azulejo con una concha pegado en lugar prominente de la Plaza Mayor, una justificación de dudosa veracidad sobre por qué aquel rincón del país merece tal reconocimiento, y ya está el plan hecho.

Si esto del Camino de Santiago fuera una marca registrada, sucedería como con las malas imitaciones de bolsos y prendas, y veríamos florecer por doquier rutas alternativas cuyos recorridos, en lugar de venir marcados por una concha de vieira, lucirían una chirla o un berberecho. Pero como parece que a nadie importa que el Camino se reproduzca a voluntad y que cualquier miserable trocha quede investida de tal rango, España está llena de legítimos Caminos de Santiago, aun si por aquellas sendas no pasó jamás alma alguna con intención de llegar a Compostela.

Lo cierto es que, dejando a un lado su autenticidad, echarse a peregrinar por una de estas rutas alternativas es una opción maravillosa para descubrir el país de una manera tan diferente como atractiva. Si se decide a ello, bien sea por querer probar algo distinto o por guardar ridículas pretensiones de presumir más tarde sobre sus elecciones contracorriente, descubrirá ya en la primera jornada de marcha que aquello no es como le habían contado.

Toda esa camaradería de los peregrinos de la que tanto habrá oído hablar, mejor no se haga muchas ilusiones al respecto. No tendrá más compañía que el yermo panorama y quizás una alondra curiosa. Y olvídese usted de esos madrugones innecesarios para arribar temprano a la siguiente etapa y no quedarse sin sitio en los albergues. Aquí podrá dormir a pierna suelta y nadie le disputará el sitio, porque raro será que se encuentre con algún semejante.

En realidad, aunque por ese recorrido circulara un gran contingente, tampoco se vería en la necesidad de pugnar con nadie por un catre en el que pasar la noche, ya que no hay tal cama que disputar. Además de por su menor afluencia, estos Caminos de segunda fila vienen muy faltos de infraestructura.

Y así el peregrino, sin más apoyo logístico que el de una rebanada de pan de molde que olvidó en el fondo de su morral, emprende la travesía del desierto lleno de incertidumbre y en absoluta soledad.

En cualquier caso, qué experiencia es ir a ganar el Jubileo por estas sendas. Con el equipaje a cuestas, la infinita paramera al frente y la falta de compañía, descubre uno el territorio patrio con la sensación de ser un explorador de los de antaño abriendo una nueva ruta en mitad de la nada. La visión periódica de una de esas vieiras indicadoras es lo único que saca al caminante de su delirio y le devuelve a la realidad de estar en el Camino de Santiago, información que va recibiendo cada vez con más incredulidad.

Se sabe de pocos peregrinos que hayan llegado hasta el apóstol siguiendo una de estas vías. Quizás porque desisten a mitad del recorrido, o tal vez porque al llegar a la parte final del camino, más poblada, se ven desbordados ante tal número de semejantes y ni siquiera se anuncian como tales peregrinos. Pudiera ser también que no se sepa de dónde acuden y por qué etapas han pasado, puesto que la cartillita de sellos tan típica de esta romería la traerán aún virgen. Como ya se dijo, infraestructuras hay pocas, y estaciones de sellado más bien ninguna.

Habiendo tantas variantes del Camino de Santiago, y estando todas ellas señalizadas de manera harto similar, también ha de acontecer a menudo que el peregrino confunda la ruta y acabe dando vueltas en círculo. O eso, o que acabe llegando a algún otro lugar de cierto renombre y atractivo, y allí decida que más vale quedarse y no continuar, que qué se le habrá perdido a él en Santiago, y que está tan harto de conchas que no volverá a probar una zamburiña en su vida.

David Peterson, periodista de Nuevo México que no se explica aún en qué momento le pareció buena idea recorrer el Camino de Santiago empezando desde mitad de un baldío de Badajoz, debió sufrir uno de tales depistes. No recuerda bien cómo sucedió, pero para cuando se dio cuenta estaba reservando habitación en un hotel por el que había pasado apenas una semana antes, y solo supo que daba vueltas en círculo cuando el recepcionista, asombrado ante la eficacia caminante del yanki, le felicitó por haber llegado tan rápido a Santiago y estar ya de vuelta.

Así lo recoge en el reportaje que a su vuelta escribió para El Adelantado de Albuquerque, donde se narran con todo detalle las penurias de su epopeya, desde la sequedad y el calor bajo el que penaba cada día, hasta el local de alterne en las proximidades de Don Benito, donde, inocente él, hizo noche creyéndolo refugio de menesterosos caminantes. Confiesa con sinceridad que, en ese momento, ni el ambiente ni el personal del establecimiento le resultaron sospechosos. En su descargo se ha de decir que el señor Peterson aprendió español al otro lado de la frontera de su estado natal, en una estancia de juventud en Chihuahua, y que, siendo que allí el término tiene otras connotaciones, tal vez lo de seguir las conchas lo interpretara de manera distinta.

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