Informe de Moscú

A los escritores se les inculca la concisión como virtud suprema. Releer y eliminar lo superfluo, condensar, preferir la frase corta y directa. Algunos son capaces de ello, a otros la poda les queda excesiva y descompensada y se llevan por delante la sustancia del texto, y hay también quienes, por confirmar con su excepcionalidad esta regla, tienen la habilidad de estirar sin límite las frases y las ideas y aún así no perder la literatura.

El problema de la concisión y la brevedad es que, si no se administra con mesura, puede llevar al empalagamiento. La vida pide algo de relleno fatuo, algo de paja vacía. Se escribe una novela, un relato, un ensayo, y si el trabajo de aquilatarla es demasiado eficaz, queda todo con sabor a aforismo, que es cosa maravillosa pero que ha de consumirse en dosis moderadas.

Informe de Moscú, de José Sbarra, ocupa ni siquiera cincuenta páginas. Son dos docenas de entradas breves de un diario directo, punzante, sin ni una sola palabra de más y sin rodeos. A primera vista es una obra sospechosa de resultar insuficiente, o bien de ser un ejercicio excesivo de contención. Sin embargo, al leerlo se tiene la sensación de estar ante un libro de la talla exacta que necesita, que es además mucho mayor de lo que aparenta. La concisión es esto: reducir lo que uno quiere contar a un puñado de páginas y que no se sienta como algo reducido, pulido, sino como algo que ha crecido libremente hasta su extensión natural.

Hay espacio para todo en esas pocas páginas. Hay un hilo narrativo, un desarrollo, unos personajes, un contexto, un universo tan diminuto como infinito. Hay pasión, amor, desengaño, verdad, mentira, belleza, sordidez. Hay testimonio político (narra el viaje de Sbarra a la URSS para trabajar en la adaptación cinematográfica de una de sus obras, en plena perestroika. El proyecto al final quedó parado a causa de la situación política del país), tiene narrativa viajera de una certeza y claridad sorprendentes, y está lleno de intimidad. Es violento, tierno, sincero, desgarrador y, sin duda, literario. Es, simplemente, un buen libro, un libro pequeño, sí, pero uno con el que, al terminar de leerlo, el lector siente como si acabara de pasar horas frente a una novela de cierta envergadura.

José Sbarra tuvo una vida similar a la de este y otros libros suyos, todos ellos de similar factura: delgados pero profundos, concentrados pero al mismo tiempo espaciosos, literatura que respira y deja respirar. Una vida breve, intensa. Escribió narrativa infantil, artículos en revistas, guiones de televisión y teatro, y en paralelo, para sobrevivir, se ganó la vida prostituyéndose indistintamente con hombres y mujeres. Murió de SIDA a los cuarenta y seis años. El personaje, no obstante, no engulló la obra; fue solo una circunstancia, una inspiración tal vez para el estilo de sus libros, nada más.

Sbarra no vio publicado Informe de Moscú. El texto llegó al papel por primera vez cuando, a su muerte, su familia editó una tirada de pocos ejemplares y los repartió entre los asistentes al funeral. Esa fue durante diecisiete años la única manera de llegar a la obra. La publicación oficial habría de llegar en 2013, cuando salió de imprenta junto a Los pterodáctilos, otro texto ínfimo, aún más mínimo, y de una hermosura incontestable.

En una entrevista pocos años antes de su muerte, Sbarra resumía su vida de esta manera: «Porque para mí la vida siempre se dividió en drogas, sexo y literatura». Sin duda, tenía talento para ser sucinto y preciso. Sin duda, un gran escritor.

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