Contratapa

Hay a quien le gusta leer los periódicos empezando por la última página y deshaciendo el camino hasta la portada. Pudiera ser porque, en esa colección de retales que un periódico es, se puede invertir el sentido sin menoscabo de la información que trae, y al hacerlo de este modo se tiene una perspectiva distinta de la actualidad. También pudiera ser por aquello que algunos dicen de que este movimiento, pasando las hojas de izquierda a derecha, es más natural —al menos si uno es diestro— que avanzando en el sentido habitual. O quizás suceda, sin más, que la lectura, como tantas otras cosas, es más gratificante cuando uno subvierte su orden natural, avanza a saltos, adelante y atrás, y se deja sorprender por los paisajes que así resultan.

Yo no leo apenas periódicos de papel, la verdad sea dicha. Suelo leer las versiones digitales, y ya se sabe que en estas no hay un orden lineal, tales son las veleidades del hipertexto. Pero si leyera periódicos en papel, de esos de hojas grandes, grisáceas y de gramaje escaso, es probable que algunos de ellos los leyera de esta forma invertida. En particular, leería así la edición de los viernes del argentino Página 12, que es un diario que jamás he tenido entre mis manos, pero en el que, en ese día de la semana, Juan Forn escribe algunas de las mejores historias que pueden encontrarse hoy día. Leería el Página 12 desde el final por una mera cuestión de ansia, de deseo, porque es allí, en la última cara —la «contratapa» que llaman allá— donde en esos días aparece la columna de Forn. Yo iría a buscarla sin detenerme en otras noticias, con la impaciencia misma que tengo en su versión digital, y buscaría esa parte de atrás del periódico igual que ahora busco el enlace directo en mi colección de favoritos sin tener que pasar antes por ninguna otra sección del diario. Luego si acaso ya iría retrocediendo y leería el resto. O no, quién sabe; a veces las historias de esas contratapas le dejan a uno descolocado y sin más deseo que el de quedarse quieto, esperar un poco y volver a leerlas.

Los personajes de las historias de Forn son todos reales. No solo reales, sino la gran mayoría de ellos conocidos: muchos escritores, artistas, alguna que otra personalidad varia. Y aun así, tienen todos un aire de ficción inevitable, parece irreal que haya gentes con una vida tan perfectamente urdida, tan idónea para ser puesta en un relato como aquellos. Son vidas demasiado literarias, piensa uno, pero cuando lleva leídas unas pocas de estas historias, se da cuenta de que lo literario no son las vidas, sino los mundos que Forn construye con ellas.

La buena escritura ha de ser concisa, sí, pero la vida no es concisa, es dispersa y llena de altibajos. El mayor talento de Forn es pulir la vida de aquellos que elige como protagonistas de esas narraciones suyas y dejar solo lo esencial, los momentos y los datos mínimos con los que después armar la historia. Lo hace con esas vidas y también con la escritura de otros; es capaz de volver a narrar un relato corto o una novela cuando quiere hablar de ella, y convertirla así en una nueva literatura.

Tiene algo de peligroso leer sus columnas cuando estas tratan de escritores que uno no ha leído, porque al igual que a uno le entran ganas de ir a buscarlos y leer sus libros, se da cuenta después de que esa lectura ha perdido parte de su sentido, de que el alma del texto ya se ha encargado Forn de destilarla y dárnosla en su columna, a veces incluso mejorando la original. Una suerte de «spoiler» dulce, lleno de toda la literatura de esa obra que dinamita, o quién sabe si incluso más.

La vida de Juan Forn se prestaría bien a contarse de esa misma manera que él utiliza. Ingredientes al menos no le faltarían: una familia burguesa de cuyos valores quiere alejarse, un padre ingeniero que desprecia la literatura, un coma pancreático que casi acaba con él, un retiro a la costa a modo de resurrección. No seré yo quien la cuente aquí más allá de ese apunte. Escribir sobre la historia de Juan Forn es demasiado atrevido si uno lo hace en este formato de columna breve, y es algo que solo puede hacerlo él mismo. Algo que, por suerte, hace en algunas de esas columnas suyas que a veces tienen mucho de autobiográficas.

Lo que yo vengo a hacer aquí es simplemente recomendarles dos de sus libros, ponerles tras la pista y que ya luego sea él quien cuente el resto. Los libros son El hombre que fue jueves y Ningún hombre es una isla. Los dos están compuestos con esos ensayitos líricos que nadie sabe escribir como Juan Forn.

Sólo un aviso si son de aquellos que hojean de atrás hacia delante: la prosa y el hilo narrativo de Forn son de una exquisitez milimétrica, no sobra ni una palabra ni un giro. Léanlos empezando por la primera página.

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