Ahí fuera está Caracas
En mi primera visita a Rusia, pasé un mes trabajando en un colegio en el que daba clases de inglés. Cuando mi anfitriona en aquella experiencia me acompañó la mañana después de mi llegada para presentarme al personal del colegio y dejarme ante mi primera lección, un corpulento guardia de seguridad me impidió la entrada al centro. Tuvo ella que explicarle quién era yo y a qué venía, y solo después de aquellas explicaciones accedió el vigilante a permitirme la entrada.La muchacha, que debió verme sorprendido ante aquello, se apresuró a explicarme que la suya era una ciudad de lo más peligrosa, y que ello justificaba la necesidad de un guardia como aquel apostado a la entrada de toda escuela. Noté en ella un cierto orgullo, como si, a pesar de lo desagradable de la situación, se le hinchara el pecho al ver que la inseguridad ciudadana de su villa causaba inquietud en un foráneo como yo, y convenciéndose a sí misma de que tales niveles de peligrosidad eran algo impensable allá de donde yo venía.
Me abstuve de comentarle que lo del vigilante era probablemente una norma establecida sin demasiado criterio, y que, en todo caso, aquel hombre era más intimidante que eficaz. Pese a que por su atuendo militar se diría inseparable de un subfusil de asalto o arma de similar calibre, el objeto más contundente que tenía en su mesa era una tartera de plástico de la que comía una empanadilla recalentada.
Al terminar aquella primera jornada de clase, la chica vino a recogerme y quiso saber si yo necesitaba de su ayuda. Le comuniqué que lo único que quería era descansar un poco, tal vez echar una siestecita, y salir después a dar un paseo. Puso entonces un gesto de pánico y, sin dejarme apenas terminar la frase, insistió de nuevo en recalcar la naturaleza conflictiva del lugar.
—La ciudad es muy peligrosa —dijo lentamente para asegurarse de que yo entendía su advertencia—. No es buena idea pasear.
Y con el mismo aire orgulloso que antes, procedió a darme más detalles y me contó que aquella, aunque no lo pareciese, era la capital de la mafia rusa.
Yo no disponía en aquel tiempo de más rublos de los necesarios para tomar una ensaladilla rusa y algún trago de vez en cuando. Mi aspecto, fruto de una estudiada combinación de desidia estética y falta de cuidado, daba a entender además que mi capital era todavía más exiguo. Salvo que la mafia de ese lugar fuera poco más que una panda de rateros apopléjicos, sería raro que tuvieran interés en alguien como yo, y es de suponer que, en caso de que fuera allí donde se concentrasen, andarían ocupados dando golpes de más enjundia.
No seguí los consejos de mi anfitriona y deambulé por aquella ciudad todo cuanto quise, tanto de día como de noche, y nunca tuve ni el más mínimo problema. Aquellas son, puedo decirlo ahora, algunas de las calles más tranquilas que yo haya visto nunca. Sin ánimo de quitarle a la pobre muchacha el orgullo que sentía, no le hice saber aquello y dejé que creyera que yo pasaba mis tardes encerrado en casa y agarrado a un cuchillo de cocina como medida de precaución.
Años después de aquello, me invitaron a un viaje de trabajo en Venezuela. La organización puso a mi servicio a un conductor que venía a recogerme a primera hora de la mañana y me devolvía a última hora de la tarde, de tal manera que todo mi tiempo allí lo pasaba o bien dentro del recinto del hotel, o bien en el edificio de oficinas donde se desarrollaba el trabajo.
El último día, no obstante, tenía unas horas libres desde el momento del desayuno hasta que viniera a buscarme mi transporte para llevarme al aeropuerto. Por aquel entonces, mi economía había progresado desde mis días de profesor en Rusia, aunque mi estilismo no le había ido a la zaga a mis ahorros. Es decir, que yo tenía algún que otro billete más en el bolsillo, pero el mismo aspecto desaliñado y miserable de entonces, ante el cual ni el más necesitado ladronzuelo mostraría interés. Aun así, la recepcionista del hotel reaccionó igual que aquella muchacha rusa y puso cara de susto cuando le manifesté mi voluntad de salir a mover las piernas por las calles circundantes. Y seguidamente, se lanzó a perorar sobre los peligros que correría allá fuera, donde podía dar por seguro que una surtida caterva de malhechores me robaría de inmediato todas mis riquezas.
La miré con cara de no entender bien. No dudaba de sus palabras, pero yo seguía sin verme como una presa interesante para ninguna clase de delincuente. Como si aquella explicación tan prolija no fuera suficiente para concitar en mí el miedo que ella juzgaba deseable, la mujer optó por ser más concisa y apuntilló vehemente:
—Caballero, ahí fuera está Caracas.
No sé si la buena mujer tendría dudas acerca de mis conocimientos de geografía y tal vez sospechara que yo creía estar en Johannesburgo o en Varsovia, pero sus indicaciones no tuvieron mucho efecto. Le agradecí su consejo, le pedí que custodiara mi exiguo equipaje durante un rato, y me eché a las calles a dar un agradable paseo. Quizás fue una temeridad, no lo sé, pero por suerte volví sano y salvo sin sufrir ningún percance.
Di un par de vueltas a la manzana, regresé al hotel, y esperé a que llegara mi taxi. Lo conducía un muchacho locuaz que, en cuando dejamos atrás aquel barrio y entramos en otros de peor aspecto, se arrancó a detallarme los indices de criminalidad de cada vecindario con la misma pasión y exactitud con la que un americano te cuenta las estadísticas de bateo de su jugador de béisbol favorito.
—Aquí muere cada día más gente que en Irak —dijo para culminar su discurso apocalíptico.
Parecía una apreciación verosímil, y no puse en duda que las cifras fueran las que aquel taxista enunciaba, pero no acerté a entender el tono presuntuoso, casi chulesco, que una vez más acompañaba a esa clase de comentarios. La inseguridad nacional parecía ser un asunto de orgullo patriótico.
Saltemos ahora un par de años. De nuevo en Centroamérica, esta vez en Honduras, para colaborar con una universidad de Tegucigalpa. Era mediodía, y el conductor que vino a buscarme me dejó en un pequeño hotel familiar. Cuando bajé a sentarme junto a la piscina me di cuenta de que el recinto estaba rodeado por un horrendo muro de unos seis o siete metros de alto, coronado por una intimidante guirnalda de alambre de espino. Un cartel fluorescente informaba de que por la alambrada circulaban un montón de voltios.
A la mañana siguiente, intenté salir a hacer algo de ejercicio. Esta vez no fue la recepcionista del hotel, sino el vigilante que hacía guardia en la puerta, quien vino a amonestarme por mi temeridad. Y como viera que yo quizás tenía intención de salir de cualquier forma y no hacerle caso, me mostró la pistola que llevaba en el pantalón mientras me instruía sobre lo imperativo que era portar una de aquellas en ese barrio. Esta vez no encontré orgullo en sus palabras, sino inquietud. Fue suficiente para convencerme.
El profesor de la universidad con el que trabajé confirmó que aquella había sido una sabia decisión cuando me contó que él había perdido en los últimos tres meses un par de ordenadores portátiles, uno de ellos en un atraco a punta de pistola mientras esperaba un semáforo. No menos elocuente fue salir a cenar dos noches después, cuando en el camino de regreso nuestro conductor pisó de pronto el acelerador a fondo y recorrió la ciudad sin detenerse en ningún cruce.
—Había una moto detrás. La gente no sale en moto por la noche, solo los atracadores. Si nos hubiera alcanzado habría que haber usado esto —explicó al aparcar mientras nos enseñaba la pistola que llevaba bajo el asiento.
Yo, que un minuto atrás lo creía un maníaco del volante y estaba decidido a decirle algunas palabras malsonantes por aquella conducción temeraria, ahora casi tenía ganas de abrazarle.
Aunque había quedado claro que correr por el vecindario no era una buena idea, tuve ocasión de caminar un poco cuando la organización me llevó días después a una pequeña ciudad a un par de horas de viaje. Allí, según me dijeron, uno no se jugaba el pescuezo dando un simple paseo. A pesar de ello, me aclararon que más al norte la cosa cambiaba y allí ya todo volvía a ser tanto o más peligroso que en la capital. Y para darle credibilidad a aquellas palabras, me contaron la siguiente historia:
Un conocido de mis anfitriones tenía un familiar de talante emprendedor que había probado fortuna en el negocio de los transportes. Con los ahorros que tenía, había comprado un camión con el que llevar de un lado a otro del país cajas de langostinos (allí llamados «camarones»), un producto que se exporta después al mercado europeo. La ilusión del hombre, sin embargo, había quedado truncada cuando, en su primera expedición, cometió el error de cruzar una de esas zonas conflictivas y fue asaltado. Perdió en un solo envite la carga y el vehículo.
—Pensaron que los camarones eran empanados, y así, claro... —dijo quien narraba la historia como si aquello lo explicara todo.
Yo no acertaba a entender que un poco de rebozado barato fuera la causa de tal desgracia, pero al verme con cara de estar perdido, me aclararon el asunto: en la jerga local, se denomina «empanado» al envió que, entre cada dos bandejas de crustáceo, lleva intercalada una de cocaína.
De los profesores con los que trabajé en Tegucigalpa, dos vinieron de visita a España meses después, donde fue entonces mi turno de oficiar como anfitrión. Se dijeron encantados de estar allí, y cuando se les preguntaba por lo que más les gustaba de nuestro país, no hablaban del clima o la comida. Lo que más valoraban era poder pasear a cualquier hora del día sin preocupaciones. Esa y no otra era para ellos la mayor riqueza de aquella pequeña ciudad extremeña que les acogía.
Un día, cuando íbamos a salir a tomar café, me di cuenta de que uno de ellos escondía su cartera en un bolsillo interior del pantalón, y que además separaba parte del dinero en otro lugar. A pesar de sentirse más seguro que en casa, seguía manteniendo esa clase de precauciones antes de salir a la calle.
—No sabe uno lo que puede pasar ahí fuera —me dijo entre risas al ver que yo le miraba, como justificándose.
Me acordé de aquella recepcionista de hotel en Venezuela y de sus advertencias. Y en honor a ella, puse una cómica voz de indignación y reprendí a mi acompañante por mostrar aquella falta de confianza:
—Caballero, ahí fuera está Plasencia —le dije.