India en tres lecciones y una coda
Sentado en su moto-taxi, Biblap Biswas toca la bocina. No hay ningún otro vehículo delante del suyo, ni tampoco un peatón imprudente que se haya lanzado a la calzada con menos precaución de la recomendable. De hecho, su simpático tuk-tuk está parado junto a la acera mientras él utiliza un mondadientes y aguarda la llegada de un posible cliente. Pero, fiel a la costumbre india, Biblap Biswas acciona el claxon por mera inercia, sin más razón que la de oír el reconfortante trompeteo del que es capaz su triciclo motorizado. Repetirá ese mismo gesto cerca de dos mil veces a lo largo del día, de manera inconsciente, independientemente de las condiciones del tráfico.Primera lección india: la función del claxon no guarda relación alguna con la seguridad vial; es un simple hilo musical.
El turista, apostado no muy lejos en esa misma avenida, picotea sin prisa una bolsa de patatas fritas, único producto comestible que ha podido encontrar que no pone en riesgo la integridad de su intestino grueso. Biblap Biswas, sabedor de que tiene ante sí un cliente, se acerca sin disimulo a ofrecerle sus servicios. Un minuto después, y por la módica cantidad de cien rupias, el turista viaja por las estruendosas arterias de la ciudad, sin sospechar que su breve periplo le dejará como secuela permanente un acúfeno digno de una estrella de rock en continua gira.
En su ensayo Yo conduzco, Brahma me guía: intentos de educación vial en India, Karl Klaksohn describe de la siguiente manera la realidad del uso de la bocina en las calles de este país:
El bocinazo de un claxon es a un vehículo lo que una flatulencia o un buen regüeldo son a un ser humano: sonoro aire expelido que resulta grosero y desagradable para quienes han de sufrirlo, pero que procura un innegable y muy necesario alivio para aquel que lo ejecuta. Qué triste se antojaría la vida si no estuviéramos capacitados para el pedo y el eructo, y qué poco sustancioso —piensa el conductor indio— sería hacer kilómetros si no le pudiéramos dar un buen achuchón a la bocina cuando ello nos viniese en gana. Y siguiendo esta filosofía tan sencilla, millones de conductores se lanzan al tráfico indio a hacer sonar sus trompetas de la manera más arbitraria posible.
Al igual que las normas sociales que regulan el buen uso ciudadano de la ventosidad y la expulsión oral de gases varían según las culturas, y lo que en un lugar es ofensa en otro torna elogio, las costumbres relativas al claxon también se demuestran de lo más variopintas. A este respecto, no hay en el planeta una sociedad más tolerante que la india, pues no existe en este país momento ni circunstancia en la que no se pueda obsequiar al compañero de calzada con un buen puñado de decibelios.
Se estima que, tan solo en el periodo de clases prácticas previo a la obtención del permiso de conducción, el conductor indio medio hace sonar la bocina de su vehículo más veces que el conductor medio noruego a lo largo de toda su vida al volante. Eso en el supuesto de que hiciera falta carnet de conducir en la India o se hubiera instalado ya la primera autoescuela del estado, cosa que está aún por suceder.
Biblap Biswas deja en la puerta de su hotel al turista, quien, al bajar del moto-taxi, pone su pie sobre la bosta sagrada de una vaca. Tal y como ya sospechaba, no ha sido buena idea copiar la indumentaria local y calzarse unas chanclas de playa como hacen la mayoría de indios, y ahora se arrepiente de esa decisión y echa de menos las gruesas botas con las que hasta entonces acostumbraba a viajar.
Mientras se dirige a la ducha para limpiar de excremento vacuno y otras suciedades sus pies, se mira en el espejo y descubre que no solo aquellos presentan un estado deplorable. Su camisa, impecable cuando esa mañana comenzó su jornada turística, parece ahora el uniforme de un mecánico tras haber cambiado la junta de culatas de un trolebús soviético. El turista maldice la ciudad y pone doble dosis de jabón en su esponja de baño.
Biblap Biswas ha terminado su jornada laboral y vuelve a casa con sus bien ganadas rupias. Sobre la puerta de entrada, siguiendo la tradición, le recibe un icono de la diosa Ganesha con su rostro de elefante. Al mirarla, cree oír cómo sale de su trompa el sonido de un claxon orquestado y musical, similar al que acostumbra a sonar en una pista de coches de choque.
Sentado en su moto-taxi, Ranjit Kapoor escupe. No tiene la boca seca, ni tampoco un sabor del que quiera librarse. Pero fiel a la costumbre india, Ranjit Kapoor masca gutka, una mezcla de tabaco y otras sustancias levemente embriagadoras que adorna y colorea las bocas y salivas de buena parte del país, amen de las fachadas donde sus consumidores proyectan los restos sobrantes tras el mascado. Aunque de tono parduzco antes de entrar en contacto con la saliva, la gutka adquiere un color rojizo cuando esto sucede, y manchas de esta tonalidad pueden encontrarse en la mayoría de paredes, suelos y esquinas del país. Para el visitante desprevenido, las calles de la India pueden parecer un matadero de porcino, cuando no el escenario de una sangrienta masacre.
Segunda lección india: los indios escupen mucho, pero no se asuste; aunque tenga ese color, no se trata de sangre.
El del señor Kapoor es un lapo con las características habituales de tales expectoraciones: rojo algo anaranjado, consistente, de un volumen aproximado de un par de cucharillas de café, quizás más, y que en su trayectoria parabólica viene a caer a la nada despreciable distancia de cinco metros, justo a los pies de un moto-taxi cuyo conductor acaba de hacer sonar la bocina.
El turista, que ya termina un nuevo día de visitas, llama la atención del señor Kapoor cuando lo ve aproximarse, y este se detiene de inmediato para invitarle a montar. Conocedor del efecto favorable que un buen gesto tiene a la hora de acordar el precio del viaje, le obsequia al potencial pasajero la mejor de sus sonrisas, y sin más dilación comienzan el preceptivo regateo.
El turista, no obstante, tiene dificultades para entender la cifra pedida por el chófer, quizás por el escaso nivel de inglés del que este hace gala, o tal vez porque su atención se encuentra dirigida, no sin cierto espanto, a aquella sonrisa cuyo color óxido no acierta a explicarse.
Se entenderá mejor la sorpresa del turista tras leer las palabras del prestigioso doctor B. Rackets, quien en su libro Shiva necesita una endodoncia: un odontólogo de viaje por Rajastán, escribe lo siguiente acerca del devastador efecto de la gutka sobre la salud bucodental:
La cavidad bucal de un indio mascador de gutka es una intrigante gruta anegada de líquidos ferruginosos, flanqueada por dientes de similar tintura y aspecto de estalactitas milenarias. Podría, con algo de imaginación, verse en ella cierta reminiscencia vampiresca, de no ser porque aquellas criaturas chupasangres lucen poderosas dentaduras con firmes y afilados colmillos, y las del mascador de gutka son normalmente deficientes, con más espacios en blanco que piezas dentales, y aptas para poco más que comer papillas infantiles.
El turista, que en sus años mozos fue aficionado a las películas del oeste, no tarda en deducir que su conductor ha de mascar alguna forma de tabaco, y el recuerdo le lleva de inmediato a esos tipos recios que veía en la pantalla del televisor ataviados con sombreros de vaquero y botas de montar, que disparaban sus negros esputos segundos antes de hacer lo propio con dos balas de su revolver sobre el pecho de un forajido. Imagen muy cinematográfica y llena de virilidad, piensa para sí, a diferencia de esta que ahora contempla. Pero qué puede uno esperar, se dice, si aquí en lugar de botas de cuero y espuelas el calzado de rigor son las chancletas de playa.
Cuando Ranjit Kapoor deja al turista frente a su hotel, y mientras recibe de aquel las cien rupias que cuesta el trayecto, proyecta un nuevo gargajo bermellón que vuela en dirección a la entrada del establecimiento. El turista evita cuidadosamente pisar el lugar en que este ha caído, pero aun así lava sus pies nada más entrar en la habitación.
Ranjit Kapoor llega a casa satisfecho con el dinero que ha ganado en este día. Antes de entrar, escupe una ultima vez frente a la imagen de la diosa Ganesha que preside su hogar. Aquella le devuelve un escupitajo verde hecho de restos de bambú.
Sentado en su moto-taxi, Anand Chopra ve pasar un barquito de papel que se aleja en la distancia. No está junto a un riachuelo o un arroyo, ni siquiera junto a una fuente. Pero fiel a su cita con el ciclo de las estaciones, el monzón ha llegado ya y acaba de descargar su primer aguacero, convirtiendo, con la inestimable colaboración del insuficiente sistema de alcantarillado, las calles en canales navegables. Apenas veinte minutos después del comienzo de la lluvia, la calle donde está aparcado con su vehículo tiene ya cuatro palmos de agua, que fluyen con velocidad y turbulencia suficientes como para tumbar a un elefante.
Tercera lección india: Nunca viaje al país en temporada de monzones, salvo si es usted aficionado al descenso de aguas bravas, cursa estudios de hidrología torrencial, o tiene interés en saber cómo funciona una alcantarilla a cielo abierto.
En realidad, lo que circula por esa calleja que ahora hace las veces de cauce fluvial no es un barquito de papel, sino el envoltorio de una bolsa de patatas fritas, que navega calle abajo junto a tres docenas de similares envoltorios, cuatro zapatos desparejados, y una tela multicolor que da la impresión de ser un cadáver amortajado discurriendo por las aguas del Ganges.
Si Anand Chopra ve un barquito de papel en lugar de un desperdicio, es no más por un ataque de nostalgia infantil, o bien por ese pensamiento recurrente que le asalta en época de lluvias, cuando se pregunta por qué no quiso el destino convertirle en gondolero veneciano —posición que reputa más elegante y distinguida—, siendo que también él lleva viajeros de una parte a otra de la ciudad a través de canales inundados.
Desencantado al volver a pensar en tamaña injusticia, Anand Chopra escupe con furia la baba color óxido de su boca. Esta va a caer una decena de metros más allá y es arrastrada por la corriente, diluyéndose su coloración en la tonalidad oscura de las aguas, que pese a haber caído prístinas desde los cielos pocos minutos atrás llevan ya un matiz cromático similar al de las deposiciones de un dromedario diarreico.
El turista, que es hombre de secano y viene de un país donde lo que llaman aguacero aquí no alcanzaría ni a orvallo, contempla acongojado la descomunal riada. Mareado ante tal magnitud, estima que aquello ha de ser el celebre Orinoco, cuando no el mismísimo Amazonas, pues jamás vio pasar ante sí caudal semejante.
Doblando la esquina, Anand Chopra viene oportuno a rescatarle de su inminente naufragio. El turista, con el rostro iluminado, salta sobre el moto-taxi, se acomoda en el asiento, y por la correcta cantidad de cien rupias es conducido a la seguridad de su hotel a través de un oleaje que haría zozobrar a una goleta de tres mástiles.
Reproducimos a continuación el elocuente testimonio de M. Cachola, doble campeón de Australia de surf, quien, en su libro Vishnu lleva bermudas: mi historia surfeando en la India, escribe lo siguiente:
Sin duda la experiencia más intensa de mi carrera profesional fue aquella vez que intenté recorrer sobre mi tabla una calle de Nueva Delhi. Había hecho surf antes en aguas infestadas de tiburones, algo que entonces consideré bastante extremo, pero la sensación de cabalgar esas enormes olas de color café, y con todos esos tuk-tuks circulando furiosos a mi lado, es algo que no se puede comparar con nada.
La tabla terminó magullada y con una dentellada en el frente. Hay quien dice que fue un cocodrilo, pero yo creo que sería alguna rata. Vi varias docenas de ellas pasar sobre mi cabeza cuando recorrí el tubo de una de aquellas olas.
Cuando pone pie a tierra, el turista comprueba que el agua le llega por la rodilla y amenaza con hacerle perder el equilibrio. Por entre los dedos de sus pies, siente pasar un envoltorio de chocolatina y un mucilaginoso papel higiénico, y piensa que habría sido conveniente traer sus botas de agua en lugar de chanclas, y que en mala hora se le ocurrió tratar de mimetizarse con la población local de aquella manera tan ridícula.
Anand Chopra vuelve a casa, deja su moto-taxi, y entra buceando en la vivienda. El retrato de la diosa Ganesha que adorna el quicio de su puerta ha estirado la trompa hacia la superficie y respira por ella a modo de snorkel.
En la poco carismática pero reconfortante asepsia del aeropuerto, el turista respira aliviado. Fantasea con su regreso a casa, con la tranquilidad de su ciudad, e incluso con la insipidez de la comida de a bordo, gracias a la cual podrá de nuevo alimentarse sin tener para ello que elegir entre sufrir hemorroides o salmonelosis.
En la tienda libre de impuestos, compra para sus sobrinas unas figuritas muy graciosas con la imagen de la diosa Ganesha. Se pregunta entonces si, entre la miríada de deidades que conforman el imaginario del hinduismo, no habrá otras que correspondan a animales menos fotogénicos que el elefante o el león, como pudieran ser la ladilla o el percebe. Y ya que se aventura en disquisiciones así, se pregunta también por qué todos los iconos de los templos jainistas que ha visitado tenían esos ojos saltones y ese rictus ausente, quedándoles un aspecto como de muñequito de Lego aficionado a las anfetaminas. Se ríe con estas suposiciones.
Por un momento, piensa que le gustaría prolongar su estancia en el país para dar respuesta a tal clase de cuestiones, y quién sabe si profundizar en la espiritualidad de la cultura india. Diez segundos después, llega a la conclusión de que es mejor idea buscarlo en Wikipedia.
Cuando, en el control de seguridad, el encargado le indica que no es necesario descalzarse, el turista se alegra por primera vez de llevar sus chanclas de piscina.