En la dirección equivocada
Una nueva noticia sobre la aceptación de la mujer en la Iglesia, y no falta quien se apresura a darle rango de conquista y celebrarlo. Que la mujer vaya ganando derechos que siempre debió haber tenido es sin duda una gran noticia. Que su papel en la sociedad sea más justo y se avance hacia la igualdad entre hombres y mujeres también lo es. Ahora bien, ¿qué valor tiene para las mujeres el ir consiguiendo igualdad dentro de la Iglesia? ¿No es esta acaso una lucha equivocada y ese un logro tan estéril como ridículo?
Es necesario cambiar la actitud de la gente, de las instituciones, y de muchos otros elementos de nuestra sociedad hacia las mujeres, porque estas forman parte de todo ello inevitablemente y se ha de garantizar que puedan ocupar su lugar con los derechos adecuados.
Las mujeres tienen libertad para armar y dirigir grupos de pensamiento, doctrinas filosóficas o cultos religiosos de toda índole. Y si no lo tienen, se ha de luchar para que dispongan de esos derechos de manera similar a los hombres. Lo que no tenían, y que van poco a poco ganando con estos supuestos avances, era el reconocimiento, en tanto que iguales y con capacidad de liderazgo, dentro de un culto particular, en concreto el de la Iglesia católica, cuyas ideas fundamentales han sido y siguen todavía siendo denigrantes para las mujeres. Siendo así, ¿qué interés tiene para una mujer pertenecer a la Iglesia católica y avanzar en su jerarquía? ¿Qué lleva a una mujer a querer ser parte de una organización con esas creencias? Si se trata de buscar un avance, ¿no sería mejor mantenerse fuera de esa organización y combatirla desde fuera?
Con estos logros, se está rompiendo una barrera, no hay duda, pero ¿qué hay al otro lado de esta? En el mejor de los casos, nada, ninguna mejora notable de entre las que persigue el feminismo. En el peor de ellos, algo negativo que, a la larga, puede incluso causar más daño que beneficio en la lucha por los derechos de las mujeres. Porque reafirmar a la Iglesia católica y darle una pátina de feminismo no puede ser visto como un avance en ese sentido, sino incluso como un retroceso.
En cierto modo, celebrar que una mujer consigue cambiar ciertos planteamientos en la Iglesia católica y obtiene poder dentro de su jerarquía no es sino celebrar que un miembro de un grupo social oprimido logra ascender dentro de una organización que oprime o rechaza a ese grupo social. Hay causas mejores que abanderar y hechos mejores que celebrar, como por ejemplo la desaparición de esa organización opresora, o que ese grupo social tenga poder y libertad suficiente para organizarse de manera autónoma e independiente, y combatir con éxito ideas así de dañinas. Eso es a lo que debemos aspirar, no a «infiltrar» con éxito mujeres en un entramado que tiene como fundamento la idea de que la mujer es inferior y que basa sus principios en un credo de ideas similares.
Resta, además, entrar a valorar la propia naturaleza de la Iglesia como organización creada alrededor de creencias y dogmas. En una sociedad moderna y racional, lo celebrable sería ver que la Iglesia pierde influencia y que las mujeres, a medida que ganan libertad y empoderamiento, pierden interés por todo tipo de asuntos religiosos. Porque la lucha por los derechos de las mujeres, como toda lucha, se ha de basar en la razón y en los hechos, no en las creencias ciegas o el dogmatismo.