El inodoro soviético




Sabido es por todo trotamundos experimentado que los esfínteres son músculos tímidos y de querencia hogareña, y que suelen mostrarse recatados y poco activos cuando el viajero deambula por allende sus territorios de costumbre. Todo viajero es de naturaleza estreñida, eso es un hecho incontestable. Ahora bien, si un viaje a través de Rusia resulta lo suficientemente largo y a quien lo efectúa se le concede la fortuna nunca bien ponderada de hacer de vientre, una de las primera cosas que advertirá tal viajero es la particular morfología de sus inodoros.

Hablamos aquí del inodoro soviético, cada vez menos popular en la Rusia moderna, pero sobre el que asentaron y asientan todavía sus proletarias y revolucionarias posaderas un buen número de camaradas. Con la caída de la Unión Soviética y la llegada del capitalismo, el retrete convencional va conquistando el mercado, pero su hermano soviético todavía se resiste a desaparecer y sigue despertando a partes iguales la sorpresa del viajero y la melancolía del evacuador local. Porque, si el olfato es el sentido de la memoria, ¿qué nostalgia puede uno imaginar más nutritiva que una en la que concurren los aromas de la deposición, el reposo de una confortable banqueta de porcelana, y la intimidad de un excusado?

El inodoro soviético es en realidad de origen alemán, aunque los teutones —pueblo de gentes refinadas a las que uno no acierta a imaginar en las impúdicas labores de la deyección o repasándose con un cuadradito de papel la comisura del ano—, abandonaron hace tiempo el diseño que ahora nos ocupa.

Se caracteriza este inodoro por la presencia en su interior de una plataforma sobre la que se deposita el cargamento, que en lugar de precipitarse hacia el pocillo de agua desde las alturas nalgares, queda allí, sobre tan plácida terraza, a la espera de que el agua venga a arrastrarlo. En nuestro sanitario habitual, la hez va directa hacia el infierno de las cañerías, mientras que en el caso ruso queda en una suerte de purgatorio, aguardando el juicio final que habrá de dictarse al tirar de la cadena.

Las ventajas de este diseño son principalmente dos. En primer lugar, se evitan las molestas salpicaduras en caso de que el proyectil evacuado sea de gran tonelaje. En segundo lugar —y este es al parecer el motivo principal que hizo surgir esta clase de tazas— el sujeto defecante puede proceder a escrutar su obra con detalle una vez que concluye la operación, pudiendo de esta manera detectar problemas de salud de su organismo a través de aquella.

Para el viajero extranjero, poco o nada ducho en el arte del examen fecal, la visión puede resultar algo grotesca, aunque bien es cierto que esto lo compensa después el movimiento grácil y dichoso de la bosta, que al ser arrastrada por el agua se desliza con una plasticidad de estética ciertamente admirable, cual hoja liviana en un riachuelo otoñal.

Si al viajero le llama la atención el inodoro ruso, es también probable que le despierte curiosidad un fiel compañero suyo: el papel higiénico. En el caso del papel ruso, y más especialmente en su versión soviética, el viajero se fijará en él principalmente por dos características: viene enrollado sin presentar un agujero en el medio, y es de una aspereza capaz de pulimentar el mármol. Ahondemos algo más en esta última propiedad.

La evolución ha dotado al hombre soviético y post-soviético de un ojal con gran resistencia al papel de elevado gramaje. La indiferencia que presentan a la rugosidad y rigidez del papel es tan legendaria que incluso, en tiempos de guerra, el enemigo ha empleado este hecho para obtener ventaja táctica.

Sucedió este episodio histórico tan escatológico durante la Guerra Fría, cuando americanos, ingleses y franceses desarrollaron una de las más brillantes operaciones de espionaje jamás concebidas: la «Operación Tamarisk». La estrategia era simple a la par que efectiva: entorpecer el suministro de papel higiénico desde Alemania para forzar a los rusos a utilizar otra clase de papeles en sus retretes. A falta de la suave celulosa germana, los rusos, con su característico estoicismo a la hora de acicalarse la embocadura del recto, suplían la carencia echando mano de lo que tenían disponible.

De todos es sabido que el pueblo ruso ama la burocracia, y si en el baño faltaba el rollo clásico, nada mejor que un poco de papel timbrado para sustituirlo. Por ejemplo, el de uno de esos muchos documentos estratégicos que abundaban en toda oficina soviética que se preciara de serlo. Si bien el pueblo ruso estaba preparado para soportar cualquier clase de papel, no sucedía lo mismo con sus cañerías, que quedarían bloqueadas ante una celulosa tan rígida. Los folios así usados iban, pues, a la basura. Y de este modo, sin más que esperar a que la digestión de los burócratas rusos llegara a su fin y se limpiaran el culo después con algún informe clasificado, la inteligencia americana, rebuscando más tarde en la basura, consiguió información de valor incalculable.

Reconocerá el lector que una operación de tal ingenio es digna de una mente tan retorcida como privilegiada. Reconocerá también que pocas imágenes históricas se antojan tan sugerentes como la de un miembro del politburó sacándose brillo a la trasera con un documento de alto secreto.

Al igual que en el caso de los inodoros, los nuevos tiempos han traído consigo un declive en la popularidad de este rollo clásico, que sigue, sin embargo, haciendo las delicias de los nostálgicos, siempre y cuando, eso sí, no se vean aquejados de hemorroides.

Pero no son ni el inodoro de plataforma ni el áspero papel quienes mejor retratan a este país en sus momentos de retiro y evacuación. Para eso es necesario incorporar a la mezcla un elemento fundamental de este país: el frío. La imagen más auténtica de lo que significa para un ruso hacer sus necesidades la encontramos en la letrina rural siberiana. No hay casa de campo que se precie que no disponga, junto a la vivienda principal, de una pequeña casita de madera equipada con un agujero de profundidades insondables al que arrojar cuanto el cuerpo ya no necesita. En verano, no hay mucha diferencia entre esta y la letrina que uno puede encontrar en cualquier lugar del mundo, pero cuando el gélido invierno siberiano hace su aparición, comienza entonces la construcción paciente de un montículo de orín y pequeños excrementos, alimentado por todo aquello que el usuario no atina a encestar a través de la oquedad correspondiente. Gota a gota, el helado volcán va creciendo hasta convertirse en un enorme sorbete de tonalidades parduzcas y reflejos dorados, y ninguna imagen se antoja tan impactante como esta para el viajero desprevenido.

Si en lugar de a la escritura yo me dedicara al mundo de la imagen, grabaría sin duda uno de esos vídeos en donde la vida se ve pasar a velocidades inusitadas, y mostraría todo este proceso geológico condensado en un par de minutos. El deshielo de esta formación helada, aunque de una épica algo menor, tampoco ha de ser espectáculo despreciable.

En resumen, que la Madre Rusia tiene sus particularidades a la hora de evacuar aguas tanto mayores como menores, algo que, por otra parte, se antoja cierto en casi cualquier lugar del mundo. También, por supuesto, los rusos tienen costumbres a este respecto que no sorprenderán al viajero, por ser similares a las que se encuentran a lo largo de todo el planeta, entre ellas la de llevar consigo algo de lectura para momentos tan íntimos. Rusia es un país de lectores, ya sea en el metro, en la cama, o entre flatulencias y micciones.

Si el lector tiene intención de viajar a Rusia, me permito recomendarle que lleve este libro en su equipaje para disfrutarlo durante sus excursiones al retrete, pues es evidente que constituye una lectura muy acorde con tales ocasiones. Eso sí, por mero respeto a quien esto escribe, le pediría que no utilizará después sus páginas para limpiarse el culo. Gracias de antemano.

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