Conservatorios

A quién ha aprendido a tocar un instrumento fuera de la formalidad de un conservatorio, por ejemplo siguiendo la tradición oral con la que los folclores vienen transmitiéndose desde antiguo, no le resultará extraño que, si su desempeño es solvente, se magnifique el mérito por el simple hecho de haberlo obtenido de aquella manera. Alguien, normalmente cercano, le obsequia un halago y, sin mala intención sino todo lo contrario, añade para reforzarlo una coletilla del tipo «y además, sin haber estudiado música», creyendo que así corrobora la valía del músico, pues sin haber existido tal estudio toda la virtud no ha de ser sino puro talento natural.

Afirmar que un músico que no ha seguido una formación reglada no ha «estudiado música» es tan ridículo como decir que un escritor extranjero no ha estudiado lengua y literatura, por no ser en nuestro idioma que ha escrito sus obras. Es obvio que sí que ha estudiado, y con tanta o más dedicación y esfuerzo que quienes escriben en nuestra lengua, si bien con un corpus lingüístico distinto. Son nuestras arbitrariedades culturales quienes establecen como referencia un idioma, pero no por ello hacen menos válidas las otras alternativas. De la misma manera, músicos distintos en diferentes tradiciones musicales aprenden conceptos tal vez similares pero con enfoques y nomenclaturas propias de cada cual. Ninguna de ellas es inferior a las demás, por mucho que la normatividad académica se apoye en los elementos de unas y no de las otras. Lo que está claro es que nadie consigue ser un músico competente sin estudio y práctica, ya sea que se siga una u otra pedagogía.

Hay en estas frases, aun si buscan mayorar un halago, un tono condescendiente tanto hacia el músico como hacia la forma musical que practica. Uno se ha convertido en tal músico a pesar de estudiarlo de esa forma, lo que indirectamente presupone unas limitaciones en esta.

La idea que subyace tras todo esto es la de un clasismo artístico, más reprobable aún si cabe que el mero clasismo social, porque no solo rebaja a unas personas en favor de otras, a unos géneros y sus intérpretes en beneficio de otros, sino que además ignora una cualidad fundamental del arte: la independencia entre su valía y la condición social del artista, sus circunstancias o sus métodos. El arte es arte por sí mismo y, una vez que toma forma, todo lo que lo antecede o circunda resulta irrelevante.

En el prólogo de su libro Sobre la guitarra flamenca, Manolo Sanlucar escribe que él podría tocar en cualquier lugar, incluso en un gallinero, a condición de que las gallinas guardaran silencio. Esa es la principal verdad del arte: la irrelevancia del contexto, del origen, del destino, y el valor sin embargo fundamental del respeto por la forma artística, ya sean unas u otras las circunstancias de esta.

Va siendo hora ya de respetar todas las formas artísticas por igual, con independencia de sus historias. Esto es, respetarlas por su propia calidad y sin prejuicios, sin observar si entra dentro de esta o aquella categoría. Es hora de admitir que cada forma artística como tal viene condicionada por su origen, por las verdades de que se alimenta y por cómo son, en lo social y en lo humano, aquellos que las han definido, pero que la calidad o falta de ella no son valores intrínsecos a ningún género artístico. Quizás así entendamos que el valor de una persona, como el del arte, está solo en ella misma y no en sus circunstancias.

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