Sretenka 9
La última vez que estuve en Moscú, la cadena rusa de libros Dom Knigui tenía en el número 9 de la calle Sretenka una de sus tiendas. Me pareció una bonita coincidencia, toda vez que fue allí, en esa misma dirección, donde setenta años antes estuvo situado el hoy desaparecido Museo del Libro Infantil.
Había leído sobre aquel museo y no llevaba otro propósito más que curiosear el lugar, pasar por delante, mirar la fachada, jugar un poco a esa nostalgia impostada de los lugares que uno cree añorar sin haber siquiera llegado a conocerlos. Pero ya que el destino hilvanaba las cosas con tan acertado capricho, aproveché para entrar y mirar algunos libros.
En Rusia, el imaginario de la literatura infantil se nutre todavía de las obras de antaño, como demostraban los álbumes de Chukovski o Marshak, las grandes figuras soviéticas del género, que encontré en la modesta sección infantil de la tienda. En sus ediciones originales, aquellos mismos libros estarían sin duda en las estanterías de ese museo hoy sustituido por esta otra clase de almacén literario.
No tenían, sin embargo, ningún libro de Yakov Meksin, autor menor que escribió en aquella misma época unos treinta libros de poemas para niños. Tampoco estaba su tratado pionero sobre las ilustraciones en los álbumes infantiles, descatalogado desde hace décadas a pesar de la relevancia que entonces tuvo. Pero lo que sí estaba en cierta forma era la huella de su obra maestra, que no era un libro sino muchos, y que vivió en ese mismo edificio bajo la forma del museo que él fundó y al que dedicó los últimos años de su vida.
Enamorado de la literatura infantil, Meksin consagró a ella toda su carrera. Escribió libros, publicó estudios sobre el tema, fundó editoriales y revistas para niños, organizó exposiciones dentro y fuera de la Unión Soviética, y en 1934 fundó y dirigió el primer museo del país dedicado al libro infantil. En la tercera planta de ese edificio en Sretenka 9, donde organizaba sin descanso toda clase de actividades para pequeños lectores y adultos aficionados a esa misma pasión suya, llegó a recopilar más de sesenta mil volúmenes.
Habrían sido más de no ser porque el 9 de enero de 1938, en el apogeo de la Gran Purga estalinista, Meksin fue acusado de actividades contrarrevolucionarias y condenado a ocho años de prisión. Moriría cinco después en un campo de trabajo en el lejano este ruso.
Como tantas otras, las acusaciones que llevaron a Meksin a un Gulag no tenían apenas fundamento, e igual de injustificada fue la decisión del gobierno soviético de no acabar solo con él, sino también con su trabajo. El museo fue cerrado bajo la ridícula acusación de ser una entidad apolítica, y su fondo bibliográfico puesto en manos de la Academia de Ciencias Pedagógicas de la URSS, que en teoría habría de ocuparse de administrarlo. En la práctica, la gran mayoría de los libros se perdieron por el camino.
No hay a día de hoy en Rusia un museo como el que Yakov Meksin puso en marcha, ni una colección de libros infantiles del mismo valor que la que él consiguió atesorar. Y el destino, al parecer, ya no se anda con tanta sutileza a la hora jugar con su memoria como lo hacía en esos días de mi última visita: la librería ha desaparecido, y en su lugar hay hoy una frívola tienda de delicatessen.