Hierbas
Con el mundo al ralentí, las ciudades se nos han llenado de pequeñas plantas silvestres. Aparecen en los caprichosos ángulos entre las aceras y los edificios, en el pequeño oasis de tierra que deja la falta de un adoquín, incluso en el asfalto no lejos de un bordillo.
Malas hierbas, dicen quienes además de fealdad ven en estos puñados de verde una señal funesta de abandono, el recordatorio de que los últimos tiempos no le han sido propicios a nuestras rutinas. Otros, por el contrario, se apresuran a reivindicar el valor de esos vegetales humildes, fundamentales para la biodiversidad y el equilibrio ecológico aun si su estética es cuestionable desde el aséptico canon de belleza de las urbes. Armado con una tiza, un botánico francés se echó a la calle a etiquetar todas esas supuestas malas hierbas y darles así, a golpe de taxonomía, el rango que merecen.
También se dieron a crecer sin control las hierbas apenas un par de meses después de que yo me instalara en este pueblo. El jardín de una de sus casas, bien cuidado en esas primeras semanas, se fue convirtiendo en un vergel salvaje sin que nadie viniera a ocuparse de acicalarlo. Supe después que el dueño, a quien ni siquiera había tenido tiempo de conocer, acababa de morir. Ante la vista de aquella vegetación tan llena de vitalidad, dejé anotado en mi diario: «Se confirma que la vida de unos es señal de la muerte de otros».
Aquí no hacen falta circunstancias excepcionales para que las hierbas se aventuren a las carreteras; en todas ellas, estrechas y poco transitadas, hay siempre un eje de verdura inevitable. En la primavera, en esos islotes de mitad de la calzada, incluso se asoman algunas flores muy blancas que mi hija gusta de señalar cuando paseamos juntos. Al contrario que en las ciudades, no son síntoma de ningún olvido, sino de la tranquilidad de la vida en estos lugares, del paso comedido y justo de vehículos e historias.
Otras plantas, tanto aquí en el campo como en las ciudades, han perdido su vigor en estos días. Para encontrar estas hay que levantar la vista y buscar en los balcones las macetas secas, indicios de una falta tristísima, la de quien se ha ido y no vendrá ya más a regarlas como entonces. La muerte de unos corre en paralelo a la de otros, eso habría que escribir ahora.
Hoy son las hierbas y plantas, mañana serán otros símbolos distintos. Nos escribimos en todas esas grafías involuntarias del paisaje, en las que cada día publicamos puntuales nuestros ritmos. Al igual que hacemos con las palabras, con ellas acertamos a contar, para bien o para mal, el espectro completo de nuestras emociones.
El juego es aprender a leerlas, a desovillar a través de ellas el relato que hay siempre a nuestro alrededor. El sentido de la vida no está sino en su narrativa. Es allí donde encontramos el consuelo de al menos ir dejando tras de nosotros esta otra suerte de literatura.