Gané la luz

Una de las mayores decepciones de mi vida me la llevé con apenas diecisiete años, una mañana de verano en el poco reseñable pueblo zamorano de Tábara. Tábara es un pueblo sencillo sin ningún interés particular, donde un día de 1884 vio la luz el poeta León Felipe. Con aquellos diecisiete años, y al igual que sigo haciendo ahora, yo profesaba una peculiar admiración por él desde que algunos años antes descubriera su poesía. Y fue allí, a Tábara, a donde aquella mañana de verano convencí a mi padre de llevarme para poder así satisfacer mis inquietudes literarias.

No contaba yo en aquel entonces gran experiencia viajera, y desconocía que no hay error más fatal que anticipar los lugares a los que te diriges e imaginar las emociones que esperas sentir una vez llegues. Mientras durante el camino pensaba en lo que me aguardaba y creía preparar el terreno para una inminente epifanía, en realidad iba sentando la base para un decepcionante encuentro con una realidad muy distinta de la que mi juvenil ilusión había soñado.

Supe desde nada más llegar a aquel pueblo que ese no era el lugar que creía. Había pocas señales que delataran cualquier tipo de orgullo por su ciudadano más relevante. A cada esquina esperaba por fin hallar un símbolo que demostrara que aquel era el sitio tal como lo había imaginado, una señal inequívoca, pero aquello no sucedió. Encontramos un colegio con su nombre y, después de preguntar a un par de personas, llegamos a una casa con una placa que indicaba su lugar de nacimiento. Eso fue todo. Aparte de aquello, nada era distinto a otro pueblo, no había más huellas de su paso.

¿Dónde estaban las estatuas que yo iba buscando, o tal vez las estrofas escritas en letras grandes en uno y otro lugar como celebración del viejo poeta? ¿Dónde podía encontrar guiños a sus poemas, a sus personajes y figuras, todas tan fáciles de tomar para crear mil y un objetos que honrasen su legado?

Perdí pronto el interés por seguir buscando. Mi padre insistió en dar otra vuelta, pero yo sabía que no había ya nada que pudiera encontrar. Porque no eran los símbolos lo que en realidad yo echaba en falta, sino un cierto espíritu poético, un intangible de palabras grandiosas y llenas de significado que aquellas calles y aquellas gentes no poseían. Tábara se me antojó un lugar cuya verdad no había de ser escrita con poesía ninguna, un entorno donde alumbrar poemas resultaba particularmente desangelado. No me faltaban allí efigies de León Felipe, retratos de León Felipe o bronces con los versos de León Felipe. Me faltaba la pasión de León Felipe, la humildad valiente de León Felipe; me faltaba la poesía de León Felipe.

A veces uno olvida que los hombres más grandiosos o las gestas más heroicas nacen y tienen lugar en sitios comunes, y que son esos hombres y esas gestas quienes por un momento dan un nuevo valor a esos lugares, un valor fugaz que acaba desapareciendo las más de las veces. En Tábara, la luz que en su día dejara el poeta hacía ya tiempo que, para mis ojos de adolescente ilusionado, se había extinguido sin remedio.

Tábara y aquel día de mi juventud quedaban muy lejos en tiempo y espacio cuando hoy cogí un tren a miles de kilómetros de allí y encontré en el asiento de enfrente a un hombre que leía un libro de León Felipe: Ganarás la luz. Era un ejemplar pequeño, un volumen de bolsillo de papel parduzco y con aspecto muy viejo, probablemente alguna edición sudamericana. La escena era tan inesperada que al principio reparé únicamente en el libro y me esforcé en descubrir disimuladamente sus detalles, intentando atisbar algo más de su cubierta cuando el hombre pasaba una página y movía los dedos dejando a la vista alguna parte antes oculta de esta. Después empecé a darme cuenta de lo peculiar de aquella situación, en otro país lejano, con un idioma distinto, y con un hombre que leía un libro en castellano que distaba mucho de ser algo habitual en un lector viajero por aquellos lares.

Pensaba en ello con la vista perdida sobre el libro, como tratando de leer a su través, y al cabo de un rato el hombre debió darse cuenta y me lanzó una mirada intrigante.

—Buen libro —le dije, como tratando de explicar mi curiosidad mientras hacía un gesto de aprobación con la cabeza y lo señalaba.

—¿Hablas español? —respondió en castellano con una pronunciación inequívocamente extranjera, y con menos sorpresa de la que tal vez yo esperaba.

—Sí. Soy español.

Él se limitó a asentir con la cabeza dejando entrever una sonrisa.

--Me gusta —añadió mientras movía lentamente la cabeza y me acercaba un poco el libro.

—Yo he estado en Tábara, donde nació —dije sin saber el porqué—. Pero no es muy interesante.

Respondió con una inesperada cara de curiosidad, abriendo mucho los ojos pero sin decir nada. Después echó un rápido vistazo al libro como para recordar el número de página y lo cerró lentamente. Y sin darme oportunidad de continuar con aquella conversación, perdió la vista en el paisaje al otro lado del cristal, dándome a entender que no tenía interés en seguir hablando.

Con extraño gusto, empecé a recordar lo poco que se había grabado en mi memoria de aquella mañana. Recorrí en mi mente las imágenes vagas de algunos lugares y recordé el momento en que encontramos aquella placa ya casi sin emoción alguna. Por primera vez desde ese momento, tuve también algo de orgullo de haber estado allí, una certeza de que había valido la pena el viaje y que ahora, a pesar de que aquel hombre no parecía estar demasiado interesado en mi aventura, me hacía alegrarme de un día haber visitado ese lugar. Más aún, la reconfortante revelación de que, pese a entonces haber creído que volvía sin nada, realmente no salí de allí con las manos vacías.

Las deudas morales pueden pagarse en una moneda distinta a la recibida, y a veces uno lo hace sin apenas quererlo, en un momento involuntario en el que de pronto te asalta la sensación de haber dejado atrás una afrenta hacia ti mismo de la que creías que ya no podrías resarcirte. Y basta una breve conversación con un desconocido para sentirse en paz con algunos de los muchos demonios que guardas dentro.

Cuando el hombre se bajó en su parada sin siquiera despedirse, me sentí de pronto en paz con ese pequeño pueblo al que probablemente nunca vuelva, y también con mi padre que aquella mañana me siguió pacientemente por sus calles en busca de algo indefinido. Me sentí en paz con la memoria de alguien a quien nunca conocí pero de quien aprendí tanto, y con cada uno de sus versos que había leído y releído hasta ese momento durante ya muchos años. Y, sobre todo, me sentí en paz con ese poco de fe que entonces creí haber perdido mientras volvía a casa decepcionado, y tuve un dulce regusto de labor bien realizada, una satisfacción de deber cumplido.

Empezaba a ser tarde cuando llegué a mi parada y no tenía un lugar donde quedarme, pero no me parecía aún el momento de buscar un hotel. Preferí caminar unos minutos sin rumbo pensando en todo aquello, disfrutando de un nuevo punto de vista sobre mis viejos recuerdos. Después entré en un bar y me senté en una mesa vacía, la misma donde ahora estoy terminando de escribir esta historia mientras bebo una cerveza.

Esta va por ti, León, dondequiera que estés.

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