Lazadas

Visto en fotografía, años después y con la madurez que me faltaba entonces, el brazo amputado de mi abuelo luce mucho más perturbador de lo que lo recuerdo en mi infancia. Lo hace en los retratos veraniegos de ropa ligera, donde se le asoma de la camisa aquel muñón tan breve, pero también en los de tiempo frío, vestido con jersey, en los que llama la atención la fantasmagoría de una manga flácida y sin nada en su interior que desciende hasta perderse en el bolsillo del pantalón, allá donde él la anclaba con una punta de vanidad no exenta de un cierto humor negro. Nunca, cuando niño, encontré aquello extraño ni incómodo. Ni siquiera le pregunté a mi abuelo por qué él, a diferencia de los demás, tenía un solo brazo. Más aún, creo que ni siquiera me lo pregunté a mí mismo.

Supe después, cuando ya él había muerto, que el brazo lo perdió en la guerra, que apenas era mayor de edad cuando aquello, y que el trance de una amputación en tiempos así, como cabe esperar, fue doloroso. Y aunque no se lo oí contar a él, escuché decir que, cuando este tema del sufrir salía en la conversación, se apresuraba a comentar que sí, que fue un tormento horrible, pero que no era lo peor que había padecido. Ese dudoso honor le correspondía a aquel día en que una supuesta víbora le mordió en un tobillo, y el galeno que lo atendió, a falta de antídoto, estimó como solución más adecuada que metiera la pierna en un balde de agua hirviendo. Eso, decía, había sido peor tortura.

Aprendí también la historia de una fotografía suya que había visto en casa, una en la que aparece bebiendo de una jarra de cristal. Se la habían hecho en una competición de bebedores de cerveza, de las que al parecer ganó más de una.

Yo no recordaba haberle visto nunca beber cerveza, todo lo más un vaso de vino en las comidas, pero quién sabe, quizás la memoria de un crío no guardase como es debido esa clase de asuntos. Mi madre y mi tía me confirmaron que aquellos recuerdos no eran errados, porque mi abuelo, hombre de paladar sufrido, acostumbrado como tantos a las escaseces y miserias de la posguerra, comía y bebía lo que hubiera sin quejarse, pero había una única cosa que le disgustaba: la cerveza. Y sin embargo, sabedor de que tenía cuerpo y sed suficiente para aquellos retos, participaba en ellos porque en esos tiempos no tenía otra manera de llevar a casa las pesetas suficientes.

Con estas pinceladas y otras similares, le queda a uno una historia jugosa, con su pizca de drama y redención, su heroicidad doméstica, mucho más de lo que necesita un nieto para sacar pecho y orgullo familiar. León Felipe escribió aquello de «un mi abuelo que ganara una batalla», y no hay duda de que yo tuve uno de tales, aun si la única batalla en la que se puede decir que venció mi abuelo es la que luchó contra sí mismo y su circunstancia.

A pesar de todo ello, la hazaña de él que más me impresiona y más recordaré es la misma que ya me maravillaba en aquellos años de infancia, cuando aún no conocía el resto de su historia: con una sola mano, mi abuelo era capaz de hacer unas lazadas perfectas en sus zapatos. Y no solo en los suyos, sino también en los míos, con una soltura que yo, que aprendía entonces con torpeza mis primeros nudos, no era capaz de igualar a pesar de tener dos manos para ello.

Me acuerdo de las lazadas tan bien compuestas que hacía mi abuelo, un prodigio más valioso que todo ese linaje suyo de esfuerzos y penurias. Su historia de superación la resumía así, en el bucle simétrico y preciso que dejaba en mis pies antes de darme su única mano y llevarme de paseo.

Me acuerdo mientras mi hija llega a casa del colegio y se quita sus zapatillas sin cordones, de esas que se ajustan con la ayuda mucho menos poética de unas tiras de velcro, y cuando después hablamos por teléfono con mi padre, su abuelo, y nos dice que se ha sentado a beber una cerveza.

La épica grandiosa da bien para la cinematografía y la novela, pero lo que apuntala la felicidad y la nostalgia son los detalles mínimos, las conquistas discretas. No viviremos mañana en el recuerdo de nuestras gestas, sino en el de nuestros pequeños gestos.

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