Una ciudad, un libro y el gozo del disgusto

A veces es una suerte que a uno no le gusten ciertas cosas. En aquello que dicen de que sobre gustos no hay nada escrito, puede ser mayor don el no emocionarse ante algo que el saber apreciarlo, un poco como esa hermandad incómoda que uno siente con sus enemigos cuando la enemistad es lo suficientemente virulenta.

A disfrutar lo que nos disgusta ayuda mucho la literatura, de eso no hay duda. Por eso es una suerte aún mayor cuando se tienen querencias que no coinciden con las de la mayoría, o mejor aún, desencuentros con aquello que los demás encuentran apasionante, por tener uno muchas oportunidades de deleitarse en el recuento de esas pasiones que no comparte. Que exista literatura abundante sobre algo que no nos agrada no es cosa que debiera resultarnos indiferente; es tanta o más suerte que encontrar un muestrario surtido de libros sobre aquello que nos estimula.

Leer sobre los amores que uno no siente tiene interés por varias razones. En primer lugar, uno tiene dudas sobre sí mismo. Ver la pasión de otro tan detallada, tan fundamentada, nos hace preguntarnos si acaso no estaremos equivocados, si esta incapacidad nuestra podríamos solventarla poniendo más atención, por no haber encontrado todas esas cosas tan valiosas que ahora leemos. El mundo contado por quien lo ama tiene rincones que los demás ignoran.

En segundo lugar, está el propio disfrute de la literatura, un disfrute claro, puro, que no lo enturbian las pasiones, pues ya se sabe que el amor dificulta la objetividad, y faltando este somos siempre lectores más certeros.

Y por último, encontramos en estos libros una forma más veraz de llegarnos hasta el escritor, porque en esto de la literatura a veces no son las almas gemelas, sino las opuestas, las almas discordantes, quienes mejor se entienden entre sí. Y qué mayor discordancia que la de rechazar aquello que el otro adora.

Yo tengo predilección por los libros que hablan de ciudades. Las ciudades en sí me disgustan para habitarlas o visitarlas, pero como objeto literario no tienen igual. Las ciudades tienen la virtud de inspirar literaturas que rara vez defraudan, quizás porque son tan insondables que se narran siempre con ese sesgo cándido de quien empieza a acostumbrarse a algo y cree conocerlo mejor de lo que lo hace en realidad, pero también sabe que no pertenece a ello y que lo más probable es que nunca tenga la legitimidad para escribirlo como debiera. Yo las ciudades las saboreo en los libros, a la vuelta de los viajes, porque de otro modo no he sido aún capaz de hacerme a ellas.

Si me preguntan por mi libro favorito sobre una ciudad, que es lo que vengo a contar aquí, diré que se trata de un librito de historia, una historia muy narrativa y tangible, a caballo entre lo didáctico y lo literario. Está lleno de relatos deliciosos, de anécdotas tiernas que suenan todas ellas como de andar por casa, incluso a pesar de la magnitud de estas y de la grandeza de la ciudad donde suceden.

El libro es especial por tratar de una ciudad que aborrezco como pocas, en un país al que amo como a ningún otro. Se titula Autobiografía de Moscú, y lo escribe Tatiana Pigariova, que es rusa pero ha escrito este libro en español, se entiende que por transmitir a los que hablamos este idioma el amor que ella siente por su ciudad. Es probable que este libro haga que muchos se enamoren de Moscú, porque esas historias moscovitas, fascinantes y tan bien orquestadas por Pigariova, deberían ablandarle un poco el corazón a uno y dejárselo lleno de deseo de ir a perderse por aquellos lares. Conmigo, llega tarde. A mí nunca me gustará Moscú, e intentar hacer que cambie de opinión es tarea inútil. Lo más probable es que cada vez me guste menos. Tanto mejor para mí, porque puedo disfrutar este libro como merece, a salvo de la influencia de mis propias pasiones.

Los lugares y las historias que cuenta Pigariova deberían no existir, ser fantasías, o al menos adolecer de esa falta de veracidad que se sospecha siempre en toda buena literatura. Solo así se leería como se debe, sin el sesgo de saber que son reales. Deberían tener esos rincones y esos personajes otros nombres, y ser esta la autobiografía de un lugar impostado, de un artificio literario como lo son Vetusta o Yoknapatawpha, que sirva para hablar del Moscú real desde ese lirismo dulce de lo imaginado. Pero como sabemos que son ciertos, lo que uno debe hacer es no ir nunca a visitarlos, y si el viajero recala en Moscú, no tratar de buscar allí lo que este libro cuenta, como si libro y ciudad no tuvieran nada que ver el uno con el otro.

Esta Autobiografia de Moscú es un libro para la distancia, para leerlo lejos de allí y que sirva no más para imaginar y evocar. Yo lo leo sobre todo en días como hoy, en que sin saber bien por qué me viene algo de nostalgia y tengo ganas de ir a Rusia. Cojo el libro de Pigariova, lo abro al azar y me voy de viaje a satisfacer estos caprichos de la melancolía. Y al Moscú al que voy no es ese invivible y arduo en el que he estado tantas veces, sino uno más amistoso, sencillo de entender para quien, como yo, no sabe hablarse de tú a tú con ciudad alguna. Es otro Moscú, el único Moscú que me gusta. El que ella escribe en esas páginas.

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