La topografía de la belleza

Pocas labores pueden imaginarse más inmensas y a la vez humildes que la de medir el mundo que uno habita. Pocas empresas más infinitas, más ambiciosas, más titánicas, pero también más entrañables, con el encanto de una artesanía diminuta que uno hiciera en solitario con sus manos, que la de mensurar los paisajes y los territorios frente a los que dejamos nuestras verdades. Y por ello, pocos oficios que, bien entendidos, se presten tanto al bucolismo como el del topógrafo de campo.

La topografía es ciencia exacta como pocas. El topógrafo es hombre preciso que encuentra placer en la exactitud de su cifras, en saber bien calibrado el instrumento y el pulso. Uno diría que no hay lugar para lo subjetivo ni lo íntimo en quien así va conociendo el mundo, porque creemos que para descubrir la lírica del universo hace falta una labor menos ordenada, más anárquica, más visceral. Pero el topógrafo, que es el astrónomo de las pequeñas verdades y los mundos cotidianos, tiene en su atalaya de plomada y brújula la mejor perspectiva sobre los recovecos del paisaje, y también sobre las sentimentalidades de quien lo habita. Basta mirar un poco para darse cuenta de que, entre la frialdad de las medidas y la calidez de las sensaciones, hay una frontera delgada y permeable.

Juan José Cuadros fue topógrafo y poeta a partes iguales, o más bien fue ambas a tiempo completo, por cuanto la divisoria entre ambos desempeños es siempre difusa en alguien así. Durante sus años de servicio en el Instituto Geográfico Nacional, recorrió buena parte de España en calidad de topógrafo, llevando con él la instrumentación y el rigor del profesional, anotando en sus libretas perfiles y levantamientos, poligonales, acimuts y nivelaciones. Y cuando no tenía consigo sus herramientas, cuando viajaba sin cometido de ingeniero, parece ser que medía de igual manera su entorno con ojo milimétrico, observando como hacen los buenos viajeros, y consignaba en sus libretas observaciones de idéntica exactitud, estas más poéticas, vitales, llenas de pálpito y regusto a terruño.

El poeta, como el topógrafo, vuelve con sus notas al gabinete y allí elabora sus estrofas como aquel sus perfiles, sus libros como aquel sus informes. Con los de esos otros viajes suyos, Juan José Cuadros dio forma a algunos poemarios y, de especial interés para quienes gustamos por igual de párrafos y mapas, obras en prosa de tinte viajero. Una de ellas, Viaje a la Sierra de Segura, reeditada sabiamente para que no olvidemos que tras los datos y la ciencia que sustentan un mapa hay siempre lugar para la ternura y el ensueño.

La escritura de Cuadros es, no hay sorpresa en ello, topográfica: precisa, rica, verídica, preocupada por el mínimo error y la máxima verosimilitud. Su prosa es dulce y está llena de imágenes de una certeza intensa, abstractas como las cifras que arroja el instrumental del topógrafo, pero tan nítidas y valiosas como aquellas para conocer el territorio y sus gentes.

La literatura de viajes en nuestro país nunca ha sido asunto de exotismos y hazañas. La mejor literatura que han hecho nuestros viajeros, o los mejores viajes que han hecho nuestros literatos, han sido siempre cercanos, a golpe de zancada y cayado, por caminos y pueblos y a velocidad mínima. Cuadros comparte tradición con el Pla de Viaje a pie, el Llamazares de El río del olvido o el Cela de tantas caminatas ibéricas (que acostumbraba a hablar de sí mismo como «el viajero» o «el vagabundo», mientras que nuestro autor gusta de llamarse «el andariego» o «el andorrero»), y sus relatos nómadas no le van a la zaga a ninguno de estos, ni como testimonios de una tierra y un tiempo, ni tampoco en su valía literaria.

Como otras literaturas viajeras, esta pide leerse al aire libre, es lectura de campo y paseo, de hacer alto en el camino y leer allí algunas páginas. Y que el libro abierto sea como un mapa, como una carta para navegar por la vida, ese territorio que no podemos medir pero que la literatura, cuando se hace con tan buen oficio como esta, nos ayuda a cartografiar con precisión de infinitésimo.

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