La ruta 66

Han pasado dos años desde nuestro viaje a la Pacific Crest Trail y Estados Unidos vuelve a llamarnos. Viendo que este equipo viajero parece funcionar sin contratiempos, y respondiendo al deseo de ambos de continuar nuestra exploración de la realidad americana, Miguel y yo decidimos repetir destino y atacar de nuevo juntos la vasta geografía estadounidense. Consideramos, no obstante, ciertos cambios en el esquema de nuestro periplo. Por una parte, no limitar nuestro recorrido a una ruta natural y salvaje, sino, por el contrario, alternar el campo con la ciudad, y las pistas y caminos con las carreteras, al tiempo que dedicamos algo más de tiempo a los enclaves humanos en lugar de perdernos en territorios donde hay más osos que personas. Por otro, y para adaptarnos a este nuevo enfoque, cambiar de medio de transporte y recorrer el país a bordo de un coche, símbolo máximo de la sociedad y el espíritu norteamericanos.

Podríamos argumentar que este nuevo planteamiento obedece a un mayor interés por la realidad cultural del país, o tal vez una preocupación ahora más intensa por entender las implicaciones y la influencia de la sociedad americana en el panorama mundial. Eso, no obstante, sería mera impostura y faltaríamos a la verdad. La única razón para redefinir nuestra estrategia de viaje no es otra que el paso del tiempo, que nos hace más perezosos y menos resistentes al sufrimiento, y que a la vez nos enseña a disfrutar con mayor intensidad de las cosas simples y los pequeños placeres de la vida.

En otras palabras, no queremos volver a dejarnos el lomo cargando con víveres de dudosa calidad gastronómica, y preferimos disfrutar la buena vida sedentaria y comer, engullir, deglutir y tragar cómodas y voluminosas hamburguesas, así como abrevar refrescos azucarados a la manera americana. Además, la fiesta de la primera noche en San Francisco y la botella de ginebra del Lago Benson de nuestro primer viaje nos saben ahora a poco. Queremos más fiesta, más diversión, más locura americana. Puesto que este tipo de eventos desmadrados han demostrado tener devastadores efectos sobre las articulaciones de Miguel, se hace imperativo buscar un plan que pueda realizarse aun faltando salud y movilidad, un plan confortable y seguro, adaptado más a la fisionomía del clásico orondo americano que a la del montañero atleta.

En resumen, queremos un viaje intenso, cultural, apasionante, jolgorioso, que pueda hacerse en estado de profunda resaca y que no requiera más esfuerzo que el necesario para jugar una partida de tute con tu bisabuela. La verdad es que no nos cuesta mucho hallar tal expedición: haremos la mítica Ruta 66 a lomos de un tanque motorizado de muchos metros de eslora, o lo que en la jerga estadounidense viene llamándose un pequeño utilitario para ir a por el pan. Permitiéndonos un pequeño desvío, arrancaremos el trayecto no desde Chicago, lugar original donde comienza la 66, sino desde Nueva York, añadiendo así unos kilómetros más y pudiendo disfrutar del ambiente neoyorkino.

Nos compramos unos libros para documentarnos lo justo (no debe ser tan difícil seguir una carretera que es prácticamente recta), nos echamos la mochila al hombro, y nos plantamos en el aeropuerto con nuestros pasaportes.

—Rellene el formulario, por favor —dice el amable asistente mientras toca una pantalla para que podamos introducir algunos datos personales necesarios para la siempre insufrible burocracia yanqui.

No es la primera vez que nos vemos en estas lides, así que nos enfrentamos confiados al breve interrogatorio. La cosa no tiene mayor problema al principio, pero se complica cuando la maquina nos reclama la dirección del lugar en que pasaremos la primera noche. Hay un problema: no tenemos ni la menor idea de qué pasará esa noche.

Uno de los planes que manejamos es no buscar un hotel y en su lugar salir de fiesta y ver lo que sucede, pero suponemos que no es muy conveniente que metamos la dirección de un antro de Brooklyn lleno de gogos ligeras de ropa. La otra opción es ir a por el coche que queremos alquilar y dormir en él tal y como tenemos pensado hacer a lo largo de la ruta. Tampoco consideramos que sea una alternativa viable en lo que a la cumplimentación del formulario respecta, principalmente porque en este caso no hay dirección alguna y eso no tiene pinta de ser del agrado de la autoridad competente.

En un alarde de correcta ciudadanía, preguntamos al chico acerca de esta compleja cuestión, y él nos devuelven una mirada entre el espanto y el desprecio.

—Deben introducir una dirección válida —se limita a decirnos.

La única dirección americana que conocemos es la del hermano de Miguel en San Francisco, que utilizamos en nuestro último viaje, y en donde pensamos terminar el presente recorrido. Dicho y hecho. Tecleamos las señas del domicilio y concluimos nuestro registro, con independencia de que la dirección proporcionada se encuentre a unos cuantos miles de millas del lugar en que aterrizamos.

—Pueden continuar —nos dice el muchacho con cara de deber bien cumplido.

Y así es como comienza nuestro viaje.

* * *

A pesar del disfrute gastronómico y de la diversión que encontramos saliendo un par de noches por los bares de la ciudad, y aunque el asunto del alojamiento —nada baladí en una metrópolis como esta— lo resolvemos gracias a una amiga que nos proporciona alojamiento en el mismo Manhattan, lo cierto es que pronto nos entran ganas de marcharnos de Nueva York sin más demora. La inquietud viajera es un enemigo al que es difícil hacerle frente. Podríamos pasar muchos más días aquí y seguir descubriendo cosas, pero llega el momento de hacer lo que hemos venido a hacer aquí: darle gas al acelerador y cruzar el país de un extremo al otro. Y así, en una mañana lluviosa que no es precisamente la más indicada para circular por las abarrotadas calles de Manhattan, buscamos nuestra agencia de alquiler y nos vamos a recoger nuestro coche.

El vehículo en cuestión, pese a ser la opción más económica de cuantas encontramos, supera de largo nuestras expectativas. Es un verdadero acorazado con el que podremos desenvolvernos sin problemas en el largo trayecto que nos separa de la otra costa del país, pero también en las faenas tales como ir a comprar la prensa o una docena de donuts a la vuelta de la esquina, que son aquellas para las que esta mole en realidad ha sido diseñada siguiendo los preceptos del más puro estilo americano.

Antes de salir de la ciudad y empezar a hacer millas, es necesario equiparnos y equipar por igual a nuestra montura, a la que tenemos intención de convertir en un entrañable hogar durante los días que dure el viaje. Compramos un colchón hinchable de tamaño matrimonial, que por supuesto cabe con holgura dentro del amplio habitáculo del coche, un hinchador eléctrico para no tener que agotar los pulmones inflando cada noche, y puesto que dichas noches ya se prevén frías, el pantalón más barato y a la vez grueso que encontramos, por unos económicos cuatro dolares, para utilizarlo como pijama y complementar los finos sacos de dormir que hemos traído en el equipaje. Debo decir que el pantalón no solo cumplió sobradamente su cometido durante el trayecto, sino que sigue en uso incluso hoy en día. De hecho, lo llevo puesto mientras escribo esto.

Además de esta clase de elementos, compramos abundante comida o, en su defecto, cosas que supuestamente son comestibles pero que el paladar desentrenado probablemente no juzgaría como tales. Alimentarse en un supermercado americano no es una tarea obvia, especialmente si uno carece de los abundantes dólares necesarios para pagar las piezas más básicas y reconocibles tales como frutas y verduras, y no desea nutrirse a base de cajitas policromadas y botes de salsa, de los que ya he hablado antes en estas páginas. Aun así, logramos llenar la cesta con comida para varios días, que después no utilizaremos tanto como esperábamos, ya que resulta más sencillo y económico, a la par que interesante, detenerse en los pequeños restaurantes a lo largo de la ruta.

Para el desayuno, eso sí, nos aprovisionamos de algunos cereales, yogures y zumos, y no dejamos pasar la ocasión de comprar una buena caja de gachas en sobre, a las que tan adicto se hizo un servidor en nuestro último periplo por esta nación.

Antes de partir, y con el asunto de la pitanza ya gestionado, nos vamos a adquirir el último cacharro necesario para un viaje como este: una cámara de vídeo. Miguel tiene ganas de hacerse con un aparato de estos con objeto de registrar nuestras hazañas, y la electrónica se dispensa a precios módicos en esta metrópolis, así que nada mejor que comprarlo aquí y ya llevarlo con nosotros desde la primera etapa.

De entre las muchas tiendas que venden estos y otros artilugios similares, nos decantamos por la prestigiosa tienda B\&H, a donde los amantes de la fotografía peregrinan en busca de sus reputados productos, y a la que el público menos especializado acude por sus precios competitivos y la curiosidad que el lugar en sí despierta.

En efecto, esta no es una tienda normal, sino que tiene algunas características ciertamente peculiares tales como un ingenioso sistema de cintas transportadoras que mueven las mercancías por el techo, o el hecho de que los dependientes son todos ellos hombres judíos con su barba, su kipá —el gorrito ese que se sostiene mágicamente en la coronilla— y su tirabuzón de pelo. Además de comprar y llevarse a casa un aparato a buen precio, el comprador disfruta la intrigante experiencia de sentirse como si hiciera su compra frente al muro de las lamentaciones, y atendido por una horda de simpáticos dependientes que perdieron su prepucio en la mañana de su octavo día de vida. Folclórico, cuando menos.

Nos hacemos con uno de los modelos más baratos, que pagamos en la caja tras serpenteante y ruidoso viaje por el antedicho sistema, y tras una última mirada a tan particular comercio, dejamos el lugar equipados para registrar los momentos más memorables de nuestra aventura.

Listos para hacer kilómetros, nos ponemos en marcha y dejamos atrás Nueva York, acostumbrándonos poco a poco a las portentosas dimensiones del automóvil y a la profusión de botones y artilugios que trae incorporados. El coche, en efecto, dispone de un equipamiento digno de un avión, que permite regular hasta el más mínimo detalle sin más que apretar un botón. Aún más importante, trae un aparato de radio equipado con radio por satélite, un servicio relativamente habitual en los coches americanos, que viene a ser el equivalente de la televisión por cable pero sin pantalla, y que pone a disposición del conductor un sinfín de emisoras de las más variadas temáticas. Para hacer más entretenido el trayecto, esto será sin duda una ayuda de valor incalculable.

Recorriendo la enorme lista de canales, nos detenemos en algunos programas de música americana que ponen un perfecto contexto sonoro mientras cruzamos las llanuras del país, y de vez en cuando escuchamos alguna emisora distinta con simpáticos americanos debatiendo sobre uno u otro tema. Entre ellas, hay una claramente favorita: la emisora Playboy.

Es difícil imaginar cómo un producto tan visual como una revista de señoritas enseñando carne puede tener una versión radiofónica, pero en efecto, existe y a buen seguro debe tener una cifra de oyentes nada despreciable. La emisora en cuestión es un dialogo continuo y sin mucho sentido entre voces femeninas, a quienes el oyente incauto imagina con la misma fisionomía que sus equivalentes de papel, pero que es más probable que correspondan a mujeres normales sentadas en su casa vistiendo un pijama, tal vez uno similar en cuanto a su falta de atractivo al que nosotros acabábamos de comprar. Con su lengua procaz, las susodichas debaten sobre temas subidos de tono, incorporando de cuando en cuando a algún oyente con ganas de participar y contar sus —normalmente sórdidas— historias, y adornando la mezcla con algún que otro gemido o sonido supuestamente excitante. La emisora funciona, como todas las restantes, las 24 horas del día, para que no haya momento de la jornada en que uno no pueda hacer realidad sus fantasías sexuales, al menos en la parte sonora.

Este es un país de contrastes y sinsentidos, pero ninguno iguala a sus volubles baremos morales. La moral americana es, sin duda, altamente inconsistente. Enseñar una inocente teta en televisión en prime-time, al final de la tarde, escandaliza a la mitad de la población, pero a la hora del desayuno, antes de llevar los críos al cole, uno puede escuchar en la radio el orgasmo fingido y estridente de una estrella del porno sin ningún problema. Me resulta desconcertante, la verdad.

Conducimos unas cuantas horas y hacemos nuestra primera noche en el parque Allegeny, una pequeña reserva natural sin mucho que destacar. Encontramos un camino que no parece muy transitado, conducimos por él unos minutos, y aparcamos en al borde dispuestos a pasar la noche.

La maniobra de dormir en el coche no es tan sencilla como parece, ya que hay que situar todo el equipaje, incluyendo la comida, en los asientos delanteros, para así dejar el espacio trasero libre y poder extender el colchón. En esta primera noche todavía no tenemos gran soltura en este trance, y la operación se demora más de lo debido. A medida que avancen los días iremos cogiendo más práctica en la reorganización de los bultos, lo cual no significa necesariamente que ganemos tiempo, ya que cada vez se va acumulando más cantidad de basura en el habitáculo y el desorden es mayor. Como ya habíamos aprendido en el viaje anterior, un coche americano tiene que ser forzosamente caótico, cochambroso y sucio, y con objeto de integrarnos todo lo posible en la idiosincrasia del país, a partir del tercer día tenemos el nuestro hecho una autentica pocilga.

El colchón, siempre que se hinche hasta una presión adecuada, proporciona un descanso correcto y una firmeza más que suficiente. Las noches refrescan y la carrocería no guarda apenas el calor, pero sin más que estirar el brazo uno puede encender el motor y en unos minutos de calefacción devolver la estancia a una temperatura agradable. En resumen, este hogar nuestro sobre ruedas es, pese a tener a veces la sensación de estar en un sarcófago, dulcemente acogedor.

A pesar de la basura que vamos dejando en cada rincón del habitáculo, todos los complementos y artilugios de que dispone nuestro buque rodante funcionan a la perfección. Uno que nos resulta especialmente útil es su capacidad para memorizar distintas posiciones del asiento del conductor. Así, tenemos una posición para conducir y otra que utilizamos para la noche, con el asiento completamente hacia delante, dejando un espacio tan ridículo entre el conductor y el salpicadero que en lugar de con las manos uno podría conducir con los pezones sobre el volante. Esto nos deja mucho espacio en la parte trasera, y sin más que apretar un botón obtenemos cómodamente esta ventajosa configuración del espacio interior.

La maniobra, todo sea dicho, no está exenta de riesgos. Si en el momento de apretar el botón correspondiente uno se encuentra a los mandos del vehículo, puede acabar aprisionado y con las costillas desmenuzadas, salvo si se tienen buenos reflejos para escapar o accionar el botón para regresar a la posición más espaciosa. En una gratuita demostración de temeridad y falta de seso, hemos probado a ver si esto funciona de igual modo cuando el coche se encuentra en marcha, comprobando que no es así. Los ingenieros de la marca piensan en todo. En honor a la verdad, se ha de decir que el experimento no ha sido tan aventurado como aparenta, ya que lo hemos llevado a cabo en uno de los muchos tramos desiertos de la 66, y a una velocidad similar a la de un gordo americano reptando sobre una cinta de correr.

* * *

La Ruta 66 propiamente dicha comienza en Chicago, a donde llegamos tras unos tranquilos días de viaje sin nada especial que destacar. Nueva York se vio sorprendida por una fuerte nevada justo después de que nosotros la dejáramos atrás, y en el camino disfrutamos de una agradable otoñada, con los ocres y amarillos y rojos encendidos que los bosques nos ofrecieron desde que abandonamos la Gran Manzana hasta que llegamos a Chicago, donde el tiempo es bondadoso y podemos pasear sin preocupaciones por su centro.

En Chicago establecemos campo base en la casa de mi amigo Paul, un americano atípico que conocí hace unos años, aficionado a las congas y todo tipo de instrumentos de percusión, que amablemente nos invita a pasar en su casa cuantos días queramos.

Las indicaciones de Paul para llegar a su casa son difusas, pero sorprendentemente llegamos sin problemas atravesando medio Chicago. Como no es un americano clásico, nos recibe con una cesta de verduras ecológicas en lugar de una buena fritanga yanqui, pero no puede evitar tener la herramienta fundamental que todo americano guarda en su cocina: el robot de cocina. Con el motor a plena potencia, tritura sin criterio alguno el contenido de la cesta y nos prepara unos batidos de bienvenida de un color muy apto para decorar el cuarto de los niños, pero de muy dudosa valía en el paladar. De cualquier forma, ya habrá tiempo de resarcirse con algo más contundente y sabroso.

La verdad es que no sabemos mucho sobre Chicago y sobre qué debemos ver aquí, pero lo cierto es que eso parece importarnos bien poco. Por una parte, todo es más fácil cuando uno tiene un lugar donde quedarse y un conocido en la ciudad, y te invade una pereza viajera contra la que es difícil luchar. Por otra, y tal vez esto sea lo más decisivo, lo que realmente nos interesa de Chicago es salir de fiesta. Porque hoy, día en que llegamos a esta ciudad, es Halloween. Y seamos sinceros: vaciar calabazas y jugar a «truco o trato» es una costumbre pueril, ridícula y nada estimulante, además de una clásica muestra de la banalidad cultural americana, pero en este día festivo los americanos hacen más que eso. Bueno, en realidad hacen una única cosa más que eso: salir y emborracharse. En nuestra investigación de la cultura nacional, creemos oportuno unirnos a una de tales celebraciones y compartir esa experiencia.

No conviene mucho desgastarse antes de semejante ocasión, así que nos vamos al centro a dar un tranquilo paseo y después nos instalamos en casa de nuestro anfitrión, que además confirma tener planes para la noche. Un amigo suyo va a ir a una fiesta y nos propone acudir todos juntos. La idea de la fiesta privada nos seduce, en primer lugar porque es fácil y no hay que buscar nada, y también porque nos parece una opción mucho más auténtica para disfrutar de este día tan memorable de la cultura americana. Habiendo crecido en la década de los 80, nuestra imagen de una fiesta americana es la de un jolgorio desmelenado con gentes con poca sesera, tetas al aire y litros de ponche, tal y como mostraban las comedias universitarias de la época, esas grandes obras del celuloide de los cuales siempre fuimos admiradores. La perspectiva, por tanto, nos satisface.

Algo antes de que llegue la noche, el amigo de Paul llama para informar de que no se encuentra bien de salud y cree que se quedará en casa recuperándose, pero que aun así podemos ir nosotros tres de igual modo. Es la primera baja de la noche, pero no debería desanimarnos.

Apoltronados en el sofá, vamos uno por uno cayendo en un sopor insostenible, y antes de poder darnos cuenta estamos completamente dormidos. Cuando despertamos y nos damos cuenta de que tenemos una misión fiestera que cumplir, es ya suficientemente tarde como para que no merezca la pena salir. Maldecimos un par de veces y, viendo que lamentarse no sirve de nada, nos ponemos el pijama y dormimos a pierna suelta. Cuando uno se pierde un episodio festivo, no hay nada mejor para no sentirse frustrado que dormir y descansar, al tiempo que se piensa que, de otro modo, la noche acabaría con cansancio y resaca, o quien sabe si con algo peor. El que no se consuela es porque no quiere.

Arrepentidos por nuestra inoperancia de la noche anterior, cuando nos despertamos decidimos sacarle partido al día y hacer algo productivo en Chicago en una jornada en la que, en otras circunstancias, no habríamos hecho más que sufrir la resaca en un sofá y tal vez sorber los laxantes batidos de Paul. Una opción que nos resulta interesante es ir a ver un coro gospel, algo que aquí no parece difícil de encontrar. Paul nos recomienda probar en un barrio donde vive la mayoría negra de la ciudad, a una media hora de su casa.

El barrio, en efecto, está sembrado de iglesias, algunas grandes en edificios que propiamente puede denominarse como tales, pero muchas otras más pequeñas, si bien tal vez no en talla, sí en su discreta apariencia. En este país, las iglesias se instalan del mismo modo que las peluquerías, los bares, las tiendas de gominolas o los notarios; basta un piso, un local viejo, una nave en un polígono industrial, lo que sea. Hay iglesias en todo tipo de emplazamientos, y sólo algunas pocas en la clásica construcción destinada a tal efecto. Cuando Jesús dijo aquello de «destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré» (Jn 2, 13-22), seguro que estaba pensando en abrir sucursal por estos lares.

Nos acercamos a una que parece abierta y no tiene mal aspecto. En su interior, descubrimos al reverendo haciendo tiempo hasta que lleguen los feligreses, organizando sus artilugios sobre el púlpito, que en realidad más que un púlpito es un escenario con más amplificadores que un concierto de los Iron Maiden.

Junto a él, tan solo una mujer espera a que comience el oficio, y ambos se giran al vernos entrar y ponen cara de sorpresa.

Puesto que no hay nada mejor que hacer, y como lo normal debe ser encontrar cada día a los mismos parroquianos, el reverendo y la señora se interesan por nosotros y nos someten al tercer grado.

—¿Vais mucho a misa?

—Solo los años primos y en los días que hay eclipse de sol. Y en bautizos y bodas, por aquello de que dan comida luego.

—¿Pero creéis en Dios?

—No demasiado, la verdad, pero cuando hay que echar algún juro solemos mentarlo, por si eso le sirve.

El reverendo escucha nuestras respuestas con calma y asiente con la cabeza.

Por si acaso no se ha dado cuenta de nuestra nula vocación religiosa, acabamos confesándole que lo que realmente nos interesa es la música, y él, comprensivo, nos dice que no habrá concierto en esta sesión pero sí por la tarde, cuando espera más afluencia. De cualquier forma, nos invita a quedarnos si queremos.

—Volveremos por la tarde entonces.

—No hay problema.

En este punto, tengo que arrojar una lanza en favor de los americanos. Creo que no hay un pueblo más respetuoso que ellos, o al menos uno capaz de aparentar semejante respeto incluso si este no es en absoluto cierto. Un americano escuchará siempre con atención y tranquilidad tu opinión, independientemente de si piensa que tus ideas te hacen merecedor de una muerte lenta y dolorosa. Eso no quiere decir que luego no se dedique a blasfemar acerca de ti una vez que no estés delante, o bien, si es propenso a una cierta radicalidad, planee invadir tu país o se presente en tu casa con el AK-47 que todo padre de familia americano que se precie guarda al lado de las Barbies de su hija. Pero mientras estés contándole tu parecer, te escuchará con el máximo respeto y atención. Haciendo buena esta teoría, el reverendo nos trata con una sorprendente gratitud a pesar de nuestra manifiesta indiferencia cristiana.

Antes de volver a casa, y ya que estamos por el barrio, se nos ocurre pasarnos a ver una especie de rastrillo dominical que no cae lejos, sobre todo por curiosidad y por aprovechar el trayecto, pero también porque Miguel, que es amigo de baratijas y antiguallas, tiene esperanza de encontrar alguna pieza interesante.

La entrada al recinto cuesta un único dolar, que da derecho a aparcar el coche y pasearse por el edificio, donde un sinfín de comerciantes se disponen formando un bazar de productos a cual más hortera, principalmente copias falsas de ropas de marca, algunos puestos de comida rápida, mostradores que anuncian reparaciones de móviles, y kioskos de electrónica barata destinada a dejar de funcionar antes de que seea necesario hacer el primer cambio de baterías. Aunque casi todos los dependientes son sudamericanos y la mayoría de los clientes también, no cabe duda de que todo el genero es chino, y que el contingente latino no hace sino servir de vector para las poco acertadas réplicas.

A nadie se le escapa que los chinos van poco a poco colonizando el mundo e instalando parte de su idiosincrasia en los restantes países del planeta, y que esto, dejando a un lado el evidente efecto económico, acaba afectando a la cultura local de forma generalmente no muy positiva. Pero si hay un elemento cultural que esta preponderancia mercantil china está exterminando sin remedio, yo creo que son los mercados y mercadillos callejeros, los bazares, los puestos dispuestos en hileras dispensando un batiburrillo de artículos caóticos. Yo detesto pocas cosas tanto como ir de compras, pero soy un gran aficionado a visitar este tipo de mercados sin más afán que el de pasear y mirar, sin intención alguna de comprar nada. Por desgracia, parece ser que están condenados a ser remplazados esta nueva clase de comercios de baja estofa que debo confesar que no me despierta ningún interés. Me apena que así sea, la verdad.

Miguel, por su parte, tiene un sentimiento de frustración que no oculta, bastante lógico si se piensa que él esperaba encontrar piezas de anticuario y reliquias de una clásica familia americana de los años veinte, y lo más añejo que consigue hallar aquí es una funda para el móvil con la cara de Cantinflas.

Haciendo bueno el dicho de que una retirada a tiempo es una victoria, nos volvemos a casa de Paul a echar una siesta.

Las siestas, como ya se sabe, son siempre un arma de doble filo, y aquí en Chicago eso parece ser más cierto que nunca para nosotros. Sin ir más lejos, nuestra larga cabezada de ayer noche nos privó de una fiesta que se prometía excepcional. Cuando nos despertamos de esta, nuestras ganas de volver a la iglesia para el concierto se han desvanecido. De pronto, ya no nos parece un buen plan. Miguel ha perdido sin más el interés, y a mí no me importaría un poco de música espiritual, pero me da una enorme pereza ir hasta allí y hacer frente una vez más al ambiente de confraternización religiosa, a pesar del buen trato que la autoridad eclesiástica nos dispensó por la mañana.

Nuestro plan era escuchar la música, volver, cenar algo y salir mañana pronto para la 66, pero viendo que esta jornada se antoja más o menos vacía, empezamos a pensar que tal vez sea ya hora de ponernos en marcha y asumir que Chicago no saca lo mejor de nuestro espíritu turístico. Al final, la carretera nos llama y abandonamos la ciudad a media tarde, con más ganas de hacer kilómetros que de escuchar la palabra del Señor aunque sea con guitarra y órgano Hammond. Nos despedimos de Paul, que nos dice adiós efusivamente y se sirve después otro de sus viscosos brebajes de verdura. Sin muchas horas de luz por delante, nuestro nuevo plan es llegar hasta Bloomington--Normal, ciudad de la que nunca antes habíamos oído hablar pero que en el mapa representa un punto lo suficientemente gordo como para considerarlo un adecuado destino final del día.

Como su nombre indica, la ciudad de Bloomington-Normal no tiene nada destacable y es exactamente eso: normal. A veces, sin embargo, lo más reseñable de los lugares no está en ellos mismos, sino en cuanto el visitante es capaz de adjudicarles en función de sus propias circunstancias. Después de haber desperdiciado la oportunidad del siglo para disfrutar de una rompedora noche de Halloween en Chicago, nuestras circunstancias son ahora las ideales para convertir la aburrida vida de un lunes en Bloomington-Normal en el día grande del Carnaval de Río. La frustración es el mejor motor conocido para el desenfreno.

Aparcamos nuestra casa móvil en el centro de la ciudad, sin más intención que llenar el estómago y continuar después nuestro camino. La noche está a punto de caer, así que comeremos algo, y después conduciremos un rato y buscaremos un sitio donde aparcar y dormir. Turísticamente hablando, el día ya ha dado de sí todo lo posible.

Caminando en busca de un lugar donde comer, un simpático repartidor de propaganda nos da un papel publicitando un evento esa misma noche: una fiesta para los profesionales de la noche que pasaron el día de ayer trabajando. Es decir, una fiesta llena de camareros, bailarinas y otro tipo de gentes que quieren desquitarse de haber tenido que hacer horas extras en Halloween mientras el resto del populacho gozaba de lo lindo. No podía ser más oportuno. Es nuestra oportunidad de resarcirnos. Convenimos en llenar el buche y tomar una cerveza hasta que comience el evento, y después acudir sin dejar pasar ni un minuto de tan magnífica celebración.

A la hora convenida hacemos acto de presencia en un sala poblada de jovenzuelos disfrazados, que no parecen advertir que nosotros somos los únicos que no llevamos disfraz. Supongo que esto debería hacernos reconsiderar nuestro aspecto. Damos un paseo por el lugar y después, como cabía esperar, nos acercamos a la barra para seguir desde allí charlando y observando al respetable, que el show no ha hecho más que comenzar. Y por supuesto, bebiéndonos unas buenas cervezas.

Me ofrezco a pagar la primera ronda y le doy a la camarera mi tarjeta.

—¿La dejo abierta? —me pregunta.

En Estados Unidos, tienen una forma particular de cobrar las consumiciones que a mi modo de ver representa la cumbre de la economía de mercado, amén de una táctica sin parangón para obtener de un sediento cliente la mayor cantidad posible de dólares. Dicha estrategia consiste en lo siguiente: en primer lugar, y de la forma habitual, el cliente pide su bebida. También de la forma habitual, el camarero (más frecuentemente camarera) sirve la bebida. Seguidamente el cliente da su tarjeta de crédito para efectuar el pago, y es entonces cuando quien está tras la barra formula la pregunta: «¿Quiere que la deje abierta?». Dejar la tarjeta abierta significa confiar a esa simpática camarera tu medio de pago, de forma que puedes olvidarte de repetir esta operación cada vez que quieras un nuevo trago. Solo al final de la noche, antes de marcharte, recuperas el simpático rectángulo de plástico, acompañado de una factura con una suma siempre más elevada de lo que esperabas, y que, habiéndola acumulado a base de licores varios, no estás en condiciones de discutir.

La estrategia es sencillamente magistral, y su objetivo, como es sencillo deducir, no es hacer más cómoda la labor de obtener los brebajes en la barra, sino distraer la atención acerca del precio que estos cuestan, facilitando el gasto. A partir de la tercera consumición, al bebedor le embarga la plácida sensación de que se encuentra en un evento de barra libre y olvida que cada trago adicional va a cargarse directamente en su cuenta. También puede suceder, en casos de fiesta mayor, que uno se vaya a casa y deje la tarjeta olvidada en la barra, algo igualmente poco recomendable.

Si, como sucedió en este caso, uno sale acompañado, este método no permite la clásica camaradería en la que cada ronda corre a cuenta de una persona. En su lugar, se pueden dejar dos tarjetas, lo cual no es muy amistoso, o bien una única y que cada cual se encargue no de un único turno de tragos, sino de todos los que caigan en una noche o en un establecimiento concreto. Esta alternativa, inevitablemente, hace las cuentas mucho más dolorosamente abultadas.

Así pues, he aquí un consejo: nunca dejen sus tarjetas abiertas en un bar americano. Yo no he vuelto a dejar una tarjeta abierta en un bar después de esta vez en ese garito de Bloomington-Normal. Tras el golpe que asestaron a mi cuenta corriente, creo que esa noche me dejaron abierto algo más que la tarjeta de crédito.

Ahorraré al lector más detalles sobre nuestras idas y venidas a la barra, principalmente porque, como ahora se verá, de esta noche lo más destacable no es su transcurso, sino su final, su repentino e inesperado final. No es que no fuese una noche interesante, pero más allá de nuestra serie de tragos y un par de bailes descontrolados, no hay mucho que reseñar. Una cerveza tras otra hasta que de pronto, cuando menos lo esperamos, la fiesta llega a un abrupto precipicio de diversión.

Es entonces, a la una de la madrugada exactamente, cuando, mientras gozamos el clímax etílico-jolgorioso de la noche, un tipo aguafiestas que no sabemos muy bien de dónde ha salido se sube al escenario, aparta a una ebria y poco recatada muchacha vestida de enfermera con más canalillo que coordinación psicomotriz y, agarrando un micrófono, ordena encender las luces. La fiesta, amigos, ha terminado. Con un discurso poco inspirado, agradece nuestra presencia y nos invita a ir abandonando la sala lo antes posible.

La maniobra de evacuación es realmente sorprendente. A pesar de que ni el participante más sobrio de la fiesta sería siquiera capaz de pronunciar su propio nombre, todos se ponen inmediatamente en marcha y abandonan el edificio como en un bien ensayado simulacro de emergencia. En apenas un minuto, no quedan en el local más que la camarera y el coordinador de la operacion, dispuestos a terminar la noche y sin la más mínima intención de trabajar un solo minuto más. Y junto a ellos, Miguel y yo, atónitos ante el final tan brusco del evento y la mareante cifra cargada en nuestra tarjeta, e incapaces de reaccionar durante unos minutos.

Como no podemos creer que aquello vaya a terminar de esa manera, salimos a la calle en busca del siguiente destino y comenzamos a preguntar a todo el mundo cuál es el próximo sitio en el que piensan continuar la noche.

—Yo voy a casa.

—¿Hay fiesta en tu casa?

—No, no, yo me voy a dormir.

—¿Y tú?

—Yo también me voy a dormir.

Desde el más tranquilo hasta el más desmadrado, todos nos dan una respuesta similar. La intervención del señor y su micrófono han borrado todo deseo de juerga en aquellos chavales. Miguel y yo, más inmunes a ese estímulo negativo, seguimos infructuosamente buscando alguien que nos guíe a través de las horas de noche que aún restan, aunque no parece que sea una empresa viable.

Creo que, mucho mejor que el color de la piel o el hecho de tener párpado simple o doble, hay un rasgo más determinante que debería utilizarse a la hora de diferenciar grupos étnicos: el comportamiento a partir de una cierta dosis de alcohol. Mi experiencia me ha enseñado que cada grupo reacciona de modo distinto cuando el volumen total de alcohol ingerido supera eso que en español graciosamente llamamos «coger el puntillo». Esta diferente respuesta tiene sin duda un componente genético, y es fácil de comprobar sin más que someter a individuos de diversas poblaciones a una clásica noche de desparrame.

Quizás al lector, probablemente español, y más aún si es del sexo masculino, esta teoría le resulte poco rigurosa. No en vano, todo el mundo (o al menos, todo hombre español) sabe que cuando se alcanza ese «puntillo» uno empieza a soltar la lengua, le posee un deseo irrefrenable de no dormir hasta que salga el sol, nota un cosquilleante burbujeo en la entrepierna y tiende a encontrar hermosas a todas las mujeres. En otras palabras, uno siente ganas de darlo todo como si no hubiera mañana. Alcanzar ese estado y no aprovecharlo es una absoluta pérdida de tiempo y dinero, algo inadmisible para un español de pura raza.

La evolución, no obstante, ha llevado a otras poblaciones a desarrollar comportamientos opuestos, y ese momento en que el etanol comienza a apoderarse de la masa cerebral de uno es disfrutado de modo distinto por otros grupos poblacionales. Yo aprendí esto la primera vez que estuve en Alemania, hace ya bastantes años, en una estancia universitaria, según ahora procedo a contarlo.

El día que llegué, un profesor de la universidad me fue a buscar a la estación de tren, me acompañó al colegio mayor donde habían dispuesto una habitación para mí, me proporcionó una vieja bicicleta y me invitó a ir con él a un bar cercano donde la mayor parte de su equipo estaba reunida esperando mi llegada. Consideré aquello como una buena señal.

En el bar, me ofrecieron la preceptiva cerveza alemana en su vaso de gran volumen, a la cual siguió otra, y después otra, y así sin solución de continuidad durante toda la tarde. Yo no traía mucha intención de beber, pero no quería faltar al respecto a mi anfitriones, así que me dejé arrastrar sin oponer demasiada resistencia.

A eso de las diez de la noche, cuando no solo yo, sino todos los allí presentes, habíamos alcanzado ya ese chispeante estado de consciencia, uno de ellos se acercó a la barra, pagó la cuenta, y en un minuto escaso estábamos todos en la calle despidiéndonos. Yo, que había empezado ya a sentir la llamada de la jungla y estaba preparándome para quemar la noche, no salía de mi asombro.

—Mañana a las ocho paso a recogerte por la entrada del colegio mayor —me dijo el profesor con absoluta tranquilidad.

Les vi alejarse calle arriba y después cogí mi bicicleta prestada y regresé en dirección contraria hacia mi nuevo hogar de esos días, haciendo eses y ebrio de alcohol y frustración a partes iguales.

Aquello se repitió la mayoría de los días, salvo algunos en que la fiesta, para mi satisfacción, se prolongó algo más —tampoco gran cosa, todo sea dicho—. Decidí que era el momento de dejar las cervezas para evitar el sentimiento de impotencia que me asediaba cada noche. No obstante, regresé inmediatamente a la rutina de antes al descubrir que, de ese modo, tenía que aguantar a un grupo de alemanes beodos estando yo completamente sobrio, lo cual era una opción aún peor. Al final de mi estancia, volví a España con la total convicción de que el «puntillo» alemán es de una naturaleza completamente distinta a la del nuestro, y comencé así a elaborar esta teoría que ahora expongo.

A la vista de lo sucedido en nuestra experiencia en Bloomington-Normal, está claro que los americanos tienen un claro ascendente germánico, aunque matizado tal vez con un talante más arisco. Y al igual que ellos, pueden retirarse de la batalla festiva cuando esta empieza a ponerse a su favor, sin sentir la humillación de la derrota.

En el caso particular de nuestra noche de fiesta, esto quiere decir que, al salir del evento post-Halloween, estamos rodeados de gente con pocas ganas de simpatizar con nosotros, a quien su propia historia evolutiva no empuja en estas condiciones a continuar con el jolgorio. Es quizás hora de asumirlo y retirarnos hacia el coche sin más remedio.

En nuestro estado actual, la opción original de ponerse en marcha y conducir hasta encontrar un lugar en el campo donde dormir ni siquiera se contempla, así que, a falta de un nuevo garito al que peregrinar, tendremos que echarnos a dormir. Nuestro mullido colchón hinchable, a pesar de ser el más barato de cuantos encontramos a la venta, demuestra en este trance una resistencia realmente encomiable cuando Miguel, presa de un último subidón de licor, decide abalanzarse sobre él tras una breve carrera y se zambulle en su blandura mientras intenta un mortal carpado entrando por el portón trasero del vehículo. Con un ronco estertor, el colchón se queja y pierde parte de su aéreo contenido, pero recupera después su turgencia y nos sirve para una siesta memorable, a la que seguirá mañana una igualmente memorable resaca.

Debe ser aproximadamente mediodía cuando despertamos y salimos del coche frente a la abarrotada realidad de una ciudad a esas horas. Cosechamos unas miradas de extrañeza entre la concurrencia, que no parecen hallar explicación a que dos tipos con cara somnolienta salgan de pronto de un todo-terreno cual vampiros de un ataúd a medianoche. Por fortuna, escogimos un coche con cristales tintados, lo cual nos ahorró peores miradas mientras roncábamos.

Sin ganas de quedarnos allí a protagonizar escena alguna, nos ponemos en marcha y continuamos el viaje.

Lo bueno de este viaje es que, como ya dije al inicio, se puede hacer turismo a lo largo del recorrido incluso si uno lleva las meninges resecas tras una noche de excesos, ya que las paradas son todas ellas breves y cómodas, y consisten no más en curiosear cosas pequeñas e insustanciales. La primera de las que encontramos en este tramo de viaje tras dejar Bloomington-Normal es la fabrica de sirope de arce de Funk's Groove, una pequeña y coqueta granja dedicada desde hace décadas a la producción de ese denso y empalagoso fluido. Nuestra guía recomienda una visita a este peculiar enclave, pero, por desgracia, la granja está cerrada a estas alturas del año y lo más que podemos hacer es pasear un poco por el exterior, que tiene un aire bucólico y entrañable.

Al poco de reanudar la marcha, Miguel, que acusa todavía los efectos de la noche anterior, estima que la falta de sirope ha de ser solventada de algún modo y procede a vomitar en la cuneta una cantidad nada despreciable de un espeso, aunque menos almibarado, fluido. Yo, por mi parte, aprovecho el siguiente alto en un área de servicio para dar uso a un sorprendentemente limpio inodoro. El sol comienza a brillar y hemos dejado el lastre en tierra, habiendo purgado con éxito los venenos de la última madrugada. Ahora sí, estamos en perfecta forma para un nuevo y apasionante día de viaje.

Para celebrar esto, no se nos ocurre mejor plan que visitar la casa de Abraham Lincoln en Springfield, Illinois, donde un dicharachero hombretón se deshace en elogios hacia la figura del antiguo presidente mientras nos lleva a través de cada una de las estancias. De esta visita deduzco varias cosas, a saber:

Creo relevante extenderse acerca de este ultimo punto, ya que esta característica de los guías de este país la encontraremos a lo largo de todo el viaje, y es notable en todo tipo de lugares históricos, ya sean grandes o pequeños, pero especialmente en los pequeños y más insignificantes. Supongo que, cuando un lugar tiene poco que ofrecer, a uno le resulta más sorprendente (y, no vamos a negarlo, más insufrible) que un tipo le suelte una perorata de media hora acerca de él.

El guía americano típico habla exactamente de la misma manera que una madre o un padre acerca de su bebé. Esto es, sin descanso, mostrando todo tipo de detalles irrelevantes, sin capacidad alguna para imaginar que cierta información no interesa a casi nadie, y completamente ciego ante los defectos que el retoño pueda tener. Si para sus progenitores un niño es el más hermoso del mundo aunque en lugar de nariz tenga una trompa de oso hormiguero, para un guía americano el más mínimo detalle tiene el valor artístico de la Capilla Sixtina. Y sin ninguna duda, se encargará de hacértelo saber.

El de Lincoln es un sitio histórico innegable, pero a lo largo de la ruta vamos a topar con similares narradores en elementos mucho menos reseñables. Como ya he dicho, estos pequeños monumentos y curiosidades son en realidad uno de los atractivos principales de la Ruta 66, pero lo serían más, no obstante, si a veces se pudieran visitar sin tener al lado a un tipo vocinglero y sonriente aquejado de la más aguda verborrea.

Llegado el momento, insistiré sobre algunos otros miembros de esta destacada especie del guía americano. Por ahora, dejamos la casa de buen Lincoln y nos volvemos al coche para seguir camino.

No puede decirse que hagamos mucho ejercicio sentados en el coche y deteniéndonos a ver alguna que otra cosa, pero el hambre nos llama y pronto llega la hora de pararse a comer. Esto no es solo un mero tramite alimenticio, sino una actividad viajera más, y ahora ya sobre la 66 es tal vez el acto más turístico de cuantos llevamos a cabo. Equipados con una lista de las fondas más típicas e históricas de la Ruta, pretendemos detenernos en todas las que podamos, alimentándonos de sus manjares, tal vez suculentos, tal vez solo saciantes y grasientos, pero en todo caso interesantes para descubrir el espíritu de esta particular peregrinación y este país. La ventaja, además, es que los camareros no hablan tanto como los guías, aunque su avidez de propinas les lleva a veces a ser un poco más simpáticos y pegajosos de lo debido.

El primero de estos lugares en el que probamos suerte es el famoso Cozy Dog. Famoso, entiéndase, en la Ruta 66 y no más allá, porque la 66 constituye un mundo paralelo y tiene, como tal, sus propios mitos y leyendas. Esta es también una característica muy americana, ya que cualquier lugar sobre el que se quiera llamar atención se publicita siempre como «famoso, afamado, glorioso» o similar, matizando después que el contexto en el que rige tal calificativo es altamente local o específico. Famoso en su casa a la hora de comer, que diríamos en España. Como digo, los americanos son unos auténticos profesionales en esto.

La fama, internacional o no, del Cozy Dog le viene por haber inventado el plato del mismo nombre, que consiste en un perrito caliente rebozado en una pasta de maíz, frito y puesto en un palito de helado. La salchicha en cuestión no alcanza a ser una delicia, pero está buena y cumple su función. La acompañamos de las inevitables patatas fritas y nos hacemos una foto con ella en posturas procaces, diversión que parece ser habitual y fácilmente entendible dada su forma.

Los restaurantes de este estilo, en su más puro y clásico estilo americano, acostumbran a tener toda suerte de parafernalia en sus paredes, o tal vez dentro de alguna vitrina. Considerando la escasa historia del país y el hecho de que, salvo raras excepciones, un restaurante de perritos calientes no es un lugar en el que sucedan muchas cosas dignas de ser puestas en una pared o una vitrina, es fácil suponer que la gran mayoría de cuanto se expone en establecimientos de este pelaje es poco más que anecdótico y nulamente relevante. Esta es una forma eufemística de decir que, además de lugares donde comer, los restaurantes de carretera americanos son una versión cutre (en el caso del Cozy Dog, cutre salchichera, literalmente) de un museo. Aun así, todas esas ridículas conquistas estarán allí a la vista, mostrándose con el mayor de los orgullos y evidenciando que, si hay algo que este país sabe hacer muy bien, es sentirse orgulloso de las cosas más ridículas y vanagloriarse de los hechos más intrascendentes.

En el caso del Cozy Dog, la estrella de su colección de artilugios no es otra que el aparato que se usa para hacer los perritos calientes, es decir, para rebozarlos y ensartarlos en su palito de madera, convenientemente patentado, y que permite elaborarlos de un modo ligeramente más eficaz que si se hicieran de uno en uno. Cual si fuera el culmen mismo de la producción en cadena y una pieza clave de la industria norteamericana, el simplísimo aparato se expone para deleite de todo aficionado a la salchicha en palo que tenga a bien pasarse por el local.

De nuevo sobre la ruta, nos esperan más elementos de esta América anecdótica e insustancial, que vamos descubriendo a lo largo del camino, y en los que nos detenemos muy brevemente, apenas unos minutos, o a veces incluso sin bajarnos del coche. Ese mismo día, justo antes de acabar la jornada, pasamos junto a una de las piezas más icónicas de la Ruta 66: la botella de catsup (que no de ketchup) más grande del mundo.

La botella está en la, por otra parte irrelevante, localidad de Collinsville, Illinois, y es simplemente una botella de gran tamaño hecha de madera, iluminada con un foco por la noche, y que en su día servía para señalar la fabrica y embotelladora del tan popular ingrediente que había en las cercanías. Poco más puedo contar de esta atracción turística, más que nada porque no se puede comentar demasiado acerca de una simple botella. Queda claro de cualquier modo que este tipo de elementos, de logotipos elevados a la categoría de hitos y orgullos nacionales, son muy populares en esta tierra. No es que nosotros nos quedemos cortos en estas lides, que ahí están el torito de Osborne y el neón de Tio Pepe para poner las cosas en su sitio, pero hay que reconocer que los americanos en esto juegan en otra liga.

No muy lejos de la gigantesca botella, completamos nuestro día visitando el sitio arqueológico de Cahokia Mounds, un enclave en su día ocupado por una prospera civilización de antaño, del que hoy día solo quedan unos grandes montículos. Subidos en uno de ellos, contemplamos un bucólico atardecer con el skyline de St. Louis al fondo, y después repetimos nuestra maniobra diaria de buscar un sitio para dormir y echarnos a roncar sobre nuestro fiel colchón hinchable.

Mañana será un nuevo día y abandonaremos Illinois para entrar en el segundo estado de la ruta: Missouri.

* * *

El comienzo del día siguiente no tiene mucho que reseñar y conducimos sin sobresaltos con alguna que otra parada más bien prescindible. Miguel, que arrastra todavía la frustración del mercado latino y no quiere volverse a casa sin alguna antigüedad americana, se desquita asaltando algunos de los anticuarios de los que está sembrada esta primera parte de la Ruta 66, todos ellos llenos de piezas con encanto a precios competitivos. En un par de paradas, se embolsa una pesada colección de discos de gramófono y un popurrí de otros cachivaches destartalados de dudosa utilidad. Queda por resolver la cuestión de cómo conseguirá llevarlos de vuelta a casa en el avión. Por el momento, la colección ya resulta difícil de situar en el espacio del coche, y complica un poco más nuestra maniobra de restructuración de cada noche, pero no cabe duda de que le dan un cierto encanto a nuestro hogar rodante.

Después de las compras, volvemos a la carretera, y antes de que nos demos cuenta se nos echa encima la hora de comer, es decir, nuestro gran momento turístico de la jornada. Sin ganas de probar nuevas formas cárnicas como el día anterior, y con una buena lista de lugares en los que podemos detenernos, regresamos a nuestra vieja amiga la hamburguesa y paramos en un pueblito con edificios de ladrillo y aire abandonado, en cuya entrada hay un típico diner americano en el que aparentemente merece la pena detenerse.

El lugar lo cierto es que no promete mucho: un zulo minúsculo con una barra que ocupa la mitad del espacio y unos ocho o nueve taburetes de polipiel añeja y brillante. Tras la barra, el particular chef del lugar prepara sus hamburguesas sobre una plancha roñosa, por otra parte no demasiado más sucia que el resto de la estancia. Entrando por las únicas dos ventanas del edificio, la luz intensa y brillante del día se convierte en un resplandor ambarino tras atravesar el par de centímetros de grasa del cristal y unos visillos en los que deben haberse limpiado las manos unos cuantos miles de clientes.

Miguel pide una hamburguesa normal, con la especial característica del lugar que no consiste sino en poner trocitos de cebolla dentro de la carne antes de pasarla a la plancha. Yo pido la versión con chili, por unos ridículos 25 centavos más.

Al cabo de unos minutos, el hombre trae dos hamburguesas idénticas. Cuando voy a decirle que se ha equivocado con la mía, saca un cuenco lleno de chili, toma un cazo, y vierte una grotesca dosis de un liquido parduzco con tropezones sobre mi hamburguesa. He ahí mi hamburguesa con chili.

Aquella es, sin duda, la hamburguesa visualmente menos apetitosa que he visto nunca. Incluso puede que sea el plato de aspecto más desagradable con el que me he encontrado jamás. Si estuviera en un McDonalds, diría que me han servido un Big Mac y que, antes de traérmelo, el payaso Ronald ha evacuado sobre él el contenido de su tracto digestivo tras haberse comido cinco kilos de ciruelas.

Miguel confirma que su hamburguesa está buena, aunque la falta del chili permite apreciar con más claridad que la vajilla y el estropajo no son muy amigos últimamente. Contrariamente a lo que su apariencia dicta, la mía también está sabrosa, a pesar de que, por obvias razones, en mi caso he de comerla con cuchillo y tenedor.

Esto del cuchillo y el tenedor es, sin duda, un hecho insólito. Comerse una hamburguesa en este país usando algo que no sean las manos es algo tan extraño y poco práctico como tratar de comerse un melón de Villaconejos con palillos chinos. De hecho, el americano medio es más bien torpe en el manejo de los utensilios de la mesa, pero increíblemente diestro agarrando el producto con las manos desnudas. En otras palabras, está diseñado para asir el alimento. Yo creo que el pulgar oponible, esa característica taxonómica que hace al hombre diferente al resto de mamíferos, se encuentra más desarrollado en este país que en ningún otro.

Pagamos las hamburguesas y nos volvemos a poner en marcha, continuando con nuestra extenuante agenda turística de restaurante en restaurante.

Siendo sinceros, no hay mucho más donde detenerse en Missouri, pero el paisaje a lo largo del recorrido es sumamente atractivo, nada demasiado espectacular pero relajante, con un punto bucólico. A mí me llaman la atención particularmente los puentes, viejos y metálicos pero con un aire robusto.

A pesar de esta aparente carencia de destinos turísticos, es justo reconocer que Missouri nos deja muy satisfechos, especialmente por su aspecto alimenticio (no diré «culinario» para evitar herir la sensibilidad de los más refinados gourmets). Los drive-in de este estado sirven unas piezas de una calidad fantástica, un tamaño saciante pero no excesivo, y a unos precios insuperables. Cuando abandonamos Missouri, tenemos el estómago bien contento y no podemos por menos que celebrarlo con un reverberante regüeldo.

* * *

Después de Missouri, el siguiente estado por el que discurre la 66 es Oklahoma. A decir verdad, esto no es del todo cierto, ya que entre Missouri y Oklahoma hay un breve tramo de tan solo 18 kilómetros a través de Kansas, pero esta parte es tan irrelevante y fugaz que puede obviarse sin problemas. Lo único que hacemos en Kansas es parar el coche sobre el moderadamente célebre Rainbow Bridge, un puente sencillo pero de bella factura que tiene en la calzada un gran símbolo con el panel típico de la Ruta 66, tumbarnos en el asfalto y hacernos una foto con él. Esto da una buena idea del escaso tráfico que tienen ciertas partes de la ruta. Una vez hecho esto, volvemos al coche y en un abrir y cerrar de ojos estamos ya en Oklahoma. Como bien dijo Dorothy en El Mago de Oz, «Toto, creo que ya no estamos en Kansas».

El tramo de la 66 que atraviesa Oklahoma es mucho más largo que el de Kansas, pero no por ello más intenso o rico en lugares donde turistear. Recorrer Oklahoma es básicamente atravesar una descomunal planicie en la que la carretera se pierde en el infinito y uno tiene la sensación de no avanzar apenas. No quiere esto decir que no tenga interés, porque estos enormes espacios con rectas interminables dan lugar a todo tipo de reflexiones, pero no hay muchas visitas dignas de mención. Las poco reviradas carreteras y la enorme amplitud de Oklahoma son inspiradoras al principio y algo más tediosas a medida que avanzan los kilómetros, pero hacemos frente al aburrimiento con nuestro fiel aparato de radio. Entre dos mínimos giros de volante, la emisora Playboy retransmite no menos de una docena de sus radiofónicos orgasmos. Al final, acaba resultando más excitante llegar a una mínima curva en el camino que escuchar el paroxismo sexual de las señoritas al otro lado del micrófono.

Oklahoma es uno de los que aquí denominan fly-over states, es decir, estados hechos para ser sobrevolados cuando uno viaja entre dos puntos de mayor interés, pero en los que hay poco que hacer y atravesarlos por tierra de la forma habitual resulta una empresa ardua y poco estimulante. Como este tedio es también parte de la Ruta 66 y su filosofía, nos embarcamos en cruzar las largas millas con nuestra mejor sonrisa, y al final acabamos descubriendo que, en realidad, este estado no es tan soso como esperábamos.

Por ejemplo, el elemento más destacable de las 66 en Oklahoma es, a pesar de lo anterior, una de las atracciones más icónicas y fotografiadas de toda la 66: el granero circular de Arcadia. Este granero, de un color rojo y con una cúpula en su parte superior, tiene una interesante historia que incluye su construcción por parte de un abnegado y portentoso granjero a principios del siglo xx, su destrucción debida al abandono, y su reconstrucción gracias principalmente al esfuerzo de una única persona. Es decir, el granero es, como puede verse, un pequeño monumento a la tenacidad humana, una celebración de las grandes empresas que un solo individuo puede alcanzar si se lo propone.

En el más puro estilo de la ruta 66, y a pesar de lo que en este país gustan de glorificar a sus habitantes cuando estos alcanzan algún logro, lo que hace reseñable a este granero es algo bien distinto: que es redondo. Porque este es, como bien indica su publicidad, el único granero verdaderamente redondo de Estados Unidos. Los demás, aparentemente, no son más que aproximaciones octogonales, pero no tienen una planta perfectamente circular. Esto, sorprendentemente, parece una cualidad mucho más interesante que todo el resto, lo cual no hace sino reforzar nuestra sensación de que, por el momento, nos queda mucho por aprender acerca de la psique americana.

Independientemente de que su idealizada forma nos interese o no, nos detenemos a hacerle una visita a este curioso edificio y poder verlo por dentro. El granero circular de Arcadia se demuestra entonces como una fantástica exhibición de la realidad de los pequeños monumentos americanos, preservados y gestionados por voluntarios con gran pasión y dedicación, pero no siempre con especial maña para ejercer como guías turísticos.

Nos recibe una simpática abuela vestida con sombrero, pantalones vaqueros y botas de cuero, personaje ideal para protagonizar un western geriátrico con tacatás en lugar de briosos corceles, pero que resulta un poco extraña como maestro de ceremonias de este lugar concreto. La mujer no nos deja ni un segundo de reposo y comienza a hacernos un tour por la parte baja del granero, que alberga una de las colecciones menos valiosas y reseñables que se hayan reunido jamás.

Por una parte, dispone de una colección de ladrillos, de no más de 15 piezas, en un pequeño expositor de deficiente factura. Con inusitada pasión y unas diez veces más palabras de las necesarias para describir tan limitado conjunto, la mujer nos cuenta la historia de los ladrillos, su procedencia, la razón por la que se guardan allí, y otros trescientos detalles a los que resulta imposible prestar la más mínima atención.

Los ladrillos, si bien la dama en cuestión les da una importancia desorbitada, son al menos correctos, ligeramente interesantes e incluso algo curiosos, y servirían en todo caso para construir una buena casa. No se puede decir lo mismo, no obstante, de la otra pieza estrella de la colección, unos dibujos sobre la pared del granero al lado de los cuales el cuaderno de un niño de preescolar manco merecería colgarse en la sala central de El Prado. Pese a ello, y una vez que la señora nos ha soltado el ladrillo (valga la redundancia), nos explica con todavía más detenimiento cada una de aquellas horrorosas pinturas. Huelga decir que seguimos sus explicaciones con nula atención. Embriagados con el discurso verborreico de la mujer, no entendemos muy bien quién es el autor de los dibujos ni por qué están allí, pero podemos decir que, con independencia del contexto, son de un valor muy cuestionable. Del granero, por otra parte, apenas nos cuenta nada, como si no fuera más que un menor contenedor para la colección de piezas inauditas que nos está enseñando.

Terminada la larga visita de la parte inferior, la acompañamos a la parte superior, que es una sala única y diáfana con una bóveda de madera realmente espectacular. A mí me da por pensar que es uno de los mejores sitios que he visto para hacer un concierto. Es realmente fantástico. El transito por el piso inferior merece la pena si luego uno puede subir a disfrutar de esta pequeña joya, sin ninguna duda. La mujer, sin embargo, no tiene en este caso tanta cuerda y se limita a algunos datos sueltos, lo cual resulta más sorprendente aún si se tiene en cuenta que esta parte de arriba del granero puede alquilarse para organizar eventos. Como digo, la mentalidad que opera en este tipo de lugares es de difícil comprensión para viajeros tal vez demasiado pragmáticos como nosotros.

El guía americano es una especie extraña. Además de hablar con frecuencia más de la cuenta, sus criterios son a veces sorprendentes. Yo desde aquí recomiendo, especialmente en estas visitas pequeñas de andar por casa, evitarlos en la medida de lo posible. Son como tu amigo más pesado enseñándote fotos de su luna de miel. Tal vez por eso acaban resultando entrañables a pesar de su insidiosa y poco interesante cháchara.

Como en Oklahoma —al menos en la parte por la que discurre la 66— no hay mucho más que hacer salvo mirar el paisaje desolado, y no abundan los enclaves turísticos, este gremio de los guías dicharacheros tiene una presencia notable y trata por todos los medios de darle importancia a los discretos puntos de interés que hay en el camino. Si la dama del granero circular de Arcadia le sabe a poco al viajero, desde aquí recomiendo una parada en el Fuerte Reno, donde la caballería se instaló a finales del siglo xix para velar por la paz entre las tribus indias de la zona (parece que esto de las misiones de paz no es una cuestión nueva en este país). Allí podrá encontrar a una espídica abuelita de la quinta de Billy el Niño, que habla a la misma velocidad a la que el citado pistolero disparaba su rifle Winchester, y que le contará todo tipo de irrelevantes historietas sobre el sitio en cuestión. A no ser que de verdad se desee profundizar en la historia de la caballería americana, el lugar es harto prescindible.

Aunque ya digo que la riqueza física y geográfica de Oklahoma no es especialmente llamativa en el entorno de la 66, las actividades al aire libre son aquí tan populares como en cualquier otro lugar de esta parte central del país, poco poblada y muy rústica. De hecho, aprender más sobre la forma en que aquí se disfruta del campo y la vida salvaje es una manera perfecta de adentrarse un poco en la mentalidad americana. Esto lo comprobamos de forma inesperada durante una visita a un muy americano comercio en las afueras de la misma ciudad de Oklahoma, en el que hacemos una parada casual esperando algo distinto.

El caso es que, si el lector recuerda de algunas páginas atrás, nuestro primer intento en la Pacific Crest Trail de encender el hornillo para cocinarnos algo dio como resultado la completa ruptura del aparato en cuestión. A pesar de que seguía roto y sin arreglar, hemos decidido volver a traerlo en este caso y llevarlo de paseo por si pudiera sernos de ayuda, aunque viendo el buen disfrute que nos proporcionan las hamburgueserías del país, es raro que eso suceda. De cualquier modo, se hace necesario repararlo, para lo cual hay que encontrar la pieza que ha pasado a mejor vida y reemplazarla. Aunque no lo usemos en este viaje, al menos lo tendremos operativo para futuras aventuras, que tampoco está mal.

En Nueva York hicimos un tímido intento de encontrar la pieza en algunas tiendas de deporte y de material de montaña, pero no conseguimos nada, así que, dispuestos a lograr nuestro objetivo, decidimos probar en otro tipo de establecimiento. Nos informamos un poco y vemos que no hay que desviarse mucho para llegar a lo que buscamos: una tienda de outdoor equipment.

Bajo esta simpática denominación se presentan en este país las tiendas que venden todo tipo de artilugios para entretenerse al aire libre, y que, a juzgar por el tamaño de la que visitamos nosotros, debe ser un negocio de gran prosperidad. El concepto de hacer cosas al aire libre es muy amplio, y teóricamente podrían incluirse ahí actividades tales como tomar el sol en la playa, jugar una partida de mus en una terraza, volar en ala delta o sentarse a cagar sobre una mata de ortigas. No obstante, el tipo concreto de entretenimientos para los que proporciona material un dispensario de outdoor equipment son más bien del tipo acampar, hacer excursiones por el campo en un quad de ruedas de camión, pescar lucios del tamaño de un cochino o desollar bisontes con un cuchillo jamonero. Lo que vienen siendo saludables pasatiempos americanos para disfrutar del medio ambiente, vaya.

Ahora imagínese un centro del tamaño de un Corte Inglés donde pueden comprarse lanchas a motor, un centenar de rifles distintos, otro tanto de arcos y ballestas, incontables modelos de cañas de pescar, y todo lo que uno pueda imaginar para disfrutar del outdoor de Oklahoma. Si le queda algo de imaginación, añádale un recinto para probar armas de fuego y flecha, unos cuantos tanques descomunales llenos de todo tipo de fauna acuática, dos cocodrilos y un oso convenientemente trabajados por las manos de un taxidermista y una sección especial con los mejores accesorios para sobrevivir a un holocausto nuclear en mitad del monte. ¿Lo imagina todo? Sea bienvenido entonces a su centro Bass Pro de Oklahoma, el comercio de outdoor equipment más grande a este lado del Missisippi.

Sin experiencia alguna en este tipo de negocios, llegar el descomunal edificio que aloja la tienda y ver lo que allí dentro nos espera es algo chocante aunque, a decir verdad, tampoco tan inesperado. No guardábamos mucha esperanza de encontrar la esquiva pieza para reparar nuestro hornillo, pero después de un primer vistazo nos queda claro que saldremos de allí con las manos vacías. Haciendo buenas nuestras predicciones, la sección de barbacoas, infiernillos y similares ofrece parrillas a gas donde pueden asarse un par de búfalos, cazuelas para un almuerzo campestre en la que caben una docena de mapaches, y garrafas de napalm para alimentar el lanzallamas en caso de que uno quiera un postre flameado. Las piezas de menor envergadura brillan por su ausencia, así que nos abstenemos siquiera de preguntar, a fin de ahorrarnos las risas que probablemente se eche el dependiente cuando le hablemos de nuestro ligero y minúsculo quemador de gasolina.

De cualquier modo, y ya que estamos, no vamos a desperdiciar la ocasión de visitar un lugar así, el cual, todo sea dicho, no es menos interesante que cualquiera de los lugares turísticos que hemos visto en Oklahoma. Nos damos una vuelta curioseando los productos y nos detenemos, con una mezcla entre sorpresa, disgusto e incredulidad, a observar la grotesca decoración de que hacen gala algunas de sus secciones. Mi rincón favorito es, sin duda, la charca de patos situada entre dos pisos, con el superior ocupado por una gigantesca vitrina de cartuchos. Contemplar el suave chapoteo de las anátidas —sin ninguna duda bajo el efecto de alguna droga relajante— en el mismo plano que el gargantuesco muestrario de municiones es una alegoría perfecta de la vida y la muerte, de la crueldad de la naturaleza, de la lucha del ser humano con el medio. Aparte, por supuesto, de un notable monumento al horterismo americano.

Cuando salimos y volvemos al aparcamiento, no nos cuesta mucho encontrar nuestro coche, porque al lado de los otros parece poco más grande que un Seat 600. Está claro que al comprador típico que acude a esta tienda le gustan los vehículos voluminosos y las pick-ups monstruosas, y nuestro modesto utilitario, aunque a nosotros nos sirva incluso para hacer noche, aquí al parecer no da la talla. Nos echamos a la carretera y conducimos hasta que se pone el sol, sin encontrar mucho más que ver.

La última noche en Oklahoma la hacemos en el primer lugar oficialmente preparado a tal efecto, una zona de acampada muy modesta a la orilla de un embalse. El sitio está desierto cuando llegamos, mostrándonos la tónica general que habremos de encontrar en la mayoría de lugares. El final del otoño no parece atraer muchos visitantes por estas tierras. Supongo que durante el verano esto estará lleno de amantes del outdoor con cacharros motorizados, lanchas fueraborda, arpones para cocodrilos, anzuelos de siete puntas, puñales como espadas toledanas y todas esas cosas que por estos confines vienen siendo lo que la gente lleva para hacer camping en lugar de nuestra clásica nevera llena de birras; pero ahora, a pesar de que las tiendas del ramo tienen gran actividad, ese tipo de turismo no parece tener su mejor época.

En la entrada del lugar hay una nota explicativa en la que se indica al visitante que el sitio es de pago y que, si tiene intención de hacer noche allí, debe meter unos pocos dolares en un sobre y dejarlo en el buzón situado a tal efecto. Como somos gente cívica y agradecida, cumplimos con la normativa aunque no hay nadie para comprobarlo. Esto me da mucho que pensar sobre la naturaleza del hombre y, sobre todo, acerca de lo innecesario que es a veces forzar ciertos comportamientos. Me quedo con ganas de reflexionar más sobre estos temas durante la noche, pero ya que me esta costando dinero quedarme allí, decido que tengo que sacarle partido a mis dolares y caigo frito a los cinco minutos. No hay nada como soltar unos billetes para dormir a pierna suelta.

* * *

Tras dejar atrás Oklahoma y sus interminables planicies, entramos en Texas, donde el paisaje aparentemente resulta igual de monótono o más, pero donde esperamos vivir mayores aventuras. No en vano, nadie fuera de Oklahoma sabría decir nada acerca de este insulso estado, pero todo el mundo sabe que Texas es la patria del gran chuletón, que hay petroleo y vacas por dondequiera que uno pase, y que las raciones son todavía más enormes que en el resto del país y los hombres más rudos. Texas es un lugar con una personalidad innegable, para bien o para mal.

La Ruta 66 cruza Texas por su estrecha parte norte, lo que se conoce aquí como el «panhandle», el mango de la sartén. Esto quiere decir que no hay demasiados kilómetros para gozar este glorioso estado, pero sí algunos lugares reseñables. Uno de ellos es Amarillo, ciudad de curioso topónimo y punto más populoso del panhandle.

A Amarillo llegamos bien entrada la tarde, justo a la hora en que nos corresponde realizar la inevitable parada hamburguesil, que en esta tierra de gruesas vacas y rancheros más gruesos aún seguro que proporcionará gran placer a nuestra creciente glotonería. El lugar que elegimos no es nada especial pero tiene su encanto, y por unos pocos dolares llenamos el vientre y estamos listos para tomarnos una cerveza en otro sitio. Justo al lado hay un bar en el que recién está comenzando un concierto, una opción redonda para la noche.

Además de las vacas y las bombas de petroleo, Texas es uno de los centros de la música rural americana, con su country, su bluegrass, sus banjos y sus grupos donde en vez de director de orquesta hay un cowboy con botas de cuero y con un Colt-45 en lugar de batuta. A decir verdad, Texas es en realidad uno de los corazones rurales y rústicos de América, lo cual significa que tiene música rural, que los músicos son rurales, que el escenario en el que tocan es rural, y que el publico que escucha también es rural. Y entiéndase aquí lo de rural no en su sentido bucólico, sino más bien en su acepción más peyorativa. A pesar de ello, la idea de escuchar un concierto de buen country en un lugar de esta América profunda nos parece inmejorable, así que nos metemos en el bar y nos pedimos unas cervezas al ritmo de la primera canción.

Sentados en el lado opuesto al escenario, disfrutamos a partes iguales de la música y de observar al respetable, que constituye de por sí un espectáculo. A medida que la noche avanza y el ritmo de las canciones crece en intensidad, el público sigue una evolución parecida, en parte gracias al concierto y en parte a las jarras de cerveza que la concurrencia consume con inusitada fluidez.

Dos simpáticos habitantes de Amarillo, con sendos idems después de haber ingerido más cerveza de la indispensable, comienzan a destacarse entre la turba que anima a los músicos desde la platea. Uno de ellos ellos es un hombre vestido con un mono vaquero, rostro rojo y un simiesco estilo de danza, o lo que en la jerga americana se conoce como un redneck. La otra es una mujer gruesa que se mueve como si hubiera metido un pezón en un enchufe, y de vez en cuando, como queriendo atreverse con una coreografía más compleja, intenta seguir los pasos de él con poco acierto y pierde su estabilidad. Los dos forman una pareja muy cómica y, si no andamos desencaminados en nuestras predicciones, aún tienen que mostrarnos su número más espectacular.

Sin darnos mucho tiempo para elaborar más teorías, y ante la mirada de reproche de los miembros del grupo, el hombre se sube en la mesa a intentar ejecutar una pirueta que sin duda está más allá de sus posibilidades. A mitad del ejercicio, pierde el poco equilibrio que le queda y acaba dándose de bruces con el suelo desde una nada despreciable altura.

Dos compases de la canción más tarde, y ante la mirada más o menos indiferente del resto del público, se vuelve a poner en pie con el labio reventado, se sacude el polvo de su mono vaquero ahora ensangrentado, y sigue bailando. La banda sigue tocando y nosotros apuramos nuestro último trago. Es lunes por la noche en el corazón de Texas. Yeah.

El concierto tarda todavía un buen rato en terminar, afortunadamente sin mayores incidentes, y al acabar nos metemos de nuevo en el coche y salimos de Amarillo en busca de un lugar donde dormir. Las planicies de Texas se demuestran difíciles, llenas de vallas y sin apenas caminos que puedan verse en mitad de la noche. Circular en la oscuridad nos priva además de disfrutar del mayor atractivo físico de los alrededores de Amarillo: el Cañón de Palo Duro. A falta de una visita a tan relevante accidente geográfico, lo más que puedo hacer aquí es comentar con jocosidad tan gracioso topónimo.

En cualquier caso, nos lleva casi una hora encontrar un lugar donde aparcar y echarnos a dormir, pero después de aquello dormimos como pequeños terneritos tejanos listos para ser convertidos en hamburguesas.

A la mañana siguiente deshacemos el camino y volvemos a Amarillo, no porque nos hayamos olvidado algo en la ciudad en cuestión, sino porque pasar de nuevo por tan colorida población es la única manera de poder visitar nuestro siguiente destino: Cadillac Ranch.

El Cadillac Ranch es una instalación artística al aire libre, consistente en una serie de viejos Cadillacs puestos en línea y con el morro incrustado en la tierra a modo de avestruces asustadas. Aunque en la entrada del recinto, que no es sino una parcela vacía, hay un cartel que dice que está prohibido pintar en los coches, cada vehículo tiene una gruesa capa de pintura y la diversión principal del lugar es echarse unos graffitis en la carrocería de uno de ellos. Con una de las muchas latas de spray que hay tiradas por el suelo, dejamos nuestra particular señal en esta interactiva pieza de arte y nos hacemos unas fotos antes de seguir camino.

Para comer, nos paramos en otro de esos ejemplos del peculiar criterio turístico de esta ruta: el Midpoint Cafe. Como su nombre indica, el Midpoint Cafe está en el punto medio de algo, en particular en el punto medio de toda la ruta 66. Hay la misma distancia de aquí a Los Ángeles que de aquí a Chicago. No es que sea algo muy relevante, pero parece que como truco publicitario funciona bien, porque es el único sitio en el que, mientras estamos, coincidimos con un autobús turístico. En un mundo en el que se hacen viajes organizados al Polo Norte, al corazón de la Amazonia o a la cima del Everest, pensar que no los íbamos a encontrar aquí era ser demasiado ingenuo.

Aprovechamos que el contingente turístico se entretiene en la tienda de recuerdos, y nos pedimos rápidamente unas hamburguesas.

—¿Cómo desea la carne?

—Al punto. Al punto medio.

La verdad es que la hamburguesa no tiene nada de especial, pero servirá hasta la próxima parada.

Y así, pasado el mediodía y con la tripa medio llena de mediocres carnes, acabamos este intermedio y continuamos sin más remedio el viaje a nuestra habitual velocidad promedio.

Es hora de entrar en un nuevo estado. Adiós Texas, tierra de vaqueros, hamburguesas y petroleo; hola Nuevo México.

* * *

De entre todos los tramos que este viaje tuvo, es fácil señalar aquel de ellos que resulta más prescindible. Sin duda alguna, este dudoso honor ha de recaer en la parte que atraviesa el estado de Nuevo México, del que es difícil extraer ni siquiera una mínima pizca de interés para llenar estas páginas. Si hubiera esperado algo más al regresar del viaje antes de escribir esto, probablemente no sería capaz ni de recordar el nombre mismo del estado.

Bien es cierto que otros estados no guardan gran interés en lo que a la visitas y los enclaves de interés se refiere, pero atravesarlos deja en el viajero una sensación agradable, un regusto aventurero. Ese es el verdadero espíritu del road-trip, y cruzar territorios como Oklahoma o Missouri, donde hay poco en lo que detenerse, puede no ser demasiado estimulante, pero como experiencia viajera es un tránsito maravilloso e intenso. Aunque no sabría decir el porqué, Nuevo México carece de todo interés y solo ofrece al viajero 610 largos kilómetros desprovistos de todo estímulo. Atravesar Nuevo México es a un viaje en coche lo que beber un zumo de patata es a la gastronomía: una experiencia neutra y aséptica que no invita a ningún tipo de entusiasmo.

La verdad es que nuestro recorrido por Nuevo México comenzó muy bien, con una entretenida parada en un lugar conocido como Blue Hole, enclave de interés para buceadores de tierra adentro y amantes del chapuzón refrescante. Blue Hole es, como su nombre indica, un bujero piscinesco de tamaño discreto pero con una gran profundidad, y lleno de un agua azulada y transparente. Concurrido en otras épocas del año por bañistas y submarinistas a partes iguales, el frescor otoñal parece ser un revulsivo para todos ellos, y tenemos el gusto de disfrutarlo en completa soledad.

Subidos en un pedrusco a unos pocos metros de altura, nos precipitamos hacía el agua al grito de «¡Blue Hole!», y aprovechamos que no hay nadie contemplando tan ridícula escena para grabarnos un también ridículo pero muy divertido vídeo. Si al lector le parece que esto se asemeja peligrosamente a aquella experiencia anterior en la playa de San Francisco, me es grato comunicarle que en este caso el salto no tuvo efectos graves sobre las rodillas de nadie.

Después de muchos días lavándonos con una botella de Coca-Cola llena de agua —fría, por supuesto— a modo de ducha, aprovechamos que hay unos vestuarios para darnos una ducha de verdad. Lamentablemente, parece que el calentador del agua no se conecta fuera de temporada, lo cual no incita a frotarse en demasía y hace que la operación de lavado sea bastante incompleta. Con el cuerpo limpio solo a medias y el espíritu renovado, continuamos camino a través de un Nuevo México que ya no va a ofrecernos mucho más disfrute.

A excepción del anteriormente descrito chapuzón, si algo he de escribir sobre Nuevo México, tal vez lo más interesante sea el día que pasamos en su capital, Santa Fe, donde nos instalamos en un cómodo y correcto hotel de las afueras y, a falta de otros estímulos, dormimos en una habitación con sus dos camas individuales y sendos colchones no hinchables, algo sin duda digno de mención a estas alturas de viaje. No menos placentero que el sueño fue el uso que dimos al baño, ya que después de hacer nuestras necesidades en retretes públicos de dudosa higiene o en el bucólico pero poco confortable escenario de la floresta, sentarse de nuevo en una taza resultó de lo más agradable. Y por supuesto, no es baladí el hecho de que, ahora sí, por fin pudimos darnos una reconfortante ducha de agua caliente. Interesante tal vez no sea mucho, pero Nuevo México es, qué duda cabe, el más higiénico de los estados que atravesamos en nuestro trayecto.

Un paseo nocturno por Santa Fe nos sirve para entender por qué este estado responde al nombre de Nuevo México. En primer lugar, porque tiene un obvia ascendencia mexicana y en su día este territorio perteneció a aquel país, y sus pobladores ancestrales, amén de Navajos y Apaches, eran los denominadas «Indios Pueblo». Este nombre se lo puso a mitad del siglo xvi el explorador español Francisco Vasquez de Coronado, al ver que en lugar de vivir de forma nómada, estos indios se asentaban en poblaciones. Como explorador y conquistador nadie duda de su valía, pero es de justicia admitir que el hombre no andaba muy sobrado de imaginación a la hora de poner nombres. La tribu más destacable de estos pueblerinos indígenas son los denominados «Mogollón», grupo cultural con un nombre que mola ídem y que sin duda debió ser sumamente interesante.

En segundo lugar, lo de «Nuevo» México ha de ser sin duda porque aquí todo parece muy nuevo y reciente, casi como si fuera hecho ayer. Santa Fe es una ciudad que dice tener historia, pero cuyo aspecto parece decir que fue hecha ayer. Es como la Isabel Preysler de las ciudades americanas. En parte, es lógico si se sabe que desde hace menos de cien años la ciudad fomenta, con manifiesta intención turística, la construcción en el estilo tradicional de las casas de adobe de los indios Pueblo, con su color tierra y sus formas geométricas simples, y son así como se han hecho en el siglo pasado la mayor parte de sus construcciones, con un estilo ancestral pero con una factura moderna. Que en el casco viejo de la ciudad haya menos casas habitadas que tiendas de moda, joyería y otros lujos caros para turistas no contribuye a darle un aspecto mucho más tradicional.

La sensación que a mí me da este particular urbanismo es la de encontrarme en un parque temático, en la sección azteca de un Port Aventura yanqui, donde solo falta una montaña rusa al lado llamada «El vómito de Moctezuma». Poco estimulante, la verdad.

Nos tomamos una cerveza e intentamos luchar otra más, pero la noche no da para mucho y en los bares no hay ambiente. El parque de atracciones está cerrado ya a esa hora. Nos volvemos pronto al hotel, al menos con el consuelo de poder disfrutar durante más horas de nuestras cómodas camas.

Hasta aquí nuestra historia en Nuevo México. Por fortuna, el siguiente estado está llamado a darnos grandes aventuras. Bienvenida seas, Arizona.

* * *

Está claro que, en la clásica y muy cinematográfica disputa entre vaqueros e indios, entre camaradas de John Wayne y simpatizantes de Toro Sentado, estos últimos son los grandes derrotados, tanto en la pantalla como en la vida real. La de los indios americanos es una triste realidad que en todo este territorio es demasiado fácil comprobar.

Por una parte, la presencia de las comunidades indígenas tiene un aspecto falso, impostado, en cierto modo similar al de lo que vimos en las poblaciones de Nuevo México. Los indios que reivindican sus raíces parecen formar parte de un decorado de cartón piedra, de un escenario falso y sin valor histórico ni cultural. Estos indios son como ver un señor vestido de torero o una señora con un vestido de faralaes en un bar de Asturias; aunque este sea el país que les corresponde, dan la impresión de estar fuera de lugar y parecen una decoración irreal. Resulta muy difícil y complejo para un visitante llegar a la verdadera esencia de los pueblos indígenas de norte América, si es que acaso eso sea ya posible.

Por otro lado, los indios que tratan de integrarse como bien pueden en la sociedad americana, lo hacen de forma incompleta, a base de adoptar solo ciertas de sus costumbres. En particular, adoptan una única clase de dichas costumbres: las malas.

Tenemos ocasión de comprobar esto en nuestro viaje, cuando un indio ya entrado en años y con una pierna escayolada se cruza en nuestro camino haciendo autostop y decidimos subirle al coche y realizar nuestra buena acción del día.

—¿A dónde va? ¿Podemos llevarle?

—aukdsap grppffoelwew.

—¿Disculpe?

—hoorot asmdplec uaaaggg.

Tal vez somos demasiado peliculeros esperando que el buen hombre nos responda con un «jao», pero el idioma inteligible que balbucea nos coge por sorpresa. Quizás solo conozca el navajo, pensamos, esa lengua compleja que los americanos utilizaron frente a los alemanes para enviar mensajes secretos durante la Segunda Guerra Mundial. De cualquier forma, parece decidido a subirse, así que le hacemos sitio.

El aroma que desprende al montarse nos indica al instante que nuestro nuevo amigo Toro Mamado ha estado bebiendo algo más que refrescos esta mañana, y que sus incomprensibles frases no son en idioma navajo, sino en un inglés corriente de borracho. Intentamos que nos dé algo más de detalle, pero lo único que consigue hacer, no sin cierto esfuerzo, es una breve seña con el brazo para indicar que sigamos recto. Después, el indio Nube de Vodka pone los ojos en blanco y se queda en un estado de trance, probablemente dialogando con el Gran Espiritu Resacón de Caballo.

—Jao, Gran Espíritu.

—Jao, Gran Jefe Beodo. Creo que tú pasarte con vasos de bourbon.

—Bourbon ser rico. Yo beber como cuando ley seca. Mañana yo estar como gran mierda de bisonte.

—Tu joderte y aguantarte. Tú deber dormir mona en tipi.

—Yo preferir quedar aquí. Asiento en caballo de hierro muy cómodo. Reclinable además.

—Tú ser hombre débil. No deber perturbar turistas forasteros.

—Sí, Gran Espíritu. Yo intentar no vomitar cena en tapicería cual estampida de búfalos.

Algo antes de llegar a su destino, regresa del mundo onírico de los ancestros y nos hace un gesto perezoso para que tomemos un camino, y unos cien metros más adelante nos pide que le dejemos junto a una casita. Intenta darnos un dólar como pago, pero le decimos que puede quedárselo.

El Gran Jefe se queda en su casa a descansar su maltrecho cuerpo y fumar tal vez la pipa de la paz, y nosotros continuamos nuestro camino. El agua de fuego y la afición al póquer parecen, por desgracia, haber hecho mucho daño al pueblo indio.

A pesar de este episodio tan poco prometedor, nuestro recorrido por territorio indio está lleno de momentos de gran interés, si bien es cierto que la parte de este interés atribuible a las comunidades indígenas es relativamente limitada.

El territorio de la Nación Navajo se extiende por Utah, Nuevo México y Arizona, y nuestro primer contacto con él lo hacemos en este último estado, en el conocido como Bosque Petrificado, un zona desértica donde abundan los restos fósiles vegetales. A la hora en que arribamos, queda ya poco para que cierren la zona visitable, declarada Parque Natural, y si queremos hacer una visita habrá que pisar el acelerador a fondo para atravesar de una entrada del parque hasta la otra en el tiempo disponible, sin apenas ocasión de detenerse a mirar el curioso paisaje y los troncos fósiles que jalonan el camino. No nos parece un buen plan, así que preferimos hacer noche cerca y visitar el parque a la mañana siguiente, sin prisa.

La zona protegida es aquella donde la abundancia de pedacitos de madera fósil es más elevada y donde se encuentran las piezas de mayor tamaño, pero ello no significa que fuera de su extensión no se encuentren estos peculiares restos de tiempos pretéritos, amén de otros muchos similares. Esto quiere decir que, si uno tiene ganas de montar un negocio turístico, no tiene más que poner un chiringuito allende los límites del parque, recoger toda suerte de piezas viejunas en los alrededores y venderlas a los turistas incautos. Como esto tal vez exija demasiado trabajo y la cantidad de piezas recogidas no sea ya muy elevada debido al expolio anterior del territorio, uno puede añadir un puñado de exóticos fósiles de creación propia tales como cagarrutas de una especie ficticia del pleistoceno, un pene erecto de Tyranosaurus Rex o un testículo de mamut gay, que serán convenientemente fabricados en yeso y vendidos como reales para deleite de la clientela más crédula. Esta técnica es algo universal y no hay país que no tenga una industria del falso fósil bien desarrollada.

Siguiendo por la Ruta 66 algo más allá de la entrada del parque, se encuentra un negocio de tales características en el que, sin embargo, el visitante sentirá más pánico que ganas de comprar: Stewart's Petrified Wood.

Solo hay una palabra que describa acertadamente el aspecto de la tienda del señor Stewart: grotesco. Bueno, quizás se puedan usar dos palabras: grotesco y cutre. Permítaseme describirlo someramente.

Junto al edificio principal donde guarda su jurásica mercancía, de por sí bastante feo, el exterior esta adornado con grandes y deformes dinosaurios con aspecto de estar hechos de papel maché, en cuyas bocas hay muñecas hinchables de abundante pechuga. Esto, supuestamente, debe dar un aspecto terrorífico, aunque los dinosaurios son de tan floja factura que no aparentan tener ferocidad alguna. El hecho de usar una muñeca hinchable como presa, cuya boca no está abierta de par en par para emitir un agudo grito de dolor al ser devorada por el feroz reptil, sino en la posición idónea para practicar una felación, le resta a la escena gran parte de su drama.

En lo alto de un pequeño montículo hay un autobús escolar, uno de esos clásicos americanos de color amarillo. En la puerta delantera, en el exterior, hay otra muñeca hinchable con sus brazos y piernas abiertos, en una escena que supongo que pretende dar a entender que la dama en cuestión trata de escapar del vehículo en estado de pánico. La turgente señorita, como cabe esperar de tal maniquí, carece de ropa y tiene la boca en la misma posición que su compañera a quien está devorando el dinosaurio. A mí esto me hace recordar mis años escolares y los trayectos en la ruta del colegio, donde el responsable era el profesor de religión, un hombre bajito y bonachón con gesto menos provocativo que la muñeca, algo más de ropa, y probablemente menos propenso a entregar sus orificios.

Por si aquel decorado no nos causa suficiente congoja, vemos descender un coche desde la colina y un hombre con cara de pocos amigos y apariencia mucho más peligrosa que las criaturas prehistóricas de cartón se baja de él y viene hacia nosotros. Es el dueño, el señor Stewart, que al parecer acababa de cerrar su negocio pero vuelve para abrirlo ante la llegada de los últimos clientes del día, esto es, nosotros.

Una mirada rápida al señor Stewart, con un aspecto que haría que un delincuente del Bronx se cambiara de acera y una mirada con dificultad de enfoque, nos confirma que el buen hombre debe ser un auténtico indio. No porque tenga la piel roja, porque en realidad es negro como el betún, sino porque todo indica que debe fumar también la pipa de la paz, eso sí, llenándola de crack en lugar de hierbas. Aquella dantesca instalación, no cabe otra explicación, debe ser su particular suerte de actividad de rehabilitación drogodependiente.

La tienda del señor Stewart es un batiburrillo desordenado de restos fósiles de toda índole, supuestos trozos de meteorito y una gran caja de dientes de algún extraño tiburón que debió nadar por allí en otra época, cuando había algo más de agua que ahora. A juzgar por la forzada sonrisa que nos ofrece para intentar convencernos de que compremos, deducimos que, en un intento tal vez de ahorrar algunos dolares y no invertir en unos molares de oro, en su última visita al dentista debió ponerse implantes de diente fósil de tiburón, porque tiene no más de cinco piezas dentales y todas ellas son afiladas y de un tono negruzco.

Además de la tienda de fósiles, el lugar tiene una granja de avestruces para las que no encontramos mucha explicación, pero que nos despierta aún más sospechas. Una mujer con similar aspecto estupefaciente y rostro de avestruz estreñida hace acto de presencia sin decir palabra. Suponemos que será la mujer del dueño.

Resumiendo, estamos en mitad de Arizona, en el desierto y con dos politoxicómanos desdentados que venden piedras y que no nos inspiran ninguna confianza. A medida que cae el sol, el lugar se va tornando paulatinamente más sórdido, y la mirada poco amistosa del señor Stewart comienza a resultarnos inquietante. Seguros de no querer comprar ninguna de sus baratijas fosilizadas, y velando por nuestra integridad física, decimos adiós y nos ponemos de nuevo en marcha, que además tenemos que buscar un sitio donde dormir.

Encontrar un lugar donde parar el coche y dormitar no parece difícil en los desiertos y vacíos alrededores, pero la idea de que la única persona en muchas millas a la redonda sea un yonki con aspecto de psicópata y afición por el mesozoico no nos da mucha tranquilidad, así que después de ensayar un par de lugares decidimos que es mejor tomar una carretera que rodea el Bosque Petrificado, dormir en el otro lado en un área algo más habitada, y al día siguiente hacer el recorrido en dirección opuesta a lo planeado. En la maniobra de entrar y salir por caminos perdidos, le arrancamos el parachoques al coche en un despiste. Nada que Miguel, con un poco de maña y un par de certeros puntapiés, no pueda arreglar. Una inspección detallada probablemente revele la chapuza, pero creo que no nos dirán nada cuando lo devolvamos.

El lugar donde decidimos al final hacer noche parece tranquilo, o al menos a salvo de psicópatas con avestruces, pero no por ello exento de riesgos. Si las vastas planicies de este estado no se encuentran más pobladas, no es porque nadie quiera tener como vecino de enfrente a un yonki vendedor de pedruscos como el señor Stewart, sino sobre todo porque el entorno no ayuda y es algo más hostil de lo recomendable.

A mitad de la noche, el tiempo se pone feo y comienza a caer una lluvia intensa de la que inevitablemente nos damos cuenta al escucharla caer sobre la tensa chapa del techo. Un poco antes de que salga el sol, al tamborileante sonido de las gotas de lluvia se une el gorjeo inquietante del agua que comienza a circular bajo el coche. Al parecer, el sitio que parecía tan seguro hace unas horas resulta ser una rambla por la que, de seguir a este ritmo la lluvia, en un rato puede llegar una avenida y arrastrarnos aguas abajo junto con un puñado de vacas, un tronco fosilizado y un dinosaurio de goma. Tal vez seamos precavidos en exceso, pero como esta perspectiva no nos resulta halagüeña, decidimos mover el coche a otro lugar y echar allí la ultima cabezada de la noche. Es una noche movida y dormimos menos que de costumbre, pero al menos el breve recorrido en busca de un nuevo sitio sirve para poner el coche a una temperatura muy agradable.

Con algo de cansancio y ganas de haber dormido un poco más, nos ponemos temprano en marcha hacia la entrada del parque. Al pasar junto a una población descubrimos que otros comerciantes de la zona, con un evidente mejor gusto y una menor intención de meter miedo a la clientela que el señor Stewart, han dispuesto tiendas similares mucho más agradables para el visitante. Nos paramos delante de una de ellas para tomar una fotografía de un dinosaurio. Sin que nos demos cuenta, un coche de policía se detiene detrás de nosotros y un oficial baja y toca educadamente en el cristal del conductor.

—¿Sabe cuál es el límite de velocidad en esta zona?

—¿Íbamos demasiado rápido?

—Me temo que sí. ¿Me deja sus documentos?

Miguel le da el pasaporte y el carnet de conducir, y el oficial desaparece hacía su coche.

Empezar el día enfrentándose a la autoridad, que por estos lares nunca tuvo fama de ser amistosa, no parece una buena señal, y nos invade una inquietud preocupante. Para nuestra sorpresa, el buen hombre regresa al cabo de unos minutos y nos anuncia que no tiene intención alguna de amonestarnos.

—Conduzca más tranquilo la próxima vez, ¿de acuerdo?

Es agradable comprobar que no todos los estereotipos son ciertos, en particular los de esta clase. De cualquier modo, intentaremos conducir con más calma para no tentar la suerte.

A una velocidad de crucero exageradamente prudencial, entramos en la reserva del Bosque Petrificado y comenzamos nuestra exploración completamente en solitario. El tiempo desapacible, con un viento racheado que no invita a salir del coche, parece que ayuda poco a atraer más visitantes.

Nos paramos aun así en algunos lugares para dar algún que otro breve paseo, contemplar los enormes troncos fósiles, y admirar el curioso paisaje que los colonos españoles denominaron en su momento «Desierto Pintado», con sus estratos policromados que dibujan una aridez acogedora, cándida, de bandas de tonos pastel y montículos redondeados. De no ser por el viento que sopla, me podría quedar aquí horas mirando esta vista, pero en estas condiciones la verdad es que no apetece demasiado.

En algunos lugares, junto a las columnas rocosas que antaño fueron grandes árboles, se descubren dibujitos simples que pobladores anteriores trazaron sobre las rocas. Los hombres que dejaron estas marcas pertenecían a los ya citados Indios Pueblo, habitantes de está región que supuestamente desarrollaron aquí una civilización avanzada y pintaron tales garabatos alrededor del siglo xvi, de acuerdo con los expertos en la materia.

Dicen que viajar sirve para dar perspectiva, para tener una visión más global del mundo en que vivimos y, sobre todo, para saber de dónde venimos y hacia dónde vamos, a la vista de lo que la historia de otros confines del mundo nos cuenta. Hay quien cree que esto se logra viendo las grandes obras de la antigüedad, ya sea una pirámide en Egipto, el Machu Picchu o un Buda descomunal en China. Yo por el contrario, creo que estas pequeñas cosas son las que sirven para abrirle a uno los ojos y hacerle pensar sobre la verdad detrás de toda sociedad humana.

Ante estos dibujitos, por ejemplo, a mí me da por pensar que en Estados Unidos, tal vez el país más avanzado del mundo hoy día y un lugar a la vanguardia creativa en muchos frentes, allá por el año 1500 había unos tipos cuya más notoria manifestación artística eran estos discretos glifos, no más complejos que el monigote de cuatro palitos y un circulo que un niño poco mañoso dibujaría antes de siquiera aprender a cagar sin necesitar un pañal. Piense ahora el lector en el arte pictórico de esa época en Europa y tendrá material suficiente para un par de jugosas reflexiones.

A media tarde, sin mucho más deseo de que el viento nos azote mientras vemos arboles fósiles y tebeos de siglos pretéritos, salimos del parque y seguimos nuestro viaje. Aunque la ruta 66 continúa en dirección a Los Ángeles, nosotros la abandonaremos para explorar otras partes de este territorio, y a partir de aquí buscaremos nuestro camino hasta San Francisco, destino final del viaje, a través de rutas mucho menos míticas y tal vez también menos transitadas. No dejan de ser carreteras parecidas, algunas incluso más agradables de recorrer y con mejores paisajes, pero es cierto que al dejar atrás la 66 me da una especie de rara melancolía. Con su aire de carretera simple, sin nada especialmente reseñable que ver aparte de ella misma, como de andar por casa, la 66 tiene un punto de romanticismo que al concluir ese tramo de viaje aparece de pronto y se queda hasta que empezamos a disfrutar las nuevas etapas del viaje.

Al contrario que la 66, donde nada de cuanto se ve es grandioso, nuestro siguiente destino es majestuoso, impresionante y sin ninguna duda legendario: Monument Valley. Monument Valley es ese desierto plano y rojizo con formaciones rocosas de formas caprichosas, lugar típico donde los haya para imaginar una caravana de fornidos vaqueros a lomos de sus correspondientes monturas, y un grupo de pieles rojas escondidos, listos para tenderles una emboscada y cortarles la cabellera. También es ese lugar donde un hombre no es hombre si no se calza unas botas de ranchero, se sube a su caballo y mira el horizonte con parsimonia mientras se fuma un Marlboro. Estas dos imágenes, la de los indios y vaqueros, y la del hombre de Marlboro, se cuentan sin duda entre las más representativas de este país en el imaginario extranjero, y venir a experimentarlas en persona es sin duda una forma inmejorable de continuar explorando la realidad americana.

Al caer la tarde llegamos al aparcamiento frente al más icónico de los promontorios, y como es temporada baja y allí no hay nadie más aparcado, decidimos que es un lugar perfecto para instalarnos y hacer noche, y así ver un atardecer verdaderamente de postal. Vaqueros la verdad es que no hay ninguno, y el único indio que encontramos, en lugar de bailar su danza ritual y llevar plumas en la cabeza, está metido en una garita y nos cobra unos dolares por entrar en el parque. El hombre de Marlboro debe haberse pasado al cigarrillo electrónico.

Miguel aprovecha la ocasión para hacer algunas fotos, y yo me voy a echar una carrera en tan bucólico escenario, intentando que no me pique una serpiente de cascabel o me coma un coyote. Cuando la noche se echa encima, decidimos darnos un pequeño capricho y entramos a cenar en el restaurante que hay en la entrada del parque, junto a un hotel que, todo sea dicho, rompe un poco el espíritu autentico de la zona. Como lo de mandar señales de humo parece haberse quedado anticuado, aprovechamos la conexión a Internet del restaurante y mandamos unos emails a casa. Definitivamente, el salvaje oeste ya no es lo que era.

Por la mañana hacemos la ruta más larga de cuantas ofrece la zona, sin cruzarnos con nadie. Por supuesto, montados en nuestro coche todo-terreno, a falta de un carruaje de caballos o una diligencia, que sin duda habrían sido una opción más acorde con lo que el lugar inspira, pero que no estaban disponibles.

Saludando de nuevo al tipo de la entrada con un gesto indio al que ni siquiera responde, dejamos atrás Monument Valley y continuamos nuestro camino cruzando a galope tendido las planicies. Aunque los pilares rocosos del camino no están a la altura de los míticos relieves que acabamos de abandonar, el paisaje es igualmente espectacular y, sobre todo, perfecto para este viaje de carretera. Esta zona es, tal vez, la mejor de todo al camino para sentirse un viajero en movimiento, el escenario ideal para un road-trip. La iconografía del lejano oeste tal vez ayude a esto y nos esté haciendo creer que somos forajidos huyendo a través del inhóspito desierto, pero en cualquier caso conducimos felices en pos de nuestro siguiente destino.

Nuestra próxima parada es el Parque Nacional Zion, un lugar enclavado en un espectacular cañón y con paredes de la misma roca rojiza que los mogotes de Monument Valley, pero con una vegetación frondosa y un clima muy distinto. Tan distinto que, a medida que vamos llegando y cae la noche, comienza a nevar con intensidad y nos coge de sorpresa. Llevábamos la idea de llegar hasta el mismo parque y dormir por allí cerca, pero la nieve frustra nuestro plan en el último momento.

Con el coche aparcado en la cuneta y poca probabilidad de que algún otro vehículo pase por allí en lo que queda de noche, decidimos que no hay razón para seguir avanzando y jugarnos el tipo, así que instalamos nuestro campamento de cada día. No es el lugar más idóneo, pero una vez que la oscuridad se nos eche encima, desde dentro no notaremos la diferencia entre estar en el más idílico de los enclaves, o aquí aparcados en el arcén de una carretera. Por otra parte, la calzada desierta cubriéndose poco a poco de una nieve muy blanca no deja de tener un cierto toque bucólico, si bien nos causa una cierta inquietud pensando en que mañana habremos de reanudar la marcha. Preparamos unos sandwiches ligeros para la cena, le damos aire al colchón, y nos acomodamos sobre él para echar unas horas charlando sobre los azares de la vida hasta que nos entre el sueño.

Al despertarnos, hay todavía sobre el asfalto una fina capa de nieve, pero nada que nuestra robusta montura no pueda superar. Nos ponemos en marcha sin perder mucho tiempo, haciendo alguna que otra parada para observar los ciervos que trotan románticamente al lado de la carretera sobre las rocas nevadas, y que son mucho más abundantes que los coches.

Echamos la jornada recorriendo una senda escarpada en el centro del parque, donde ya no queda nieve pero el día es frío y húmedo, y por donde fuera de la temporada más turística no pasea apenas nadie, y al final de la tarde volvemos al coche para seguir haciendo kilómetros.

Al salir de Zion, el paisaje cambia y se convierte en un desierto árido y sin embargo colorido, poblado por cactus imponentes que dibujan figuras un tanto cómicas y grotescas. En menos de un día hemos pasado del clima de montaña a la umbrosa y vegetal atmósfera por donde hemos caminado, y ahora nos despedimos con el aire inhóspito y reseco de estas zonas más bajas. No se puede decir que este no sea un viaje variado.

Dejando a nuestras espaldas las rojizas rocas de Zion, atravesamos la llanura con aire relajado y victorioso, como en el final de una de esas películas del oeste en las que siempre ganan los vaqueros y se alejan a galope tendido bajo los títulos de crédito.

* * *

Cuando dejamos atrás el territorio navajo, quedan todavía cosas que no hemos vivido de este mundo de indios y vaqueros. No hemos presenciado un ahorcamiento, no hemos visto cortar cabelleras, no hemos ni siquiera montado a caballo y nos falta ver una estampida de bisontes mientras damos vueltas a un lazo sobre la cabeza. Sin embargo, si hay algo de esa realidad del Far West que se ve en las películas que nos gustaría experimentar, esa es la de sus antros y sus garitos turbios, la de esos saloon de puertas batientes donde el sheriff va a poner orden un día sí y otro también, donde las botellas de whisky acaban siempre estrelladas en la crisma de algún paisano, y donde en el piso de arriba hay mujeres de moral distraída vistiendo ligueros. Esa es la parte de todo western que más nos gusta y que, como digo, no hemos conocido aún sobre el terreno a lo largo de este periplo. Esto no obstante, no nos desanima, ya que, a pesar de salir de la reserva india, nuestra siguiente parada en el viaje es un lugar en el que la mayoría de sus habitantes hacen que el más depravado pistolero del oeste parezca un monaguillo castrado. Nos referimos, por supuesto, a Las Vegas.

Si uno ha encendido el televisor alguna vez en los últimos cincuenta años, es probable que ya sepa el aspecto que tiene Las Vegas y el tipo de asuntos que por allí se cuecen. Las Vegas es un lugar tan estereotípico, tan icónico, que parece que ya se sabe todo sobre él antes de visitarlo, pero cuando uno llega se da cuenta de que todo es distinto. O bueno, en realidad, que todo es como lo esperaba, pero más exagerado.

Nosotros llegamos a Las Vegas a mitad del día, abandonando nuestras perdidas carreteras y sus bucólicos paisajes para entrar en un bullicio sin igual y tropezarnos con un clásico embotellamiento urbano. Habíamos reservado un hotel que no nos cuesta mucho encontrar, y que por la módica cantidad de 15 dolares nos da derecho a una habitación doble con sus dos camas tamaño gordo americano, además de una holgada plaza de garaje en la que atracar nuestro bergantín rodante.

El precio tan bajo no es sino una estrategia comercial para atraer al cliente, que compensará con creces la rebaja dejándose después el sueldo en el correspondiente casino del hotel, ya que, como cabe esperar, el esfuerzo de cruzar la calle para ir a otro antro de tragaperras similar supera con creces el gasto calórico diario de que es capaz el americano medio. También, todo sea dicho, es que el hotel en sí es cutre, y a pesar de su enormidad y su docena de elegantes botones en la puerta, tiene las moquetas más rancias al norte de la frontera y no es referente de elegancia alguna. La clientela del hotel, que no le va a la zaga en cuanto a la falta de glamour, se compone en su mayoría, así en un primer vistazo, de abuelas en bata de noche y jovenzuelos drogados.

Más allá del hotel y sus lógicas deficiencias, la primera impresión de Las Vegas es algo decepcionante. Como el lector probablemente ya sepa, Las Vegas ha hecho suya una imagen de glamour y sofisticación (llena de excesos, eso sí) que probablemente exista en cierta forma, pero lo cierto es que la sensación más inmediata es la de encontrarse en un lugar sucio y bastante casposo. Las Vegas es el vertedero de América, el lugar al que viene todo americano que quiera hacer algo inconveniente, abrir su válvula de escape, perderse en sus propias sombras. Esta ciudad es un destino catártico, y puesto que esta labor de catarsis no es gratuita, es una ciudad diseñada para este fin, para así acomodar de la mejor forma posible a sus degenerados turistas, que a fin de cuentas son los que traen el parné que tanto gusta.

El lugar de referencia de toda esta turbia pero adictiva atmósfera de Las Vegas es, por supuesto, el casino, un enclave donde todo es posible y en el que se ha de comenzar y concluir toda exploración de la ciudad. En las películas, los casinos de Las Vegas están llenos de croupiers engalanados y atractivos, mesas de blackjack con inmaculados tapetes y tipos elegantes acompañados de esculturales féminas, y junto a todo ello filas de brillantes maquinas tragaperras que emiten un musical ronroneo en perfecta sincronía y de vez en cuando reparten con dulzura un premio. La realidad, sin embargo, es que en las zonas donde el común de los mortales puede acceder sin hipotecarse tres generaciones, las mesas glamourosas y llamativas son escasas, las maquinas alimentadas por cuartos de dolar son aparatos ruidosos y desquiciantes operados por todo tipo de personajes de escasa fotogenia, y el ambiente general tiene la misma sensualidad que un bingo de madrugada en Benidorm lleno con los integrantes de un viaje del Imserso. Por supuesto, existe otra realidad distinta, más de altos vuelos, pero esta, como sucede en general en la vida, está reservada a unos pocos y es de carácter muy excepcional. El casino medio de Las Vegas es, no nos engañemos, más bien cochambroso.

Nuestra noche en Las Vegas comienza en el vestíbulo del hotel, bajo el enervante tintineo de las tragaperras y el olor a pachulí de la ancianidad que busca con frenesí una línea de frutitas iguales. Sin mucho ánimo de quedarnos en tan poco estimulante escenario, salimos a la calle principal de la ciudad: el strip.

El strip es la avenida que concentra todo el movimiento de la ciudad, donde se alinean los casinos y negocios decadentes que tanto éxito cosechan. Para organizar nuestra actividad nocturna partimos de la siguiente premisa: los casinos dan bebida gratis a los clientes para mantenerles jugando. Esto permite plantear una estrategia simplona de gorroneo con la que calentar el cuerpo y las ideas, en previsión de más tarde acometer alguna empresa festiva más enjundiosa. Esta táctica, no obstante, la abandonamos pronto al entrar en el primer casino, no muy distinto al nuestro, y tomarnos unas cervezas de calidad deplorable en sendos vasos de plástico, quedándonos sin más ganas de continuar por esta ruta de diversión económica pero poco suntuosa.

Como aún es pronto y no tenemos especial deseo de estar encerrados, y viendo que el alcohol gratuito es de una calidad muy mejorable, decidimos mover la actividad al exterior y disfrutar directamente en el mismísimo strip, bebiéndonos unas cervezas callejeras, que tampoco suponen un gasto excesivo. Consultando a una simpática dependienta en un liquor store, nos confirma que no hay problema en beber en la calle.

—Está prohibido, pero aquí en el strip se puede hacer lo que uno quiera.

La voz experta de la muchacha vendedora ratifica nuestra impresión general: mientras te mantengas en esta calle, todo vale.

Pertrechados con nuestras grandes y sustanciosas latas de cerveza, recorremos el strip tratando de encontrar algún sitio en el que valga la pena detenerse y sea asequible para nuestro bolsillo e indumentaria, y puesto que no hay demasiados lugares que cumplan tal requisito, nos deleitamos en mirar la muchedumbre y dejarnos arrastrar. De paso, contemplamos la artificiosa opulencia de la ciudad y su aire de decorado de cartón, que hay quien lo ve como un hermoso escenario de cuento de hadas lleno de ilusión, pero que a mí no acaba de convencerme demasiado.

Ya he mencionado la Torre Eiffel y la Estatua de la Libertad, pero el epítome de esta impostura de Las Vegas llena de falsas realidades es tal vez el Venetian, ese hotel de monstruoso tamaño en cuyo interior hay una réplica de media ciudad de Venecia, canales incluidos, y con un techo iluminado todo el día y pintado como un cielo, que pretende dar la sensación de que uno se encuentra al aire libre disfrutando de un luminoso mediodía en la ciudad de las góndolas. Nada puede resultar más artificial que el interior de este enorme complejo al que, por si acaso se dudaba, acudimos una vez que nuestro paseo no tiene más que ofrecernos y nos apetece además comer algo.

El interior del Venetian, incluso para quienes, como es mi caso, no hayan tenido la suerte de visitar la ciudad original en el norte de Italia, se parece a la versión real más bien poco, y su techo decorado se asemeja a la Capilla Sixtina (con la que las agencias de viajes, siempre dadas a la hipérbole desmedida, gustan de compararla en sus panfletos) lo que un pasodoble a una zarabanda de Bach. Habrá, sin duda, quien diga que existe un parecido razonable y la espectacularidad y valor artístico del Venetian puede equiparase a la de una verdadera obra de arte. Eso no hace sino demostrar que hay gente con poco criterio y, sobre todo, que el visitante habitual de esta ciudad no suele tener la percepción en buen estado.

En el interior del Venetian, nos tomamos un rápido fish & chips y algún que otro brebaje para acompañarlo, y exploramos su interior, que es un auténtico laberinto de bares, tiendas de moda y zonas donde jugarse el sueldo. Cuando nos queremos dar cuenta, no sabemos muy bien dónde andamos; hemos recorrido unos cuantos pasillos y estamos completamente perdidos. A falta de migas que recorrer para hallar el camino de vuelta, tratamos de seguir un breve rastro de cerveza dejado gracias a nuestro temblequeante pulso, pero aquello no nos lleva muy lejos. Como nuestro sentido de la orientación no da para mucho a estas alturas de la noche, deambulamos erráticamente y el azar nos devuelve a la calle más o menos una media hora más tarde.

Sigue siendo aún pronto y queda mucho tiempo por delante, pero hemos perdido inútilmente unos buenos y valiosos minutos, así que ya va siendo hora de procurarse algo de diversión más seria. En nuestro esfuerzo documental de las horas previas hemos recopilado algunas direcciones de locales algo más refinados, donde al parecer la juventud acude al bailoteo y el ligoteo. Seleccionado uno de ellos que parece tener mejor pinta, y que estamos seguros de que estará abierto, paramos un taxi y le damos las señas del lugar, a escasos cinco minutos de allí.

El sitio en cuestión es una enorme discoteca atestada de gente, con varios ambientes y un aire elegante pero fresco. El precio de la entrada cuesta más de lo que el jugador medio de tragaperras gasta en toda una noche colando moneditas por un ranura sin obtener premio, y una cerveza aguada vale lo que una cuba de Vega Sicilia, pero una noche es una noche y nos damos el capricho. El inconveniente del alto precio de las consumiciones es fácilmente subsanable, si se tiene en cuenta que ya nos hemos echado para el cuerpo un volumen nada despreciable y podemos pasar lo que resta de noche disfrutando del efecto que nos causa, y que hace ya rato que se manifiesta de forma evidente.

Mientras trato de marcarme unos pasos de baile desacompasados y sorbo con inusitada lentitud la única cerveza que pienso comprar en toda la noche, me entretengo observando las intentonas de los muchachotes americanos sobre sus compatriotas femeninas, en un espectáculo de la más dudosa belleza plástica. Ellos, muy masculinos y acicalados, sonrientes, porque este parece ser un lugar de gente guapa, abalanzándose sobre ellas con una técnica de caza similar a la de una sanguijuela. Las mujeres, por su parte, muy atractivas y enseñando más jamón del imprescindible, pero con más bien poca sutileza y una muy notable falta de estilo.

Si se grabara algún documental sobre el ser humano y sus maniobras de acercamiento a la hora de reproducirse, está claro que, de grabarse en este entorno, la cinta no tendría la belleza que tienen esos programas que muestran los bailes sincronizados de los cisnes antes de aparearse o los despliegues multicolores de los pavos reales macho. Por el contrario, un hombre y una mujer flirteando en una macro-discoteca de Las Vegas tienen la misma sensualidad que el cortejo nupcial de la ladilla o el galanteo del pepino de mar.

Bien entrada la madrugada, el cansancio me vence y en mi botella de cerveza no queda ni una sola gota, así que decido irme al hotel. Miguel prefiere quedarse algo más y apurar la noche. El camino de vuelta, en lugar de hacerlo en taxi, lo hago a pie en una autentica gymkana nocturna, esquivando a los transeúntes drogados, los repartidores de octavillas y folletos que parecen un catálogo de supermercado con mujeres en cueros en lugar de electrodomésticos (por cierto, la palabra folleto creo que es perfecta para este tipo de documento, por obvias razones fonético-semánticas) y un buen número de otros paseantes de los que mi intuición, aunque severamente disminuida, me indica que es recomendable pasar a distancia prudencial.

En el paseo, entre fintas, requiebros y giros a contrapié para zafarme de alguno o varios de los anteriormente citados sujetos, me siento como una especie de torpe delantero avanzando hacia el área contraria. O más bien como un esquiador en un interminable eslálom con yonkis y proxenetas en lugar de banderines.

Mi llegada a la meta —esto es, al hotel—, contrariamente a lo que pudiera pensarse, no me proporciona tranquilidad alguna. El interior del lugar es ahora diferente y algo menos bullicioso que cuando salimos, pero no por ello más apacible. Y evitar el encuentro con los seres que lo pueblan sigue siendo necesario para llegar a la cama sano y salvo.

Los habitantes del hotel a estas horas son mayoritariamente de tres clases, que a continuación paso a describir.

En primer lugar están las abuelas —con algún que otro abuelo distraído, aunque pocos— que siguen jugando sus dolarcillos y dándole a la palanca a la espera de que salga el premio. Las que aún no se han ido a dormir le dan a la escena un ambiente inquietante, aguantando en pie mientras se toman las pastillas de la hora del desayuno y repasan la higiene de sus dentaduras postizas. Este tipo de protagonistas no es, no obstante, peligroso.

Por otra parte, y con mucha mayor actividad que la de la tercera edad y mayor peligro, un enjambre de mujeres semidesnudas pulula a la búsqueda de clientes dispuestos a pagar por un poco de lujuria. Aparentemente, tienen por delante una ardua tarea, considerando que la más hermosa tiene menos dientes que dedos en una mano y todas ellas están en pleno subidón de múltiples sustancias.

Por último, intercalados con las anterior, un puñado variopinto de muchachotes, con percepción confusa y probablemente alojados en este hotel, buscan en las antedichas meretrices la última diversión de la noche.

En otras palabras, mientras las abuelas se afanan en buscar tres cerezas en línea para cobrar el premio, los chavales tratan infructuosamente de encontrar una profesional con tres dientes alineados, requisito básico para conseguir el mínimo estímulo necesario. Ambas tareas se antojan igual de difíciles.

Sin ánimo de unirme a esta particular fiesta, me retiro a mi habitación y duermo hasta que la ciudad es distinta. Al menos, ahí afuera, porque por la mañana, en el piso de abajo, la ancianidad en pijama sigue donde la dejé, si acaso con algunas monedas menos en sus bolsillos.

La verdad es que levantarse en Las Vegas, al menos cuando uno lo hace en una habitación de hotel alta como la nuestra, da cansancio y resaca. Es probable que el huésped tenga estas sensaciones debido a los excesos de la noche, pero aun no siendo así, la vista desde la ventana basta para agotar incluso el espíritu más enérgico, porque es una vista desoladora, fatigante. Allá a lo lejos, si se alcanza a ver lo que hay allende los límites de la ciudad, no hay sino una extensión desértica y reseca, una planicie color canela que solo invita a la congoja y al dolor de cabeza. Si uno se siente fuera de lugar a veces al despertarse, aquí lo que le da a uno por pensar es que la ciudad entera está fuera de su sitio.

El desierto alrededor de Las Vegas, el desierto de Mojave, no es en sí más desolador que otros desiertos o zonas áridas. De hecho, tiene bastante encanto, con sus montañas al fondo y su tímida vegetación de plantas crasas, con un aire divertido y amigable. Lo que causa extrañeza es el contraste entre la ciudad, con sus fantasiosas y fraudulentas construcciones, y la realidad de la naturaleza seca y difícil del desierto.

Lo cierto es que el desierto en sí no solo no nos resulta desagradable, sino que nuestro siguiente plan una vez que recuperemos fuerzas y salgamos de Las Vegas es viajar al lugar más seco y caluroso de Estados Unidos: Death Valley. Así que nos tomamos un buen desayuno, nos volvemos a montar en el coche y nos ponemos en marcha hacia nuestro reseco y despoblado destino, atravesando las barriadas del extrarradio de la ciudad, que tienen un aire de lugar triste y deprimente. Sin la loca diversión del centro, y al borde del desierto, se hace raro pensar en como será vivir allí, en un lugar así de desangelado y soso, apático, mientras cada día a una decena de kilómetros hay miles de personas que hacen realidad sus más oscuras fantasías como si no hubiera mañana.

Al alejarnos, echo una mirada hacia atrás, hacia la ciudad, y la verdad es que no me provoca mucha más emoción que observar estas afueras. Definitivamente, Las Vegas es un lugar de noche, un sitio que sin sus neones y sus locuras crepusculares es extraño, inquietante. Y como ya nos hacemos viejos y no estamos para salir dos noches seguidas a este ritmo, mejor cambiar de lugar y seguir con nuestra rutina de hacer kilómetros a la que ya nos hemos acostumbrado.

* * *

La seca realidad del exterior de Las Vegas da paso en nuestro viaje a una realidad aun más seca y abrasadora: Death Valley, el Valle de la Muerte. Como ya dije, esta es la zona más calurosa de todo Estados Unidos, donde las temperaturas en verano rozan los 50 grados centígrados (lo cual en grados Farenheit debe ser una cifra verdaderamente acongojante), principalmente a causa de la elevación del lugar, a unos 200 metros por debajo del nivel del mar.

Por fortuna, no llegamos en lo más álgido de la temporada estival, y por primera vez en el viaje encontramos un lugar en el que en esta época del año resulta más agradable hacer turismo que en las temporadas de vacaciones habituales.

Cruzamos el mortífero valle a una velocidad muy tranquila y nos detenemos a pasear por un salar, y algo más adelante en unas zona de charquitas que cuando regrese el calor desaparecerán en cuestión de minutos dando paso al más reseco de los suelos. Sin demasiada emoción, nos entretenemos leyendo unos paneles informativos donde se narra con excesivo drama la lucha de las criaturas acuáticas que sobreviven en estos parajes.

Ya sea aquí en mitad del desierto, al borde de una laguna o en la cima de un monte, la literatura de estos paneles es siempre de una calidad muy mediocre. Los paneles de naturaleza son como novelas románticas condensadas en una sola página, adornadas de dibujos y con el único objetivo de emocionar a gentes que no han visto en su mayor parte mucha más vida salvaje que un periquito enjaulado. La edulcorada retórica de este tipo de carteles me parece una forma ridícula de dar valor a los escenarios que describen. Sería mucho más honesto y valioso si no se intentaran siempre explicar con tal intensidad melodramática.

Quizás porque aún llevamos encima el cansancio y la resaca de la noche anterior, y el calor ya se sabe que nunca fue buen aliado para enfrentarse a esta clase de tormentos, Death Valley no parece llamarnos mucho la atención. Sin especial interés por detenernos más, pasamos por él dedicándole probablemente menos atención de la que un lugar tan peculiar merezca. Como digo, nuestra situación no es la mejor para disfrutar de la aridez extrema, y sí por el contrario de zonas amistosas y paisajes paradisíacos al borde del mar, tales como los que nos esperan en nuestra siguiente y última fase del viaje antes de llegar a San Francisco: la parte de la costa californiana conocida como Big Sur.

Se conoce bajo el nombre de Big Sur a una franja de costa de unas cien millas al sur de la península de Monterey, apenas habitada y con un relieve abrupto y un paisaje bucólico. Las pocas casas que hay en Big Sur son villas a pie de playa y otras propiedades dispersas en manos de tipos con mucha pasta para gastar a fin de mes, y no hay duda de que constituyen un maravilloso lugar para el descanso y la reflexión. No en vano, este ha sido y es aún un enclave de peregrinación de no pocos escritores y artistas bohemios, que una vez que sus obras empezaron a engordarles la chequera, prefirieron mudarse aquí y dejar de ser unos artistas zarrapastrosos.

Para los que no disponen del efectivo suficiente como para conseguirse una de las escasas construcciones de la zona, lo mejor que se puede hacer es simplemente recorrer el Big Sur por la carretera, sinuosa y de gran valor escénico, admirando la inmensidad del océano y la propia belleza del recorrido. Es de agradecer que nuestra expedición sea de dos personas y podamos turnarnos al volante, porque de otro modo resulta difícil contemplar la vista sin arriesgarse a acabar en el fondo del acantilado en una de las muchas curvas del camino.

El final del día nos coge más o menos a mitad del trazado, en un lugar perfecto para contemplar el atardecer y hacer noche ante tan bello espectáculo. Si el mercado inmobiliario de la zona anda por las nubes, la oferta hotelera, prácticamente inexistente, no le va a la zaga. Nos detenemos en un pequeño hotel-restaurante que propone además una alternativa simpática y muy en sintonía con el espíritu hippie-cósmico que reina en estos alrededores: dormir en el interior de una yurta mongola. Pensando en el bolsillo menos pudiente, ofrecen la posibilidad de poner tu propia tienda de campaña.

Preguntamos el precio de esta última opción y una mujer muy elegante y bohemia a quien el karma y los designios místicos parecen mantener la billetera bien surtida nos dice que la broma sale por ochenta dolares, y que la yurta serían trescientos. Aprovechando que el sol está en el momento más hermoso del ocaso, nos pedimos unas cervezas, nos las bebemos en una terraza contemplando el espectáculo, y nos vamos poco después a buscar un sitio donde dormir sin tener que soltar el fajo.

Al final, dada la dificultad de encontrar cualquier lugar distinto del mero asfalto, tomamos un desvío que sube hacía lo alto de una colina y a mitad de camino, en una zona donde la carretera es algo más ancha, aparcamos y hacemos noche. Por la mañana, la vista del mar con los espejeos de la primera luz nos recibe a través del portón trasero del coche. No es quizás tan perfecto como verlo desde el exotismo de un chamizo mongol de felpa, pero tiene su encanto.

En nuestro último día de carretera, nos ponemos en marcha y continuamos camino contemplando el paisaje costero, después de intentar sin éxito visitar el museo de Henry Miller, que a esas horas del día aún está cerrado. Cuando salimos de la zona de Big Sur, pasamos un rato viendo unos elefantes marinos en la playa, y desde allí ya no paramos hasta llegar a San Francisco, donde nuestra aventura itinerante toca inevitablemente a su fin.

* * *

Y así es como, dos años después de haber iniciado nuestras correrías americanas junto a una playa plagada de Carprobrotus, regresamos a esta misma ciudad y cerramos aquí en San Francisco un curioso ciclo. Miguel pasará como entonces algunos días en casa de su hermano, y yo haré lo propio en casa de una amiga y su marido, que han tenido la gentileza de invitarme.

Hay mucho que ver en San Francisco, no cabe duda, y también mucho que contar. Pero en este relato que es una historia de migración y ruta, un libro de carretera y manta, se me antoja inoportuno y algo flojo terminarlo haciendo el recuento de unos días de simple visita turística. Para que no sea así, voy a contar una historia diferente que me sucedió en mis últimos días en la ciudad, y que, si bien no es un colofón ideal para esta aventura que vengo relatando, sí que es al menos una historia algo distinta.

San Francisco tiene, como digo, un lado turístico notable, uno que, por otra parte, y tras estas pequeñas estancias, ya voy empezando a conocer en cierto modo. Pero tiene también, y tal vez con una mayor importancia, un lado económico y financiero, pues no ha de olvidarse que es aquí donde radican una buena parte de las empresas que mueven el mundo moderno, en especial aquellas de corte tecnológico que tienen en Silicon Valley, a las afueras de la ciudad, su particular suerte de Meca. Este lado empresarial es más difícil de descubrir para el turista casual, pero por suerte yo llego en un momento en el que el destino me brinda la oportunidad de introducirme en él y codearme con sus protagonistas.

Quiere el azar que, justo en los días en que yo estoy en San Francisco, un amigo mío español también anda por allí, pero en lugar de en visita turística lo hace con interés empresarial. Mi amigo acaba de ganar un concurso de emprendedores cuyo premio consiste en pasar una semana visitando la sede de las empresas más emblemáticas del valle, y finalizando con una visita a la Universidad de Standford y una barbacoa de confraternización con otros futuros empresarios españoles que andan batiéndose el cobre por estos confines. Las visitas profesionales ya han tenido lugar, pero la barbacoa que pone el punto final a la semana es el día después de llegar nosotros, así que, echándole un poco de morro, me uno a él para el evento.

La barbacoa, que a tenor de lo visto yo no llamaría así, sino más bien aperitivo, piscolabis o tentempié, tiene lugar en la casa de un español joven, en el principio de sus cuarenta años bien llevados, quien al parecer se ha erigido en mecenas y consejero de cuantos españoles se deciden a venir a probar suerte en el complejo entramado empresarial de Silicon Valley. El tipo, del que rápidamente uno se da cuenta que gusta mucho de oírse a sí mismo, luce una perpetua sonrisa y todos los complementos necesarios para ser un emprendedor molón en este rincón del mundo. Tiene, en pocas palabras, el look prefabricado del creador de empresas tecnológicas de San Francisco y, como no voy a tardar en comprobar, también el mismo discurso que todos ellos, muy resultón, muy americano y, predeciblemente, muy vacío.

Antes de pasar a la parte interesante de la velada —esto es, el apipe—, nos ofrece una edulcorada charla de autoayuda emprendedora, con sus bien efectivas transparencias, sus ensayados golpes de efecto, y su moraleja aleccionadora. La charla en cuestión la da en el garaje de la casa, convenientemente equipado con sofás y asientos varios, un proyector, un equipo de sonido envolvente y otros cuantos artilugios más que no corresponden a la idea habitual de «garaje».

Los garajes en la subcultura empresarial de San Francisco tienen un papel muy peculiar. Desde que William Redington Hewlett y Dave Packard iniciaron su futuro negocio de ordenadores en uno de tales, esta pieza de la casa ha de usarse para todo tipo de labor emprendedora, pero nunca para aquello para lo que originalmente está pensada. Meter un coche en un garaje de una casa en Palo Alto te granjeará las miradas de desprecio de tus vecinos. Meter la cortacésped probablemente conlleve tu expulsión inmediata del vecindario. Está de más decir que a mí este postureo me resulta de lo más ridículo, pero forma ya parte ineludible del folclore cool y molón de este particular grupo social de los emprendedores digitales.

Como la charla es bastante poco sustanciosa y el orador excesivamente narcisista, decido pasar disimuladamente a la siguiente fase y echo mano de unos pepinillos que veo en un rincón de la sala. Antes de que concluya la disertación, me he hago con unas galletas en forma de pececitos y unas patatas fritas.

Cuando la perorata concluye y comienza la charla amistosa entre los asistentes, el anfitrión y sus amigos mueven los aperitivos que yo llevo ya unos minutos degustando hacia el centro del garaje y los dejan sobre una mesa. Esto es una muy mala señal, ya que básicamente quiere decir que ese ligero aperitivo es todo lo que va a tener a bien ofrecernos. De la carne a la parrilla que yo andaba esperando no hay ni rastro. Para llevar unos años instalado en este país, creo que este tipo aún no ha entendido bien lo que es una barbacoa.

—Ahí fuera tenéis bebidas —proclama con entusiasmo el orgulloso organizador.

Salgo al pequeño jardín y compruebo que la oferta se reduce a un pequeño cubo de chapa con unos hielos entre los que nadan algunas latas de refrescos y unas botellas de cerveza. La cantidad total es aproximadamente lo que yo traía intención de beberme. Esto, junto al hecho de que la comida disponible no daría la talla ni para una fiesta de cumpleaños infantil en la posguerra, me termina de convencer de que nuestro anfitrión de hoy es más pose que realidad, y que probablemente sea más un artista de la cancamusa que un verdadero emprendedor creativo. Como me he colado de gorra en la fiesta y no está bien protestar en estas circunstancias, me abstengo de decir nada, agarro rápidamente una birra antes de que se agoten, y voy a comentar con mi amigo la exigua dotación de este evento, hecho que él confirma al instante.

Los aspirantes a empresarios digitales que han acudido a la cita tienen un perfil similar al del organizador, aunque andan aún en proceso de medrar y poder vivir del cuento como él. A excepción, por supuesto, de mi buen amigo, y también de un simpático hombre que ha logrado sacar adelante una empresa de servicios de reconocimiento de voz, con quien hago amistad junto a la fuente de patatas fritas revenidas. La temática de su trabajo me es interesante, pero en ese contexto, es más su naturalidad y espontaneidad la que lo hacen destacar entre el resto.

—¿Y tú que estás montando? —me pregunta.

—Yo nada, no tengo ninguna empresa. He venido con mi amigo a ver si daban de comer.

Mi sinceridad parece agradarle.

—Pues no has venido al mejor sitio —me dice enseñándome el último pececito comestible que queda.

No hay nada como criticar a un anfitrión miserable para forjar la más noble de las amistades.

Cuando las patatas fritas se terminan, el grupo se pone en marcha de vuelta hacia San Francisco, donde me desquito de tan frustrante experiencia con una buena cena y una buena cantidad de cervezas.

Después de aquello, paso en la ciudad un par de días más sin hacer nada especial, dejando reposar el viaje. El ambiente tan moderno de la ciudad, subrayado por la frustrada tarde de barbacoa en compañía de gentes demasiado estilosas para mi gusto, me hace darme cuenta de que yo soy de un perfil distinto y de que, en realidad, me siento más cómodo en el rústico y auténtico escenario de la 66, en esas carreteras vacías, en esos pueblos discretos que podrían desaparecer sin que nadie los echara de menos, en esa forma de vivir simple de la América rural. No me avergüenza confesar que la América más rústica, con todos sus defectos y sus problemas, es la parte del país que más me alcanza, la parte en la que, tal vez sin demasiado entusiasmo, me gustaría sin embargo quedarme, y la que cuando ya no esté aquí voy a echar más de menos.

De hecho, lo voy a echar de menos muy pronto, porque el viaje toca ya a su fin y es hora de decirle adiós una vez más a los Estados Unidos de América. Eso sí, se lleva uno buenas historias de esta aventura y también un puñado de emociones que rumiar en los momentos menos agitados que le esperan de vuelta en casa. Y no nos vamos a engañar, volver a casa es siempre el momento más intenso y placentero en un viaje como este.

Porque lo mejor de la vida no es viajar sin descanso y explorar siempre en busca de algo nuevo, sino sentarse a saborear con disfrute una rutina plácida y sin sobresaltos. Porque la vida en realidad no es un excitante recorrido lleno de emociones, sino más bien un camino pausado y constante que se saborea con calma mirando al horizonte.

Más o menos, como una de esas rectas e interminables carreteras de Oklahoma.

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