Por la Pacific Crest Trail

De haber sido yo un ave emplumada en lugar de un mamífero bípedo y lampiño, sin duda habría estado más cerca del avestruz y el pollo de corral que de la golondrina o el halcón peregrino, no ya por mi escasa gallardía y poca elegancia estética, sino porque el desplazamiento a cierta altura nunca fue mi mayor afición y he preferido siempre moverme a ras de suelo. No obstante, y por aquello de que América no pilla muy a mano y hay agua entre medias, el viaje en cuestión que aquí se relata ha de comenzar inevitablemente con un vuelo, sin que nada pueda hacerse por evitar tal trance salvo quizás meterse de polizón en un barco y hacer la ruta flotando sobre las frescas aguas del Atlántico. Qué duda cabe que ello resultaría una aventura tal vez incluso más interesante que la presente, pero como el objetivo principal de esta empresa es recorrer la patria de la hamburguesa y el ratón Mickey, y el barco es transporte capaz pero lento, opto por alcanzarme hasta tierras estadounidenses por la frívola aunque eficaz vía aeronáutica. Y así, sin mucho convencimiento pero con gran ilusión, despego rumbo a San Francisco, donde el viaje propiamente dicho habrá de dar comienzo.

El episodio aéreo, pese a todo, resulta de no poca diversión y muy representativo ya de la idiosincrasia yanqui a la que el viajero habrá de enfrentarse en breve, pues cuando se viaja hacía las tierras de Norteamérica, los vuelos tienen un regusto muy de aquellos confines y le anticipan a uno el estilo de cuanto va a encontrar una vez que la aeronave tome tierra.

Por ejemplo, un avión rumbo a Estados Unidos lleva en su pasaje, por razones obvias, una notable cantidad de ciudadanos de tal país, y si por algo suelen caracterizarse estos es por su verborrea y su facilidad para la sonrisa ligera. Yo, que nunca he sido de entablar conversación con desconocidos aunque hayan de pasar en el asiento de al lado diez horas y acaben dormitando sobre mi hombro a mitad de trayecto, he hablado más en mis vuelos hacia aquella nación que en todos los restantes que he hecho en mi vida.

La primera vez que crucé el charco en solitario, se me sentó en la butaca contigua un hombretón de unos cincuenta años, con un mostacho gracioso y una pinta de habitante del medio oeste aficionado a pasar las tardes mascando tabaco. El hombre se arrancó rápido a contarme su vida y, cuando no le quedó mucho más por contar, me empezó a preguntar por la mía.

—¿Y a qué vienes? ¿Turismo?

—No, en realidad voy a una conferencia a dar una charla.

—Ah, una conferencia. ¿Y de qué trata?

Como el tipo parecía con ganas de cháchara, le solté sin remilgos toda mi parafernalia profesional, aderezada con profusión de palabrejas técnicas, con la esperanza de que aquello le hiciera desistir y me diera un respiro. Cuando le vi con rostro pensativo pensé que mi discurso le había dejado aturdido, pero en realidad estaba procesando la información y elaborando su más juiciosa opinión al respecto.

—Muy interesante. —Hizo una pausa muy circunspecta y después sonrió como con cierto regocijo—. La verdad es que estoy sorprendido. No te ofendas, pero más que de ir a una conferencia científica tienes pinta de atracador de bancos.

Le devolví una sonrisa un tanto forzada mientras por mi mente pasaban imágenes de tebeo de esas en las que los ladrones llevan antifaz y una bolsa con el símbolo del dolar. Él pareció quedarse tranquilo y volvió a sus cosas, hasta que llegó la comida y le apeteció comentar conmigo la ínfima calidad del condumio.

Semejante honestidad es sin duda difícil de superar, pero en posteriores vuelos siempre he encontrado gentes de lo más variopinto, y casi siempre dispuestas a participar en las conversaciones más rocambolescas que un viajero puede desear mientras sobrevuela la enormidad del océano a diez mil metros de altura. De cualquier forma, no viene mal como ejercicio de aproximación al carácter del americano medio, y es un saludable calentamiento antes de echarse a recorrer un país con 300 millones de individuos de similar talante.

Además de tipos demasiado parlanchines e indiscretos, en estos vuelos uno encuentra a bordo los clásicos entretenimientos para que el tiempo de trayecto pase lo más rápido posible, tales como películas, videojuegos, o alguna que otra bebida. Y siendo que el destino son los Estados Unidos de América, nunca falta el mejor y más americano de todos los pasatiempos: catálogos.

De todos es sabido que en esto de vender a domicilio cosas de lo más variopinto, a los americanos no hay quien les gane. La Teletienda es en esta nación una institución de lo más relevante, al lado de la cual sus homólogas de otros países son meras tienduchas de barrio. Los catálogos que siempre han de estar presentes en los aviones americanos son la versión impresa de aquella, y si emitir 24 horas diarias de demostraciones comerciales de todo tipo de cacharros resulta exagerado desde el punto de vista del europeo medio, no lo es menos el grosor de estos mamotretos de a bordo, verdaderas biblias donde se exponen productos que, a primera vista, ni el más avezado vendedor lograría despachar aun poniendo todo su esfuerzo.

Los artículos de un catálogo de avión americano han de cumplir uno de los siguientes requisitos: ser completamente inútiles, ser absolutamente grotescos o evidenciar la mayor falta de gusto. Lo normal es que ambas características aparezcan unidas indisolublemente. Si el lector desea adquirir cualquier cachivache que entre en la anterior definición, no tiene más que buscarlo en uno de estos espantosos vademecums de a bordo. Son muestrarios de un horror consumista indescriptible, que lo primero que le hacen pensar a uno es en la clase de personas que son capaces de adquirir uno de tales productos.

El catálogo típico se abre con una sección de jardinería donde habitan elementos de decoración que convertirían el más cuidado jardín inglés en un paisaje dantesco, y entre los que nunca faltan cocodrilos de resina, monolitos con forma de cabezas de pascua y, la estrella de la sección y que siempre aparece: esculturas de escayola con la forma de un Bigfoot, ideales para causar miedo y perplejidad a partes iguales. Los enanitos de jardín son para los pusilánimes. El verdadero hombre americano no pone en su jardín ninguna estatua de menor dimensión que las anteriores.

A la sección de jardín le sigue una de cocina, otra de interior, o bien se entra directamente en los artículos personales, que pueden ir desde un cacharro para evitar la aparición de juanetes hasta un albornoz con mp3 integrado. Leer uno de estos catálogos de principio a fin provoca la primera vez unos sobresaltos y una incredulidad que ni la más intensa novela de terror fantástico lograría alcanzar. Es toda una experiencia, sin duda.

Como ya digo, no entiendo cómo alguien puede subirse en un avión y bajarse después con la decisión de comprar un gorila de escayola de tamaño real, un sofá de 5000 dolares que da masajes, una chimenea falsa que no es más que una pantalla retransmitiendo un fuego o un aparatoso grifo que emite ultrasonidos y sirve para limpiar joyas, productos todos ellos vistos por quien esto escribe. Mirando a mi alrededor en el avión, no encuentro mucha gente que parezca un cliente potencial para tales horrores, pero no hay duda de que deben existir. El mecanismo de la oferta y la demanda funciona en Estados Unidos mejor que en ninguno otro lugar.

Cuando la lectura de esta peculiar literatura está a punto de lograr su objetivo y convencerme para comprar un mueble de estilo Luis xiv, el avión aterriza y me escapo de las garras del consumismo, ahorrando mis dólares para otros menesteres más útiles.

Me pongo en marcha hacia la casa del hermano de Miguel —mi compañero de andanzas, junto al que con anterioridad a este periplo ya llevaba perpetradas algunas actividades de lo más variado y entretenido—, donde el susodicho pasa estos días y donde me encontraré con él para arrancar nuestro viaje.

El viaje, por si he olvidado decirlo, consiste ni más ni menos que en recorrer a pie parte de una senda que une la frontera de México y la de Canadá y atraviesa el país en su lado oeste, y que se conoce como Pacific Crest Trail. Si al lector le pica la curiosidad y quiere saber por qué hemos decidido esta opción viajera, sepa que no soy capaz de darle una respuesta convincente. Yo mismo me lo he preguntado en ocasiones y no recuerdo de dónde vino semejante plan, pero ello no es óbice para afrontarlo con la mayor de las ilusiones.

En cualquier caso, pasaremos un par de semanas pateando la tierra de esta ruta y gastaremos algunos días más civilizados en la bohemia y escandalosamente cara ciudad de San Francisco, donde el hermano de Miguel vive y nos proporciona gentilmente alojamiento antes y después de la caminata. Y donde, en caso de que el lector lo haya olvidado, un servidor acaba de aterrizar.

* * *

Los Carpobrotus son plantas perennes, crasas, sin papilas cristalinas. Tallos postrados, al fin leñosos y desnudos o con restos de hojas secas. Hojas opuestas, sésiles, semiamplexicaules ligeramente adratas en la base, de sección triangular. Flores grandes, solitarias, terminales, con pedúnculo comprimido, bracteolado. Estaminodios petaloideos numerosos, libres, en 3--4 verticilos, blancos, amarillentos o purpúreos.

Si la pedante jerga botánica no le dice mucho al lector, basta con que recuerde que se trata de unas plantitas de hojas carnosas y rechonchas, que seguro ha visto en algún que otro jardín, pues se dan con bastante facilidad en todos los lugares. En particular, crecen junto a la playa de San Francisco, en la mediana de un pequeño bulevar y junto a un talud vertical de unos tres metros de alto que separa la arena de dicha playa y la acera de la citada vía. Este dato, que puede parecer irrelevante, es sin embargo vital para el transcurso de esta historia, como a continuación podrá verse.

La acción en cuestión se remonta al día inmediatamente después de mi llegada a San Francisco. Miguel y yo, en compañía de Jaime, hermano menor del antedicho y con similar afición al buen disfrute, salimos a deambular por la ciudad. Nuestro objetivo es simplemente tener una noche típica de bares y copas, tanteando un poco la vida nocturna del lugar y colmando así nuestra necesidad festiva, que sin duda no va a tener muchas satisfacciones una vez que nos pongamos en marcha a caminar por la montaña. Como es aún pronto y a la luz del día no hay muchos tugurios en funcionamiento, decidimos pasear y ver algunos de los barrios típicos de San Francisco, cada uno con su particular fauna. Y en previsión de la noche que nos espera al acabar nuestro paseo, nos agenciamos unas bebidas en un ultramarinos, con objeto de beberlas sobre la marcha y calentar el espíritu.

Aquí los ultramarinos tienen muchos nombres, el más común tal vez sea «convenience store», que algunos lo traducen como «tienda de conveniencia». No sé de dónde viene este nombre, pero no termina de convencerme. También es cierto que «ultramarinos» suena viejuno y desfasado, y además aquí no debe tener mucho sentido, porque a este lado del océano el ultramar tendrá, digo yo, un significado distinto. Es divertido esto de darle vueltas a las palabras cuando uno está fuera de casa, es un gran gozo viajero.

La tienda donde compramos tiene una abundante variedad de bebidas y es más bien lo que aquí llaman un «liquor store», esto es, una variante especializada para los aficionados a soplar la gaita a todas horas del día. En español a esto lo llamaríamos una licorería, pero esta palabra tampoco me convence: me suena muy vieja. Una licorería me suena a cosa añeja, a sitio donde no se venden cerveza, vino y ron, sino cazalla, Anís del Mono y chinchón. En cualquier caso, ambos vocablos, «licorería» y «ultramarinos», tienen sonoridad y presencia, algo de lo que carece la forma actual de designar a estos colmados en nuestro país: «tienda de chinos». Esta locución es sencillamente espantosa, como lo es el propio establecimiento en sí, pese a su manifiesta utilidad en según qué ocasiones.

El caso es que, se llame de un modo u otro, la tienda nos provee de líquidos vitales que vamos trasegando mientras recorremos las empinadas calles de San Francisco, eso sí, siempre dentro de su correspondiente bolsa de papel.

En este país, la bolsa de papel es el complemento imprescindible para el bebedor callejero, no más por una razón puramente legal. Llevar una botella por la calle es perfectamente legal, siempre que no la abras. En el momento en que la descorches (o, más probablemente, le quites el tapón de rosca, que en estas circunstancias uno no suele consumir caldos de mucho calibre), llevar la botella es una flagrante ilegalidad semejante a portar un rifle de asalto. Corrijo, llevar un rifle de asalto en otro país que no sea este, que ya se sabe que aquí eso es como llevar un portaminas en el bolsillo.

La ley tiene, no obstante, una excepción: si la botella no se ve, no hay problema. Y es ahí donde entra en juego nuestro amigo el saquito de fina celulosa. Una bolsa de papel para una botella del peor garrafón es como una bolsa de kriptonita para Superman, la convierte en algo blando, inofensivo, el alcohol más aguardentoso torna en infusión de poleo-menta. Así que, para no tener problemas con la ley y poder beber al aire libre, basta conseguir una bolsita e ir chupando de la botella que asoma tan solo ligeramente por el envoltorio de papel.

Cuando nos hemos bebido ya unas cuantas de estas bolsas con sus correspondientes contenidos, el día se empieza a oscurecer y nublar de un modo similar a como lo va haciendo nuestra capacidad de raciocinio. Este es el momento en el que vienen normalmente las ideas más inoportunas, y en nuestro caso, pese al mal tiempo que va entrando, se nos ocurre darnos un baño en la playa. Dicho y hecho. Cogemos la dirección que nuestra precaria orientación nos sugiere y acabamos en un bulevar que bordea una playa desierta sumida en una cerrada niebla, de las que al parecer son típicas en esta ciudad. Frente a nosotros, un bulevar con una mediana de verdosos Carpobrotus y un talud de tres metros de alto adornado igualmente por abundantes y turgentes Carpobrotus.

A causa sin duda de los efectos del empapelado fluido de que hemos dado cuenta, esta especie vegetal nos provoca una irrefrenable risa y, aprovechando que somos capaces de identificarla y conocemos su nombre (de algo habían de valer los infructuosos años de carrera universitaria que habíamos sufrido), nos dedicamos a gritarlo mientras corremos en pos de la playa. Esta es una escena de gran gallardía, sin duda, pues siendo este un nombre sonoro y contundente, parecemos una cuadrilla de indios al grito de «¡Jerónimo!» o un escuadrón japones chillando «¡Banzai!» antes de quitarse la vida frente al enemigo. Un poco más borrachos, tal vez.

Miguel, a quien el hipnótico vaivén del mar parece atraer con más fuerza, toma unos metros de ventaja y corre sin dejar de gritar nuestra consigna de guerra, sin percatarse de la altura del talud. Desde la retaguardia, lo vemos desaparecer como si se lo hubiera tragado la tierra, y su voz se ahoga mientras cae por el desnivel.

Contrariamente a lo esperado (o tal vez no tanto), cuando descendemos cautelosamente la pendiente y nos reunimos con él, sigue riendo a carcajadas, se pone en pie y continúa su camino hacia el agua. Viendo que no parece un percance grave, le seguimos, nos quitamos la ropa y nos zambullimos en las aguas nada cálidas del océano.

El efecto combinado de la espesa niebla, la marea y, sobre todo, la melopea de la que disfrutamos, hacen que al salir del agua nos resulte imposible encontrar de nuevo nuestras ropas. Nos paseamos de un lado a otro en pelota picada, pero no somos capaces de dar con el lugar donde hemos dejado nuestras pertenencias.

Esto no es muy grave en una ciudad como San Francisco si uno tan solo se preocupa por mantener su pundonor, ya que aquí no hay problema alguno en enseñar las gónadas por la calle. Un problema más serio, sin embargo, es que hace bastante frío y que junto a nuestra ropa está nuestro dinero y documentación, elementos sin los cuales en este país no resulta demasiado recomendable pasearse. Especialmente si tal paseo se hace enseñando el rabo.

Por fortuna, al cabo de un rato encontramos el campo base y recuperamos nuestra indumentaria, y así podemos regresar a la civilización. Después del refrescante chapuzón playero, estamos listos para empezar verdaderamente la noche y entrar en algún bar de moda. Cogemos un autobús, después un taxi y después damos un paseo, sin tener muy claro dónde ir, hasta que acabamos entrando en un bar muy molón donde toca una brass band, y que supone la primera etapa de una noche sin mucho más que reseñar. No es que no la disfrutemos, que por supuesto lo hacemos, sino que, tras el episodio de la playa, resulta difícil contarlo sin que el relato pierda fuerza. En aras de mantener la vitalidad de la historia, me saltaré esta parte de la madrugada, dejando que el lector ejercite su imaginación.

La mañana, no obstante, resulta mucho más digna de mención que la noche, en especial si se tiene en cuenta el plan de los días aún por venir, que constituyen el verdadero objetivo de esta empresa viajera. A una hora en absoluto tempranera, Miguel se despierta para descubrir que al previsible dolor que le aqueja la testuz debido a los excesos de la víspera se ha de sumar uno nuevo e inesperado: un acuciante malestar en la rodilla, acompañado a su vez de una hinchazón grotesca, cual la de un chaleco salvavidas al tirar de la correspondiente anilla. Esta segunda molestia resulta inesperada si uno no reflexiona mucho en lo hecho la noche anterior, pero es perfectamente explicable cuando, tras un pequeño esfuerzo memorístico, se recuerda el aguerrido salto que, al grito de «¡Carpobrotus!», el ahora enfermo efectuó desde el talud de la playa. La rodilla, que pivota con dificultad y dolor, tiene verdaderamente mal aspecto y pone en duda la viabilidad de nuestro plan.

En un acto, sin embargo, de gallardía, Miguel decide que aquí hemos venido a pasear, y que iremos de todos modos a la pct, aunque aquello implique sacrificar menisco y rótula en un solo envite. Tres hurras por Miguel y su sabia decisión. Con compañeros así, dispuestos a todo, viajar resulta mucho más sencillo.

Para dar algo de reposo a sus articulaciones, pasamos un par de días planificando la logística del viaje, que tampoco es sencilla, y que principalmente implica buscar una forma de llegar a Yosemite, inicio previsto de la caminata, y comprar la comida que habrá de servirnos de sustento durante el primer trecho del recorrido. Como el transporte público no es la industria fuerte de este país, lo primero no resulta evidente, pero conseguimos apuntarnos a una excursión turística que hace el recorrido, y que haremos solo hasta llegar allí, sin regresar después. Es una opción algo más cara, pero mucho más eficaz que las combinaciones en tren y autobús que encontramos.

Para la comida, no hay más solución que acudir a un supermercado. Aunque ya quedó claro que somos aficionados a la pequeña tienda de barrio cuando de hincharse a cervezas se trata, a la hora de comprar lo necesario para días y días de soledad y montaña, la opción de acudir a un enorme centro comercial americano resulta imbatible. Elegimos uno con abundante surtido y nos plantamos con nuestro carrito, listos para recorrer los lineales en busca de algo con lo que llenar la mochila, y que ha de cumplir las siguientes características: ser ligero, ser nutritivo y ser barato.

En principio, no parece una tarea complicada, y de hecho resulta ser más sencilla de lo esperado. El supermercado típico americano esta lleno de platos preparados de todo tipo, incluyendo formas variadas de comida liofilizada, deshidratada, procesada, desnaturalizada, y otra docena más de procesos empleados para convertir un alimento corriente en un producto ideal para llevarlo al espacio exterior. Como el gremio de los astronautas es escaso y no renta, este tipo de comidas los compra otro segmento de la población americana mucho más numeroso: el de los vagos con alergia a la cocina. De hecho, es enormemente más sencillo encontrar en un supermercado americano productos complejos que encontrar materias primas básicas. La idea fundamental que reside tras un lugar como este es que, una vez que vienes y te llevas tu carro, no tienes que hacer nada más. Los precios de estos supuestos alimentos son bastante asequibles, con lo que ya tenemos todas las cualidades que buscábamos.

Lo más difícil de nuestra operación de compra es en realidad encontrar aquello que queremos comprar y, una vez localizado, elegir entre las mil variedades disponibles, cada una de ellas con su llamativo envoltorio de nunca menos de quince colores. Al final, como sabemos que la calidad del contenido va a ser mediocre en cualquier caso, optamos por elegirlos aleatoriamente y sin hacer mucho caso a lo que predica el envase.

Calculando un par de porciones diarias de estos sucedáneos alimenticios, y complementándolos con unas bolsitas de gachas con sirope de arce para el desayuno, ya tenemos listo el nutrimento que nos dará vitalidad en las largas jornadas a pie por el campo. Ya que estamos, nos damos un paseo por el resto del supermercado, más por mera curiosidad que con intención de comprar algo. A mí, personalmente, el lineal de las salsas me resulta de lo más hipnotizante. Cientos de botellas de todo color y perfume, con sus espesos contenidos listos para aliñar lo que sea necesario. Este despliegue salsero es merecedor de una visita tranquila y detallada, como quien va a un museo a observar piezas de orfebrería egipcia en una vitrina. Es más que probable que la historia de Norteamérica se guarde en los museos del futuro en forma de salsas.

De regreso a casa, preparamos la compra para eliminar todo elemento superfluo y poder acomodarla mejor en la mochila. La verdad es que después de quitar cartones, plásticos y otras policromadas partes del envoltorio de todas estas cosas, el resultado es deprimente. Te da la sensación de que no queda nada, todo era mero embalaje. Es como ver una oveja esquilada, es un espectáculo muy triste este de descubrir que hay más paquete que verdadera chicha. Al menos queda el consuelo de que será mucho más ligero y fácil de cargar a la espalda.

Pasamos un día más en la ciudad y a la mañana siguiente, viendo que la rodilla de Miguel recupera relativamente la normalidad con la ayuda de una rodillera elástica, nos metemos en el autobús y llegamos a mediodía a la entrada de Yosemite.

El centro de interpretación de Yosemite tiene la afluencia digna de un primer día de rebajas y un público no muy distinto. Aunque puede parecer una mala señal, en realidad es un signo que ha de tomarse con alegría, pues supone que, una vez nos echemos al monte, nadie de esta graciosa horda turística de la que ahora estamos rodeados va a seguirnos. Estaremos solos en la naturaleza, tal y como esperábamos, y tal y como, por otra parte, es lógico esperar.

Si por nosotros fuera, nos pondríamos a caminar ya mismo, pero antes de iniciar formalmente la aventura es necesario pasar por un trámite imprescindible: la caja de osos.

La caja de osos es un cofre negro de plástico pesado y con un ingenioso cierre que se bloquea y desbloquea con la ayuda de una moneda, en el que el caminante que desee pasar más de un día en Yosemite está obligado a guardar toda pertenencia que pueda llamar la atención de los simpáticos plantígrados que pueblan el parque. Esto incluye toda la comida, así como productos que desprendan un fuerte olor tales como colonias, jabones, desodorantes, etc. De estos últimos llevamos más bien poco, así que la caja de osos es para nosotros una caja de comida.

Según el procedimiento que una amable chica nos explica, al caer la noche uno se instala donde le plazca y debe poner la caja a unos cuantos metros del lugar elegido. Así, si algún simpático osito de peluche tiene a bien acercarse, podrá curiosear el envase pero no llegará a abrirlo. De esta forma se evita que los osos se acostumbren a la presencia humana y a sus chucherías, y de paso se reduce el riesgo de que un Yogui cabreado le suelte un zarpazo al excursionista de turno a causa de sus viandas.

El centro de visitantes de Yosemite provee las cajas a cambio de un alquiler simbólico, y después, una vez acabado el recorrido, se mandan por correo de vuelta a su lugar de origen. Alquilamos las nuestras y nos pasamos un rato largo en la entrada del edificio intentando meter ahí dentro todo nuestro alimento, tarea en absoluto sencilla. Después, gastamos el mismo tiempo en meter la caja dentro de la mochila y acomodarla con el resto de cosas. Aun sin haber dado ni un solo paso, la caja es un invento diabólico que nunca contará con nuestra simpatía.

Con todo listo, podemos por fin ponernos en marcha. En la puerta misma del centro de visitantes, cogemos un autobús hacia el inicio de la ruta y dejamos atrás el bullicio dominguero, para comenzar a disfrutar de nuestra verdadera aventura.

El pequeño autobús nos deja algunos minutos más tarde en el inicio de nuestro recorrido, un enclave que responde al nombre de Tuolumne Meadows. Ha llegado la hora verdad. Es el momento de empezar a hacer kilómetros y desgastar las zapatillas.

El sitio, a pesar de estar bastante perdido, dispone de una minúscula tienda mal surtida en la que, viendo que caen cuatro gotas y el día anda feo, entramos a buscar cobijo y tal vez comprar algo. Teniendo todavía una rodilla en saludable forma, Miguel estima oportuno que nos hagamos con algún bálsamo destilado para solazarnos en los largos días que nos quedan por delante. No es que la idea de añadir más peso me satisfaga, pero acepto su proposición.

La elección de la pócima no es baladí, ya que en esto de la coctelería nuestros gustos no van parejos. Yo, particularmente, siempre fui más amigo del fermento que del destilado, pero es obvio que, habiendo de portear el líquido sobre los costillares, la cerveza o el vino no son opción recomendable y tienen una eficiencia muy baja. No parece fácil decidirse, pero al final optamos por llevar una botella de ginebra. Esta es una decisión muy salomónica, ya que es el único licor en el que nos ponemos de acuerdo: no nos gusta a ninguno de los dos. Esperando que las duras jornadas de marcha hagan más disfrutable la bebida, echamos la botella en la mochila y nos ponemos en marcha aprovechando que la lluvia parece estar amainando.

Como es nuestro primer día y ya hemos perdido algunas horas llegando hasta aquí y cumpliendo con el trámite de la dichosa caja de osos, la jornada es corta y andamos pocos kilómetros. El desnivel es escaso, lo cual hace este primer envite muy llevadero, a pesar de que las mochilas bien cargadas no son plato de buen gusto para los hombros. Cuando el sol empieza a echarse a dormir, buscamos un lugar al lado del camino e instalamos nuestro primer campamento nocturno.

Es menester en este punto aportar algo de detalle acerca de nuestro equipaje, única posesión durante los días que ha de durar este viaje, y que ha de servirnos para superar todos los contratiempos que este salvaje recorrido quiera obsequiarnos. He hablado ya de la caja de osos, voluminosa pero obligada, y se sabe de igual modo que la mayor parte del petate viene ocupada por el alimento, de poco peso e igualmente poco apetecible, y que ha de durarnos en este primer tramo la friolera de seis días hasta que podamos volver a aprovisionarnos. El resto del peso corresponde a la escasa ropa que portamos, un kit de higiene con lo estrictamente necesario, y una serie de adminículos de uso compartido que resultan imprescindibles en el hostil escenario de estos bosques.

Para las noches hemos comprado una pieza de tejido sintético aislante sobre la que echaremos nuestras colchonetas y sacos a fin de protegerlos del desgaste. Si la noche trae lluvia, la misma pieza hace de precario techo, montada como techumbre de fortuna con unos pedacitos de cuerda y atada a un bastón o un árbol cercano.

Para evitar que el agua del camino nos cause una violenta diarrea y nos convierta el ojo del culo en el espiráculo sifonado de un ballenato, nos hemos provisto de una maravilla tecnológica que no dejará a las insidiosas bacterias hacer estragos en nuestra flora intestinal: una lampara de rayos ultravioleta. El artilugio en cuestión, un palito luminiscente que aparenta ser un Frigodedo luminoso o el consolador galáctico de la Princesa Leia, se introduce en el agua llena de bichitos medio minuto y es mano de santo. Destruye todas las criaturitas microscópicas y, una vez efectuada la operación, se puede beber el líquido sin preocupación alguna.

Más ligera que el pirulo potabilizador, llevamos una caña de pescar, con objetivo de complementar nuestra dieta con algún simpático pececito recién sacado de uno de los lagos o ríos que vamos a cruzar en nuestro recorrido. Y también, todo sea dicho, para evitar tener que llevar encima toda la comida y aprovechar lo que Mamá Naturaleza nos ofrece por el camino. Ya se sabe: «Dale un pez a un hombre y comerá un día. Enséñale a pescar y podrá llevar menos peso en su mochila».

Por último, como no solo de agua vive uno y el pescado crudo no nos entusiasma, llevamos un hornillo portátil de última generación, capaz de funcionar con gran variedad de combustibles, entre ellos gasolina. Como este es un país donde consumir derivados del petroleo es una afición tan común como ver la televisión, hemos metido en una botella de Coca--Cola una cierta cantidad de gasolina sin plomo, y es gracias a esta sustancia que pretendemos cocinar nuestras viandas liofilizadas cada noche.

En esta primera noche, nos disponemos a disfrutar de un nutritivo arroz con su guarnición de pequeñas e indeterminadas cositas resecas. El hornillo funciona sin problemas hasta que el agua alcanza una temperatura tibia, pero llegados a este punto decide que es el momento de dejar de funcionar. Todos los intentos por repararlo y devolver el fuego a sus agujeritos resultan en vano. Nuestro inflamable compañero ha pasado a mejor vida.

Este poco prometedor inicio nos deja una perspectiva muy aciaga por dos razones: la primera, porque vamos a cargar el resto del viaje con una botella de gasolina y un cacharro metálico que no son de ninguna utilidad; la segunda, porque necesitamos una alternativa para convertir los paquetes de alimento en algo comestible. Mientras que lo primero no tiene solución alguna, el segundo problema podemos resolverlo gracias a nuestro permiso de fuegos, que nos permite encender lumbre en cualquier lugar del camino sin incurrir en delito alguno.

Me declaro un gran admirador de la política conservacionista americana. Los espacios naturales están bien gestionados, preservados y controlados, pero a la vez uno puede hacer prácticamente cualquier cosa, siempre bajo un cierto control. Por ejemplo, uno puede encender fuego siempre que disponga del oportuno permiso, que nosotros, por fortuna, como ya digo, hemos adquirido antes de salir.

Junto a él, y ya que nos ponemos a los asuntos burocráticos, nos hemos hecho también con el permiso de pesca y el permiso para poder acampar. Con esto, no hay prácticamente nada que no nos esté permitido en esta excursión, salvo tal vez cocinar un oso o sodomizar un cervatillo, y estas acciones estoy seguro de que, con el permiso pertinente, deben poder llevarse a cabo de igual modo sin ningún problema.

Como tal vez ya haya podido deducir el lector sin más que echar un ojo a este texto, un servidor es aficionado a poner en prosa los asuntos que le acontecen, y esta afición es aún más intensa cuando dichos pormenores tienen lugar a mitad de un viaje. Se da en este caso, no obstante, la circunstancia de que, en aras de mantener el peso de la mochila en una cifra compatible con el buen estado de las vertebras, he optado por dejar fuera de ella todo complemento que no resultase imprescindible, incluyéndose en ello el cuaderno y bolígrafo que habitualmente me son inseparables en cualquier periplo. Así pues, me veo en la tesitura de no poder escribir durante estos días, hecho que me causa, debo confesarlo, no poca amargura.

Puesto que mi fervor literario no tiene forma de verse resuelto, comienzo en esta primera noche a elaborar simpáticas coplillas, que me habrán de servir para ejercitar la noble costumbre del verbo y de paso hallar el disfrute que de otro modo me es negado.

Todavía sin mucha práctica en estas lides, compongo en esta primera noche los siguientes versos.

Acabose la candela,
desarmose el infiernillo,
con este frío que pela,
comeremos bocadillos.

Como ya digo, no son gran cosa. Por aquello de reflejar el hermoso entorno en el que tales versos fueron pergeñados, intenté con ahínco incluir la palabra «sequoia» en ellos, pero desistí al ver que no era capaz de evitar la rima soez. Espero en los próximos días lograr algunas estrofas de mejor sonoridad.

Nos tomamos un minúsculo taponcito de ginebra cada uno, y nos echamos a dormir nuestra primera noche.

Por la mañana, la rodilla de Miguel ha tomado un color levemente gangrenoso, pero parece no causar mayor molestia, así que reanudamos la marcha, no sin antes dar cuenta de un buen desayuno de densas gachas con su correspondiente sirope. De entre todas las sustancias que hemos comprado para alimentarnos, las gachas se demuestran desde el primer día como la opción más acertada: ligeras, eficaces y muy agradecidas de sabor. Yo, en particular, acabaré el recorrido comiéndolas a todas horas del día e incluso con agua fría. No es una idea descabellada pensar que contengan algún tipo de ingrediente altamente adictivo.

A media mañana de este nuestro primer día verdadero en el camino, el entorno más bien monótono y poco glorioso de los primeros kilómetros deja paso a un paisaje soberbio lleno de vistas grandiosas, horizontes montañosos y, sobre todo, lagos cristalinos en los que podemos remojar la maltrecha musculatura y refrescarnos el cuerpo. Empiezan a aparecer cada pocos kilómetros, y una vez que el fresco de la mañana se transforma en un agradable calor, nos paramos junto a uno de ellos, nos damos un baño y nos tumbamos a la orilla a secarnos sin prisa alguna. Aprovechando que esta circunstancia es más favorable, hacemos ahora todas esas cosas que suelen hacerse nada más levantarse, pero que en la pereza y el hastío matutino no hemos llevado a cabo con suficiente detalle, a saber: organizar la mochila, lavarse, acicalarse y, sobre todo, depositar un gran mojón de materia digerida para aligerar todo el peso posible.

Esta de hacer tus necesidades en la naturaleza es una tarea sumamente gratificante. En el invierno ya se sabe que hacer dibujitos en la nieve mientras se orina es una diversión sin parangón, pero ahora, a falta de nieve, una saludable deposición con el cierzo de Yosemite soplándote el orto es un placer muy notable. No negaremos que es ciertamente incómodo y además se carece de lectura, pero de vez en cuando estos gestos primitivos dan sentido a la vida.

Como digo, nada mejor para acompañar el baño en un laguito de montaña que plantar un pino. O, como dicen aquí, plantar una sequoia, que el refranero ha de adaptarse a la variedad local. A causa de la gran satisfacción que estas acciones tardíamente matutinas me proporcionan, mi capacidad creativa anda por las nubes, como queda claro en los versos que me vienen mientras efectúo la descarga, a todas luces mucho mejores que los de ayer noche.

A la orilla de este lago
oculto entre los carrizos,
con placer inmenso cago
portentoso gran chorizo.

Por la falta de un asiento,
me fatiga la postura,
pero sale el excremento
con idéntica soltura.

Evacuada la anaconda,
doy por bueno el ejercicio,
con la ayuda de unas frondas
saco lustre al orificio.

Lo de limpiarse con hojas debo decir que lo añado no más porque queda muy poético, pero a la hora de la verdad prefiero el papel higiénico, del cual hemos añadido una más que suficiente cantidad en nuestras mochilas. Salvo caso de emergencia, repasarse la oquedad con el follaje tras hacer de vientre es algo que suelo evitar. Por supuesto, tampoco soy amigo de utilizar una piedra, solución por la que algunos sorprendentemente abogan. Eficaz, sin duda, pero a qué precio.

Listos para continuar el camino, y con muchos kilómetros por delante, nos volvemos a poner en marcha.

* * *

Los días se suceden tranquilamente y nuestra rutina de sol a sol no consiste sino en caminar, encender fuego, cocinar nuestros sobrecitos liofilizados, esterilizar agua de algún arroyito y dormir como lirones. No nos podemos quejar, ya que a esto es a lo que hemos venido, y sienta muy bien no tener nada que hacer más que moverse y contemplar el paisaje; es una sensación gratificante.

Cada día a eso de la media tarde, el cielo se llena de nubes negras y cae puntualmente una granizada intensa pero breve, de la que nos guarecemos montando nuestro tenderete y esperando sin más a que amaine. Incluso cuando aquello que llega es poco agradable y nada bienvenido, las rutinas tienen un punto dulce y plácido. El carácter predecible de este día a día nos convence, al menos en estos albores de la aventura.

Durante las primeras tres jornadas de marcha, disfrutamos en cada legua de camino de unos cuantos laguitos donde remojar las carnes fatigadas y refrescarnos. Son charcas pequeñas, algunas un poco más amplias y profundas, pero en ningún caso demasiado, y con orillas rocosas o llenas de hierba. Después de esto llega un tramo con menos oportunidades de zambullirnos, aún con una arboleda densa pero sin agua alguna, y hoy al entrar la tarde hemos llegado al Lago Benson, donde pensamos hacer noche.

Si los otros lagos han sido para nosotros como piscinas o pequeñas playas donde entretenernos, el Lago Benson es como tener todo Cancún entero para ti solo. Tiene una playa de arena muy decente, hermosas montañas al fondo, un agua limpia que se extiende hasta donde la vista alcanza y majestuosos árboles que crecen donde se acaba la arena. Es un paraíso en toda regla y merece que disfrutemos de él durante al menos unas horas.

A pesar de su innegable atractivo, su remota localización hace que el Lago Benson no esté atestado de turistas, aunque de cualquier modo es el lugar más populoso en el que hemos dormido y dormiremos durante toda esta caminata. Es decir, es el único lugar donde hacemos noche en el que tenemos más compañía que una nube de mosquitos y alguna musaraña.

A unos cincuenta metros, y metidos en parte en el bosque, una pareja mayor se deja ver de vez en cuando. Son muy discretos, y para cuando nos despertemos mañana ellos ya habrán partido. A una distancia similar, pero en el lado contrario, intuimos la presencia de dos muchachas jóvenes. Parecen mucho más sociables que los anteriores y, no hemos de negarlo, mucho más apetecibles para nosotros como individuos con los que intentar socializarse.

Cuando una de ellas se acerca hasta nuestro rincón de la playa a nado y nos saluda, damos gracias por tan agraciado encuentro, comprobando que la chica en cuestión es atractiva y sonriente. Cuando después sale del agua y descubrimos que lleva un reducido bikini, bendecimos la reciente tendencia en el montañismo actual de reducir el peso de la equipación al mínimo.

Comprenderá el lector que, después de unos días de ascético viaje, y ante la perspectiva de continuar así durante muchas más jornadas, el impacto que dos mujeres de mediana voluptuosidad como aquellas puede causar en nuestro espíritu es difícilmente exagerable. De no ser así, le invito a que se ponga en nuestro lugar y trate de sentir cierta empatía. Creo que sin duda entenderá a la perfección la forma en que aquel providencial encuentro levantó el maltratado ánimo de esta expedición.

Las susodichas damas rechazan la propuesta de venirse a cenar con nosotros, argumentado que ya han comido, pero emplazándonos luego a disfrutar de una velada agradable charlando un poco sobre nuestros respectivos viajes. Nos darán tiempo para comer y después vendrán. Esto es una buena noticia por dos razones: la primera, porque invitar a unas señoritas y darles de comer sopa de sobre no habría quedado muy elegante; la segunda, porque nos da la oportunidad de consumir en buena compañía el lastre que, en forma de botella de ginebra, llevamos paseando desde que salimos, y que de otro modo parece que no vamos a bebernos. A ellas parece además gustarles esta última parte del plan, seguramente porque son más inteligentes que nosotros y no han cargado con ninguna bebida, y ahora van a poder disfrutar de unos cócteles de alta montaña por cortesía de nuestros maltrechos riñones.

Emocionados ante la perspectiva de la noche, encendemos un fuego, preparamos nuestro básico sustento y, para ir celebrándolo, nos echamos el primer trago.

No se puede decir que pongamos mucho empeño en la elaboración del condumio, de fácil preparación como viene siendo habitual, pero nos aplicamos al líquido con inusitada intensidad, presas de una gran excitación. Tal es el ritmo que cogemos, que para cuando la comida está lista no queda en la botella más que un dedo de ginebra, apenas lo justo para una ronda más de taponcitos. Puesto que no es de buena educación recibir visitas y tener el mueble-bar a punto de secarse, le damos matarile a la botella y así no habrá necesidad de justificarse.

Cuando nuestras invitadas hacen acto de presencia, no hay alcohol que ofrecerles y tenemos una risa floja de lo más tonto, lo cual nos parece sumamente divertido, aunque a ellas no tanto. Con evidente frustración, aguantan una media hora de cháchara y después se vuelven a su rincón de la playa a dormir, deseándonos buenas noches. A pesar de la emoción inicial, es de justicia confesar que su partida no nos produce ninguna aflicción y seguimos con nuestra embriagadora felicidad.

Una vez a solas, estimamos que es hora de irse a dormir aprovechando el efecto sedante de la bebida. Antes de ello, me hago mi sesión de higiene diaria y, atendiendo la llamada de la naturaleza, visito el escusado en mitad de las frondas. No es que un servidor no esté acostumbrado a hacer de vientre en lugares poco recomendables, más aún cuando se llevan unas copas de más encima, pero mi intento a la orilla del Lago Benson de evacuar los arroces liofilizados de los últimos días es ciertamente más espeluznante que otras experiencias previas.

Me alejo apenas unos metros hasta adentrarme un poco en el bosque, me doy media vuelta para quedarme mirando la romántica estampa del lago, y adoptando la preceptiva posición en cuclillas me dispongo a aligerar la carga. Como ya no necesito la luz del frontal, la apago para disfrutar de un momento más privado y tranquilo. La ausencia de luz, sin embargo, en lugar de darme sensación de privacidad me muestra que tengo un extenso público en el interior de la foresta. Decenas de pares de ojos brillan en la noche a mi alrededor y se mueven inquietantemente. No sé si son ardillitas disfrutando de un último fruto seco antes de dormir, un mapache rabioso o un simpático osezno, pero estar con el culo en pompa sin saber qué jauría de bichos me anda observando no me resulta nada agradable, así que intento darme toda la prisa posible.

Yo, que siempre fui muy pausado en esto de las deyecciones, tardo esta vez no más trece segundos y medio en vaciar las cloacas, sacarle después brillo al orificio y poner pies en polvorosa para regresar a la dulce seguridad de la playa. Me reservaré mi paciencia defecadora para ocasiones menos estresantes.

Con las muchachas de regreso a su campamento, la deposición realizada y habiendo escapado de las alimañas del bosque y sus deseos sodomitas, poco más hay que hacer, así que me tiro en la arena y me cubro con el saco a saborear el hipnótico efecto de la ginebra, que sigue haciendo girar sobre mí toda la bóveda celeste y el perfil de las montañas.

Debo confesar que estas borracheras campestres son muy agradables, dulces, en especial por la seguridad que tienen. Es un desenfreno muy poco arriesgado, nada peligroso. El campo es lugar ideal para todo estado de embriaguez, mucho más que la ciudad, y uno puede dejarse llevar sin ningún tipo de preocupación. A mí me gustaría salir más al campo e ir menos de bares, incluso cuando la noche se le va a uno de las manos. Es igualmente pernicioso para el hígado y las meninges, pero mucho más sano para el espíritu. Por desgracia, estos episodios de ebriedad campestre son una rara avis en mi trayectoria festiva.

La ultima vez, de hecho, la recuerdo bien y fue unos cuatro o cinco años antes de este viaje, en un hayedo de Navarra, un día de verano con dos amigos de la universidad. Uno de ellos era mi buen colega Carlos, hombre despistado y desastroso donde los haya, cualidades ambas que se manifiestan de forma más conspicua cuando ha empinado el codo. Es relevante, a efectos de esta historia, mencionar también que el citado es poseedor de una mirada defectuosa y usa unas gafas gruesas sin las que apenas puede dar dos pasos seguidos.

Para celebrar que el otro miembro de nuestra expedición acababa de recibir la buena noticia de haber aprobado la asignatura más dificultosa de la carrera, nos compramos unos brebajes y nos fuimos a beberlos a mitad del monte. Ellos optaron por el pacharán mientras yo, que nunca le he cogido el gusto al anisado, me incliné por la cerveza.

El transcurso de la noche no tuvo mucho de especial, pero al despertar por la mañana, cada uno despanzurrado en un lugar distinto de la pradera donde habíamos establecido nuestro campamento y con muy notables resacas, Carlos se dio cuenta de que había perdido sus anteojos. En calidad de persona responsable de aquel grupo, me dediqué el resto de la mañana a echarle en cara su falta de madurez, y a recordarle que en próximas ocasiones, y dada la importancia que para él tienen esas gafas, se las quitara y las pusiera a buen recaudo antes de intoxicarse. Afortunadamente, logró encontrarlas en perfecto estado más tarde, unos metros más allá entre la hojarasca, pero eso no hizo que yo cesara de recriminarle. Fue tal mi charla moralizadora que creo que estuve a punto de hacerle llorar de culpa.

Aquellos eran los tiempos del carrete fotográfico, y el otro miembro de nuestro equipo había llevado una camarita de fotos para retratar los momentos más destacables del viaje. Cuando, a la vuelta, procedió a revelar la película de aquella cámara, resultó que la mitad de las fotos eran autorretratos que yo me había hecho llevando puestas las lentes del Carlos y con un ojo mirando en cada dirección, no precisamente por un problema de vista. A mí me pareció muy gracioso, pero a él no tanto. Me devolvió todas las recriminaciones que yo le hice en su momento, con total justificación, por supuesto.

Volviendo al Lago Benson, me quedo tumbado y compongo mis habituales versos con la mente algo más espesa que de costumbre y algo más de dificultad para encontrar las rimas.

En tan solo dos minutos,
me cagué de puro miedo,
yo que en tan breve periodo
no echo más de medio pedo.

Misterioso mecanismo
el cagar en la espesura
cuando a uno le entra el susto
desaloja con premura.

Antes de cerrar la última estrofa, caigo dormido, acurrucado por el ligero chapoteo del agua.

Nos despertamos algo más tarde de lo habitual y con un incómodo dolor de cabeza, nada que, por otra parte, una zambullida matutina no pueda quitar. La mochila no me parece especialmente más ligera, quizás porque, a pesar de habernos deshecho de su contenido, hay que seguir cargando la botella vacía, que no es precisamente liviana. El momento de desembarazarnos del pesado vidrio no llegará hasta un par de días después, cuando nuestra expedición alcance la primera zona de avituallamiento y podamos librarnos de nuestras basuras y llenar el petate con nuevas viandas.

Está claro que un viaje así, pasando la mayor parte del día observando el paisaje (o en su defecto, el culo de tu compañero de expedición si es que es él quien abre camino), sudando colina arriba y sin apenas hablar, es una ocasión ideal para reflexionar y ejercitar el seso. Más que algo que acontece a lo largo del camino, estas sesiones de darle a la mollera y cavilar hasta la extenuación son un entretenimiento obligatorio para sobrellevar un viaje de este estilo, que si bien es bucólico e inspirador, también puede hacerse pesado por momentos, como ya bien he dicho.

Pensar, no obstante, puede tener desagradables consecuencias si uno lo hace en exceso, ya que la materia gris, como todo, también tiene sus límites. Llegados a un pequeño repecho del camino, nos paramos a beber un buchito de agua a la sombra de una de esas descomunales sequoias que por aquí abundan, y Miguel aprovecha para confesarme que está ya saturado de tanto pensar y reflexionar. Según él, ha dado ya en el tiempo que llevamos de viaje tres vueltas completas a todos los episodios su vida, a las cuestiones fundamentales de su existencia, a las inquietudes de su presente y a los recuerdos que guarda de sus antiguas novias en pelotas, cosas todas ellas que constituyen el corpus de ideas principales sobre las que un caminante normal recapacita.

Yo le digo que a mí me pasa más o menos lo mismo, sin desvelar que en mi caso son cuatro las ocasiones en que he revisitado los antedichos elementos de mi historia. Esto puede deberse a que llevo una vida más sencilla, a que no me acucian tantos problemas, o a que mi catálogo de amantes quizás sea más reducido o no me deleito tanto tiempo en su recuerdo. Sea como fuere, y como quedan aún muchos kilómetros por delante, decido reflexionar durante esto durante los próximos días y así variar un poco mis pensamientos.

Aunque el carácter reflexivo y solitario de este viaje es evidente, no es menos cierto que existe también un componente social, y que a medida que van pasando los kilómetros se va entablando contacto humano y aprendiendo de otros con los que te cruzas en el camino. No hay mucha gente con la que hablar, y los encuentros duran apenas unos minutos, pero la mayoría de las veces son tan peculiares que resultan episodios llenos de significado.

En el último día de este primer tramo, sin ir más lejos, y poco antes de hacer nuestro primer regreso a la civilización, nos cruzamos con un individuo de lo más curioso. Es un tipo larguirucho, aparentemente de unos cuarenta años, aunque a juzgar por su aspecto bien podría estar en la veintena y acusar los efectos de otras tantas sustancias psicotrópicas consumidas con demasiada frecuencia. Lleva una mochila descomunal de la que cuelgan un par de botas de repuesto y un sombrero de tela, y si no fuera porque estamos en mitad de la nada y no hay nadie que le siga, diría que acaba de salir de robar un banco y está huyendo de una patrulla de policía. Aun así, el tipo parece majo y nos pide hacerse una foto con nosotros para ponerla en su blog, donde recogerá después las andanzas de este viaje suyo.

Algo preocupados por la perspectiva de tener que hacer autostop en breve, y albergando ciertas dudas sobre si dos tipejos como nosotros tras seis días sin ducharse tendremos suficiente sex-appeal como para hacer que un coche se pare a recogernos, le preguntamos sobre este tema aprovechando nuestro encuentro.

—No hay problema. Yo la última vez saqué el dedo y en cinco minutos ya me habían recogido.

Considerando que su aspecto de presidiario toxicómano nos hace parecer a su lado unos dandis engominados, sus palabras nos tranquilizan y nos convencemos de que será fácil encontrar un transporte. Le dejamos que siga su camino y nos volvemos a poner en marcha.

Algunas horas más tarde, alcanzamos una carretera que pone punto y final a nuestro primer tramo de viaje, y que nos trae un muy bienvenido cambio en la rutina de paseo de estos días. Desde aquí, llegaremos hasta el pueblo más cercano, a unos diez kilómetros, llenaremos la mochila de nueva comida, pasaremos una noche tranquila aprovechando que el lugar será más civilizado que estar en mitad del campo, y regresaremos a este mismo cruce para continuar nuestra marcha.

Los kilómetros de carretera son más tediosos de hacer que cuando se camina entre las frondas, así que los recorreremos haciendo autostop, si es que alguien se ofrece a llevarnos. El intento resulta bastante fructífero, ya que apenas un cuarto de hora después se detiene a nuestro lado un Mercedes blanco con tapicería de cuero, y el conductor, un cincuentón enjuto y con barba rubia, nos invita a subir.

—No hay problema, subid que yo os llevo.

Aunque ese es el primer coche en el que nos montamos, ya deja intuir una de las características más típicas del vehículo norteamericano: la suciedad. Todo coche americano que se precie debe estar lleno de artilugios desordenados, sin rastro de haber sido limpiado en el último lustro, y tener un maletero caótico y pocilguero donde es difícil meter incluso un bolso de mano. En este caso particular, y a pesar de la elegante factura del vehículo y el porte distinguido de su conductor, la trasera esta llena de envoltorios, bolsas anárquicamente tiradas y un paquete de latas de cerveza, dos de ellas ya abiertas y consumidas, desde las que escurren las últimas gotas de poción sobre tapicería y suelo a partes iguales.

Tuve la ocasión algún tiempo después de esta aventura, y aprovechando que entonces tenía una novia americana, de consultarle por esta particular costumbre de sus compatriotas, al ver desde el comienzo de nuestra relación que la higiene de mi propio coche, que ya era de por sí precaria, se deterioraba seriamente. Según ella me contó, el coche es para un americano un lugar vivo que ha de reflejar su vitalidad de este modo particular, con imperfecciones y suciedades estratégicamente dispuestas. Un coche limpio y pulcro es, a los ojos del estadounidense medio, un transporte muerto, impersonal.

Nuestro generoso chófer es un hombre de mundo que ha vivido, según cuenta, en Arabia Saudí y en algunos lugares de Sudamérica, pero que no pierde la ocasión para cantar las virtudes de su patria a dos mugrientos caminantes extranjeros como nosotros. Es la versión viajada y culta de ese americano patriótico que todo el mundo imagina, y que probablemente no se habría parado bajo ninguna circunstancia a recogernos. Agradecemos a nuestro conductor su gesto y su mayor tolerancia obsequiándole algo de conversación, aunque el trayecto es tan corto que no da tiempo a mucho más que unas pocas e insulsas frases, y un par de curvas más allá nos deja en una especie de poblado sin demasiado encanto.

En realidad, no necesitamos quedarnos allí más que el tiempo necesario para hacer la compra y rellenar la mochila, pero decidimos tomárnoslo con calma y no emprender la marcha hasta el día siguiente. El sitio no tiene nada de especial, pero hay un bar donde sentarse y beber una cerveza, lo cual no es desdeñable tras los días de soledad y aislamiento, así que le sacaremos todo el partido posible durante nuestra estancia. Antes siquiera de ver si la tienda dispone de algo que pueda interesarnos, o de plantearnos dónde dormiremos, nos hacemos con un par de cervezas y sus respectivas hamburguesas, y gozamos de la manera en que se disfrutan las cosas más vulgares pero necesarias cuando uno ha estado privado de ellas durante demasiado tiempo. La sobremesa, huelga decirlo, es de una duración rozando lo excesivo.

A la tarde, y después de haber hecho una compra bastante deprimente que nos condena a comer sucedáneos de peor calidad aún que los del ultimo trecho de viaje, deambulamos un poco por los alrededores. Apenas hay nada que ver, y lo único que vale la pena es volver al bar a tomar otra cerveza. Después nos buscamos un sitio donde echarnos a dormir algo alejados de allí, y pasamos la más civilizada de nuestras noches hasta el momento, aunque no necesariamente la más placentera o de mejor descanso.

El regreso al camino a la mañana siguiente es torpe y apagado. La pausa nos ha permitido recuperar energías, pero después de una tarde disfrutando los placeres que la vida salvaje nos niega, se hace difícil volver a alejarse de ellos. Sin más remedio que seguir la marcha, ahora para mayor sufrimiento con algunas arrobas de más sobre las clavículas, nos armamos de valor y filosofía y damos cuenta de un día que no tiene mucho más que reseñar.

La segunda jornada de rutina caminante de este nuevo tramo nos trae sin embargo un ligero contratiempo. En nuestra parada matutina para tomar un almuerzo y echarnos un trago de agua, nos damos cuenta de que hemos perdido el potabilizador. Desprovistos de nuestro sable láser contra los microorganismos, estamos condenados a secarnos cual mojama sin poder beber, o bien, si nos atrevemos a darle un trago al agua sin esterilizar, a licuarnos por la trasera por cortesía de la simpática vida microbiana que chapotea en el líquido elemento de estos cauces. O eso, o nos volvemos por donde hemos venido y nos hinchamos a beber cerveza con los cowboys de medio pelo, fluido higiénico y completamente seguro, a la par que delicioso.

Sin dejar de contemplar esta última opción, intentamos buscar una solución que nos permita seguir con el plan original. Estamos casi seguros de que el cachirulo luminiscente ha debido caerse esta mañana al desmontar el campamento, operación que realizamos a toda prisa debido al acoso de una insidiosa nube de mosquitos. Con ganas de disfrutar del camino sin arrastrar los quintales que pesa la mochila, me ofrezco voluntario para echar una carrera hasta nuestro punto de inicio de esta jornada y ver si así recuperamos el preciado artilugio. Miguel, menos aficionado que yo al ejercicio injustificado, no pone pegas y se dispone a pasar un rato de relax mientras yo troto por la montaña en pos de un lapicero fluorescente.

Tras una saludable carrera en este marco incomparable, obtengo la justa recompensa a mi esfuerzo: el invento se encuentra donde suponíamos. Agarrándolo en la mano como un testigo en una carrera de relevos, procedo a hacer el trayecto de vuelta, nuevamente a paso ligero y disfrutando de un saludable deporte en mitad del bosque. El recién recuperado potabilizador demuestra su robustez sobreviviendo a un pequeño revolcón por el suelo, causado por una raíz que se interpuso en mi zancada y me hizo morder el polvo. Afortunadamente, mi anatomía tampoco salió malparada de tal percance.

Cuando regreso, encuentro a Miguel relajado sobre una roca y con cara de gran satisfacción personal. Esto se debe sin duda al reposo del que ha disfrutado sobre su confortable aunque poco ergonómico pedrusco, pero también, como me cuenta sin perder un instante, a la escena que ha presenciado mientras yo me ejercitaba a la búsqueda de nuestro luminoso palito esterilizador. Al parecer, un joven osezno ha estado paseándose por los alrededores durante mi ausencia y Miguel ha podido no solo observarle, sino incluso hacerle unas cuantas fotografías, que por supuesto muestra con gran orgullo.

Lamentando no haber tenido la ocasión de contemplar a tan magnífico animal, agarro mi mochila y reanudamos la marcha. Al poco de estar caminando, aparece de pronto desde detrás de un árbol otro oso más, esta vez un ejemplar adulto y de un tamaño imponente. Se nos queda mirando un instante, el tiempo suficiente para darnos un buen susto, y después desaparece en la espesura para tranquilidad de quien esto escribe, ya que, si bien es deleitoso contemplar este tipo de fauna, un servidor prefiere no exponerse a riesgos innecesarios.

Sin más sobresaltos en lo que queda de día, alcanzamos al final de la tarde un lugar que nos parece adecuado para hacer noche e instalamos nuestro campamento. El tiempo bonancible del resto de la jornada comienza a estropearse al llegar la noche, pero no es nada que a lo que no podamos hacer frente montando una fina lona sobre nuestras cabezas y formando un habitáculo algo claustrofóbico pero a todas luces eficaz. Es nuestra primera noche de lluvia y la superamos sin problemas alguno, despertando a la mañana siguiente bajo un cielo despejado que augura una jornada memorable.

* * *

El tedio gastronómico al que nos vemos obligados gracias a los víveres de paupérrima calidad que hemos comprado en nuestra reciente parada, así como el regreso de los pequeños lagos y charcas al paisaje del camino, ambos estimulan nuestro deseo de practicar una actividad a la que no le hemos dedicado demasiado tiempo en jornadas precedentes: la pesca. Viendo que, pese a la nula experiencia que tanto Miguel como yo atesoramos en el manejo de la caña y el sedal, no resulta muy difícil hacerse con algunos pececillos bien sabrosos, es de entender que aprovechemos las ocasiones que el camino nos brinda para complementar nuestra cazuela con tan gustosos alimentos.

A la hora de comer de nuestro tercer día desde que reanudamos la marcha, jornada durante la cual el tiempo sigue siendo inmejorable, nos detenemos a la orilla de un laguito con la intención de darnos un chapuzón y hacer una pequeña cesta de truchas para sazonar el guiso del día. Mientras Miguel, que se da más maña que yo en los asuntos del anzuelo y disfruta más que un servidor la maniobra de decapitar el pescado aún boqueante, se encarga de buscar el alimento, yo enciendo un fuego y voy preparando el resto del banquete.

Cuando la lumbre apenas ha cogido algo de brío, recibo la inesperada visita de un tipo alto y fortachón, que viene a interesarse por nosotros. Forma parte de un grupo de unos treinta que estaban instalados no lejos de donde nos hemos asentado nosotros, y que al parecer hacen una ruta similar a la nuestra pero a lomos de unos bien preparados caballos en lugar de a pinrel, como es nuestro caso.

Mi espíritu aventurero y autosuficiente, junto con un breve arrebato de compasión por el sufrimiento de tan elegantes animales, me hace pensar que la nuestra es empresa más noble, y que esto de recorrer el monte sobre la grupa de un corcel es cosa de hombres sin coraje. Hay que sudar la camiseta para merecer el placer que esta naturaleza ofrece. No obstante, cuando de las alforjas de cuero, donde más bien yo esperaba encontrar un lazo o un Winchester del calibre .22, veo que sacan una importante provisión de cervezas, empiezo a pensar que estos jinetes son mucho más inteligentes que nosotros y que aún nos queda mucho que aprender.

Advirtiendo mis miradas de deseo hacia las latas del venerado liquido, el vaquero en cuestión, en un acto de piedad inconmensurable, se acerca a su montura y vuelve con dos de ellas, que me deja como generosa ofrenda. Le agradezco el detalle, guardo una para Miguel no sin valorar la opción de beberme ambas antes de que vuelva y no decirle nada, y me abro la otra para disfrutarla. Al cabo de unos minutos, por si la anterior ofrenda no hubiera sido suficiente, el mismo tipo regresa con una trucha de una envergadura sorprendente y me la ofrece para que nos la comamos. No me sabe bien abusar de la hospitalidad de otros, así que le digo que no se preocupe, que mi amigo esta pescando ya nuestros propios peces y que la cerveza es ya un obsequio más que válido.

Miguel aparece poco después con un aire orgulloso sosteniendo dos truchas de un tamaño levemente superior a las recuperadas en días anteriores. En comparación con las capturas de nuestro historial, qué duda cabe que son ejemplares muy dignos, pero a lado de la ofrecida por mis nuevos amigos de campamento, andan justo en el límite en que uno debería decir aquello de «pezqueñines no, gracias» y devolverlas a su hogar. Como ya vienen con la cabeza por otro lado, la opción de devolverás a su medio a que sigan engordando no resulta muy viable, así que las echamos a la cazuela para que tal sacrificio no sea en vano. El recuerdo de la gran trucha que pudiéramos haber disfrutado de no ser por mis buenos modales me persigue durante toda la comida, pero aun así quedo satisfecho con el plato resultante.

Tal vez sabiendo que un poco más de generosidad aumentaría notablemente la felicidad de estos cansados caminantes, otro compañero del grupo se acerca a nosotros cuando recién terminamos de comer y nos obsequia dos nuevas latas de cerveza que no dudamos en aceptar. Esta camaradería de montaña es sin duda un gesto muy noble, y pienso para mí mismo que no he de volver a prejuzgar a un hombre por el mero hecho de montar a caballo, especialmente si va cargado de bebidas frescas y embriagadoras.

La cerveza, todo sea dicho, es de una consistencia más bien floja, refrescante pero sin sustancia y con emboque de orín aguado, pero entra con sumo gusto, tal vez no para el paladar pero sí para el gaznate.

Al ponernos en marcha de nuevo y dejar atrás al grupo de jinetes y su gran provisión de bebida fermentada, me entretengo poniendo este simpático episodio en una más de mis breves coplillas:

Una birra y un pescado
ofreciome un forastero,
yo quedeme con el trago,
devolvile el pez entero.

Una trucha más modesta
fue a pescar mi compañero,
la sacamos de la cesta,
la guisamos con esmero.

El yantar quedó algo justo
y la carne no era mucha,
a la próxima con gusto
no diré que no a otra trucha.

Aun a falta de animal
encontramos el sustento,
alimenta tanto o más
un trago de buen fermento.

Algo más adelante, cuando ya el sabor de la cerveza se ha perdido en la memoria y la calorina del día nos ha vuelto a hacer sudar la gota gorda, arribamos a una curiosa protuberancia de roca volcánica. Tiene la forma de un pequeño montón de rocas brillantes y una presencia extraña en aquel entorno, lo cual nos parece suficiente razón para subirla y echar un vistazo desde su cúspide.

Dejamos las mochilas en la base, y al cabo de unos minutos de escurrirnos por el cancho y rasparnos la mitad del cuerpo, hacemos cima en tan peculiar montículo. Arriba, la vista es amplia y sopla un viento huracanado que hace difícil moverse mucho. Poniendo las melenas al viento, nos hacemos unos retratos montañeros y emprendemos el descenso antes de que el aire nos tire colina abajo.

Con ánimos renovados, nos cargamos la mochila a la espalda y caminamos un par de horas más antes de montar el campamento. Cocinamos el forraje diario y nos echamos a dormir mientras una nube de mosquitos voraces se alimenta a su vez de nosotros, llevándose de nuestra sangre los últimos restos de esas inolvidables cervezas.

* * *

Los kilómetros que aún nos restan hasta nuestro próxima llegada a la civilización no van a darnos ya más aventuras como el encuentro con los jinetes cerveceros, y la interacción con otros semejantes es nula, excepción hecha de una ardilla curiosa en busca de comida que nos encontramos arriba de un collado. Para compensar esta falta, los paisajes que atravesamos son variados y muy cambiantes, y a lo largo de una jornada atravesamos zonas de colores y formas bien diferentes. En un momento podemos cruzar una mancha de nieve en las alturas, después una ladera desértica casi lunar, y seguidamente un bosque cerrado y lleno de sonidos sospechosos.

Esta variedad, si bien tal vez obedece a muchos factores, viene motivada fundamentalmente por un hecho desagradable: el cambio de altura que tiene lugar a lo largo de cada jornada, que es más notorio que en los primeros días. O tal vez sea similar, pero el cansancio ya se va acumulando en las piernas y nos cuesta más ir arriba y abajo de las montañas. El caso es que, a pesar de esta agradable alternancia de paisajes y ecotonos, el perfil de estas etapas nos deja los muslos cada día más resentidos y el ánimo más decaído.

Después de haberle dado buen tute a meniscos y ligamentos, y arrastrando aún los efectos del etílico salto que protagonizó en las arenas de San Francisco, la rodilla de Miguel no anda ya en condiciones de seguir con esta rutina caminante. A decir verdad, es probable que pudiera seguir paseando algunas jornadas más, quizás más de las esperadas si se bajase un poco el ritmo, pero no es sólo una cuestión de articulaciones la que nos frena. Junto a las heridas físicas, hay un desgaste mental que al cabo de estos días ha terminado por devorar las ganas de seguir paseando, y que viene afectándonos a ambos compinches de aventura. No nos vamos a engañar, esto de no hacer nada más que andar es aburrido y tedioso. Es una verdad innegable en esta vida que las cosas cansan cuando llegan en demasía, y a pesar de los hermosos paisajes y la aventura en sí, este tiempo de caminata nos es más que suficiente.

Al alcanzar lo alto de un cerrillo a mitad de la mañana, como dotados por un instante de una prodigiosa telepatía, nos miramos y ponemos en común nuestras opiniones sobre el futuro de este viaje, que resultan ser muy similares.

—Estoy hasta el culo de andar —me dice Miguel.

—Yo también —respondo.

Y así, con tan sintético pero profundo diálogo, decidimos que no continuaremos nuestra marcha y que, a cambio, disfrutaremos de algunos días extra en nuestro camino de vuelta o, en su defecto, una vez que hayamos regresado a San Francisco.

El verdadero punto y final de nuestros días en la pct no llega allí, sobre el cerro en que efectuamos este relevante cónclave, sino un día más tarde, cuando alcanzamos una carretera y buscamos de nuevo un pueblito cercano para regresar a la civilización. El plan original era repetir la maniobra de llegarse hasta un lugar civilizado, recargar la mochila con nuevas provisiones, y volver al camino a seguir andando. En su lugar, nos limitaremos a llenar el buche con la mejor comida que encontremos, y después nos las ingeniaremos para volver a San Francisco, tarea en cuya preparación no hemos puesto apenas esfuerzo y que quizás debiéramos haber planificado con más detalle. Después de días y días de seguir una senda marcada, y sin mucha posibilidad de hacer algo distinto, tener ahora algo de inseguridad en nuestros próximos pasos no nos causa inquietud alguna, sino que más bien lo vemos como algo entretenido.

Al día siguiente de esta reveladora experiencia, alcanzamos una carretera y volvemos a probar suerte asomando el pulgar sobre el asfalto para ahorrarnos los 15 kilómetros que nos separan del pueblo más cercano. El tráfico de la vía es, como cabe esperar, escaso, pero no tardamos en parar a un pequeño utilitario conducido por una pareja de mediana edad. Ella, una mujer grande y gruesa con voz estridente de ardilla, ocupa el asiento del conductor. Él, un tipo chaparrito y de tez morena, sin duda de origen mexicano, ejerciendo de copiloto silencioso sin decir ni una palabra.

No pasan por el pueblo al que queremos ir, pero nos dejan no muy lejos de él en un cruce. Por lo que hemos podido entender en el verborreico discurso de la muchacha, están de vacaciones recorriendo la zona, disfrutando el uno del otro en un tranquilo viaje. Aunque no dudamos de su romántica excursión, se nos antojan una pareja algo extraña, no ya por la diferencia de talla, sino por sus personalidades en apariencia muy distintas.

Justo antes de bajarnos, y a pesar de haber conversado con la conductora acerca de nuestro origen español y de la historia de nuestro viaje, el mudo copiloto se da cuenta de pronto de que compartimos idioma y se arranca con algunas frases, demostrando un ímpetu que unos segundos atrás nos hubiera parecido imposible. De esto deducimos que no habla ni media palabra de inglés y que ella tampoco tiene ni idea de castellano, y nos preguntamos cómo harán dos personajes así para entenderse. Mientras sacamos el dedo para convencer a algún otro incauto de que nos ayude, discutimos sobre esta pintoresca unión de individuos, lo cual no viene mal como distracción bajo el sol de justicia que nos golpea.

Nuestro siguiente transporte tarda en llegar apenas unos minutos, en forma de un pequeño todo-terreno conducido por un tipo dicharachero que, según nos cuenta, anda con su familia pasando unos días por esta zona, pero hace sus escapadas en solitario para ejercitar el paciente arte de la pesca. En la trasera del coche lleva un equipamiento mucho más complejo que nuestra caña de principiantes, pero sin ninguna vergüenza compartimos con él nuestras recientes experiencias pescadoras en los lagos de la zona, lo cual parece agradarle.

Si el Mercedes aquel en el que hicimos nuestro primer trayecto en autostop ya daba muestras de la poca higiene que caracteriza al parque automovilístico americano, y el de la curiosa pareja que nos ha traído hasta aquí no le va a la zaga, el todo-terreno de este simpático pescador juega directamente en otra liga. En particular, juega en la Champions League de la mugre sobre ruedas. Quizás sea por su afición a la pesca y la dificultad de conseguir cebo, pero a los pies del asiento delantero hay una capa de materia orgánica en la que podría enraizarse una sequoia, o de la que podrían extraerse un par de cubos de gruesas lombrices. A decir de Miguel, que ocupa la plaza del copiloto, el palmo y medio de tierra y estiércol da un tacto muy mullido al suelo.

Por la parte de atrás, el suelo anda algo más limpio, pero el asiento es un caos de objetos polvorientos en completa anarquía, que deja poco espacio para sentarse cómodamente. Tampoco intento recostarme demasiado, porque es probable que, de hacerlo, me clave en la raja del culo una espina de pescado, un anzuelo roñoso, el aguijón de un alacrán que habita por allí desde hace tiempo o un clic de Playmobil perdido entre el sembrado de cosas que pueblan el habitáculo.

Curiosamente, el hombre tiene un aspecto más o menos aseado y respetable, y da la impresión de ser un honrado padre de familia. Como digo, hay que tratar de mirar más allá de la roña del vehículo cuando uno entabla amistad con un americano y tiene la desgracia de montar en su coche, porque incluso las más bellas personas de este país tienen automóviles donde la podredumbre campa a sus anchas.

Al igual que todos estos trayectos, apenas nos da tiempo a establecer mucho contacto, pero hacemos lo posible por despedirnos de la forma más amistosa y agradecer en abundancia su gesto. El hombre nos devuelve el saludo y se aleja en su mugrienta montura, camino de su jornada de pesca.

Ahora sí que podemos decir que nuestra aventura en la pct ha terminado. Estamos de regreso en la civilización y comienza una nueva aventura: regresar a San Francisco, a ser posible sin tener que desandar a pie todo el camino que hemos hecho. La tarea no es fácil, así que antes de enfrascarnos en ella, llenemos el buche y hagamos acopio de energías.

* * *

Cómo comen los americanos. De verdad, qué espectáculo. Ver comer a un americano de los grandes, a uno de esos que ya es incapaz de desplazarse por su propio pie y requiere un carricoche motorizado, es un verdadero asombro, un ejercicio plástico comparable a la más sensual de las danzas, sobre todo si lo que come es una hamburguesa. Porque un verdadero comedor de hamburguesas americano agarra su emparedada presa con el garbo, solidez y destreza de un bailarín de tangos asiendo a su pareja en el momento del giro más espectacular, para llevarla hacia su boca en un único y bien coreografiado paso.

No es cierto que este país esté poblado únicamente de descomunales obesos como reza el estereotipo, pero sí es verdad que no resulta tan complejo dar con uno de abundantes arrobas que responda a este manido cliché. Y al hacerlo, se tiene la sensación de que se le está observando en su hábitat natural, como si no hubiera un lugar mejor para él. A las afueras de una ciudad americana, en una de esas zonas cerca de una carretera donde conviven dos docenas distintas de negocios de comida rápida, un americano aquejado de sobrepeso resulta tan natural e integrado en el entorno como un león a la sombra de dos docenas de baobabs.

Después de haber estado en San Francisco, un lugar donde las básculas americanas no sufren los mismos rigores que en el resto del país, entrar ahora en algún restaurante nos lleva a una realidad bien distinta. Porque según uno cruza la frontera del estado y alcanza estas zonas rurales, el peso del habitante medio se duplica. O triplica quizás.

Al llegar al pueblo, y a apenas unos metros de donde nuestro gentil conductor nos depositó, localizamos un restaurante con muy buena pinta. Aunque tuviera un aspecto deplorable, habríamos comido en él, ya que es el único del lugar y traemos hambre y ganas de llevarnos a la boca algo más que comida de sobre, pero es de justicia mencionar que el sitio denota buen gusto. Entramos y un chico joven nos recibe con gran amabilidad, al tiempo que nos señala un lugar para dejar nuestras mochilas. Un poco de cortesía es lo mejor para acompañar la buena mesa.

El restaurante es pequeño y con encanto, y de sus escasas cinco o seis mesas solo hay una de ellas ocupada. El ocupante es un señor del tamaño de un búfalo, de panza descomunal que desborda por ambos lados de la silla, y cuya cabeza en lo alto de tan voluminoso cuerpo parece un escarabajo sentado sobre un balón de Nivea. Cuando tomamos asiento, nos damos cuenta de que el susodicho no viene solo, sino que forma parte de una comida familiar con gente de gran tonelaje —aunque no tanto como el citado—, aunque los restantes quedaban ocultos por su oronda figura.

Debe dar gusto tener un restaurante y ver llegar unos clientes de ese porte. Te llenan el local entero aunque solo se sienten en una mesa. Por otra parte, no veo mucha diferencia entre un cachalote de 300 kilos entrando a atiborrarse de grasa en una hamburguesería y un ludópata llegando a un casino a fundirse el sueldo viendo cómo giran unos limones. Ambas cosas son muy lucrativas para el dueño y muy perniciosas para el cliente. Curiosamente, sólo la primera de ellas no está permitida. Es, sin duda, otra cuestión sobre la que reflexionar.

Nos sentamos a la mesa, no sin antes despachar a nuestros vecinos de almuerzo un breve saludo, y echamos un vistazo a la carta.

Cuando pedimos y la comida acaba llegando a todos, la verdad es que no parece que nadie haya tenido muchas dudas al elegir su plato: ambas mesas, la nuestra y la de pícnicos comensales, optan sin excepción por las hamburguesas. Con uno u otro pan, con una u otra guarnición, delante de cada uno luce un plato con una notable carne emparedada, una de esas que aquí se denominan «quarter pound» o «cuarto de libra».

Para el que no lo sepa, esta del cuarto de libra es, según lo proclama la sabiduría popular, la cantidad exacta de carne para crear una hamburguesa perfecta. Ello no evita, no obstante, que para satisfacer la capacidad engullidora de los más tragones, existan piezas de mucho mayor peso, de las que seguramente en la mesa de al lado podrían haber dado cuenta sin problema alguno. Aun así, el cuarto de libra es la referencia oficial y la que uno encuentra a lo largo y ancho del país como un estándar cárnico de lo más suculento, la hamburguesa por excelencia, el referente en base al cual se calibran los apetitos y satisfacciones de un robusto americano de glotonería media.

Resulta difícil exagerar la importancia del «quarter pound» en la cultura americana. Si el patrón del kilogramo celosamente custodiado en la Oficina Internacional de Pesas y Medidas de París está hecho de iridio y platino, yo estoy casi seguro que el equivalente americano para la libra esta hecho de cuatro «quarter pounds» de carne. De jugosa, sabrosa y apetitosa carne de vacuno americana.

Acerca de la persistencia de la libra como unida de medida, creo interesante aportar una pequeña reflexión. Mucho se ha escrito sobre la reticencia del pueblo americano a adoptar el Sistema Internacional de medidas. A primera vista, no parece haber otra razón más que la mera tradición para no expresar la masa en kilogramos y hacerlo en su lugar en libras, pero sospecho que hay un motivo distinto tras todo ello. Cuando uno controla su peso en kilogramos, existe una barrera psicológica en los 100 kilos, exactamente en el momento en que la báscula arroja una cifra de tres dígitos y uno se convierte oficialmente en un gordo. Pero 100 libras, por el contrario, no significan nada, porque es en realidad una cantidad ridícula que un hombre sano siempre alcanza, así que uno puede seguir engordando cómodamente sin problema alguno, sin que haya un limite prohibido, un guarismo redondo a partir del cual comiencen la vergüenza y el ridículo, ya que el siguiente de tales valores, 1000 libras, es un tonelaje inalcanzable. Creo que eliminar el Sistema Imperial contribuiría a adelgazar las barrigas de América. Un poco de ejercicio tal vez también ayudase.

Para culminar la ingesta de la carne, que he de decir que es de suma calidad, pedimos unos sabrosos postres. Miguel elije la tarta de manzana y yo la de chocolate. Su porción tiene unas dimensiones aceptables, pero la mía es básicamente un cuarto completo de una tarta, y no tiene precisamente el tamaño diminuto de un quesito del Trivial Pursuit. Si no fuera porque llevo muchos días sin probar ninguna dulce delicia como aquella, dudo mucho que fuese capaz de terminarla, pero en estas circunstancias no dejo ni una miga, aunque los últimos trozos no entran con tanta facilidad. En la otra mesa, el más gordo de la tribu ha elegido el mismo postre que yo y se zampa el cuarto de tarta como un chavalillo comiendo un Phoskitos.

Acabada la comida, la sobremesa no existe para un gordo americano, porque sin nada que llevarse a la boca no vale la pena quedarse más tiempo, así que poco después del último bocado, nuestros compañeros de la mesa contigua se ponen en marcha y abandonan el lugar. Para cuando nosotros salimos, ya no queda nadie en la calle, y nos ponemos manos a la obra para encontrar algún vehículo que pueda ayudarnos a continuar nuestro camino.

Tenemos toda la tarde por delante y, en lugar de empezar a movernos en dirección San Francisco, vamos a pasar el resto del día en unas piscinas termales que hay a unos pocos kilómetros, regalándonos una merecida sesión de descanso. El pueblo tiene muy pocos servicios aparte del restaurante y una tienda básica, y la zona de alrededor son casas aisladas y residencias secundarias en mitad del monte, pero a pesar del escaso tráfico que esto implica conseguimos un viaje hasta las piscinas termales en la trasera de una furgoneta, agazapados entre un compresor y un martillo neumático.

Pagamos el precio simbólico de la entrada y nos metemos en remojo en una piscina de escaso tamaño y poblada de niños gritones, señoras americanas en trajes de baño de muy dudosa sensualidad, y algunos tipos con musculitos de gimnasio, piel rojiza quemada por el sol y tatuajes poco agraciados que parecen hechos con un palillo mondadientes y la tinta de un boli bic. Aunque la compañía no es idónea, el chapuzón nos sabe a gloria, y más aún cuando lo culminamos con una ducha, la primera desde que abandonamos San Francisco bastantes días atrás.

Antes de que se ponga el sol, deshacemos parte del camino por el que hemos llegado y nos instalamos en un bosque de cuatro pinos raquíticos al borde de la carretera, intentando alejarnos lo más posible de las casas que hay dispersas por la zona.

Bien es cierto que, comparada con los campamentos de las últimas noches en mitad de la naturaleza más indómita, esta de hoy no es plaza muy reseñable, pero dormir al aire libre, al raso y sin protección alguna, le hace siempre descubrir a uno muchas cosas. Por ejemplo, en este caso, que el campo y la vida salvaje no son tan fieros como los pintan. Después de haber dormido en territorio de osos y escuchar en cada lugar sonidos de lo más sospechoso, de no saber qué criatura anda tras los matojos haciendo ruido en mitad de la madrugada, esta noche en el ralo pinar, entre las casas y al lado de la carretera, me produce más inquietud que todas las noches anteriores de dormitar en medio de la foresta salvaje. El hombre es mucho más impredecible e inquietante que las bestias del monte, sin duda. Y si es estadounidense, más aún.

Por la mañana, deshacemos el camino hasta el pueblo, esta vez a pie, y preguntamos la forma de ir a San Francisco mientras tomamos un desayuno en la única cafetería del lugar. Una mujer nos indica con todo lujo de detalles las carreteras a tomar, información sustanciosa y detallada pero a todas luces inútil.

—Disculpe, pero es que no tenemos coche.

—Ah, no tenéis coche. ¿Y cómo habéis llegado?

—Andando. Hicimos un poco de autostop también. Lo que queríamos saber era más bien si hay algún transporte público para salir de aquí.

—Uy, no, eso no tenéis aquí. Mira, haced autostop siguiendo las indicaciones que os he dado, y más adelante a lo mejor hay algún autobús. Y si no, pues seguid hasta la siguiente ciudad.

Como queda patente en el discurso de la simpática dama, el transporte público americano no es el más eficaz y con mayor cobertura del planeta, así que seguiremos su particular estrategia y haremos autostop hasta que en algún momento dado encontremos un bus. Nos ponemos en el cruce mismo al que llegamos ayer al mediodía, y sacamos el pulgar hacia el asfalto para probar suerte.

Los primeros intentos no son especialmente fructíferos y no cosechamos más que un par de miradas raras, sin conseguir ni siquiera que algún vehículo aminore la marcha al pasar a nuestro lado. Un hecho que vamos comprobando en estos episodios de autostop es que el coche típico americano, en especial las enormes furgonetas tipo pickup que tanto abundan en el rural yanqui, no suelen tener el más mínimo interés en recoger autoestopistas, menos aún si estos tienen un perfil como el nuestro. Por el contrario, los coches de menor tamaño son más proclives a esta suerte de caridad automovilística, y si el viajero tiene intención de encontrar un transporte, debe poner su energía en este tipo particular de automóviles, a fin de maximizar las posibilidades de recogida.

Miguel se toma muy en serio esta estrategia, hasta el punto de casi dejar pasar los coches grandes, pero acosando sin piedad a los que ofrecen mayor esperanza de detenerse. Cuando un pequeño todo-terreno azulado conducido por un abuelillo a paso tranquilo aparece en el horizonte, se interpone en su camino causando la sorpresa del anciano y su acompañante, que no tienen más remedio que pararse. Sin aparente sorpresa, y en lugar de bajar la ventanilla y preguntar, se apean del vehículo, nos dan la mano, y se muestran dispuestos a ayudarnos.

Aunque al principio esto parece una señal inmejorable, no lo es tanto cuando advertimos que la reducida velocidad del carruaje no se debe a la avanzada edad del conductor, sino a que este, al igual que su copiloto, lleva encima una notable curda.

—¿Adónde vais? —pregunta proyectando un aliento de elevado octanaje.

Nos quedamos mirándonos un segundo, dudando si debemos dejarles continuar su camino, pero no tenemos ganas de seguir esperando, así que nos decidimos a montar con ellos si es que están dispuestos a llevarnos. A la velocidad que van, un accidente tampoco tendría consecuencias muy graves.

Le enseñamos nuestro mapa al mayor de los dos hombres, el que conduce, indicándole nuestro destino: un pueblo más grande donde quizás podamos parar otro coche o incluso intentar encontrar un transporte público. Al señor no parece resultarle familiar el lugar ni tampoco andar muy ducho en temas de cartografía, porque busca el pueblo con su dedo en la esquina opuesta del mapa. El alcohol puede que también tenga algo de culpa.

Le muestro dónde estamos ahora y hasta dónde queremos llegar, y se me queda mirando con cara de circunstancia.

—No me digas dónde estamos. Yo ya sé dónde estamos —me responde con voz de viejo gruñón—. Este mapa es una mierda, voy a por el mío.

Cuando vuelve del coche trae un mapa cochambroso de una escala ridícula, en el que en media cuartilla cabe la mitad del país y la población menos populosa que aparece es Los Ángeles. Con semejante carta ni el navegante más curtido llegaría a su destino, pero al tipo parece serle de ayuda para juzgar si el nuestro está en su ruta y puede llevarnos.

—No hay problema, pasamos por allí.

Y con un aspaviento torpe que contribuye a dispersar los efluvios alcohólicos de su aliento, nos invita a entrar en el coche, cosa que hacemos. Preocupado por la seguridad de esta recién formada expedición, su compañero, más joven y tan solo ligeramente beodo, opta por pasar al volante, lo cual nos resulta muy tranquilizador.

La pareja formada por estos señores, uno de ellos cerca de la edad de jubilación, el otro ya probablemente octogenario, es de lo más cómico. Podrían ser perfectamente padre e hijo, pero nos cuentan que son solo un par de amigos que disfrutan juntos del campo, amén de agarrarse muy notables cogorzas para celebrar su amistad, según parece.

El más viejo, que ahora que no tiene que conducir nos va contando su vida y explicándonos el paisaje, lleva los nudillos despellejados como si hubiera estado boxeando contra un bloque de granito. La escena es inquietante, pero parecen ambos tan bonachones e inofensivos que no nos preocupamos mucho. El viaje, además, nos está enseñando que debemos estar preparados para todo si queremos continuar nuestro recorrido haciendo autostop, porque cualquier tipo que se preste a darnos cobijo en su coche debe ser, sin lugar a dudas, un personaje de lo más estrafalario.

A mitad del camino, toman un desvío para llevarnos a ver un lago, y se entretienen preguntándonos cosas sobre nuestro viaje. Y más o menos cuando acabamos de contarles toda nuestra historia, nos dejan en el lugar convenido, al que sorprendentemente han sabido llegar sin pérdida y sin estampar el coche contra un árbol.

Poco tenemos que hacer en este enclave salvo intentar conseguir otro transporte para continuar nuestra andanza, ya que el transporte público sigue sin hacer acto de presencia. Afortunadamente, o quizás porque ya le vamos cogiendo práctica a esto del autostop, el nuevo vehículo no tarda demasiado en llegar. Y, como era de esperar, cumple las características de todos los anteriores, a saber: un conductor extraño, una dosis abundante de basura esparcida por el habitáculo, y alguna que otra particularidad distinta en cada caso, siempre fuera de lo que que puede considerarse común. Es decir, fuera de lo que la madre de todo viajero consideraría recomendable para su retoño, al que nunca desearía ver transportado por semejantes individuos.

En este caso, el tipo anda por la cuarentena, lleva una sudadera que parece haber sido roída por un ejercito de topillos hambrientos, y al poner las manos en el volante delata unas uñas negruzcas en un poco elegante estado de putrefacción. A primera vista inspira poca confianza, pero como parece simpático y no estamos para juzgar las apariencias de nadie, antes de que diga una palabra nos instalamos en su coche y le decimos hacia dónde vamos. El vehículo, por otra parte, aunque pequeño y algo antiguo, anda algo más limpio que el del americano medio, lo cual es de agradecer.

Al poco de ponernos en marcha, hacemos una parada en una tienda de comestibles con productos ecológicos, biológicos, orgánicos, sanos y multicoloridos, muy del estilo de nuestro conductor, que es una especie de hippie postmoderno con tintes de new-age y una sesera funcionando al ralentí, probablemente por efecto acumulado de sustancias psicoactivas, o tal vez no más por su dieta basada en brotes de rábano.

Nos invita a una banana bio-fantástica y respetuosa con el medio ambiente, recolectada en el momento justo del ciclo lunar y bendecida con plegarias cósmicas, pero que tiene el mismo sabor que un pepino. Y allí vamos, tres camaradas en un coche destartalado, de camino hacia la civilización comiendo un banano insípido.

Al contrario que el resto de bondadosos conductores que se han ofrecido a llevarnos, a quienes lo que más parecía interesarles era nuestro viaje en sí, las razones de este o lo que en él acontecía, nuestro anfitrión en esta ultima legua de trayecto parece especialmente interesado en nuestro origen español y la cultura de nuestra patria. No es que al citado le cautive en demasía la geografía de nuestra vieja piel de toro, o que sienta una particular pasión por la cultura de esta ibérica nación de la que venimos, sino que, como no tarda en confesarnos, su curiosidad obedece a razones mucho más prosaicas: al parecer, ha conocido por Internet a una mujer del País Vasco con la que chatea frecuentemente y con la que está comenzando una relación a distancia, y a quien espera encontrar algún día no muy lejano, para culminar así su amor paseando de la mano junto al árbol de Guernika.

Considerando que la mayoría de supuestas mujeres en un chat de Internet son en realidad machos peludos tecleando en calzoncillos, y que, si hacemos caso al estereotipo, las euskaldunas nunca se caracterizaron por su furor uterino, resulta más probable para nuestro simpático chófer convertirse en el próximo Lehendakari que conseguir atisbar ni medio pezón de su amante vascongada. Aun así, y para no poner en riesgo tan eficiente transporte, no le desalentamos en su búsqueda del amor verdadero y respondemos con minuciosidad a sus preguntas de la mejor manera posible. La estrategia no parece funcionar mal, porque nos propone llevarnos hasta una pequeña ciudad algo más allá de su destino, argumentando que esta agradable e instructiva conversación compensará los kilómetros adicionales. Nosotros, por supuesto, no nos negamos a tal oferta.

La pequeña ciudad en la que nos deja no tiene nada de especial, pero es ya lo suficientemente populosa como para tener un transporte público digno y una conexión directa con San Francisco. A nuestro conductor, con el que hemos pasado más tiempo que con ningún otro en este viaje y hemos entablado una incipiente amistad, la despedida parece dejarle una ligera melancolía. Es fácil ver que le quedan aún preguntas que hacernos acerca de los misterios de las mujeres españolas, y que no le importaría seguir la charla un rato más. Le proponemos correr con los gastos del combustible, pero rechaza nuestra oferta y considera nuestra conversación como pago suficiente a su generosa labor. Le vemos emprender el camino de vuelta y después damos un paseo sin mucho que reseñar antes de alcanzar a la estación de autobuses.

La estación no tiene muchos viajeros ni tampoco muchas líneas que pasen por allí, pero tiene un aire saludable e inspira confianza. No es poco, ya que una estación de autobuses es con frecuencia uno de los lugares más sórdidos de una ciudad, a menudo uno que no invita a la espera sino echar a correr lo antes posible para salir de allí. A decir verdad, la esperaba de este estilo, sobre todo teniendo en cuenta que el transporte publico en este país no cuenta con muchos seguidores y que, según es habitual oír, aquellos que lo utilizan no suelen estar dentro de las compañías que resulta recomendable frecuentar. En este país se ha de viajar en coche, y quien no disponga de uno de ellos es, cuando menos, sospechoso.

Aunque no pongo en duda que poseer un vehículo propio sea poco menos que imprescindible por estos lares, los compañeros de autobús que llevamos en este último trayecto me parecen de lo más correcto, del mismo modo que lo son el propio vehículo y su conductor. También es probable que, después de los individuos con quienes hemos compartido los últimos episodios sobre ruedas, nuestro criterio a este respecto pueda estar algo mermado.

Sea como fuere, el viaje es adecuado y confortable, así que me instalo en el butacón y me echo una buena siesta prácticamente hasta que llegamos a la ciudad y abro los ojos a la realidad de San Francisco, con la sensación de que los días de osos, sopas de sobre y caminatas con la mochila al hombro quedan extremadamente lejanos.

* * *

Podría dar más detalles de los días que después pasamos en la ciudad, pero en honor a la verdad, no hay mucho de interés. Yo siempre he sido partidario de darle al final de los viajes un carácter progresivo, de despedida escalonada, donde no caben las emociones fuertes. Así que, después de haber gozado un intenso comienzo de aventura en este mismo lugar y de haber disfrutado la soledad reflexiva y cautivadora de las montañas durante largos días, lo que más me apetece hacer es caer poco a poco en rutinas estériles y cosas de poca chicha. Ya se sabe: una compra por aquí, un paseo por allá, alguna visita breve, alguna comida en un sitio ligeramente más ceremonioso. A ser posible, cosas que cuenten poco o nada del lugar, para así sentir que el viaje va poco a poco acabándose.

Con esto quiero decir que este viaje ha tocado a su fin y con él lo hace esta historia. Es el momento de regresar y, como sucede inequívocamente en los buenos viajes, es un momento irónicamente agradable del que el viajero disfruta sabiendo que su labor está hecha y puede pasar a una nueva aventura.

Aunque hemos comenzado el viaje juntos, Miguel y yo haremos nuestro vuelo de regreso separados. Su avión sale un día antes que el mío, a primera hora de la mañana. Con el coche de su hermano, me ofrezco a llevarle de madrugada a la estación del tren para que así los demás no tengan que levantarse. Le dejo en la estación y me vuelvo a casa a seguir dando mi última cabezada americana.

En el camino de vuelta pienso que el coche, un gran todo-terreno que demuestra que el hermano de Miguel se ha integrado bien en las costumbres del país, es una bestia inmanejable. Con las calles completamente vacías, voy circulando con una torpeza mayúscula. Para colmo, el cambio automático, que nunca antes he usado, complica todavía más las cosas. Cuando llego y aparco con dificultad el monstruo, me digo a mí mismo que no volveré a conducir un coche así nunca más, y anhelo volver a casa y retomar mi pequeño utilitario con su cambio manual.

Poco sabía entonces que dos años después, con idéntico compañero de viaje, haría unos cuantos miles de kilómetros al volante de un cacharro no muy distinto de aquel, cruzando todo el país desde la costa este hasta esta misma ciudad de San Francisco, a través de su más memorable carretera: la Ruta 66.

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