En honor de aquella virtud

En honor de aquella virtud
de la que un día fuimos apóstoles,
aprendemos que hay lugares en nuestra historia
a los que no podremos ya regresar
sin sentir cierta recompensa,
espacios que llena el sueño
como si cada rincón explicara
el origen de una conquista,
como si haber estado allí supusiera para nosotros
desempolvar de su exilio una victoria aún no cobrada.

Atreverme a tus calles
resulta no más una confirmación
exacta de cuanto fuimos,
imágenes que giran sobre nosotros
como sabemos que orbitan los sueños
cuando fueron bienvenidos, la prueba última
de que nuestra memoria
va ordenando a su antojo todo lo pasado.

Sentado aquí,
me alcanzará el destino una vez más
y nada he de temer hasta entonces,
no cultivar inquietud alguna sobre la vida,
ni plantearme la verdad
de ninguna hermosura.

Guardo la paciencia insondable del cazador.

Mía es la ignorante tranquilidad de la presa.

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