Mi madre, orgullosa, sin duda
Mi madre,
orgullosa, sin duda,
te contará que aprendí a leer muy temprano,
que cantaba las palabras,
los nombres sencillos de las cosas,
los letreros azules de las calles
bajo los cuales hoy sé que suceden historias.
Como homenaje a esos otros momentos
de los que fuimos dueños,
tan sólo esto has de llevarte ahora
lejos de mí y de estas brumas;
sólo las anécdotas, los cuentos,
mientras te desvinculas de esa ira
que comparten siempre quienes aman;
sólo la voluntad de transmitir un relato
que apenas habla de cuanto un día hicimos,
las palabras sencillas de mi madre
explicando, tal vez, esta afición
mía a los versos,
las líneas lentas que hoy te ofrezco.
Porque la soledad es un sustento ázimo
que debe aprenderse a roer con estoicismo,
difícil, sin duda, cual un nacimiento,
y así se antoja cuando hoy miro
desde el balcón de este instante
hacia el sur de la nostalgia,
más allá de cuanto fui,
cuanto fuimos,
infinitamente allende la experiencia.
Nada debes llevarte
salvo lo que bajo la ley del calor nos pertenece,
muy poco ya, apenas nada, exiguo bronce,
pues toda ruptura demuestra ilegítimos
los trofeos alcanzados. Nada debes llevarte
y nada dejar,
nada junto a mí, sólo las derrotas,
las mareas,
la perspectiva de un tiempo que pasa,
una flor quebrada.
Y el olvido,
este mismo olvido
quizás
nada sino el pan más cierto,
el básico sustento
para tan arduo camino.