El faraón quiere ir al baño
Después de un par de siglos en el sarcófago, a la momia del faraón le entraron ganas de ir al baño. No era de extrañar, porque los días antes de su muerte habían sido muy calurosos allá en el desierto y no había parado de beber agua. Y claro, todo ese líquido ahora quería salir. El sueño eterno de los faraones no era en el fondo distinto de un sueño normal, y a veces había que levantarse para que uno hiciera sus necesidades.
Abrió el sarcófago y salió a dar un paseo. Tenía el cuerpo algo entumecido, lo cual era lógico después de tanto tiempo sin moverse. Hizo unos estiramientos y se sintió mejor.
A tientas logró encontrar una de las antorchas de la sala. La encendió y vio que allí estaban todas las joyas y los enseres de su ajuar funerario: una taza, un peine, un libro. Se suponía que esas cosas serían de utilidad en la otra vida, pero él ahora se daba cuenta de que quizás no sirvieran de mucho. Lo que él necesitaba ahora era bien distinto: un orinal. Pero por más que buscó no fue capaz de encontrar uno. ¿Cómo podía ser que nadie hubiera pensado en ello? Se dijo que, si algún día resucitaba y volvía al mundo de los vivos, lo primero que haría sería actualizar el Libro de los muertos para incluir aquel detalle.
Salió de la cámara mortuoria y recorrió la pirámide. Aquellos pasillos eran demasiado laberínticos, y a saber cómo se llegaba desde allí hasta el baño. De hecho, ni siquiera estaba seguro de que hubiera un baño, pero esperaba que sí, porque tenía ya bastante urgencia y no creía que pudiera aguantar mucho más.
Encontró entonces un pasadizo secreto, y por él llegó a una estancia en la que había un pequeño cubículo. «Sabía que lo encontraría», dijo aliviado al ver ante sí el retrete faraónico.
Se llevó las manos al pantalón para despojarse de sus vestiduras, y al hacerlo se quedó lívido, incapaz de creer que aquello le estuviera sucediendo a él. Había olvidado algo muy importante: no llevaba pantalones que bajarse. En lugar de eso, sus piernas, al igual que el resto de su cuerpo, estaban recubiertas por capas y capas de venda de lino, bien ajustadas y sin que hubiera forma alguna de quitárselas. Malditas tradiciones, ¿a quién se le habría ocurrido aquello de momificar a los muertos? Empezó a palparse por todas partes para ver si encontraba algún resquicio, pero no había manera. Era inútil.
Definitivamente, había que corregir un par de cosas en el Libro de los muertos, aunque eso era ahora lo que menos le preocupaba. Sin nada que hacer allí, intentó no perder la calma y volvió a la cámara mortuoria dando pasos cortitos y sin hacer movimientos bruscos. Apagó la antorcha, se metió en el sarcófago y se tumbó boca arriba, con los brazos paralelos al cuerpo, sin moverse nada para poder aguantar aquellas horribles ganas que tenía de ir al baño.
Así lo encontraron siglos más tarde los arqueólogos, en idéntica postura y con el gesto constreñido que tienen todas las momias del Antiguo Egipto, y que ahora ya sabéis a qué se debe.