Arena

Tartamudo hizo una tarta. Era demasiado grande para él, así que pensó que la llevaría a su amiga Tartamuda. Pero Tartamuda vivía en la otra punta del tartamundo, más allá de los tartamuros de la ciudad, y aquel sería un largo viaje. Metió la tarta en una caja, puso alrededor de ella un cordel dorado, y después ató este con un elegante tartanudo. Y con aquello, partió de viaje a lomos de su fiel tartamulo.

Tartamudo llegó a casa de su amiga, que se sonrojó al verlo. De la emoción, ambos tartamudearon un poco.

* * *

Montado de nuevo sobre su tartamulo, Tartamudo regresó a casa. Allí pensó en su amiga y en la tarta que habían comido juntos. La echó de menos.

Decidió escribirle una carta. Pero cuando puso el papel encima de su escritorio y cogió el bolígrafo entre sus dedos, aquello no le resultó tan fácil como esperaba. De los nervios, las palabras se le trabucaban en el papel igual que le sucedía a veces cuando hablaba.

«Vaya, además de tartamudo resulta que también soy cartamudo, se lamentó.

Aun así, terminó su carta, metió la hoja en un sobre, y la echó al correo para que Tartamuda supiera de él.

Días después, Tartamuda recibió la misiva y la leyó con entusiasmo. Daba igual cómo estuviera escrita, porque recibir carta de su buen amigo era siempre una gran noticia. Ademas, era una carta muy hermosa, de eso no había tartaduda.

* * *

Belerín aprovechó la mañana soleada para ocuparse del huerto. Llenó de agua una regadera, cogió su pequeña azada, y allá que se fue a hacer lo que más le gustaba en días así: sembrar vocales.

«Es buen día para sembrar algunas aes, se dijo. En realidad, siempre le parecía buen momento para las aes, porque de ellas brotaban después patatas, calabazas, bananas, habas, manzanas, y las cosechas eran siempre abundantes y variadas.

También, aunque menos, le gustaban las oes, de las que, según la suerte que tuviera y de si había sembrado otras letras cerca, salían cocos, col, repollo, brócoli o melocotón.

A veces sembraba ies, no muchas, y así en el invierno podía recolectar una sabrosa cosecha de kiwis.

Las es le parecían difíciles de cultivar, pero echaba siempre unas pocas, y a veces estas le daban alguna que otra berenjena.

De las ues nunca había conseguido que brotara nada, así que hacía tiempo que no las sembraba.

* * *

Belerín decidió esta vez sembrar minúsculas. La diferencia entre las mayúsculas y las minúsculas era que de las primeras salían árboles imponentes, mientras que de las segundas nacían tan solo arbustos y matas.

Tapó con cuidado cada semilla y echó un chorrito de agua sobre ellas.

Para asegurarse de que sus vocales estuvieran bien nutridas y crecieran sanas y fuertes, esparció sobre la tierra un puñado de tildes.

* * *

Para su cumpleaños, el muchacho regaló a su amiga un reloj de arena. No era, sin embargo, un reloj de arena cualquiera. Cada vez que la niña le daba la vuelta, la arena al caer no se depositaba sin más formando una montañita en el otro extremo de la ampolla de cristal, sino que creaba toda clase de esculturas, a cual más hermosa. Nunca se repetían estas esculturas, y si era otra persona quien daba la vuelta al reloj, el resultado era muy distinto.

A diferencia de otros relojes de arena, este no servía para medir el tiempo: la arena no tardaba siempre lo mismo en pasar de un lado a otro. A veces eran unos pocos segundos, otras podían llegar a ser incluso varios minutos.

—El tiempo no corre siempre a la misma velocidad —dijo la niña mientras veía formarse un castillo de arena similar a los que ella misma hacía en la playa los días de verano.

* * *

—Déjame a mí —dijo su hermana, que también quería probar suerte con el reloj de arena.

Apoyó el artilugio sobre la mesa e hizo un gesto de emoción antes de darle la vuelta. El castillo de arena se deshizo de inmediato, y sus restos comenzaron a formar una nueva figura al otro lado.

El rey y la reina que habitaban en aquel castillo de arena junto a sus príncipes y princesas, sus fieles caballeros y sus caballos de pura raza, todos ellos tan diminutos que nadie se había dado cuenta de su existencia, se sintieron de pronto caer hacia lo alto. Era como si aquel cielo de cristal que hasta entonces habían tenido sobre sus cabezas ahora les atrajera a la manera de un imán.

«Qué extraño terremoto, pensó el rey mientras lo iban sepultando los granos que antes formaban las paredes de su castillo.

Por encima de él, la arena quedó con la forma de un oasis con dos palmeras en su centro.

* * *

Las letras más sencillas de cultivar eran las oes —tanto mayúsculas como minúsculas—, las es mayúsculas (E) y las ies mayúsculas (I). Bastaba echarlas sobre la tierra y crecían sin problemas. Las demás letras, a diferencia de aquellas, había que colocarlas con cuidado, de tal manera que apuntaran hacia arriba. Por ejemplo, de una a mayúscula (A) que no tuviera su extremo afilado en la parte superior, no brotaba nada.

Belerín pensaba que esas otras posiciones hacían fracasar el crecimiento de la planta, y que esas vocales, una vez sembradas y regadas, seguían sin germinar aunque pasara mucho tiempo. Sin embargo, descubrió que no era así. Las semillas germinaban y crecían, pero si se sembraban en una orientación distinta, lo hacían en sentido opuesto, hacia el interior del suelo. Y vaya si debían crecer, porque hacía no mucho había intentado desenterrar una de esas plantas subterráneas —un manzano crecido a partir de una a mayúscula— y no fue capaz; era tan grande que se perdía metros y metros por debajo de la tierra.

Belerín pensó que incluso podrían atravesar el planeta entero y aparecer en el otro extremo del mundo. «Quizás, se dijo, «otra persona esté comiéndose ahora mismo lejos de aquí las manzanas de este árbol mío subterráneo.

* * *

Era ya tarde, casi la hora de la cena. La niña estaba sola en su cuarto y le dio la vuelta al reloj para ver qué forma aparecía.

Esta vez la arena fue bajando con más lentitud que nunca. Intrigada, la pequeña se quedó frente al reloj y vio cómo poco a poco se iba construyendo aquella nueva figura. Y por primera vez, lo que apareció fue una figura humana.

Parecía un hombre. Sí, no había duda, era un hombre, un hombre algo gordo y rechoncho. También sus brazos eran gruesos, y le caían pesadamente.

La llamaron a cenar. Comió con su familia, vio un poco la televisión, se lavó los dientes. Cuando volvió a su habitación para dormir, el hombre de arena había levantado uno de los brazos.

* * *

El hombrecillo estuvo en el reloj de arena casi una semana. Algo sorprendente, porque raro era el día en que la niña no le daba varias vueltas al reloj para que este le obsequiara nuevas figuras. Pero estaba convencida de que su hombre de arena volvería a moverse, y por ello lo mantuvo así tantos días mientras lo observaba con detalle.

La figura, sin embargo, no se movió más. Lo que antes le parecía una criatura animada, ahora volvía a ser una simple escultura de arena. Cuando se convenció de que no valía la pena esperar más, la niña dio la vuelta a su reloj con la esperanza de que apareciera algo más interesante.

Esta vez la arena cayó mucho más deprisa, y quedó con la forma de un montículo sobre el que se levantaba un pequeño banderín.

Le pareció un poco decepcionante. Estuvo a punto de volver a girar el reloj, pero entonces se detuvo a mirar con más atención y descubrió algo sorprendente: dentro de la ampolla de vidrio, el banderín de arena ondeaba suavemente.

* * *

Al banderín le siguió, días después, un barco de vela. También el velamen de aquel se movía soplado por un viento misterioso, y la niña se preguntaba qué milagro sucedía allí dentro para que aquello no se desmoronara y los granos se sostuvieran de esa manera. Podía llevar el reloj de un lado a otro sin siquiera hacerlo con buen pulso, y aun así la figura que en este hubiera no se desmenuzaba ni perdía un solo grano. Solo al darle la vuelta se deshacía y se formaba entonces otra distinta e igual de firme.

La niña inclinó el reloj de arena hasta dejarlo tumbado, por ver lo que sucedía. Para su sorpresa, el barco no giró. Siguió con sus mástiles apuntando hacia lo alto, pero la arena que había bajo él se extendió y una parte de ella pasó a la otra mitad de la ampolla. Ahora el barco descansaba sobre un gran mar de arena, y este tenía pequeños rizos, como olas. La vela mayor se diría que ondeaba más que antes. \newpage Cuando más tarde la niña dio la vuelta al reloj para formar otra figura, la arena cayó y volvió a crear la superficie rizada de un mar. Y de este, asomaba majestuosa la cola de una ballena.

* * *

El peregrino llegó una mañana y pidió tan solo un vaso de agua. Belerín, que era hombre generoso, le ofreció, además, algunas frutas de su última cosecha, una de las más abundantes que recordaba.

Aunque el peregrino no hablaba con fluidez el idioma, Belerín pudo explicarle de dónde venían aquellas frutas, y le habló orgulloso de su peculiar técnica de sembrar vocales. Incluso le explicó la diferencia entre las minúsculas y las mayúsculas, para asombro del caminante, que no había oído nunca nada igual.

De un saquito de tela, Belerín cogió un puñado de vocales listas para sembrarse la próxima temporada, y se las enseñó para que aquel viera que todo lo que le contaba era cierto. Había muchas aes, algunas oes, y unas pocas ies y es.

El peregrino siguió su camino agradecido, con una manzana en el bolsillo y maravillado ante la innovadora manera de sembrar y cosechar de aquel hombre tan simpático. \newpage Lo que no llegó a comprender fue por qué no sembraba ninguna u, siendo que la u, en su idioma, era la vocal con la que se escribían la mayoría de las frutas más sabrosas: mullur, súcuno, bunduk y, sobre todo, el delicioso tumul.

* * *

La niña llevó a su amiga al cuarto y le habló de su reloj de arena.

—Lo último que salió ayer fue esta figura con forma de pieza de ajedrez —dijo mientras le acercaba el reloj con un alfil de arena dentro.

La otra quiso probar por sí misma. El reloj, sin embargo, funcionó esa vez como cualquier otro: la arena caía regularmente y se depositaba en una colinita redondeada. Hizo un nuevo intento y sucedió lo mismo.

La amiga se sintió decepcionada. Aquello no era más que un reloj de arena corriente. La niña, sin embargo, notó un pequeño escalofrío al ver caer la arena sin más. Las cosas más vulgares pueden ser a veces las más inquietantes.

* * *

El reloj volvió a funcionar como antes algunos días más tarde. Esta vez apareció en él una figura curiosa: otro reloj de arena. No parece algo especial si se compara con un barco de vela, un hombre capaz de mover uno de sus brazos, un castillo, o cualquiera de las muchas figuras que habían pasado ya por allí, pero a la niña le resultó de lo más misterioso. En ocasiones, los mayores misterios están en las cosas menos extraordinarias.

Lo observó con detalle y advirtió que dentro de este segundo reloj de arena también la arena pasaba de un lado a otro, aunque a una velocidad ridícula, granito a granito y con mucha lentitud.

Cuando, al cabo de un largo rato, toda esa arena estuvo ya en la otra mitad, la niña consideró que era momento de buscar una nueva figura. Pero al darle la vuelta al reloj, no sucedió nada. La arena siguió donde estaba, ahora en la parte superior de la ampolla, y no comenzó a caer como de costumbre. Y aunque ella lo agitó por ver si así se solucionaba aquello, su intento fue en vano.

Sin embargo, en el pequeño reloj de arena del interior, ahora cabeza abajo, la arena había empezado a caer a su ritmo tan lento, igual que antes, grano a grano.

* * *

—Te dije que no lo trajeras —le gritó la madre mirando el reloj de arena roto en el suelo.

La niña no respondió. Se quedó triste, recogió los restos, y pidió que volvieran a casa.

Aunque la madre insistió en que lo dejara todo allí, ella no quiso hacerlo.

—Quizás pueda arreglarse —dijo, aunque sabía que no iba a ser posible.

En una mano llevaba el soporte de madera donde antes descansaba la ampolla de cristal. En la otra, con mucho cuidado para no cortarse, los tres trozos grandes en que aquella se había roto.

No prestó atención, sin embargo, a la arena esparcida, como si esta no fuera parte importante de aquel reloj suyo que acababa de perder. La dejó allí y ni se molestó en mirarla. Sobre el suelo, la arena tomó la forma de un pájaro.

* * *

Érase una vez un rey diminuto. Bueno, no, quizás no era un rey. Diminuto era, pero no tenía una corte ni nadie que le dijera «su majestad con gran reverencia, ni tampoco una reina o unos hijos príncipes. Ahora bien, era el único habitante de aquellos confines, y por ello podemos llamarle rey o sultán o lo que bien nos venga en gana, pues no había otro que mandara en ese lugar.

El rey (o sultán) diminuto vivía en un desierto de arena, aunque uno muy especial: era un desierto perfectamente plano, sin desnivel alguno. Solo en su centro, en un lugar que él conocía bien, se encontraba un mínimo desnivel: un solo grano de arena elevado por encima de los demás.

Siendo él tan diminuto, aquello le bastaba para tomar altura, y ayudándose de las manos trepaba casi cada día a lo alto del grano. Desde allí, miraba con orgullo hacia el horizonte y se decía a sí mismo que tenía mucha suerte. \newpage Bien es verdad que no tenía un castillo ni un reino ni un ejército, pero no todos podían decir que era suya la duna más singular de todo un desierto, o quién sabe si quizás del mundo entero: una duna hecha de un único grano de arena.

* * *

El rey estaba un día más en lo alto de su duna de un solo grano de arena, cuando de pronto vio la tierra moverse no lejos de allí. En mitad de la planicie inmaculada de arena, el brote de una planta se abría camino como una montaña gigantesca. El rey pensó que era emocionante asistir a un espectáculo así, la formación de un relieve, quién sabe si una cadena montañosa al completo, y todo ello en apenas un instante. Ventajas de ser tan diminuto.

Puesto que el suelo de aquel desierto era seco y hecho tan solo de arena, el rey quedó muy sorprendido de que una planta pudiera crecer en él. Tras pensarlo con detenimiento, llegó a la conclusión de que aquella planta no estaba creciendo allí, sino en algún otro lugar de suelo más fértil, y sucedía tan solo que era en mitad de aquel desierto por donde asomaba a la luz del día.

«Podría incluso venir del otro extremo del mundo, se dijo a sí mismo.

Mirando con detalle el brote, el rey no tardó en identificar la planta: era un manzano.

* * *

Tartamuda se acordó de su amigo Tartamudo y quiso devolverle aquel bonito gesto que él tuvo días atrás, cuando se presentó en su casa con una deliciosa tarta. Sí, estaba decidida: ella también le haría una tarta e iría a llevársela.

Al igual que él hiciera en su momento, Tartamuda preparó una tarta, la puso en una caja, la ató con un bello tartanudo, la puso en su tartamula, y allá que se fue con esta hasta el otro extremo del tartamundo, más allá de los tartamuros de su ciudad.

Por el camino, la tarta iba dejando tras de sí un exquisito aroma, ya que estaba hecha con la más fragante de las frutas: el tumul.

* * *

En sus ratos libres, Baodilán era afinador de paisajes.

Trepaba a los árboles y cortaba las ramas y ramillas de tal manera que el viento al pasar tuviera en ellos un sonido melodioso. Movía de lugar las piedras para que los animales que se encaramaban en lo alto a echar sus cantos sonaran lo mejor posible. Incluso invitaba a las criaturas a trasladarse a lugares distintos, como el director de una orquesta que colocase a sus músicos de la mejor manera posible. Y cuando el resto del pueblo dormía, se subía en secreto a los tejados y recolocaba algunas tejas para que las gotas de lluvia, al caer sobre estas, dejaran un repiqueteo musical.

Ahora que entraba la primavera, Baodilán tenía más trabajo que nunca. Los árboles echaban hojas y ramas nuevas, y los animales andaban más activos y ruidosos. El anuncio de la estación lo hacían las bandadas de pájaros que llegaban de lejos y se posaban en los árboles, como el extraño grupo de aves de arena que vino a posarse sobre el tilo a la entrada de su casa, y con los que no supo bien qué hacer. Apenas piaban, pero el batir de sus alas de arena dejaba un ruido extraño que Baodilán no tenía ni idea de cómo afinar.

Dos de aquellos pájaros cayeron al suelo, pero cuando fue a ver si estaban heridos, no fue capaz de encontrarlos. Al pie del árbol, no encontró más que unos pequeños montoncitos de arena.

* * *

Tartamuda era coqueta y siempre vestía a la tartamoda. El peregrino, sin embargo, vestía ropas sobrias y muy sencillas, gastadas ya a esas alturas de su peregrinar. Se cruzaron en el camino e intercambiaron un saludo tímido.

El olor de la tarta animó al peregrino a hacer un comentario, y tras algunas frases, se sentaron juntos a hacer un pequeño alto en su camino. Se contaron su viaje y descubrieron que, aunque ahora iban en direcciones opuestas, ambos provenían de un mismo lugar.

El peregrino le habló de un hombre muy peculiar que había conocido en su camino, y que sembraba vocales en la tierra como quien siembra semillas de trigo o granos de maíz. Tartamuda pensó que le gustaría ver cómo crecían aquellas vocales y probar sus frutos.

A pesar de que la conversación era interesante y el peregrino le parecía un hombre encantador, Tartamuda reanudó pronto su marcha. No quería retrasarse y llegar tarde a casa de Tartamudo.

—No quiero ser una tardamuda —dijo para disculparse.

* * *

El peregrino conoció muchas otras gentes en su camino, entre ellas un curioso inventor de relojes de arena.

—¿Relojes de arena? —preguntó extrañado al saberlo.

El hombre le explicó entonces que había oído hablar de un curioso reloj de arena en el que esta caía formando figuras, una nueva y distinta cada vez que se le daba la vuelta. Obsesionado con aquel artilugio, trabajaba sin descanso intentando hallar la manera de crearlo, aunque por el momento no lo había logrado. Se confesó muy frustrado por todo ese trabajo, y admitió que estaba a punto de perder la esperanza de lograrlo algún día.

El peregrino recorrió con la mirada el taller del inventor y pensó que no entendía su frustración. Quizás no había sido capaz de crear aquel reloj de arena del que salían figuras, pero allí había una valiosa colección de otros relojes de lo más curioso, que se dirían incluso más interesantes que aquel que hacía figuritas.

Encontró, por ejemplo, uno en el que la arena se convertía en agua en una de sus mitades; otro que no tenía ampolla ninguna, y en el que la arena simplemente flotaba y caía guiada por quién sabe qué fuerzas misteriosas; y uno muy hermoso cuya arena cambiaba de color al pasar de un lado a otro. También dos relojes de arena gemelos, en los que bastaba dar la vuelta a uno de ellos para que en el otro la arena subiera hasta su mitad superior y desde allí comenzase a caer.

No acertó a saber para qué servía uno cuya ampolla era opaca y tras ella no se veía caer ninguna arena, así como otro que no tenía arena dentro. Por vergüenza, no preguntó la razón de ser de aquellas creaciones.

—Llévese uno si quiere. A mí no sirven de nada —le dijo el inventor al ver cómo miraba sus relojes.

El peregrino lo pensó con calma, agradeció al inventor su regalo, y escogió un reloj normal en el que la arena caía sin más de un lado a otro. Después de ver tantos relojes extraños, se dio cuenta de que lo que le resultaba más fascinante era ver uno de ellos sin nada especial, que sirviera tan solo para medir el tiempo.

* * *

Baodilán seguía sin saber cómo afinar aquellos pájaros tan curiosos. Sin embargo, resultaron ser confiados, y había conseguido atrapar sin dificultad un par de ellos. Los guardaba en una pecera vacía sobre la que había puesto un tablón para que no volaran, y se pasaba el tiempo viéndolos revolotear allí dentro.

Al principio, había intentado encerrarlos en una jaula corriente, como lo haría si hubiera atrapado un jilguero al que quisiera poner a cantar para alegrarle las mañanas. Pero los pájaros de arena no tenían más que aplastarse contra los barrotes, y entonces empezaban a deshacerse y pasaban sin problema al otro lado. Los siguientes que atrapó los puso en la pecera, y de ahí ya no tenían manera de escapar.

Baodilán fue a ver sus pájaros de arena, y ya desde el otro extremo de la habitación notó que algo había cambiado. No se oía ese sonido áspero de su batir de alas, sino uno distinto. Y no es que ahora sonase aquello mejor afinado, que él para eso tenía el oído fino. Era un sonido igual de poco hermoso que el anterior, solo que diferente.

Cuando llego a la pecera, vio que allí ya no había pájaros de arena. En su lugar, una serpiente de arena se arrastraba por el fondo de un lado a otro.

* * *

A los turistas les gustaba especialmente aquella playa. El barco los llevaba por toda la costa, pero era allí donde se detenía más tiempo, a petición de los pasajeros, que sabían de aquel lugar y venían algunos a verlo desde muy lejos.

El mar estaba siempre en una calma absoluta. No se diría mar, sino más bien lago. Incluso al avanzar el barco, su paso no producía olas, y la superficie del agua seguía inmóvil, como si no hubiera manera de alterarla. En la orilla, la arena se extendía hasta donde llegaba la vista, y era allí, en tierra, donde se formaban las olas. Una tras otra, olas de arena rompían contra el mar, olas grandes y pequeñas que llegaban y se retiraban como una marejada suave y mineral, y aquel espectáculo tan extraño era lo que la gente venía a contemplar.

A veces, si tenían suerte, podían ver alzarse entre las olas de arena alguna otra forma, alguna figura hecha también de arena fina, como por ejemplo la gran cola de una ballena.

* * *

Sucedía raras veces, pero en ocasiones las olas de arena eran fuertes y grandes como las de un mar embravecido, y al romper contra al agua salpicaban algunos pegotes de arena que se separaban de la cresta de la ola. Estos pegotes se convertían entonces en pájaros, les crecían alas breves como las de los gorriones o amplias como las de un albatros, según fuera el tamaño, y echaban a volar y se perdían en la distancia.

En esos días, el capitán siempre tenía que dejar el barco frente a la costa más tiempo que de costumbre, porque aquel espectáculo encandilaba a los turistas como ningún otro.

No siempre esa arena tomaba la forma de un pájaro y volaba. A veces caía sin más al agua, y todos pensaban que allí no hacía sino disolverse, como lo haría cualquier arena de playa. Sin embargo, aunque nadie lo viera desde el barco, esos pegotes, una vez en el agua, se convertían en peces de arena que se alejaban nadando lentamente, y que se iban hundiendo poco a poco hasta llegar al fondo, donde se deshacían y se unían a las arenas del lecho marino.

Si alguien hubiera tenido curiosidad y hubiese buceado hasta las profundidades, habría visto un fondo hecho de arena blanca con la que se formaban extrañas figuras: conchas, animales marinos, corales y serpientes que reptaban entre ellos, e incluso una vez el casco de un barco hundido.

Pero esto, ya digo, nunca nadie llegó a verlo.

* * *

El tartamulo, que era torpe y viejo, tropezó con la raíz de un árbol y cayó al suelo.

—Vaya tortamuda nos hemos dado —le dijo Tartamuda a su animal una vez que se levantaron y comprobaron que no se habían hecho daño.

Por suerte, la tarta también estaba en buen estado. Tartamuda se aseguró de que no se le había caído nada, apretó las cuerdas que sujetaban su equipaje al lomo del tartamulo, y acarició el morro del animal.

Antes de ponerse en marcha, se sacudió de sus ropas la arena que se había quedado pegada a ellas.

* * *

Como el viaje había sido largo, Tartamudo invito a Tartamuda a quedarse en su casa a pasar la noche y descansar. Además, había sobrado mucha tarta, y así podrían tomarla juntos al desayuno. Tartamuda aceptó la invitación, y él le preparó una cama con sábanas limpias.

A Tartamuda le extrañaba la rara costumbre de Tartamudo, a quien le gustaba que sus invitados le leyeran un cuento antes de dormir.

—Es que mis padres me leían muchos cuentos cuando era pequeño —dijo él para justificarse.

Y no es que a ella le pareciera mal que Tartamudo pidiera a sus huéspedes un poco de lectura, nada de eso. De hecho, ella hacía lo mismo cuando otros venían a visitarla. Lo que le resultaba extraño era que aquellos cuentos se leyeran por la noche, antes de irse a dormir, cuando todo el mundo sabe que los cuentos se han de leer a los niños por la mañana, justo antes de que salgan de la cama.

—Pues aquí los leemos por la noche —respondió Tartamudo, a quién le no le convencía aquello de escuchar un cuento nada más levantarse.

Como cada uno tenía costumbres distintas, acordaron que ella le leería a él su cuento de buenas noches, y él a ella el suyo de buenos días.

Tartamudo cogió de su biblioteca un libro y se lo dio a Tartamuda.

—«Cuentos del afinador de paisajes —leyó ella—. Parece raro.

—Ya verás, te va gustar —le dijo él mientras se metía ya bajo el edredón, listo para escuchar una de esas historias.

* * *

Baodilán andaba subido en un árbol ajustando un par de ramitas desafinadas, cuando vio llegar por la senda a un hombre al que no conocía. Supuso por sus ropas que habría de ser un peregrino de paso, de los que no era extraño ver por allí de vez en cuando. Apenas le prestó atención y siguió con su trabajo.

En esos días, tenía más tarea que nunca. Las hierbas crecían, las hojas brotaban en los árboles, los grillos andaban nerviosos, y las ranas no descansaban ni un instante en su croar. Afinar todo aquello era labor casi imposible. Si al menos alguien pudiera ayudarle… Pero claro, no había nadie que compartiera con él aquella afición tan peculiar de afinar los paisajes. ¿Lo había, acaso, en alguna otra parte del mundo? ¿Habría tenido alguien la misma inquietud que él y habría intentado dar mejor sonoridad al campo como él hacía?

El peregrino se detuvo no muy lejos del árbol al que estaba subido Baodilán, y este lo vio agacharse para coger algo. Se fijó en que había atrapado un par de ranitas, y las llevaba de un lugar a otro. Puso una en lo alto de un arbolillo, y otra la colocó entre unos arbustos. A esta última, le acercó un dedo a la boca para que dejara de croar, esperó un instante, y después retiró el dedo. La rana volvió a su cantinela, pero ahora bien acompasada con los ritmos de sus compañeras.

A Baodilán, desde lo alto de su árbol, le pareció que el paisaje de pronto sonaba más melodioso. El peregrino le dejó un saludo discreto, y él se lo devolvió sin saber qué decir.

* * *

El viejo rey diminuto había muerto ya tiempo atrás. En sus últimos momentos, se entretenía recordando las épocas gloriosas de su reino y la duna de un solo grano de arena desde la que solía ver atardecer. Y cuando esos recuerdos le ponían melancólico, se distraía intentando averiguar de dónde vendría exactamente el inesperado manzano bajo cuya sombra ahora vivía.

El manzano ahora ya no estaba solo. Sus frutos y sus hojas, al caer y descomponerse, habían formado un suelo fértil, y el desierto de arena de aquel entonces ya no existía. La hierba crecía jugosa y fresca, y un bosque de manzanos cubría todo el lugar.

Una nueva civilización de seres minúsculos había aparecido de la nada y ahora habitaba sobre aquel suelo.

* * *

Tartamuda se soñó en una playa bajo el sol del verano. Estaba tumbada sobre la arena, una arena extraña que parecía moverse en pequeñas olas rizadas, y desde allí se veía un mar liso e inmóvil como un cristal.

Era un lugar hermoso, pero lo mejor fue que, en ese mismo momento, Tartamudo también se soñó en idéntico lugar. Y allí se encontraron los dos sin esperarlo, sentados frente al mar y felices.

Pasaron un rato agradable juntos, y antes de que a alguno de ellos le llegara la hora de despertarse, acordaron intentar verse allí, cada uno en su sueño, a la noche siguiente.

Así lo hicieron una noche tras otra, sin tener ahora que cruzar medio mundo para encontrarse.

—Lo único malo es que aquí no puedo traerte una de mis tartas, ni tú a mí una de las tuyas —le dijo él una noche.

Entonces ella arrastró un montoncito de arena y formó con esta un pequeño pastel. Luego hizo un gesto con sus manos para invitarle a probarlo. Él sonrió y acercó su nariz como para olerlo.

—Hmmmm, tarta de tumul, mi favorita —dijo sin dejar de sonreír.

* * *

Esa noche, Tartamudo no pudo conciliar el sueño. Lo intentó durante horas, pero algo le tenía desvelado. Y por ello, no pudo acudir a su encuentro con Tartamuda, que lo esperó como cada noche en sus sueños, sentada en aquella playa.

Aburrida de esperar, cogió un puñado de arena y vio que, sin más que apretarla en su puño, esta tomaba después la forma de un pajarillo. Y, más sorprendente aún, al lanzarla al aire, la figura no se deshacía, sino que cobraba vida y echaba a volar. Tampoco era algo tan extraño; a fin de cuentas, aquello era un sueño y en los sueños todo resulta posible.

Hizo muchos de aquellos pájaros y los vio alejarse hacia el horizonte. Estaba preguntándose hacia dónde irían, en qué árbol o roca acabarían posándose, cuando entonces sonó el despertador y perdió el sueño.

* * *

Tartamudo tampoco consiguió dormirse a la noche siguiente, ni la de después, ni la otra, y cuando al fin cayó rendido en la cama al cabo de unos días, su cabeza estaba tan cansada que tuvo pesadillas. Por supuesto, no pudo soñar con su playa de arenas ondulantes, y Tartamuda volvió a esperarlo en vano mientras hacía más pájaros de arena.

Tartamuda decidió dos cosas. La primera, intentar soñar algo distinto, quizás algo más excitante. La segunda, escribirle a Tartamudo una carta como en los viejos tiempos, para ver si estaba bien y preguntarle por su ausencia.

Tartamuda estaba inspirada (se ve que la tartamusa estaba rondando ese día), y no escribió una, sino nada menos que cinco cartas. Las echó todas ellas al correo y, como no tenía nada que hacer aquella tarde, se metió en la cocina a preparar una tarta.

* * *

El muchacho, aburrido, cogió de la estantería un tomo de su gruesa enciclopedia y, como hacía a veces, abrió una pagina al azar. Allí leyó:

Tumul. m. Fruta carnosa muy apreciada por su sabor intenso. De gran tamaño, carne violeta, y con la piel rosada y fina. Presenta un estrechamiento en su parte central, lo que le da forma de reloj de arena. La planta del tumul requiere para su desarrollo suelos muy arenosos, por lo que su cultivo es difícil y su distribución reducida.

* * *

Esta vez fue Tartamuda la que tuvo pesadillas. Ella quería soñar algo distinto, ya hemos dicho, aunque no de esa manera.

Al principio, le pareció que volvía a tener el mismo sueño. Delante de ella estaba aquel mar inmóvil, y ella se sentaba en la playa. Pero pronto se dio cuenta de que era todo distinto.

Estaba en una isla desierta y muy pequeña, y quería irse. A su lado había un montón de cartas. Eran todas iguales, las había escrito ella misma: cartas de socorro informando de su naufragio.

Puso una de ellas en una botella que había cerca, pero al arrojarla al mar, la botella se quedó en el lugar donde había caído. Y a falta de olas y corrientes que la arrastraran, siguió allí sin moverse.

Después hizo con otra de las cartas un barquito de papel. Pero al posarlo al borde del agua, el barco no avanzó ni un solo centímetro, como si estuviera anclado y no tuviera manera de moverse.

Desesperada y sin nada que hacer, Tartamuda se sentó de nuevo en la playa y cogió un poco de arena en su mano. Cerró el puño y, al abrirlo, no había más que un pegote de arena blanda. Lo arrojó al aire y el pegote se desintegró y cayó al agua con un ruido cosquilleante.

El sueño se le hizo muy largo a Tartamuda, que ya se creía condenada a ser por siempre un náufrago en aquella isla.

Cuando despertó, tenía la respiración entrecortada, sudores fríos, y algo de arena en las palmas de sus manos.

* * *

A la noche siguiente, Tartamudo y Tartamuda volvieron a encontrarse mientras dormían. Ninguno de ellos esperaba ya soñar con aquella playa, pero una vez más aparecieron allí, en su sueño común.

Tartamuda le habló de las cartas que le había enviado, pero él dijo no haberlas recibido aún.

—El correo es más lento que los sueños —comentó entre risas.

Luego ella le mostró cómo hacer pájaros de arena, y él probó a formar uno de ellos con sus manos. Pero como estas eran más grandes que las de Tartamuda, sus pájaros eran más pesados, y al echarlos a volar aleteaban con menos brío.

Tartamudo hizo algunos más y vio cómo se perdían hacia el horizonte. Estaba preguntándose hacia dónde irían, en qué árbol o roca acabarían posándose, cuando entonces sonó el despertador y perdió el sueño.

* * *

El peregrino había llegado ya a la parte final de su viaje, y en los últimos días de camino hacía balance de aquel recorrido. Recordaba las gentes que había conocido, los paisajes que había visto, y pensaba en lo distinto que le resultaba todo ahora después de haber descubierto tantas cosas.

El peregrino, como todo viajero ingenuo, había salido de casa con idea de encontrar respuestas, pero a pesar de que lo aprendido en su viaje era mucho, se daba cuenta de que tenía pocas respuestas y un montón de preguntas nuevas. Algunas de ellas eran muy curiosas, y sobre estas se entretenía en pensar mientras hacía camino a solas: ¿De dónde sacaba aquel hombre las vocales que luego sembraba? ¿Por qué no utilizaba también consonantes? ¿Habría alguien que supiera afinar los paisajes igual que él hacía? ¿Cuánto durarían afinados después de que él pasara por ellos y los dejara atrás?

* * *

Las cartas le llegaron a Tartamudo un par de días después de aquel sueño en el que había vuelto a reencontrarse con su amiga. Reconoció de inmediato la caligrafía de Tartamuda, pero cuando comenzó a leer se dio cuenta de que aquello no era nada fácil. Y no, no era porque ella fuera también cartamuda como él, sino porque a aquellas cartas les sucedía algo muy extraño: les faltaban las vocales. En cada sitio donde debía ir una de ellas, no había más que un espacio en blanco, como si alguien las hubiese robado.

«¿Para que querrá alguien llevarse las vocales?, se preguntó Tartamudo. Luego, con esfuerzo, comenzó a leer de nuevo la primera carta: «Qrd Trtmd, …

* * *

Belerín salió al jardín con un gran cubo lleno de vocales. Quería tener el mejor huerto de toda la zona, con frutas y hortalizas de toda clase, y para ello tenía aún mucho trabajo que hacer.

Puso las vocales con cuidado, mayúsculas y minúsculas, sin equivocarse en la dirección en la que las sembraba. Luego echó agua clara y buenos puñados de tildes para fertilizar la tierra. Al acabar el día, estaba cansado pero feliz.

Al día siguiente trabajaría en hacer un buen espantapájaros. Las vocales no gustaban a los pájaros normales, pero ahora, con aquellos pájaros de arena que habían empezado a aparecer, la cosa era distinta. No se comían las letras, pero se posaban en el suelo allá donde había una, y desaparecían dejando un montoncito de arena en el lugar. Si llegase una gran bandada de ellos atraída por todas aquellas vocales, de la noche a la mañana su huerto podría quedar convertido en un desierto arenoso.

* * *

Baodilán había terminado de afinar ya los árboles, las piedras, los tejados y el motor de su tractor. Incluso dio instrucciones a un vecino sobre el ritmo a seguir mientras cortaba leña con un hacha, para que sus golpes se sincronizaran bien con los otros ritmos del campo. Pero afinar un paisaje es un trabajo continuo, y cuando uno cree haberlo dejado ya todo bien ajustado, entonces crece una nueva flor, ruedan pendiente abajo unos cantos, o un animal decide cambiar el tono de su voz, y allá que hay que ir de nuevo para corregir aquello.

Esta vez fueron las ranas. Las oyó cantar y se dio cuenta de que no lo hacían a compás. La coral de las ranas necesitaba algunos ajustes. Buscó entre la vegetación algunas de ellas y las posó suavemente en otras ramas, en otros rincones donde sonaran mejor todas al unísono. Luego les iba poniendo un dedo suavemente sobre la boca para hacerlas callar, y que reanudaran después su croar mejor sincronizadas con el resto. Al hacerlo, Baodilán recordó no sin nostalgia el paso de aquel peregrino días atrás.

* * *

Algo debió haber hecho mal Belerín esa vez, porque de sus vocales no creció ningún árbol que diera fruto, ni tampoco ninguna mata de la que recolectar nada. Y no parecía importar si las letras que había sembrado eran minúsculas o mayúsculas, ya que de ellas no salieron más que arbustos densos y todos iguales, de tal modo que su huerto era más bien una colección de setos. Eso sí, eran setos muy hermosos y coloridos, ya que los había rojos (que crecían donde había sembrado oes) y malvas (allá donde recordaba haber puesto aes). Solo donde había sembrado alguna letra e, los arbustos tenía su color verde habitual.

* * *

Después de todo el día trabajando fuera, Baodilán entró en casa, se dio una ducha caliente, encendió la chimenea y se sentó frente a ella. Le gustaba mirar las llamas y escuchar el crepitar del fuego, pero al cabo de un rato de observar, se preguntaba siempre si habría alguna forma de afinar su chimenea, de la misma forma que afinaba los elementos del campo. Le gustaría que sonara más armoniosa, algo mejor que ese crujir desordenado, y quién sabe si quizás con eso también las llamas hicieran mejor sus bailes.

Había probado maderas de toda clase, de unos y otros árboles, de una y otra longitud. Incluso había cambiado la forma de la chimenea varias veces. Pero aun así, no había sido capaz todavía de lograr lo que se proponía.

Añadió un nuevo leño a la chimenea y siguió pensando en la manera de conseguirlo.

* * *

Después de su largo caminar alrededor del mundo, el peregrino regresó por fin a casa. Esperaba encontrar el lugar cambiado, algo de polvo en los muebles, algunas malas hierbas en el jardín, pero nunca hubiera imaginado algo así. Al borde de su casa, un denso bosque de manzanos había ocupado el sitio en el que antes no crecían más que algunas matas.

Cogió de uno de ellos una manzana y le dio un bocado. Al comerla, le vino a la memoria el recuerdo de los días pasados, de las tierras lejanas donde existían aquellos sabores y las frutas se escribían con vocales distintas.

* * *

Al ver el humo salir de la chimenea, todos supieron que su vecino había vuelto a casa. Y no era difícil darse cuenta de ello, porque de la chimenea salía una columna perfecta que ondeaba al viento con un pulso rítmico, como si estuviera siguiendo alguna música. No había un humo tan hermoso en toda la ciudad.

Decían quienes habían estado alguna vez en esa casa en un día de invierno que su chimenea era especial, que el crepitar del fuego era muy melodioso, como si estuviera bien afinado, y que las llamas danzaban de un modo diferente.

—Es algo misterioso, hipnótico, como un ballet bien orquestado —contó una vez uno de sus amigos, que acostumbraba ir los fines de semana a tomar café.

El peregrino, no obstante, no tenía compañía esa tarde. Bajó a la leñera y en ella cogió dos violines de entre el montón de viejos violines, guitarras y violonchelos que allí guardaba. Volvió al salón y los arrojó a las llamas, y se quedó mirando hasta que empezaron a arder con un sonido perfecto.

* * *

Unas semanas después ya se habían marchado los fríos y nadie encendía su chimenea. Sin embargo, todos sabían que el vecino seguía allí incluso si no se cruzaban con él por la calle o pasaban a visitarle, porque el paisaje había vuelto a sonar como era debido, de la misma manera bien afinada en que lo hacía antes de que él hubiera decidido irse a peregrinar por el mundo.

* * *

El muchacho se preguntó por qué nadie se lanzaba al agua. El día era claro, no soplaba viento, y la mar tan quieta invitaba a bañarse. Pero los demás parecían contentarse con mirar la orilla desde el barco y ver a la distancia esas olas de arena tan curiosas.

—No podemos acercarnos más, no hay profundidad suficiente —respondió el capitán cuando una mujer le pidió ir a ver la orilla desde más cerca. Ella aceptó la respuesta y no dijo nada más.

Pero el muchacho quería también acercarse, quería incluso tocar aquella arena. Se quitó la ropa y se echó al agua. Era una sensación extraña nadar en una lámina de agua tan inmóvil, quieta incluso a medida que él avanzaba.

Llevaba consigo un pequeño frasco en una mano. Al llegar al borde, donde las olas de arena rompían contra el mar dejando unos granos finísimos y blancos, acercó el frasco y recogió un puñado de aquella arena. Después lo tapó y regresó al barco, de nuevo sintiendo la extraña consistencia de aquel agua tan firme a la que no había manera de arrancarle ningún oleaje.

La arena en el tarro parecía seguir aún rompiendo en olas diminutas. El muchacho pensó que sería una buena idea usarla para hacer un reloj de arena.

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