Regalo
Se presentó en la fiesta a primera hora, mucho antes de lo que la madre esperaba. De hecho, ella dudaba que fuera a aparecer, no sería la primera vez que olvidaba el cumpleaños de su hija o pretextaba algo ridículo a última hora. Pero allí estaba, con gesto altivo y una bolsa de regalo en la mano. Saludó fríamente, fue a darle un beso a la niña, y después se acomodó con una bebida sin hacerse notar demasiado. Mejor así, se decía, mejor una indiferencia fingida y luego disfrutar cuando llegara su turno. Ya no volverían a poner en duda su compromiso como padre ni le acusarían más de desinterés.
Dejó que los demás dieran sus regalos antes de sacar el que él traía. Incluso esperó a que la propia madre presentara el suyo, y al verlo sintió alivio, porque su único miedo era que ella hubiera tenido la misma idea o acaso una que pudiera superarla. Fue un buen regalo, la niña se ilusionó, pero él respiró tranquilo y se dijo a sí mismo que el suyo era mucho mejor, que ya estaba todo hecho, y que no había más que entregar el presente y disfrutar el triunfo.
A su hija le bastó abrir la bolsa y ver la caja que había en ella para emocionarse. Hizo aspavientos y la sacó nerviosa, dando a entender que adivinaba lo que contenía: esas zapatillas con las que sería al día siguiente la envidia de la clase.
El hombre la miraba mientras, por el rabillo del ojo, buscaba la cara de su exmujer para descubrir el semblante de derrota que tendría. Pero no, su gesto era normal, tranquilo, y acaso intuyó en él incluso una sonrisa cuando la niña abrió la caja y sostuvo las zapatillas. Luego se sacó las que llevaba, fue a meter el pie en las nuevas, y toda la felicidad de su rostro se borró al comprobar que no le entraban. Con cara de disgusto, miró la lengüeta, dejó ver una mueca de rabia y leyó en voz alta la talla, muy inferior a la que ella usaba, con esa sinceridad hiriente que solo un niño es capaz de dispensar.
—Te los puedo cambiar por un número más grande —dijo él.
Pero la ilusión de la hija se había desvanecido y la voz del hombre sonaba ridícula, desesperada, y no encontraba ya nada más que decir.