Alta médica

Uno tiene mucho tiempo para pensar en la habitación de un hospital. Ahora su padre duerme, la respiración sorprendentemente silenciosa comparada con la de las últimas noches. A veces le parece que se acompasa con la caída ocasional de alguna gota en el gotero conectado a su brazo. Una buena señal, piensa, y aprovecha esa pequeña tregua para distraerse en sus propias reflexiones. No necesariamente pensamientos amables. Piensa en él, todo es aún reciente, y al caer el velo de la preocupación no queda ante ella otro paisaje que el de su fracaso.

El enfermo se gira con un pequeño gruñido. También aquello es buen síntoma, suena reconfortante. Una cierta calidez en la frialdad hospitalaria. Se acerca a él, le sube la sábana para que le tape hasta el cuello. Luego vuelve al sillón y se acomoda con intención de dormir. Cierra los ojos, vuelve a recordar las escenas de los últimos meses, intenta detenerse en algunos episodios dulces. Se queda dormida y descansa más que ninguna otra noche desde que su padre ha ingresado.

—¿Qué tal ha dormido hoy? —pregunta la enfermera con el mismo tono amistoso de cada mañana.

Su padre responde que no ha sido mala noche. Se le ve descansado, es sincero, no se trata de una respuesta protocolaria.

La enfermera sigue su protocolo, toma sus medidas, administra los medicamentos. Le dice que luego pasará el doctor y que cree que probablemente le den el alta.

—Quizás hoy no, pero mañana yo creo que sí —informa con una sonrisa.

La ven marchar y se miran aliviados.

—A ver si es verdad, y así también puedes tú descansar —dice el padre con tono de culpa.

Nota cómo la calma la llena por dentro. Esto hace unos días parecía inalcanzable, recuerda cómo llegó incluso a pensar que su padre no saldría. Lo ve ahora todavía débil, pero al mismo tiempo entero, confiado, casi con la misma vitalidad que antes de venir.

Antes de que pase el médico, un celador viene a quitar la cama vacía. Van a traerle un compañero de habitación. Con lo bien que habían estado ellos dos solos hasta ahora, padre e hija, sin otra compañía. Pero qué más da, si ya están a punto de irse. Hablarán algo con él, le preguntarán qué canal de televisión prefiere ver, dejarán que se sienta cómodo.

El nuevo enfermo llega poco después. Un hombre de la edad aproximada del padre, con buen aspecto. Es dicharachero, se interesa por su circunstancia y les dice que lo acaban de operar. Nada serio, una cirugía mínima y rutinaria, espera salir pronto.

—Con un poco de suerte nos vamos los dos mañana para casa —le responde el padre.

El médico que pasa no es el mismo de los días anteriores. Este es más seco, pregunta con una actitud casi inquisidora. Sus palabras no son tan esperanzadoras como las de la enfermera.

—Vamos a ver cómo evoluciona en los próximos dos o tres días.

Se despide con sequedad y se marcha para seguir la ronda. Hay unos segundos de silencio y luego ella intenta devolverle el ánimo a su padre.

—A los médicos les gusta curarse en salud. Lo importante es que estás bien, y si no es mañana seguro que en nada te dan el alta.

El padre no responde. El otro hombre ha sacado un cuadernillo de crucigramas y no participa en su conversación.

De nuevo la tristeza y el recuerdo. Qué días tan horribles fueron esos últimos, tantas sorpresas desagradables, tantas mentiras. Se acuerda del pantalón que dejó allí olvidado al irse, porque no estaba en los cajones ni en el armario, sino en el cesto de la ropa. Quizás él ya no lo tenga. Ella le dijo que no la llamara ya más, por ninguna razón.

El padre enciende el televisor y busca un programa que le gusta. No pregunta al compañero, que sigue entretenido con las palabras. Ella saca un libro.

El otro hombre levanta la vista y mira hacia la puerta, por donde entra alguien que viene a visitarle. Se saludan con la mirada y un leve gesto de cabeza. Luego el recién llegado mira hacia ella y su padre, y ella le devuelve la mirada. Lo reconoce de inmediato, se dice que no puede ser, qué clase de broma es aquella. Por el gesto de sorpresa y disgusto que ve en su cara, sabe que él también la ha reconocido. Nota cómo se frena al entrar. Se acerca al otro enfermo, se sitúa lo más alejado posible de ella y de su padre, les saluda de una manera muy fría y pregunta:

—¿Qué tal, papá?

—Bien, bien, ha ido todo bien.

El hombre deja sobre la cama los crucigramas, hablan en voz baja. Ella lo mira disimuladamente y sabe que él hace lo mismo. Los ancianos habitan una calma plácida mientras ellos dos viven en una tensión insoportable.

Ahora los dos enfermos miran el televisor e incluso comentan el programa. Entre los acompañantes, solo silencio.

Ella sale para ir a buscar algo a la máquina de comida, aunque en realidad quiere alejarse de la habitación unos minutos, sentirse a solas, o al menos sin la presencia de él. La posibilidad de que la estancia de ambos enfermos se alargue y deban compartir el cuarto durante días le horroriza. Los hombres irán entablando amistad, se esperaría que también sus acompañantes lo hicieran, pero ella no piensa fingir ninguna cercanía, a lo sumo acepta ocultar su rencor por mera educación.

Se demora más de lo necesario, y cuando llega ve que él no está en la habitación sino fuera, acaso esperándola.

—No sabía que tú padre estaba mal, espero que no sea algo grave.

No hay saludo ni explicación, lo dice cuando ella está lo suficientemente cerca, como temiendo que de otra manera ella le ignorara.

—Ha sido un buen susto, pero parece que está ya casi recuperado. Gracias.

Intenta ser seca, pero se sorprende al encontrar una punta de dulzura en su respuesta. Se enfada consigo misma por esa debilidad.

—Parece que tu padre también está más o menos bien —añade mientras entra en la habitación, sin darle oportunidad de responder.

El programa de la televisión es otro, pero los encuentra comentándolo con igual cordialidad. Cuando más tarde apagan el aparato, la habitación queda dividida en dos reinos aislados, cada cual con sus rutinas independientes, sin comunicación ninguna entre ellos. Las visitas de las enfermeras, la comida, la cena, la pequeña siesta. Los enfermos duermen antes, y en ese rato de silencio hasta que también ella cierra los ojos, continúa la lectura de un libro o al menos aparenta hacerlo, porque pasa las páginas a intervalos arbitrarios, apenas entiende lo que lee, y en realidad está pensando en otras cosas.

Se descubre muchas veces pensando en él, de nuevo haciendo memoria. Repasa los momentos hermosos y el episodio tan desagradable en el que concluyeron, las palabras dulces y también los insultos, los gritos, los de ella, los de él que ahora está sentado a un par de metros y se recuesta igualmente en un sofá y cierra los ojos mientras quizás piensa en algo similar.

Han pasado dos días sin cruzar palabra, de una manera tan natural que ninguno de sus padres se ha dado cuenta de ello. Es una animosidad tan fiera como discreta, y los enfermos mientras tanto han ido estrechando su trato, ahora se cuentan algo de sus vidas, se ríen con las coincidencias curiosas, y ellos escuchan nerviosos por miedo a que alguno hable de sus hijos y diga algo indebido.

En ese tiempo ha pensado en demasiadas cosas. En cómo sería ese momento si hubiera llegado a conocer a los padres de él o él a los suyos, la incomodidad aún mayor que sentirían, o incluso si ello afectaría a la salud de los pacientes. En aquel hombre que conoció en un congreso, en si debería haberse dejado llevar y aceptar sus insinuaciones, porque de qué sirvió el temple y la fidelidad si al final mira cómo ha terminado todo.

Su padre sigue igual, parece en forma, pero lo encuentra quizás más desganado. Lo achaca a los días de espera, aunque ambos siguen pensando que el día de marcharse a casa está muy cerca, y quizás la noticia llegue con la próxima visita del médico esa misma mañana.

Se da cuenta de que en el desayuno el padre no ha probado apenas bocado, a diferencia del otro hombre, que ha comido toda su bandeja. Lo mira y ve que tiene un gesto de dolor y que se lleva la mano al estómago. Los ojos los tiene casi cerrados, no mira a ninguna parte.

—¿Estás bien, papá?

Pero el padre no responde y empieza a respirar cada vez con más dificultad, y ella no dice nada más, sale corriendo a buscar a una enfermera. Es una chica joven que no intenta hacer mucho, que sale a su vez a buscar a un doctor, y cuando este llega manda que lo lleven a otro lugar. Ella no entiende bien dónde, supone que el quirófano donde estuvo hace unos días después de que le sucediera algo similar a aquello. Le dicen que espere, que no se preocupe.

Ahora su mitad de la habitación no está habitada más que por ella, pero sigue siendo un reino independiente, una burbuja aislada del resto. Piensa, aunque no sabe bien en qué.

Una hora después sigue sin saber nada, sentada en la misma posición. Cuando el médico de los últimos días pasa, no trae noticias para ella, pero le da el alta al otro paciente y le confirma su buena recuperación.

Los ve recoger sus cosas. Cuando el anciano entra en el baño, ella se queda sola frente a él pero ninguno dice nada, ni siquiera se miran. Luego el hombre sale bien vestido y perfumado, es evidente en él el entusiasmo. Se acerca a ella y le dice que no se preocupe, que irá todo bien, y que le despida de su padre. Ella asiente. El hijo se limita a un aséptico adiós mientras ya caminan.

Se levanta, va hasta la puerta de la habitación como si quisiera alcanzarles y decirles algo. Desde allí los ve marcharse.

—Tienes mi pantalón en tu casa —dice en voz muy baja antes de entrar de nuevo.