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La literatura es la única mancia legítima. Escribir para dar forma a las líneas en que creemos atrapar el pasado, y descubrir al leerlas después que lo que allí escribimos no era el ayer, sino la predicción infalible del mañana.

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Sospecho que para mí la literatura no es sino una forma torpe de asumir la invencibilidad del tiempo. Uno justifica su inexperiencia o su falta de talento en otras lides diciéndose aquello de que «nunca es demasiado tarde», con la esperanza que el tiempo que pudo faltarnos antes siempre pueda recuperarse más adelante. Con la literatura, esta máxima no tiene valor alguno. Para escribir, no es que nunca sea demasiado tarde, es que siempre es demasiado pronto.

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Murió un pajarillo al chocar contra la ventana esta tarde. Se oyó un ruido seco y yo supe al instante que había sido un pájaro. No es la primera vez que alguno se golpea contra el cristal, pero supuse que después habría seguido su vuelo, porque eso es lo que suele suceder, o al menos no quedan nunca señales de que ocurra de otro modo.

Salí más tarde y lo vi en el suelo, a un metro escaso de la ventana, un gorrión. No había rastro de violencia alguna, ni sangre ni plumas. Fue fácil hilar la escena.

En la ventana no quedaba huella de la tragedia, el cristal impoluto, de una limpieza casi altiva, con la serenidad del verdugo después de haber aplicado su castigo.

La parte más oscura de nosotros es a veces nuestra propia transparencia.

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Mirar a mi hija me recuerda que no me gustan demasiado los niños. La emoción que tengo al verla se la debo al vínculo, no a su niñez. A mí lo que me inspira no es la infancia, ni la menudez de sus formas, ni la inocencia de los gestos. Lo que me emociona es pensar que ella es mi hija, que yo soy su padre, y que todas esas virtudes a medio hacer seré yo quien tendrá el privilegio de formarlas. Del niño valoro no el presente, sino ese tránsito hacia el futuro que compartimos.

Ser padre tiene poco que ver con la niñez. Qué equivocada es la idea de asociar la paternidad a esas edades tempranas, decir aquello de que uno será buen padre porque tiene buena mano con los críos. Es en ese tiempo de la infancia de un hijo cuando uno ha de cumplir su papel paterno de una manera más activa, acaso más imprescindible, pero no deja de ser un periodo breve y poco representativo de esta experiencia. Durante la mayor parte de la vida de un padre, se es padre de una persona adulta que bien pudiera incluso madurar más que uno mismo.

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Pasa el tiempo y uno va entendiendo mejor lo que significan las alegrías y las tragedias de la vida, por acumularlas cada día sin remedio. Y con ello, entiende también mejor lo que significa ser padre, porque va sabiendo más acerca de cuanto en potencia ha puesto delante de su hijo, ya sea esto gozo, calma o martirio. Avanzar en nuestro presente es descubrir una nueva esquina en el futuro de quienes nos siguen.

Así día tras día, hasta el último instante, cuando se comprende al fin la verdadera magnitud de esta empresa. Porque obsequiar la vida, inevitablemente, es también condenar a la necesidad de la muerte.

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No hacía tiempo hoy para encender la chimenea, pero al final de la tarde, cuando ya sabía que no iba a salir más, me vino un antojo de lumbre, más por lo sentimental que por calentar la casa.

Fui a sacar la basura cuando se hizo de noche y aproveché para atravesar el pueblo y dar una pequeña vuelta. Había un aroma de leña, el humo ligero de una sola casa: la mía. La temperatura no exigía más abrigo que una manga larga fina, pero el olor era de invierno, de un frío que, faltando hoy los helores esperables, llegaba en forma de nostalgias.

A añadir a la lista de orgullos ridículos que uno ha sentido alguna vez: el de ser hoy quien le da aroma a todo un pueblo.

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El lugar de la mesa en el que me siento cuando comemos frente a frente, yo siempre junto a la pared. El lado de la cama en el que duermo, que es además el mismo que el del sofá cuando vemos la televisión. La mano que le doy cuando paseamos juntos, siempre la misma, guiado por quién sabe qué influjos imperceptibles.

El encanto de ver cómo uno elige de forma espontánea, inconsciente, sus lugares. Pararse a pensar en esa mano invisible, en la estética de las elecciones que hacemos, perfectamente sincronizadas con las del otro.

Repartirse equitativamente el espacio, el mundo, sin siquiera darse cuenta de ello.

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Me alegro de que no me haya sucedido en la vida nada extraordinario, de que mis circunstancias no sean excepcionales ni dignas de ninguna atención. De otro modo, escribiría sobre ello y nunca sabría cuánto del interés que pudiera despertar mi escritura se debería a esas circunstancias y no solo a la literatura, cuanto de mi valía como creador podría imputársele al arbitrio y no al talento.

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Me encontré esta tarde en el abrigo unos mapas extranjeros. Debían estar allí desde mi último viaje, y como el tiempo aquí había sido caluroso desde entonces, no había vuelto a ponerme ese abrigo hasta hoy que he salido a pasear y soplaba un viento incómodo. A mitad de camino, he metido una mano en el bolsillo y allí estaban, dos planitos de esos turísticos que habría recolectado en cualquier oficina de turismo o similar, sin más significado ahora que el de un pasado candoroso que lanzaba con ellos su última llamada.

Deberíamos coleccionar así todo aquello susceptible de servirnos como memoria, no de forma organizada y clasificada, sino perdida en los rincones más inesperados: en el bolsillo de un abrigo, bajo un mueble, entre las hojas de libros ya leídos, en los armarios donde apilamos lo que sabemos que no volveremos a utilizar nunca. Traerse de un viaje fotografías y mapas y postales, toda clase de estampas e iconos, y en lugar de archivarlas en álbumes y carpetas, dejarlas que vayan encontrando su sitio allá donde no debieran estar. Y después esperar hasta que un día afloren sin previo aviso y nos concedan unos minutos de memoria y nostalgias. La fotografía bien guardada, localizable, es más práctica sin duda, pero no tiene la emoción de lo inesperado, el romanticismo de los sentimientos que no se buscan, sino que se encuentran.

Deberíamos coleccionar así los testigos de nuestro pasado, en el caos y la arbitrariedad, en la incertidumbre y el olvido. Porque así es en realidad como funciona nuestra memoria, a la que lanzamos sin orden ni concierto nuestros pasados para que algún día refloten cuando el azar así lo disponga, o se pierdan para siempre sin que siquiera nos demos cuenta de ello.

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Paseamos juntos al final de la tarde. Avanza por el borde de la carretera, sobre la hierba, que ir por el asfalto le da miedo si oye venir algún coche. Lleva un paso marcial, con las piernas rígidas, levantándolas mucho y pisando con fuerza.

—Me gusta pisar las flores —dice riéndose.

El gesto es de malicia infantil, sabedora en parte del daño que deja tras de sí, pero sintiéndose por encima de ello. Aplasta las pequeñas margaritas, las florecillas anaranjadas que apenas se alzan unos pocos centímetros del suelo, y quedan todas espachurradas, a veces rotas y con los pétalos separados. Me mira y sonríe.

Hay destrucción en esta escena, pero en el balance global, el mundo ha ganado en belleza. Quien no lo viera de este modo, no ha comprendido aún en qué consiste la vida.

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Me preguntaba un amigo la última vez que nos vimos si no echaba de menos ocuparme en trabajos manuales de vez en cuando, cosas simples hechas con mis propias manos, para recuperar esa sensación física de crear cosas más tangibles. Decía que a él, que trabaja en asuntos similares a los míos y es frente a un ordenador como pasa sus horas de trabajo, le sobrevenía a veces esta urgencia y necesitaba ocuparse en cosas menos virtuales, más orgánicas.

Yo le respondí que no, que no echaba en falta manualidad alguna, acaso porque nunca me he entretenido de ese modo y estoy completamente negado para esa clase de asuntos. Suponía él entonces que quizás esta faceta la cubría yo de otra manera, pudiera ser con la música, por aquello de que tocar un instrumento no deja de ser un asunto manual y porque ese «tocar» deja bien claro que existe un contacto físico entre el músico y su instrumento. Pero pensar que la música tiene algo de manual por este hecho es como asumir que la literatura también entra en ese grupo por ser que el escritor utiliza sus dedos para pulsar las teclas o sujetar el bolígrafo. Si no echo de menos la labor manual no es porque ocupe su lugar con actividades equivalentes, sino más bien porque no es esa una necesidad que yo tenga.

Me acuerdo ahora de unos días atrás mientras jugábamos en el jardín de casa. Ella cogía las piedras de la entrada, escarbaba en ellas hasta llegar a la tierra y después rascaba en la tierra misma, y yo la imitaba porque sé que le gusta verme seguir sus rituales. Acabamos los dos con las manos sucias, y seguimos después cogiendo hojas secas y otras cosas que encontrábamos por el jardín, y cuando se cansó de esto quiso que la cogiera en brazos, y al hacerlo me agarró del pelo, de la barba, me metió un dedo en el ojo y me puso tierra por la cara mientras se reía al ver mis gestos.

Preguntaba mi amigo si no echaba de menos crear con las manos cosas reales, físicas, pero sucede que no es con las manos que uno pergeña sus obras más reales y tangibles. Es con el pensamiento, con el intelecto, con las emociones y las ideas que se forman, por ejemplo, las frases de este cuaderno, creaciones que acabaran por ser rotundas, materiales, cercanas a la punta de los dedos como lo sería una vasija de barro, un cesto de mimbre, una talla de madera. Y con las manos, con el tacto, lo que construimos es en realidad lo abstracto y lo volátil: los afectos, los sueños, las pasiones, el horizonte frente al que calibrar nuestra bonanza.

Otra de las tantas paradojas hermosas que nos concede la vida.

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Nuestros ojos han evolucionado para mirar objetos lejanos. Herencia, dicen, de nuestro pasado salvaje y de la necesidad de escrutar el entorno con la amplitud suficiente. Los expertos recomiendan el fijar la vista regularmente en algo distante, para así contrarrestar el tiempo que pasamos mirando las pantallas de los teléfonos móviles. Darle a la vista su uso natural, en la lejanía a la que han venido adaptándose desde antiguo.

Sucede algo similar con el corazón. No está hecho el sentir para la inmediatez continua, para pensar en el presente y centrarse exclusivamente en el ahora. Hay que volver al pasado y saltar al futuro, recordar y vaticinar, tener nostalgias y esperanzas. De otro modo, dañamos el sentimiento igual que deterioramos la vista.

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Me gusta la manera en la que sonrío cuando la veo jugar, cuando ella ríe y salta y disfruta, cuando regala alguna de sus ocurrencias y después vuelve a su entretenimiento como si el resto del mundo no existiera. Me gusta el gesto que tengo, la estética de esa sonrisa que es franca y completa. No me veo, pero sé que si me mirase desde fuera o frente a un espejo en ese momento, esa sería la impresión que tendría. Mi felicidad es tan sólida que me deja una consciencia de mi propia belleza, la que ella me provoca, y me siento bello, con mi mejor rostro, capaz de transmitir lo más valioso de mí mismo con solo esa sonrisa.

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Son las seis de la mañana, la noche es aún cerrada. Hay un único pájaro cantando a esta hora, uno solo. ¿Cómo habrá de ser eso de lanzarse el primero a esas peroratas matutinas, mientras los demás duermen o no tienen aún voluntad cantora?

Abro la puerta despacio para escucharlo. Está solo, nadie más canta. Está posado en el tilo, en una rama alta. Si salgo, se asustará y saldrá volando. Sin más que hacer eso, podría devolverle ahora a esta noche todo su silencio.

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La poesía es una cuestión de límites. En especial, de los límites de nuestra propia capacidad de expresarnos, que al intentar doblegarlos nos dan, si hay buen quehacer y un poco de suerte, esa verdad que diríamos poética. No se consigue ir más allá de esas fronteras, eso ya lo sabemos, pero en la voluntad del intento, en la ilusión de alcanzar a contar lo que somos manifiestamente incapaces de describir, nos acercamos lo suficiente como para alumbrar poemas y pergeñar ese engaño reconfortante.

Íbamos en coche al caer la tarde. Ella relataba el paisaje como de costumbre. Hoy eran los girasoles lo que más nombraba, ahora que están en su momento máximo, con sus flores como ojillos inquisidores mirándonos al pasar, y las pacas de paja, a las que llama «bolitas», y que a veces, si son numerosas, se aventura a contar diciendo alguna cifra al azar.

Pasamos junto a un maizal al que a esa hora estaban regando, y el agua del aspersor formaba con la luz del atardecer un arcoíris encendido. No tardó en verlo, dudó un poco ante la novedad y después gritó:

—¡Agua de colores!

Le iba yo a responder que aquello se llamaba «arcoíris», pero me dije ¿para qué? ¿Para qué tratar de extender esos límites de su vocabulario si confinada en ellos es capaz de crear estas imágenes tan poéticas? Las carencias se hacen hermosas cuando no hieren y nos obsequian perspectivas enriquecedoras, y cuando sabemos que están condenadas a vencerse más pronto que tarde.

«Agua de colores», repitió. Y en su cara se veía el gesto de un poeta satisfecho con sus tropos.

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Como aprendí a leer muy temprano, me ocupé desde niño en libros que quizás no fueran los más adecuados para esas edades. Mi soltura precoz con las letras hizo pensar que yo ya estaba preparado para lidiar con lecturas no solo voluminosas, sino también profundas. Pero aunque fui prematuro en la capacidad de leer, no así en la de comprender, y muchos de aquellos libros me eran inaccesibles más allá de la lectura y sus meros sonidos. No comprendía muchas palabras, las frases estaban construidas de formas oscuras, y más abstrusas aún me eran las tramas, las ideas, las reflexiones, todas ellas lejos de lo que un niño de mi edad podía hacer suyo.

Tengo un recuerdo musical de las primeras lecturas, una atracción rítmica, física. Nada, sin embargo, de la emoción que luego la literatura vino a darme, esa que cualquier lector reconoce: el libro que atrapa, la prosa cautivadora, el desarrollo de la historia que uno no desea abandonar. Pero quizás por ello las disfruté con otra suerte de embrujos, los de las cosas que no se entienden y en las que es acaso es ese misterio de lo ininteligible lo que nos llama.

Tenían aquellas lecturas el mismo atractivo que escuchar conversaciones en una lengua extranjera que uno no conoce, con sus melodías distintas y sus fonemas fascinantes, y la intriga de pensar que en sus sonidos en apariencia sin concierto se esconde en realidad una historia. Qué poco comprendía yo de aquellos libros, qué poco preparado estaba para leerlos, pero qué disfrute encontraba en ir sin más leyendo las palabras y hacerlas sonar dentro de mi cabeza, porque eso, el simple poder de crear un discurso a partir de unos símbolos escritos, era razón suficiente para el asombro. Lo poco que entendía de aquellos textos bastaba para ser andamiaje de las lecturas y darles sentido, y aunque tenían esa intriga de la lengua desconocida, tenían también con eso la cercanía de la propia.

He perdido ya esta forma de leer, este disfrute de mis ignorancias lectoras que tornaban en magias y asombros. Queda aún, sin embargo, el placer similar cada vez que uno ríe, o ama, o se sienta en el jardín a escuchar los compases de los grillos, que de la vida siempre ignoramos casi todo y es siempre demasiado pronto que aprendemos a leerla.

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Hay veces en que nada me asusta más que aprender. El aprendizaje destruye tanto como edifica. Aprender es convertirse en alguien distinto, y esto sucede en ocasiones sin demérito de lo que dejamos atrás, pero en otras, nuestra nueva verdad es incompatible con la antigua o deja a aquella bajo una luz poco favorecedora.

En las labores creativas, aprender es negar parte del creador que veníamos siendo. Esto no es doloroso si aquel no dejó huellas que quisiéramos preservar o, más aún, que pretendiéramos que nos representasen hoy día. Reconforta saberse mejor artista que antaño o creador más dotado, no hay duda. Pero si se arrastra un bagaje de creaciones, todo avance erosiona nuestra historia y nos deja en evidencia. ¿Vale acaso la pena progresar, si desde esa nueva circunstancia veremos nuestro trabajo de antes como algo de menor valía?

La literatura es la única de mis huellas que no quiero borrar. Me asusta que una mayor madurez literaria venga a invalidar mis textos. Quiero que el valor de esos escritos se mantenga, que sea inamovible. Y me asusta aprender a escribir mejor, a ser más crítico con lo que ya dejé anotado. Me da miedo frustrar la única empresa creadora de cuantas he emprendido que creo que vale la pena. No quiero arriesgarme a ser yo mismo quien pone en entredicho páginas como esta.

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Acaba de lavarse los dientes y va a secarse la boca. En los colgadores hay dos toallas, una más pequeña y áspera, la otra grande y más suave. Le ofrezco la pequeña pero la rechaza, ella quiere la otra.

—Quiero esta. Esta es más…

Y ahí se detiene y cavila, busca la palabra exacta para decir que aquella es más esponjosa, más agradable al tacto, que no rasca tanto, que se siente uno mejor al rozarse con ella. Pero en sus pocas palabras, en la cárcel de ese lenguaje suyo aún tierno y breve, no acierta a encontrar la forma de expresar aquello.

—… menos dura —acaba diciendo, sin parecer muy convencida.

La llevo a la cama, le cuento una historia, y se queda dormida sin protestar hoy mucho.

Yo me siento a escribir esto, haciendo lo mismo que ella: tratar de contar con mi viejo y escaso puñado de palabras algo que es nuevo, desconocido, inédito aún en esta voz.

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Sé que muchos han de pensar así, pero yo no había oído antes a nadie enunciarlo de manera tan clara, tan similar a lo que yo mismo siento.

Estábamos tomando una cerveza en una terraza, y en lugar de mirarme, desvió la mirada y se quedó un momento observando hacia las mesas que había a mi espalda, llenas de parejas y amigos charlando y bebiendo igual que nosotros.

—¿Sabes? —dijo—, ahora mismo me entristece ver las vidas de los demás. Me dan pena, porque me da la impresión de que no pueden ser tan felices como yo.

Sé que otros han de sentir lo mismo, porque la felicidad y el amor tienen ese efecto, el de hacernos prepotentes y que nos creamos tocados por una fortuna superior a la del resto. Pero nadie me lo había dicho, menos aún de esa manera, con un evidente guiño a nosotros y esta suerte nuestra.

Le respondí que la entendía, que a mí me sucedía lo mismo. Después miré a los demás y me compadecí de ellos.

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Tiene montada en su habitación una casita de tela, como una tienda de campaña. Se mete dentro de ella a jugar y a veces dice que quiere dormir ahí algún día.

La llevé a la habitación y la dejé jugando antes de que se durmiera. Yo me volví al salón a leer.

—¡Papá, estoy en la casita de los tres cerditos! —me gritó.

—¿Cuál? ¿La de paja, la de madera, o la de ladrillo?

Se quedó pensándolo unos segundos.

—No lo sé.

Me la imaginé dentro de la cabaña, tratando de dilucidar esta cuestión e imaginándose ella misma parte del cuento.

Entonces la oí soplar. Resoplaba muy fuerte, se llenaba los pulmones y echaba el aire con un sonido muy teatral. Repitió sus soplidos media docena de veces, cada vez con más entrega.

Se acercó a la puerta de la habitación y asomó la cabeza.

—La de ladrillo —sentenció.

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La realidad es que todo amor admite variaciones tan amplias en sus formas que estas pueden incluso poner en duda nuestras pasiones, maneras de amar tan distintas a la nuestra que pueden convertir el amor en desprecio. Hay quienes aman lo que nosotros amamos y lo hacen con igual intensidad e idéntica devoción, pero ven en ello algo tan alejado de nuestra verdad que esto nos incomoda y nos desconcierta, y querríamos mejor no amar o no tener que compartir el sentimiento con nadie.

La realidad es que esto convierte la vida en una búsqueda, pero no, como algunos creen, en una búsqueda de aquellos que comparten nuestra filosofía y se alinean en nuestras filas —la media naranja, el alma gemela, la sincronía vital, etc.—, sino de una razón que justifique seguir siendo de esta manera, extraños, ajenos, distintos, sin desfallecer aunque nunca encontráramos a nadie que compartiera nuestros preceptos.

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Me ve escribiendo y se acerca a curiosear. Me ha visto hacerlo muchas veces, cada día, pero hoy pone atención en el mecanismo, en la manera en que al apretar las teclas van apareciendo las letras. Las nombra, se interesa por esta alquimia, y al final pide que le deje hacerlo a ella.

Son todas piezas que ya conoce: el ordenador, las letras con las que lleva jugando mucho tiempo de una u otra manera, las páginas escritas en las que ya sabe que puede guardarse cualquier verdad. Pero es solo hoy que quiere participar en el proceso, y cuando le abro en la pantalla una página en blanco y la siento frente al teclado, se diría que está novelando algo, persiguiendo la próxima palabra, dilucidando allá dentro la manera de contarse aun sabiendo ya que es tarea imposible.

Contempla uno así los mecanismos desnudos de la literatura como si estuviera ante un aparato del que viese la mecánica de sus entrañas, como si observase un cuerpo transparente que mostrara el bombeo de sus humores.

Cuando se cansa, deja la obra terminada y vuelve con sus juguetes.

Al final del texto, bajo el mapa de sí misma que ha trazado, acierta a escribir su propio nombre, la única palabra que conoce.

Otros guardan los primeros garabatos de sus hijos, los primeros intentos de colorear algo, las manualidades torpes con las que descubren sus manos. Yo he grabado en un fichero este primer texto suyo, archivado a buen recaudo igual que estas mismas líneas.

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Habla el autor de su hijo de camino a la escuela y escribe: «[...] la cartera bamboleándose sobre su espalda, [...]».

«Cartera». Yo de niño llevaba una cartera, que originalmente era una verdadera cartera de mano (recuerdo bien una roja, grande, de una especie de piel sintética), y que más tarde pasó a ser algo que se ponía en la espalda, pero que de cualquier modo siempre mantuvo ese nombre: «cartera».

Mi hija lleva al colegio una pequeña mochila. Así la llamo yo cuando hablo de ella, «mochila», y hasta hoy no había recordado esa otra palabra de mi infancia, la dulzura escolar de esas otras sílabas.

Así perdemos nuestro pasado: cuando perdemos la facultad de poder nombrar en la lengua de esos tiempos aquello que entonces fuimos.

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Tarde en una librería. Acabo comprando un solo libro después de hora y media de deambular de un lado a otro, navegando entre las estanterías y las mesas. Pero no he pasado todo ese tiempo curioseando o eligiendo qué llevarme, o acaso poniéndome al día del mercado editorial. He pasado una hora y media leyendo, leyendo sin descanso, página tras página, de un libro a otro, emocionándome, aburriéndome, manteniendo en marcha el mecanismo por el que las ideas retumban dentro de uno en silencio al invocarlas desde el papel. De algunos libros apenas era una frase, de otros un par de hojas; con algunos lo hacía por ver si eran en efecto tan interesantes como parecían y terminaba de convencerme, con otros sabía que no iba a llevármelos, que no valían la pena, pero aun así quería verlos y saber algo más.

Cuántos autores, cuántos estilos, cuántas tipografías y formas y sensaciones, y al final de la tarde, cuánto texto y cuánta literatura la que ha pasado por mí. Leer así, picoteando, sin detenerse en cada pieza más de un minuto, es lectura tan rotunda como sentarse con un único tomo y dedicarle horas hasta acabarlo. Cuánto se aprende de esta manera, es siempre sorprendente. Lo mejor quizás sea lo perdido que se encuentra uno al final de esa vorágine de recortes, si se sentara a escribir no tendría estilo o los tendría todos juntos. Queda el sentir lector y escritor tan aturdido que la prosa habría de salir por fuerza limpia, aséptica.

Después un paseo. Voy pensando y las ideas también beben todas ellas un poco de cada uno de esos libros que he leído. Y según camino, van sedimentado y dejan cada cual su pincelada muy breve, y al llegar a casa escribo esto rápidamente, aún bajo ese influjo coral, un texto que me sabe ajeno como pocos, por no ser de nadie, por ser obra de muchos y yo ser solamente quien lo canaliza, un facilitador por el que sigue avanzando toda esa literatura.

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Vi cómo cortaban un árbol. Pasé cerca y me quedé mirando mientras lo apeaban. Luego seguí mi paseo mientras un par de hombres con motosierras se encargaban de hacerlo leña.

El trabajo estaba casi terminado cuando volví. La madera la habían apilado en una hilera al borde del camino.

Me pareció entonces violenta aquella estampa, esa imagen de los leños bien ordenados y cortados a la medida correspondiente. Los miraba y no podía dejar de pensar que esos maderos eran partes de un árbol que hacía un par de horas estaba vivo. Me violentaba ver ante mí una deconstrucción así, tan repentina, tan drástica. Era como si algo me dijera que aquellas piezas podían armarse de nuevo y devolverle la vida al árbol, pero la realidad viniera a negar aquello de manera rotunda.

Me impresionó la imposibilidad categórica de revertir todo aquello, la rotundidad con la que las leyes físicas y biológicas quedaban allí expuestas. Esas mismas leyes que rigen también nuestras propias vidas y nuestros cuerpos. No sentí pena, no fue desagradable. Pero me inquietó pensar en el proceso, en su dinámica. Me asustó la irreversibilidad de la muerte.

* * *

En la pared de aquel cuarto de infancia había colgado un mapamundi. Por un lado era mapa político; por el otro, mapa físico. Y allí, según cuál fuera el rostro visible de aquella carta, podía calibrarse mi humor y mi disposición a encarar el mundo, como un indicador que desvelara las inquietudes que ese día me asediaban con más terquedad.

Si prefería maravillarme ante la diversidad y el exotismo, dejaba a la vista la cara colorida, con su retacería de países y nombres. Si sentía la fascinación por las alturas y las profundidades, por la espesura y el desierto, dejaba la cara de ocres y verdes, de azules abisales, y soñaba por igual ante los relieves agrestes y las llanuras.

Aquel fue el único mapa que conocí durante muchos años. Cada mañana, como quien arranca la hoja de un calendario al empezar el día, lo colocaba en el lado que habría de regir durante esa jornada mi forma de contemplar el mundo. Creía que para eso servían los mapas: no para conocer lo que nos rodea, sino para enseñarnos una manera de mirarlo.

La primera lección que aprendí de un mapa, quizás la más valiosa: que la vida, al observarla por el costado contrario, puede ser muy distinta.

* * *

Una amiga que ha leído algunos de mis textos me comenta sus impresiones. Son todas bondadosas, apenas hay crítica, aunque el halago tampoco es excesivo. Parece que tuviera vergüenza de opinar con demasiada vehemencia, sea en uno u otro sentido.

Le ha gustado, dice, el vocabulario, la elección de algunas palabras, y esto agrada, porque de palabras se hace toda literatura y al menos uno sabe que la materia prima la ha escogido con buen tino.

—Esta no la había oído antes —confiesa.

Quiere decir, claro, que no conocía antes la palabra, y es entonces cuando yo caigo en que, aunque es obvio que a mí no me era extraña, tampoco la había oído hasta entonces; su voz es la primera en que escucho esa palabra, una palabra algo rebuscada, libresca, quizás no demasiado común sobre el papel, pero extrañísima en el habla. Y como esa, me doy cuenta también, muchas otras, las voces de ese registro literario que rara vez sacamos de sus páginas, y que por no salir a ver mundo ya parece que le estén cogiendo miedo a que alguien las pronuncie. Palabras tímidas, silenciosas, hogareñas, porque no asoman ya ni una de sus letras fuera del libro, al mundo real en que nada vale una palabra si no se le da volumen. Palabras sin acentos, sin dejes, sin entonaciones, teorías sin práctica, imágenes inmóviles de una verdad que avanza.

Leo algunas de mis notas y encuentro palabras así. ¿Es posible que no las haya escuchado nunca, que sean palabras visuales y sin fonética que solo he conocido en la tipografía? Las leo en voz alta, las oigo vibrar, pudiera ser que por primera vez. A todas estas palabras les di yo un día su ritmo, su velocidad, su melodía allá en el texto, aun sin haberlas escuchado antes. ¿No es esta otra de esas incongruencias maravillosas de la literatura?

Las dejo y vuelven a su lugar, al silencio como partituras que nadie hace sonar y que se interpretan solo allá, en el fondo de la imaginación, donde los instrumentos siempre esperan bien afinados.

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Tantos lugares a los que uno sabe que no va a volver. Salvo que medie algún imposible, alguna razón hoy inconcebible, se tiene la certeza de no regresar, o de que, en caso de hacerlo, será con voluntad y urgencia bien distinta.

Y si la visita fue breve —y suele serlo—, a poco que uno se pare a pensar en ello le entra sensación de vacío, de futilidad, por cuanto los encuentros y las despedidas, sobre todo las tan categóricas, es más fácil digerirlas sin la presión del tiempo.

Tantos lugares sobre los que no se escribe, como yo no escribiré sobre los que hoy he visto, y sé que tampoco lo habré de hacer mañana. Tal vez sí lo hubiera hecho en otro tiempo; ante el mismo lugar y en la misma circunstancia creer que valía la pena anotar algo, irse acaso convencido de una cierta probabilidad de regreso.

Lo mismo también con las personas. De eso ya es más complejo escribir, ahora tal vez no sea momento.

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Ningún bienestar se construye sin efectos colaterales adversos. Las más de las veces, medra sobre el propio bienestar de otros. Puede aumentarse la bonanza global, es evidente que el progreso nos ha traído cambios con beneficios tangibles para todos, pero esa remesa total de buena circunstancia se reparte inevitablemente en pugna directa con el prójimo.

Dicho de otra manera, saberse en el lado privilegiado del reparto, aun si no se tuvo voluntad de lucha, es saberse beneficiario de una cierta forma de expolio. Al menos una esquina de nuestra felicidad se la hemos hurtado a alguien, voluntaria o involuntariamente.

No procede ni la contrición ni el flagelamiento. A veces ni siquiera tiene sentido la acción para pretender revertir el desequilibrio, porque no existe siempre un mecanismo evidente para reintegrar nuestra ventaja.

Ser consciente del privilegio es un buen comienzo. No olvidar que nuestra prosperidad se sustenta sobre una cierta escasez ajena. Y nunca enmascarar como logro propio lo que en realidad se explica como sacrificio de otros.

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A las afueras del pueblo hay una casa sencilla, sin valla, con un jardín simple en el que apenas hay plantados unos árboles, pero que solía tener siempre el césped bien cortado. El otro día supe que la dueña había muerto hacía un par de días, de cáncer, una muerte repentina. Era una de las pocas personas aquí a las que no conocía.

Hoy paso por delante y veo que la hierba está alta, descuidada. La casa ha empezado a coger un aire de abandono mientras el césped crece y le salen algunas flores altas y de poco color. Se confirma que la vida de unos es siempre una señal de la muerte de otros.

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En la imagen que formo de mí mismo, ningún acto me define tanto como el de amar. Da igual que sean lugares, personas, ideas, recuerdos; la manera de amar la entiendo como algo único, una seña de identidad mía que no espero encontrar en igual forma en otros.

Se pregunta uno algunos días hasta qué punto esta manera de querer será compartida por los demás, y acaba respondiéndose que ha de haber siempre pequeños matices que son solo de cada cual, que nadie ama como lo hacen los otros, acaso por reafirmarse en la validez de sus afectos. Como las huellas dactilares o los patrones del iris, así de única se me antoja en esos días mi capacidad de gestar pasiones y de entender mis sentimientos.

Cuanto más intenso es el amor, más personal parece ser. Es en esos amores de peso donde quiero ver lo más fundamental de mi identidad; solo yo los ejerzo de esta manera, una manera ni mejor ni peor, porque no intento ver en estos asuntos jerarquía ninguna, pero sí distinta. La idea de que alguien pueda entender sus pasiones de la misma forma exacta que yo me resulta insidiosa, me encuentro más cómodo pensando que es algo mío, propio. Creo que esta debe ser la única circunstancia ante la que adopto una postura tan posesiva y orgullosa. No quiero pensar que alguien profese una clase de amor que un día pudiera sustituir al mío.

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Quiero que los pájaros aniden en lugares extraños de la casa. Que olviden las dos cajas que pusimos para ellos y prefieran algún rincón insólito, donde los descubriremos un día con sorpresa y no sabremos qué decir. Sentirnos derrotados por su elección, su manera inesperada de conquistar nuestro hogar, ahora también suyo, demostrando así que uno no conoce ni siquiera aquello que habita y otros pueden venir a enseñarle nuevas verdades.

Cualquier espacio sirve para que posen en él su historia, me digo ahora. Cualquier hueco imprevisto al que tantas veces hemos mirado sin ver nada más que vacío. La casa que nosotros llenamos de pulso la delimita un límite yermo hecho de piedras y tierra. Quiero que los pájaros vengan a tomarlo en nombre de la vida.

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El mayor don del niño: hacer virtud de la carencia. La torpeza, el aprendizaje aún imperfecto, la incapacidad de comprender el mundo, la fragilidad; cosas todas ellas que de por sí no son deseables, pero que lucen en el niño como grandes dotes. Admiramos en él lo que en otro serían defectos, nos reímos al observar los caracteres que a otra edad nos provocarían lástima.

No somos tan solo el instante en que vivimos, somos el antes y, sobre todo, el después. En el niño, estas faltas anuncian ese porvenir en que serán cada vez menores, son semillas de las virtudes reales que tendrá mañana. En el adulto, solo signos de decadencia. Dos verdades que se cruzan en el mismo punto del camino y allí parecen idénticas: la misma posición, el mismo instante. Pero una sigue su camino hacia lo alto, mientras que la otra se hunde.

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Es curiosa la fuerza que tiene el verbo «amar» en nuestro idioma, al menos en el habla española. Suena tan intenso que tiene un aire de falsedad, de exageración fatua; hace que el amor pierda la naturalidad y la honestidad sin las cuales no existe realmente.

Decimos por ello que «queremos» a alguien o algo, pero no tanto que lo «amamos». Rara vez usamos esta fórmula, salvo que uno quiera sonar pedante y antiguo, como si el suyo fuera un sentimiento excepcional y pretendiera darle más categoría que la que tiene el amor enunciado de otra manera.

No sucede igual, al parecer, en otros idiomas. No es así con el to love inglés o el aimer francés, mucho más sosegados, de sonido más prosaico tal vez, pero también más sincero. Y es por ello divertido ver cómo los hablantes de esos otros idiomas utilizan a veces nuestro verbo que creen equivalente, sin ser capaces de ponderar el efecto distinto que este tiene. Le sucede a esta palabra como a las voces malsonantes, que solo al nativo le queda claro su peso y su potencia, y es muy difícil que quien no lo es acierte a emplearlas de forma natural.

Hablaba hoy con una amiga extranjera. No sé bien a cuento de qué, pero me empezó a contar una pequeña disputa con su pareja, nada grave, más una anécdota conyugal que otra cosa. Acabó el relato de sus desavenencias y, como para aclarar la poca gravedad del asunto, enunció muy categórica un «pero yo le amo». Me sonó tan exagerado que me dio por reír, y como a ella le sorprendió esta reacción mía, le expliqué la razón y acabamos hablando de estas diferencias lingüísticas.

A mí estos matices sutiles me parecen lo más interesante de hablar un idioma y compararlo con otro. A mi amiga, quizás por ser ella quien había caído esta vez en la trampa, la anécdota no le resultaba tan graciosa, y de una manera tragicómica refunfuñaba y se quejaba de que todos los idiomas no tuvieran iguales giros.

Y yo le decía que he ahí la magia del lenguaje: poder contar lo desagradable con frases bellas, insultar con las palabras más elegantes, expresar como ella la emoción más hermosa de forma absolutamente ridícula.

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Llovía tan suave que ni siquiera se notaba la lluvia al salir de casa. Había que ponerse a cielo abierto y mirar hacia arriba, para que al entrar alguna gota en el ojo, más sensible este que el resto del cuerpo, aquello delatara el meteoro. La carretera tampoco parecía acusar la llovizna: estaba seca y parecía ajena a este tiempo. Los árboles, sin embargo, daban la prueba definitiva de que no era todo una figuración, de que llovía realmente, porque sonaban de manera muy notable, desproporcionada para una lluvia tan insignificante. Una tras otra las gotas tamborileaban sobre las hojas y les arrancaban un murmullo enérgico, y al escucharlo así uno esperaba que hacerse a la calle fuera sinónimo de mojarse, pero luego se llevaba la sorpresa de que esta lluvia no tenía apenas cuerpo y hacía bueno aquello del ruido y las nueces.

Me quedé en la entrada escuchando, a la espera de que la humedad empezara a posarse un poco sobre mí o de que acaso el cuerpo se arrancara a reverberar como las hojas y a dar respuesta a la lluvia. Pero lo único que seguía allí era el pequeño discurso orquestado de los árboles, la música de las ramitas bien afinadas que la llovizna tañía en un acorde grandioso. Y así estuve unos minutos, testigo de las cosas que sabemos que suceden y las vemos o las escuchamos en otros, pero a veces no somos capaces de percibirlas: esta lluvia, el tiempo, la felicidad, la vida misma.

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La falta de inspiración sería más llevadera si uno no tuviera tras de sí su colección de creaciones previas. El trabajo anterior, ya cerrado, nos mira desde su atalaya como exigiendo que repitamos la gesta, como un padre triunfador decepcionado por el hijo que no es capaz de seguir sus pasos.

Castigo este que además se retroalimenta, porque, en ausencia de ideas sobre las que crear, uno tiende a visitar sus viejos logros, a releer sus textos con mirada tolerante y deleitarse en su buena factura, para así saber de su talento aun si no puede hacerlo despertar hoy día.

La creación es siempre un lastre, y esta lección vale la pena aprenderla temprano.

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Siempre he creído que ejercitar los derechos que uno tiene es tan importante como luchar por ellos cuando aún no se han conseguido. Un esfuerzo este tal vez menos dramático, con menos riesgo (aunque no siempre sin él), pero no por ello menos importante.

Todavía quedan derechos por conseguir, pero a estas alturas de la historia nacemos en un mundo en el que ya han sido conquistados buena parte de los más fundamentales. Nuestra misión a ese respecto no es ya estar en ningún frente combatiendo para lograrlos, sino sancionarlos con la mera práctica, con la reivindicación sigilosa que supone hacer uso de ellos. Es la repetición la que confirma el aprendizaje, y la obligación que tenemos para con quienes lograron esos derechos es la de repetir día a día el simple gesto de disfrutarlos, para así grabarlos en la memoria social y que no puedan perderse o dejar de ponerse en práctica.

Quizás viste menos el cumplir con algo que ya es parte del colectivo que salir a la calle a abanderar nuevas causas. Pero avanzar no sirve de mucho si en la tierra conquistada no fundamos dinastías. Abrir camino para que otros pasen, pero también pasar y seguir haciéndolo sin descanso por las vías que otros abrieron para nosotros, porque es la única manera de que no se borren las veredas que tanto ha costado marcar.

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Soy cobarde para todo enfrentamiento, no valgo para la lucha. Mi lugar no está con los que arriesgan, no sé qué hacer con semejante miedo y responsabilidad. El enfrentamiento, incluso si no comporta peligro, no soy capaz de tolerarlo. Prefiero el silencio, la impasividad, la retirada. No me avergüenza confesarlo.

Quiero creer que compenso esto avanzando donde no se requiere coraje. Hay quien se encarga de defender la plaza, pero yo no soy de ellos. Me esfuerzo en ganar territorio por aquellos flancos que no exigen contienda. ¿Opción fácil? No lo creo. Opción cobarde, eso no tengo problema en admitirlo, ya lo he dicho antes. Pero requiere esfuerzo y yo doy allí lo mejor de mí mismo.

No discuto con quien propaga ideas equivocadas, no peleo contra dogmas ni creencias aun si las creo erróneas o peligrosas. Trabajo en educar a quienes no creen saber nada.

No combato enemigos. Pongo a salvo a los que todavía quedan en pie.

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De su recién descubierta pasión por los asuntos del cosmos, me cuenta datos y curiosidades que acaba de aprender, y sin esfuerzo alguno yo los memorizo con la seguridad de no ir nunca a olvidarlos. Todo lo que pasa por ella se convierte en un aprendizaje fundamental que la mente guarda en sus rincones privilegiados.

Un hijo es una regla mnemotécnica infalible.

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El desasosiego de los pequeños aprendizajes. Las astucias cotidianas que aprendemos, y en las que, si hacemos balance, está el grueso de nuestro saber vital, qué inútiles son fuera de nosotros. No podemos transmitirlas, compartirlas, escribirlas, porque están hechas para que cada cual descubra y dé forma a las suyas. Solo dejamos, a lo sumo, los grandes saberes, las grandes verdades, si es que acaso tenemos certeza de alguna de ellas. Y suelen estar ya bien explicadas por alguien que se dio a ello antes que nosotros.

La mayor parte de cuanto aprendemos muere con nosotros. Qué triste es verlo de esta manera: nos llevamos mucho más de lo que creemos, y demasiado de lo que hacemos es en vano.

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Nos gusta que la vida nos engañe a veces. Como al turista que sabe que le cobran un precio excesivo, pero lo considera inevitable y sabe verle incluso un cierto encanto: el del exotismo, el de ser extranjero sin las dificultades que otros en esa posición sufren, el de poder permitirse ser hoy él la víctima y salir de ello indemne.

Que la vida nos castigue no sirve de nada, la épica del dolor es falsa, pero es enriquecedor en ocasiones saber que no juega con nosotros de manera tan lícita como debiera.

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Es menester asumir que la mayoría de los viajes sirven más bien poco como experiencias humanas, no son más que divertimentos. Sucede como con las personas, que son pocas las que nos llegan a lo profundo, y las demás lo hacen sin pena ni gloria, alegrándonos la vida pero sin dejar de ser un pasatiempo que no contribuye apenas a la construcción de nuestra persona.

Quien cree que ha crecido vital y emocionalmente en todos sus viajes, quien se vanagloria en exceso de lo que sus periplos le han supuesto en los adentros, es probable que o bien haya viajado poco o bien nunca haya sabido cómo hacerlo. Es como esas personas que creen haber amado a todas sus parejas anteriores, que, lejos de ser románticos incurables, lo más probable es que no se hayan enamorado nunca.

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Hay que amar algo de lo que no recibamos afecto alguno. No un amor fallido, no un deseo no correspondido, sino amar algo inerte que no sea por sí mismo capaz de devolvernos nada. En eso consisten las pasiones con las que llenamos la vida: cultivar los deseos que nunca habrán de ser recíprocos. Y con ellas pulimos nuestra entrega sentimental en esos otros terrenos donde sí es fundamental ver respuesta.

Amar un objeto, un hecho, una idea, una costumbre, una historia. Amar una montaña, un paisaje, un instrumento, este paseo mismo del que ahora vuelvo.

Como el boxeador que lucha contra su sombra o da puñetazos a un saco inmóvil. Amar algo que no pueda de amor devolvernos el golpe.

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Quien dijo aquello de «el que ríe el último ríe mejor» seguro que nunca había perdido a ningún compañero de risas.

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Las nostalgias son a los adentros como las orejas al rostro: crecen durante toda la vida, sin descanso, y conforme envejecemos nos hacen más feos, lánguidos, vencidos por la edad de la forma más notoria y ridícula posible.

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No he nacido aquí. Crecí muy lejos de este paisaje, habité otras ciudades durante años antes de ver por primera vez este lugar. Tampoco mi familia tiene aquí historia ninguna. La mayoría de ellos ni siquiera pisaron nunca este país.

Pero mi hija nació en este rincón y en él crece, se da forma. Y si me preguntan de dónde vengo y qué heráldica es la mía, digo que es más fuerte la genealogía de lo futuro que la de lo pasado, más poderosa la ascendencia de lo que brota de uno mismo que la de aquello que en él desemboca.

Pertenezco a este lugar inevitablemente. Heredo de ella una historia inabarcable, un legado superior al que me antecede. Una tradición infinita que aún está por definirse.

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«Recuerdo». Es un vocablo irónico. «Recuerdo» suena a algo de reiterada cordura, doblemente equilibrado, cuando en realidad toda memoria está más próxima a ser e invocar locura que otra cosa. Quien ha recordado sabe que volver al pasado no pone en orden nuestra psique, sino que más bien se diría que es una forma de demencia.

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La recogí en la parada del autobús, bajo una lluvia intensa. Había llevado un solo paraguas, así que subimos muy juntos, ella abrazada a mí. Tenía ganas de correr, le hubiera dado igual mojarse; se quedaba a mi lado por la cercanía, no por ir resguardada de la lluvia.

En casa, se instaló en la alfombra con sus juguetes, pidió algo de merienda y empezó a contarme algunas de las ocurrencias que ella y sus amigos habían tenido durante el recreo. Estaba llena de una felicidad tan natural que se diría eterna, imposible de borrar.

La vida está en deuda con ella, eso pienso cuando la veo. No debe nada a nadie, es la vida la que ha de reintegrarle lo que merece, el tiempo quien está obligado a saldar cuentas a su favor. No hay un espectáculo más reconfortante de observar que este.

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Cultivamos relaciones como quien siembra y cuida un huerto: con la esperanza de que un día nos den algún fruto. Nos nutrimos de nuestros vínculos, de lo que les hurtamos y tomamos prestado, ese es en esencia el mecanismo que rige el pulso emocional de todo grupo.

De entre todo lo que tomamos de otros, ningún sustento tan valioso como el de la felicidad ajena, el del gozo observado. Hay una forma de felicidad que no podemos crear por nosotros mismos, debemos verla en otros, en aquellos a los que estamos unidos, y solo así, consumiéndola en préstamo, podemos completar nuestro propio bienestar.

No es posible ser feliz rodeado de desazón.

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La mayoría de los sentires se degradan con la edad, pero ninguno pierde tanto su belleza como el orgullo. Qué hermoso es ver a un niño orgulloso de sí mismo y de sus logros, y qué desagradable luce ese mismo orgullo en un adulto, ya sea que su conquista sea irrelevante o merezca alabanza.

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Un paso imprescindible para el bienestar es asumir la imperfección de aquello que se ama. Aceptarlo, convencerse de que ese amor está justificado pese a todo, porque son inevitables las faltas y los defectos, y no ha de importarnos. O lo que es lo mismo, aceptar la irracionalidad del sentimiento y celebrarla.

No se trata de resignación, sino de una objetividad sana, de huir del autoengaño y de esa idea de que se necesita un valor tangible y una virtud para que el amor florezca.

Rara vez podemos decir que nos ha tocado en suerte lo más valioso de cuanto existe, o siquiera lo que nuestro propio criterio consideraría como tal. Pero hay que aprender que el amor no se levanta sobre la valía, sino sobre la emoción; no sobre la excelencia, sino sobre el impulso.

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Noche de tormenta eléctrica, pero una extraña, con truenos que no rompen de repente, sino que rugen durante minutos, como si estuviéramos escuchando una digestión gigantesca.

Ella duerme. Si despierta y oye este tronar es probable que no vuelva a dormirse, le habrá de intimidar demasiado.

Aquí ando, leyendo, escribiendo un poco, como quien está de vigía y se entretiene aguardando a que algo suceda. Vigilando los cielos, las nubes, los rayos, como si tuviera algún poder sobre ellos y pudiera velar el sueño de mi hija frente a las fuerzas mismas de la naturaleza.

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Asumir la irrelevancia de uno mismo es fácil. Aceptar lo efímera e insignificante que es la vida, lo poco o nada que importa nuestra existencia, sucede más pronto que tarde y rara vez se acompaña de trauma.

Lo doloroso es pensar que, con el mismo silencio con el que desaparecemos nosotros, también lo hacen nuestros sentimientos, nuestros lazos, lo que construimos junto a otros y para esos mismos otros. Que tan vano como nuestro mismo existir es el esfuerzo que hicimos en sustentar amistades, amores, entregas íntimas.

Los vínculos que forjamos, las confidencias que compartimos, los cuidados que supimos dar; todo ello es más valioso que nosotros mismos, más merecedor de perpetuarse, y por tanto más duro el saber que también está condenado a no servir de nada.

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Bagazh(Equipaje), el poema infantil más famoso de Samuil Marshak, cuenta la historia de una mujer que viaja en tren y deja sus pertenencias, incluido un pequeño perro, en el vagón de equipaje. Pero el perro se escapa con el sonido del silbato y, para cubrir la falta, los operarios lo remplazan astutamente por un gran perro callejero que pasaba cerca. Cuando la mujer recupera sus bultos al llegar a destino, protesta por ese perro que no es el suyo, sino uno mucho más grande que aquel. La historia se remata con la disparatada explicación que, para ocultar el engaño, le dan a la dueña del animal los encargados: ese es su perro, pero sucede que, a lo largo del viaje, ha crecido.

En la biografía que Chaves Nogales escribió sobre el torero Juan Belmonte, se narra cómo aquel compró al volver de una gira mexicana un perro chihuahua, adquisición al parecer habitual entre los matadores que visitaban el país para exhibir su arte. Pero resultó que el de Belmonte no era tal chihuahua, sino solo un cachorrillo de una raza distinta y más voluminosa, ardid con el que un vendedor taimado lo despachaba como de aquella otra estirpe más valiosa. Tras el largo viaje a través del Atlántico, el animal desembarcó en España con una talla muy superior a la original. «Casi la de un mastín», según se consigna en esas páginas.

He aquí las dos formas en las que nos hacemos engañar hoy día: o bien nos venden algo que creemos invariable, seguro, y que con el tiempo muta a algo que no es lo que compramos; o bien nos lo roban poco después y tratan de reemplazarlo por un sucedáneo sin valor.

Con perros, no deja de tener su gracia el asunto. Con promesas políticas, ya no tanto.

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Pocas encrucijadas tan incómodas como la de saberse partidario de unas ideas, y al mismo tiempo tener menos respeto por quienes las defienden que por quienes las combaten.

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Tomar las páginas de un diario y leerlas por encima, párrafos sueltos, cazar al vuelo algunas ideas o imágenes de otros entonces. Cada apunte es así como un fotograma de nuestra vida, y todos ellos juntos, o un puñado de ellos, como una pequeña película en la que la historia no corre fluida, sino con esa especie de trompicones dulces, una de esas películas antiguas de cadencia lenta, porque es así como avanza en realidad la vida, a saltitos, con el encanto torpe del cinematógrafo.

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Es un error pensar que el buen viajero es aquel que va ligero de equipaje. Da igual si se llevan muchos o pocos bultos, si una pequeña mochila o una colección de baúles. No es el peso o el volumen del equipaje lo que nos define en nuestra labor trashumante, sino el tiempo. Un buen viajero ha de necesitar apenas tiempo para preparar su equipaje, estar siempre a unos pocos segundos de poder zarpar.

De no ser así, más que un viaje, lo que uno lleva a cabo es una mudanza.

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La figura del autor sin obra, teoría de sí mismo, incapaz de realizar su talento y su potencial, siempre me pareció ridícula. No hay arte sin obra ni artista si no hay obra tangible; todo lo demás es bohemia mal entendida.

Sigo pensando así, pero ahora sé que no es menos estéril la opción contraria, la del creador demasiado fértil, la de la excesiva promiscuidad creativa, por cuanto la obra demasiado extensa, si no se acompaña de estructura y coherencia, resulta en la práctica tan inasequible y huera como la que aún está por comenzarse.

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Pienso ahora que el amor siempre ha sido para mí algo verbal. Escuchar cómo el otro enuncia el suyo multiplica su verdad.

No está completa la pasión hasta que no se pone en palabras. Yo soy de darle voz a los sentimientos, y si no lo encuentro necesario es por no ser entonces estos de suficiente hondura. Aun imperfectas, las palabras son la única forma de contar estas emociones con el detalle que merecen.

No sucede lo mismo con los sentimientos contrarios. El rencor, el desprecio, la antipatía hacia alguien, todos pueden expresarse con precisión sin hablar. Bastan un gesto o una mirada para transmitirlos completos sin necesidad de más literatura.

Para el amor es imprescindible una cierta retórica que el odio no requiere.

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Es peligroso llenar de símbolos las vidas ajenas. Vamos dejando hitos discretos, en apariencia sin significado alguno, sin que ni uno mismo ni quien los acoge se den cuenta de ello, o creyendo acaso que son pasajeros e inocuos. Pero el símbolo cobrará fuerza cuando lleguen las faltas, las ausencias, las distancias. Los recuerdos más incómodos solo se reflotan a partir del imaginario común, ese que formamos inconscientemente y sin pararnos a pensar en sus consecuencias.

Cuando de posteridad se trata, no es al recuerdo imperecedero a lo que deberíamos aspirar, sino al olvido. Que mañana nadie sienta, para bien o para mal, tentación de invocar nuestra memoria.

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No hay ningún contorno que recordemos con tanta precisión como el de un hijo. Nada que reconozcamos de manera tan inmediata, destacando entre la multitud de otros iguales que para nosotros no lo son, porque el hijo a nuestros ojos es una especie distinta, un ser único dotado de una geometría propia y una manera de moverse imposible de imitar. Ninguna identidad física tan fuerte y tan explícita como la del hijo, siempre en el primer plano de nuestra mirada, como si lo iluminase el foco de la vida sin descanso.

Cómo sería el mundo si de todas las cosas supiéramos leer sus curvas y sus andares de esta misma manera.

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Había olor a mar hoy en el campo. Soplaba una brisa con pesadez oceánica y un paladar salino, como a la orilla de un cantil donde rompen las olas. No era solo aquí; fui a hacer la compra y allí también olía igual, el mismo aroma costero y algo dulzón. El sol era sol de playa, picante y pegajoso.

Se escondió tras las nubes y quedó un día triste, y la tristeza era también marítima, con la melancolía y la opresión del ultramar. El viento era uno de esos vientos marinos, de navegación, y tenía ese carácter que invita a nombrarlo con los vocablos tan melodiosos que usan los hombres de mar.

Fue por la tarde cuando llegaron los olores de tierra adentro. Primero el de las flores, algo desubicado, porque no es este olor de mar y se antojaba artificioso, más como un perfume que un olor natural. Luego vino el olor de la tierra, más tarde el de la paja, y después el aroma neutro de cada final de día.

El atardecer llegó como de costumbre, terrestre y seco. Las colinas en esto son celosas y no dejan evocar otros horizontes.

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Estos días tan luminosos, de luz de invierno que ha decidido dejar de lado su vergüenza y venir a alumbrar con todo su ímpetu, son ideales para muchas cosas: mirar los horizontes, tumbarse en el jardín a recibir en la cara los calores ya casi olvidados, reparar en los tonos de las cosas cotidianas sobre las que hacía mucho tiempo que no entraba una claridad así. Y sin embargo, en ningún lugar tiene más prestancia esta luz que sobre las páginas de un libro. Qué placer el de leer iluminado por estos rayos tan decididos; es un espectáculo en sí misma la lectura, como si fuese un escenario tan perfecto que bien podrían no salir los actores o los músicos, y uno no los echaría en falta y daría por buena la tarde sin más que sentarse a mirar.

Me siento junto a la ventana y allí están las huellas en cada página, las sombras chinescas de mis dedos, tan nítidas, un segundo negro sobre el blanco del papel, contando una historia distinta a la del texto. Y al leer, se imaginan los escenarios de la novela con una iluminación así, implacable, que alegra incluso los pasajes melancólicos y nos lleva a reflexiones frescas, casi como si todo aquello se hubiera escrito en un día tan brillante como este.

Y es así que habitan el libro, de la mano, las fantasías paralelas de la literatura y la luz.

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Me gustan los calores disparejos de la casa en esta época del año: el baño cálido, como un refugio, acogedor cuando uno sale de la ducha; la habitación templada, no más a la temperatura justa para no pasar frío y arroparse con placer bajo el edredón; el pasillo frío, solo una zona de transición en estos días; y el salón, también cálido, de un abrigo apenas perceptible, salvo si la chimenea está encendida y alrededor de ella viven esos calores violentos a los que gustamos de arrimarnos de vez en cuando.

La casa en el invierno no nos la cuentan los muebles ni las luces, sino los termómetros, las temperaturas de cada estancia. Y estas casas así, donde los calores no son uniformes y aburridos, son como una colección de mundos, cada cual con su carácter y su manera de entender la estación.

Una pequeña ilusión para creernos habitando hoy algo más que una casa, o al menos una suficientemente amplia como para contener en sí más de un universo.

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Con los amigos ha de hacerse lo mismo que el escritor con los libros que escribe: guardarlos en el cajón durante un tiempo y al cabo volver a ellos sin el sesgo de lo presente. Y como a los libros, a algunos les sentará bien el reposo y nos parecerán mejores que entonces, nos hincharán los orgullos, mientras que a otros ese tiempo les hará más evidentes sus carencias y lo único que querremos, con embarazo, es no dejar en ellos nuestra autoría.

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Imagina que la labor del tornero no comienza con un bloque de madera, sino con una semilla. Hay que buscar un buen lugar, enterrarla y cuidar después la planta mientras crece. Con paciencia. Al cabo de los años se tendrá un árbol de madera recia que habrá que podar, talar, descortezar, cortar convenientemente y poner a secar. Y de nuevo esperar, hasta poder tener al fin ese bloque de madera con el que ponerse manos a la obra.

Todo esto es un desempeño hermoso, requiere tal vez algo de maña, de tesón, pero no hay en ello ningún arte. Solo cuando la madera llega al torno y el tornero comienza su trabajo, aparece la labor artística o al menos una cierta artesanía. El arte es eliminar, pulir, hacer que asome la pieza retirando la madera que no interesa. Lo que viene antes es solo cimiento.

La literatura es también así. Escribir, poner palabras sobre un papel, es hacer crecer la materia prima de la que se compone un libro, un cuento, un poema. Trabajo paciente y entregado, pero todavía sin arte. Luego empieza la limpieza, el tornear lo escrito. Es esto lo que hace del texto literatura. Y es ahí donde está el arte. Borrar con acierto es el verdadero talento artístico del escritor.

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La escritura es en sí una forma de ficción. El ritmo, la textura de las palabras, el aire distinto de la prosa hecha para el papel, todo ello es una luz irreal a la que mirar lo que uno cuenta, ya sea ello verídico o no. El mundo que uno escribe o lee no existe, por cuanto no es con esos nombres y registros que llegamos a él fuera de la palabra escrita.

De todos los artificios de la literatura, quizás este sea el más sutil, el que no requiere invención o engaño, sino solo cambiar la voz.

Para el viaje de la ficción, a veces basta un verbo, un giro, un punto y aparte.

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No es cierto que las buenas acciones compensen el daño. La virtud de una persona no se mide por ninguna suerte de balance neto, qué idea esta más equivocada, y más aún cuando se esgrime para exculpar a aquellos de quienes no somos capaces de asumir sus sombras.

Dejar el menor número posible de heridas y decepciones, aun si no anoto en mi cartilla ninguna obra de relumbre, así me gustaría pasar por la vida.

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Se habla poco del placer de recuperar lo perdido, un placer a veces más verosímil y honesto que el de los descubrimientos y los primeros logros.

Tampoco se habla, es de entender, de la belleza que pueden así tener ciertas pérdidas, aquellas que además de tales son también potenciales regresos.

Yo hoy lo pienso y lo escribo, aunque lo hago aquí, en voz baja. Mejor es no mostrar demasiado este optimismo vergonzante de quien en un abandono quiere ver la posibilidad de un reencuentro.

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La primavera es un lugar de paso. Como estación, apenas tiene sustancia de hogar, y sí esa cualidad vacacional de lo que sabemos que no está llamado a llenarnos a largo plazo. La primavera es algo así como esa gente hermosa, atractiva, que a veces lo son tanto que uno cree enamorarse al instante de ellos, pero que no alcanzan a asentarse en las esperanzas más distantes. Y ¿qué es el amor si viene escaso de futuro, así sin mucho más que un momento repentino de luz? Es el sino confuso de las pasiones que progresan mal, que no crecen, si acaso todo lo contrario, y ante las que uno puede cegarse pero aun así no tendrá intención de asentar en ellas sus refugios.

Llegó la primavera hoy, no solo en el calendario sino también en las temperaturas y los espíritus. Fue el primer día templado del año, con su sol suficiente y sus devaneos, y al final de la mañana la luz era tan sabrosa que se podía ver la hierba crecer en el jardín, casi se diría que con prisa. Los árboles presumían de flores si es que las tenían ya prendidas, y los que no tenían nada que lucir estiraban su porte, altivos, a sabiendas de que ya les asomarán las hojas en unos días y entonces tendrán mejores arabescos con los que pavonearse.

Es en todo este detalle donde está la cualidad nada hogareña de estos meses. Por la primavera pasamos como de visita, no para quedarnos en ella.

Van a llenarse los campos de plantas y flores, los árboles de sonidos, los paisajes de movimiento, porque la primavera es la época en que el mundo se llena de todo y hace acopio de sus energías. Trae más detalles de los que podemos asumir, todos esos colores y formas y sonidos y aromas, intrincados como en un damasquinado enorme. Y esto que es hermoso de presenciar desde lo ajeno, a la manera en que se curiosean las cosas en un viaje, quizás sea demasiado si lo que buscamos es un hogar. Los hogares nos gustan más sencillos, no tan recargados; los excesos han de ser algo esporádico.

Qué placer el de este día de primavera, no voy a negarlo. Me he sentado a leer fuera, he dado un paseo por el campo e incluso he disfrutado haciendo algunas labores ligeras en el jardín. Pero no deja de ser este primer contacto primaveral como el primer día de un viaje: intenso, llamativo, pero con algo que a la noche viene a recordarnos que ya no estamos en casa, y esa es una voz que siempre inquieta.

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No entiendo a quienes dicen que un hijo une. Ninguna fuerza hay tan disgregadora como la que surge entre uno y su hijo, que sirve para vincularlos a ambos pero los separa del resto.

En el amor, porque aunque amemos a otros, todo se supedita ahora a ese vínculo filial, comparación odiosa por encima de cualquier otra, ante la que todo lo demás se adelgaza. En el odio, porque frente cualquier roce buscamos el refugio del hijo, que se hace entonces amante, amigo íntimo, confidente, y en el consuelo que nos procura debilita sin piedad nuestras otras pasiones.

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Retomo el paisaje donde lo dejé ayer, porque el paisaje es lectura y aquella página quedó marcada por la última luz del ocaso, el mensaje de un ave tardía, la nostalgia que vino a acompañarme al final del paseo.

Retomo el paisaje y sigo con él, otro capítulo, hoy más tarde que ayer, como lectura furtiva.

Vuelvo a casa. Cojo un libro y me siento a leer. Retomo la lectura, porque la lectura es paisaje y el tiempo es atalaya desde el que las palabras lucen cada vez distintas.

Todo en la vida es o bien horizonte o bien literatura.

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—A veces lo mejor de los libros son sus títulos —dice mientras pasa su mano por algunos volúmenes de un estante, los acaricia, elige un par de ellos y lee en voz alta sus nombres como un argumento irrebatible.

Libros que se juzgan no por su cubierta, sino por las pocas palabras que la encabezan, el resumen mínimo de sus páginas, y que, según ella, difícilmente habrán de ser mejores que lo que sus títulos cuentan.

La librería es pequeña, y yo busco otra estantería cerca en la que hacer lo mismo, pasar por los libros sin prestar atención a todo lo demás que evocan, solo a la sonoridad de sus títulos y los pensamientos más inmediatos que alimentan.

Los títulos de los libros son la toponimia de la literatura. Los tomos en la estantería, o esparcidos sobre una mesa, o apilados en un rincón en ese frágil equilibrio que parecen arrastrar siempre consigo el papel y la palabra, y esas breves grafías de sus lomos nos orientan por el territorio inmenso que conforman. Y si soñamos frente a un mapa leyendo la nomenclatura de sus verdades, ¿cómo no hacerlo ante una biblioteca que nos cuenta de esta manera su paisaje? ¿Cómo no imaginar ante ese mundo a escala el viaje futuro que es la lectura?

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Este de esperar es un acto misterioso. A veces es algo insoportable, la más insidiosa tortura a la que algo o alguien que no llega pueden condenarnos. Otras, sin embargo, la espera puede ser hasta gozosa, como un descanso al margen del camino. A veces los tiempos muertos saben a pequeña victoria sobre el discurrir del tiempo, se aguarda con gusto porque en ciertos días no hay nada que a uno le reconcilie con su historia tanto como sentarse a desgranar incertidumbres.

Para la espera, pocas cosas mejores que un libro. O mejor dicho, para un libro, pocas cosas mejores que una espera. Porque las esperas son el hogar natural de la literatura. Los libros que se leen mientras uno espera no son como los libros que se leen en la tranquilidad de las certezas, no son como los que se leen en un espacio de tiempo que nosotros mismos nos concedemos en lugar de en uno que es el azar o la vida quien nos lo obsequia.

La literatura es en sí una forma de espera: se escribe para que pasen ciertos tiempos y otros se queden junto a nosotros, siempre con la incertidumbre de lo que el transcurrir del tiempo acabará brindando.

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El niño es literal, sin metáforas ni segundas lecturas. No le da a las palabras otro barniz que la simple voz. Por eso para interpretarlo no se ha de ser literal, a riesgo de no comprender lo que quiere decirnos o equivocarnos después en las opiniones y los juicios. Si no es él quien lo hace, ha de ser uno quien añada el engaño, el juego de conceptos que invoque la duda. El mundo no está hecho para contarse así, sin al menos un poco de poesía e incertidumbre.

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La mayor virtud de la vida: su capacidad de recomenzar, de inhabilitar el pasado y procurarse nuevas verdades. Es por ello que se puede entrar a la vida de alguien a cualquier altura, sin importar cuánto quede detrás, y tomar en ella un lugar de privilegio si así se nos permite. Esto es difícil de creer, pero sucede tal cual: estamos siempre dispuestos a reescribir nuestras tramas y nuestros protagonistas, pudiera ser que para crear la ilusión de un tiempo flexible y dócil. El final nos viene escrito, pero podemos jugar con los inicios, convencernos de que cualquier nueva empresa, aun tardía, es el origen de todo y de nosotros mismos. No es olvido, mantenemos todo nuestro bagaje; es solo que nos procuramos otro comienzo, un nuevo linaje, y lo hacemos remontar hasta la misma distancia que los otros.

Se puede buscar en cualquier momento de la vida aquello que buscábamos en sus primeros compases. Y se puede encontrar también, sin que en estas pesquisas pueda decirse nunca que vamos tarde.

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Otro de los talentos asombrosos del niño: el de ampliar a ojos ajenos las fronteras del mundo que habita.

La veo correr por el salón. Lleva sus juegos de un rincón a otro y en cada uno instaura un reino distinto, desovilla una trama nueva que habrá de continuarse por sí misma cuando ella salte a otro lugar, allá donde también comenzará un tiempo nuevo y una historia aún por escribirse. Se antoja infinita la casa, como un espacio donde tuvieran cabida todos los oficios, los orgullos, las emociones, los discursos, las suertes.

Los confines se diluyen cuando lo confinado se puebla de esperanza.

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El amor entre padres e hijos siempre es descompensado. No por la intensidad, a veces perfectamente recíproca, sino por el significado y la profundidad. Al contrario que con una pareja o con un amigo, donde existe un amor de iguales, el de padres e hijos es un amor de distintos, de opuestos. Ninguno devuelve el mismo amor que recibe, sino un sentimiento diferente.

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Me corrige cuando uso una palabra de manera distinta a como ella lo hace, a su forma infantil de entenderla. El significado de la palabra es rígido, único, y todo lo que se salga de ahí merece amonestación. En lugar de discutir con ella, rectifico y acepto su crítica, y a veces reformulo mi frase de una manera que le satisfaga.

Aprendemos el lenguaje temprano y sin dificultad, pero es mucho después y no sin esfuerzo que comprendemos la manera de domarlo, la tenacidad de sus límites. De poco sirve lo uno sin lo otro: el fundamento sin la creatividad, la creatividad sin la materia prima.

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La niebla ejemplifica bien la verdad de ciertas tragedias: son desagradables para quien las padece desde dentro, pero dueñas de una estética exquisita cuando se observan desde la distancia.

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Se ha de vivir siempre en crecimiento, en mejoría. Que lo hecho hoy sirva para cuestionar lo de ayer y demostrarlo insuficiente. El presente no tiene más objeto que invalidar el pasado, de otro modo no hay forma de construir futuro.

Los libros que ahora leo ensombrecen mis lecturas de otro tiempo, las habilidades de hoy llenan de torpezas el ayer. Y todo amor mientras aún vive resta significado a los amores perdidos del pasado.

A grandes rasgos, cumplo estos preceptos de avanzar sin descanso, ya sea en la literatura, el amor, o los desempeños simples y fundamentales de la vida. Nada, sin embargo, tan importante como hacerlo con uno mismo y su verdad, negar al que uno fue, avergonzarse incluso de todo yo pasado. Cada día saberse mejor que ayer, y que ello, lejos de causar tristeza, brinde el orgullo de las causas perdidas, por saber que es una victoria que no nos lleva a ninguna parte.

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Mi admiración para quienes, en su literatura, filosofan y reflexionan desde el sufrimiento. Yo no soy capaz de ningún análisis ni cavilación sustanciosa si no disfruto de una cierta felicidad y calma. Primero, por la evidente facilidad que traen consigo las buenas circunstancias. Segundo, por no haber necesidad de ahondar tanto en los hechos y sus razones cuando estos son difíciles; me basta con escribirlos, son suficientes por sí mismos para hacer con ellos mi literatura.

El dolor me invita a la narración, a la imagen sin voluntad de interpretar; es decir, a lo inmediato, a no hacer más que prosar lo evidente con un mínimo de gracia y que de ello pueda después inferirse una verdad. El bienestar, sin embargo, es insípido, tengo que buscar más allá para poder crear algo valioso a partir de él.

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Lo anterior lo escribo porque no sé bien cómo poner en palabras este día, tan bien hilado y pleno que intentar contarlo resultaría inevitablemente en un recuento descafeinado. Todo lo más que uno puede hacer es dejar esa reflexión y acaso esta nota rápida para testimoniar que ha sido una jornada perfecta y no recuerda muchos días tan felices, quizás porque nunca los hubo.

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La herida recibida es un as bajo la manga. La afrenta es una ventaja ante futuras disputas: la ventaja de la superioridad moral que otorga el no haber herido antes sino haberse dejado herir, no haber traicionado sino haber sido víctima de traición. La derrota concede legitimidad a la lucha de mañana frente al mismo enemigo, que ya no puede recriminarnos nuestra oposición ni nuestras artes en el combate.

Malaventurado quien descubre esto, porque las heridas pasan, pero ese sentir de autoridad permanece y le hace a uno un luchador mezquino y con menos escrúpulos.

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Al otro lado de las colinas ha de estar hoy el mar. O la nada. O un cantil desde el que no se alcance a ver más que el vacío. No cabe imaginar en la otra cara del paisaje curvas iguales que estas, continuación suave de lo cercano en la distancia.

Nunca la vista desde aquí tuvo sabor tan limítrofe y suficiente, todo ha de encontrarse en la proximidad de lo avistable.

Echaba de menos un poco de soledad, y el paisaje, que sabe de mis necesidades, viene a traerme una versión reducida de sí mismo donde no cabe el deseo de aventurarse más allá de estos confines al alcance de la vista.

Todo mi mundo ahora en un simple vistazo, un breve apunte en un cuaderno.

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Se acercó a mí con una flor que acababa de coger.

—Papá, ¿nos sentamos y olemos la flor?

Y eso hicimos.

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Pocas cosas comparto menos que ese culto exagerado al primer amor. Creo que ciertas experiencias, y el amor es tal vez la más clara de ellas, se disfrutan siempre más con la edad, desde perspectivas más amplias y sólidas. Adorar la experiencia del primer amor es encumbrar una forma de amor inocente, joven, desorientada, visceral aunque sin siquiera coraje. Pero el amor más valioso es el amor maduro, lleno de reflexión y pasión a partes iguales; un amor bien formado, con bagaje y experiencia, meditado y con el espacio justo para la espontaneidad, la pequeña locura y el desenfreno.

Yo no recuerdo mucho de mis primeros amores, y lo que recuerdo no me trae apenas emoción. De hecho, no sabría decir cuál de ellos merecería el honor de ser considerado como el primero de todos, porque no está claro a partir de qué punto se puede decir que el sentimiento se hizo lo suficientemente intenso como para nombrarse de esta manera.

Yo cultivo una pasión opuesta, que no es la de rememorar y adorar el primer amor, sino el último. El último amor, entendiendo que ha de ser amor y no una relación de transición que no alcance esa profundidad, es siempre superior a los anteriores. Se comprende mejor, se aprende más de él, se disfruta de una manera más consciente.

El último amor tiene, quizás como una forma de defenderse de la intromisión de pasados inoportunos, la capacidad de ocultar los sentimientos anteriores. Y en este culto que se le profesa, se le da un poder que él utiliza para borrar, a la manera de los dictadores totalitarios, las huellas de sus predecesores.

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Magnífica tarde de ranas en el lavadero, sin duda la mejor que hemos tenido nunca. Se las oía croar desde lejos, ranas y sapos en una orquesta furiosa llena de registros y dinámicas. Nos vieron llegar y pararon su concierto, y después se fueron zambullendo ordenadamente, una tras otra, dejando un sonido de lluvia rítmica. Nos instalamos a la sombra, a esperar, aun sabiendo que nunca vemos nada más allá de ese primer vistazo antes de que se asusten y desaparezcan. Por entre las flores del agua volaban unas libélulas finas, ínfimas, de un azul clarísimo.

Entonces empezaron a resurgir las ranas. No volvían a croar, solo asomaban la cabeza por encima del agua, se movían un poco, y se quedaban paradas ante nuestra vista. Cuando ella localizaba una, la señalaba ruidosamente, pero a la rana no parecía importarle, seguía tomando el sol como si nada. Y allí nos quedábamos, mirándola como estrella absoluta de nuestro paisaje hasta que otra distinta venía a hacerse notar y le robaba su protagonismo.

No sé por qué escribo esto aquí. Estas historias tan vacías no interesan a nadie, tal vez ni siquiera a ella si es que las lee un día, y a pesar de haber sido protagonista. Pero hay un placer innegable en poner por escrito episodios tan vacuos y entretenerse morbosamente en sus detalles. Disfruto evidenciando la irrelevancia de mi vida.

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La belleza es un fenómeno involuntario.

Me gustan los jardines que no parecen tales, sin demasiado orden, con algo de vegetación espontánea y salvaje. Me gustan las personas naturales, el estilo innato, la irónica hermosura de quien asume sin esconderla la falta de ella. Me gusta la literatura sin intención de trascendencia, la poesía sin afán fatuo de lirismo.

Me gusta mi vida cuando no me empeño en vivirla de esa cierta manera en que creo que debo.

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¿Por qué sigue uno cerrando cuando está solo la puerta del baño, la de su habitación por las noches, e incluso se sorprende a veces a sí mismo echando el pestillo? Mera cuestión sentimental: el ejercicio de la privacidad trae la ilusión de la compañía. Saberse tan libre y solo como para no necesitar ocultarse en esos momentos no es sencillo de asumir. Así que seguimos con las rutinas aunque no tengan sentido, sobre todo si son de esta clase y sugieren a su manera una presencia que no tenemos pero que desearíamos.

No hay vida que no tenga alguna de estas presencias invisibles, y cada cual se procura sus fantasmas como mejor puede.

Para no perder el vínculo con el mundo y no sentirse solo, nada mejor que inventar enemigos, empuñar un arma frente al vacío, atrincherase como si allá fuera hubiera todo un mundo de otros que piensan en venir algún día a por uno.

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No voy a negarlo, hay un cierto espíritu vengativo y revanchista en mi desempeño creativo. Crecer como escritor me acerca a la posición en la que poder mirar por encima del hombro a otros, desde la atalaya del creador que puede argumentar su postura con su propio trabajo. Pero lo que quiero no es mostrarme superior o llenarme de petulancia y altiveces. Al contrario, lo que persigo es poder reivindicar que ese arte puede existir sin mitificaciones autocomplacientes; mostrar que yo no creo en esas visiones rimbombantes del arte y la creación, que la mayor parte del tiempo no se trata más que de esfuerzo, y que crear es más artesanía que arte, más terquedad que talento.

Quiero ser alguien para demostrar que escribir algo de valor puede hacerlo quien no es nadie, quien no cree en la élite de las musas, quien no tiene más que empeño y una punta de ilusión para seguir en el juego.

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Dentro de no mucho, esto ya no será posible, pero ahora estoy mirándola hacer algo de lo que ella nunca tendrá recuerdo. ¿Y sí mañana fuera este gesto algo importante, el precursor de una verdad de esas que vendrán a definirla? Solo yo soy garante de que pueda un día reencontrar esos recuerdos.

Es cierto lo que dicen de que un hijo no da descanso. Porque de las responsabilidades emocionales a un padre no se le dispensa nunca.

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Hay una sola cosa que dos personas no pueden hacer sin mirarse a los ojos: reconciliarse. Si yo fuese ciego, viviría con un rencor infinito.

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Hay reconciliaciones de una belleza tal que incitan al odio, a la hostilidad, a llevar el desacuerdo hasta el último punto antes de que el desprecio se haga irreversible. Enemigos de la paz no son solo los violentos, sino a veces también los hermosos.

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Me encuentro con una vecina mientras paseo por el pueblo. Hablamos del tiempo, de este calor exagerado. Empieza con las comparaciones y las memorias: que si no recuerda nada igual, que si cada año la cosa va a peor, la clásica conversación hecha de retales manidos.

—Yo un calor así en junio no lo he visto aquí antes —le digo.

Ella me da la razón.

Sigo con mi paseo y me doy cuenta de lo ridícula que es esa frase dicha por mí. No llevo aquí más que unos pocos años y hablo como un anciano que hubiera vivido en este pueblo toda su vida, como si el tiempo fuera tanto que ya uno ni siquiera recordase bien los detalles de ese antaño y todo le pareciera excepcional aun sin serlo.

La necesidad de buscarse pertenencias y raíces, más inamovible y poderosa que el ciclo mismo de las estaciones.

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La tristeza quizás nos envejezca el rostro, pero nos deja por dentro un sentir joven, de tempranía. Por ejemplo, pasea uno por esa vereda que es la madurez reciente, la dócil tierra de nadie de la mediana edad, y le parece que la vida está en su punto. No es aún demasiado tarde, nos queda tiempo por delante, pero han quedado ya resueltas las inestabilidades de la juventud. Y qué placer tan sutil es ese de ver superados los requiebros de nuestros años pasados y haberlos convertido en esto de ahora.

Se asoma entonces la tragedia, o la sombra al menos de ella, lo suficiente para invitarnos a un poco de inquietud, y pensamos que no es aún momento, que para ella no estamos todavía preparados. Siempre se es demasiado joven para la tragedia; en el mañana seremos o bien más fuertes o bien nos importará todo menos, la vida que arrastremos será ya suficiente para compensar el trance, pero ahora no alcanza a serlo.

La madurez, la vejez incluso, son ilusiones que mantenemos tan solo porque el llanto y la pena así lo permiten. Pero ante ellos, cuando no nos conceden este artificio, recuperamos de inmediato la indefensión, la insuficiencia, la desorientación, que son todas ellas cosas infantiles. Y nos falta, sin embargo, toda la valentía de la infancia.

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Dicen que el tiempo pasa deprisa cuando uno es feliz, y más lento cuando sufre, pero ¿qué decir de esos momentos en que la vida parece fluir a su ritmo exacto, sin torturarnos con su lentitud ni dejarnos la sensación de que hemos consumido demasiado rápido un pedazo de nuestra vida? ¿Qué pensar de esas satisfacciones comedidas que equilibran los ritmos de nuestros adentros?

A eso debiéramos aspirar, a felicidades modestas que no lancen a galopar las emociones, gozos tibios que lleguen sin alterar ni el compás ni el pulso de nuestras emociones. Y que si un día han de marcharse, lo hagan de manera igual de silenciosa y discreta.

* * *

Hablando con un niño se aprende el arte del diálogo. Hay que respetarle sus tiempos con delicadeza, que aún es lego en estos ruedos y no sabe de los ritmos de una conversación. Primero escuchar, después hablar. Nada de armonías, nada de voces superpuestas, ha de ser un diálogo rudimentario de turnos bien marcados. En los gestos y los tonos hay que leer las señales que los delimitan, como invitaciones a tomar la palabra en ese momento, no antes.

Veo a otros hablar con mi hija y es una conversación llena de faltas, trastabillada, raquítica. No siguen esta dinámica, no escuchan cuando deben. La mitad del mensaje se pierde en forma de ruido.

Me da por pensar que no hay nadie, solo yo, que sea capaz de hablar con ella como es debido.

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Frente a un jardín amplio y bien cuidado. Me intimida pensar en cuánto trabajo se necesita para lograr algo así.

Me acuerdo de mi pequeño jardín de casa, donde no hace falta más que pasar muy de vez en cuando la cortacésped y quitar las hojas en el otoño. Cuestión de talla, por supuesto, pero sobre todo de estilo: el mío es un jardín rústico, salvaje, sin refinamiento; no pasa de ser un trozo de campo habitable, una parcelita de naturaleza algo domada, aunque sin la pulcritud de este.

Me gusta este jardín, porque no soy de esos a los que les incomoda que a la naturaleza se la utilice para el artificio, pero creo que a pesar de ello prefiero el mío. Y no es por pereza, sino porque en los jardines desaliñados y salvajes hay una belleza que el jardín engalanado pierde al trabajarlo con tanto mimo: la de lo autónomo y autosuficiente, la de la vida que avanza por sí misma y garantiza su futuro sin ayuda ajena. Es el atractivo del perro callejero, del niño que lleva las ropas y las manos manchadas de tierra sin que nadie venga a alarmarse.

Me acuerdo de mi pequeño jardín al que nunca dedicaré ni un minuto más de lo necesario, y en el que aborrezco hacer toda clase de labor. Y lo echo de menos como no se pueden echar de menos estos otros a los que uno dedica la vida, la pasión, el tiempo, el esfuerzo, la paciencia, pero no la raíz ni el vaivén emocional de sus distancias.

* * *

Leo un libro viejo que compré hace unos días. Una frase subrayada: «Solo es humano el hombre que en la vida actúa como una mujer, sigue sus instintos». Y en el borde, a lápiz, una anotación: «Cuando F. comprenda y ame lo que quiere decir esta frase, me amará. Ahora no me ama. Nunca me ha amado. Dios mío, necesito su amor más que nunca.»

La historia dentro de la historia, la literatura anidada en la literatura. Que los libros que le llegan a uno tengan un bagaje tan explícito y a la vez tan sucinto y misterioso es un regalo.

Lectora (el libro lleva la firma de una mujer en la página de portada) muy distinta a mí, eso es evidente. A mí no me inspiran mis lecturas cavilaciones así, comparaciones con mi vida y mi circunstancia. Luego está el hecho de que ese libro acabe en manos de otro; la intimidad brutal de esa anotación, en la que sin duda no hubo nunca intención de ser compartida, ahora navegando frente el criterio de alguien ajeno.

Quizás haya otras. Leo esperando marcas de lápiz al pasar la página, como guardando la continuación de la historia. Otra presencia más en esta lectura, otro personaje, otra empatía.

[...]

La siguiente nota, a bolígrafo: «F. tampoco lo comprende. Por eso me es imposible darme a él totalmente. No he conseguido crear un lazo profundo entre él y yo. Nunca lo conseguiré. Él se da más superficialmente. Su yo profundo está enterrado. A él no le interesa desenterrarlo.». El tal F. se va constituyendo en personaje por sí mismo, ahora el juego ya no es solo la autora de estas notas, sino quien parece inspirarle a escribirlas.

Después algunos subrayados sin notas, y también algunas frases de nuevo a bolígrafo, aunque estas no mencionan a nadie y algunas aparecen sin que hagan referencia a ningún párrafo del texto. No aguanto la intriga y paso todas las páginas del libro en busca de más apuntes, pero ya no hay nada. De aquí en adelante, solo los caracteres negros del texto original. ¿Se cansó la anotadora de comentar lo leído? ¿Dejó de leer el libro? ¿Tuvo ese F. suyo algo que ver en esto?

Vuelvo al libro como era antes: un único universo sin más observador y juez que yo mismo.

* * *

La persecución de cualquier gloria, el deseo de sobresalir y llegar más lejos que el resto, todas las ambiciones esconden en realidad la búsqueda de un poco de soledad: la soledad del diferente, del destacado, de quien habita el reducto de un logro exclusivo donde poder aislarse sin que nadie venga a compartir el espacio.

Quizás es por ello que quienes vivimos en lugares así, algo perdidos y desconectados, aspiramos a otra clase de cosas y no solemos compartir esas ambiciones, por saber ya nuestra dosis de soledad resuelta y tener cosas más urgentes que procurarnos.

* * *

Pequeños placeres: dejar pasar a alguien delante de mí en una fila. Un gesto mínimo de urbanidad que sabe siempre bien. Encuentro una satisfacción intensa en esta cortesía, quizás porque el otro gana y yo no pierdo nada, a mí la espera no me incomoda salvo si llevo prisa, lo cual rara vez sucede. Ando en mis cosas, pensando mis historias, y un minuto más o menos de pausa me es indiferente, continúo en esos mundos y tan feliz. Quizás sea este el secreto de la gentileza: encontrar aquello que otros necesitan y nosotros no, para poder entregarlo sin sacrificio alguno.

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El logro más valioso del escritor es poner en el papel lo volátil, lo inmediato, la realidad que caducará antes de llegar al lector, y que aquel, no obstante, lo encuentre lleno de sentido. Que le golpee incluso si no lo comprende y nada sabe de esas verdades, esos nombres, esas costumbres. Hacer que el lector sienta que lee un pasado que ignora, que sepa que la escena está llena de circunstancialidad y que esta le es ajena, pero escribirla con tal rotundidad que ello no importe.

Envidio a quienes son capaces de hacer eso. Yo he asumido que nunca lograré tal clase de proeza literaria y busco la solidez del texto con una estrategia opuesta: eliminar todo lo circunstancial y dejar solo lo atemporal. Escribo buscando el eje fundamental de la historia, preguntándome por la forma en que el tiempo tratará a cada pieza. Con la dificultad que conlleva buscar algo duradero en una verdad tan perecedera como la de uno mismo.

* * *

Pocos sentimientos tan incomprendidos como la indiferencia. Todos los asuntos del mundo debieran provocarnos alguna clase de emoción. O, al menos, todos aquellos que a los otros sí les despiertan pasiones, porque si no va a ser difícil que hagamos a esos otros comprender nuestro vacío. Podemos amar y podemos odiar, podemos amar una cosa u otra, pero mostrarnos indiferentes es sospechoso, un sinsentido en un mundo de polarizaciones y preferencias bien enraizadas. Ha de ser, piensan, cuestión de pereza o de conformismo, de no querer sumergirse en las aguas de la opinión y el sentimiento. Pero no es más que mera indiferencia, una simple incapacidad de exaltarse ante ciertas cosas, personas y actos, que viven en una dimensión ajena a la de nuestras emociones. ¿Cómo explicar, por ejemplo, que, sin importar cómo fue el pasado, si trajo amores o rechazos, el presente nos regale frente a algunas personas una ausencia de pulso, un silencio semejante al que tenemos ante alguien que vivió en otro tiempo y en otro lugar y a quien nunca conocimos? Pero es posible, aunque otros no lo entiendan, borrar las emociones. Doy fe.

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Hay que vivir una parte de la vida sin voluntad de aprender. No, eso tampoco es suficiente, hay que ir más allá: hay que vivirla con la voluntad explícita de no aprender, de pasar por todo ello sin sufrir cambio alguno. Los actos sin más valor que el inmediato, inermes, estériles, son tan necesarios como las ocupaciones fructíferas.

Quisiera acostarme algún día sin haber aprendido nada nuevo.

* * *

—Papá, ¿qué escribes?

Y yo, que acababa de empezar a teclear algunos párrafos de estos apuntes míos, no he sabido bien cómo explicárselo y todo lo que le he dicho es que escribía sobre ella, sobre nosotros, sobre lo que hacemos aquí, para algún día volver a leerlo. Se ha quedado sorprendida. Después se ha asomado a la pantalla como con incredulidad, como si se preguntara si eso era posible y, de serlo, qué forma tendría ese texto que hablaba de asuntos así. No ha visto nada distinto a lo de otros días y ha vuelto a la alfombra con sus juegos.

* * *

La incomodidad de una idea que aparece cuando uno no puede guardarla y ni siquiera se ve capaz de recordarla. Llega y de inmediato se inicia el proceso: la molienda, la búsqueda del ángulo idóneo, el ensayo de iluminaciones distintas, el desarrollo. Y lo que va saliendo de allí, todo ello nace en peligro, con un futuro dudoso, por estar uno lejos de su cuaderno, de su ordenador, y no haber forma de garantizarle un refugio. Qué poco confío en mi memoria para proteger esta clase de pensamientos. No es un miedo infundado: he perdido muchos de ellos en el camino.

Es intrigante pensar que todo lo escrito aquí podría no existir si no lo hubiera anotado a tiempo.

Un día, vendrán a salvarme del olvido estos fragmentos, a los que yo en otro tiempo salvé de mi propia desmemoria.

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En el insondable baúl de un bolsillo de abrigo, siempre lleno de sorpresas y pliegues como dobles fondos involuntarios, encuentro hoy una piedra. ¿De dónde viene? ¿Para qué iba yo a guardar una piedra así en el bolsillo? Obra de mi hija, sin duda. Hago memoria y recuerdo el momento, hace ya tiempo, al pasar junto a la entrada del pueblo en uno de nuestros paseos de la tarde. La claridad del recuerdo es increíble. No hay memoria del paseo, ni del tiempo, ni de las palabras de aquella tarde; lo único que recuerdo es cómo metió aquella piedra en el bolsillo mientras me miraba, con una nitidez asombrosa.

Una piedra gris, angulosa. Ha viajado conmigo todo este tiempo, de un lugar a otro, escondida allí dentro, sin manifestarse. Estuvo preparando su historia y hoy vuelve para narrarla, con ayuda de mis propias memorias.

Todo cuanto hace un hijo es un mensaje lleno de significado; comprenderlo es solo cuestión de tiempo.

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El viajero debe aprender, por encima de todo, a ejercer el arte de la arribada. Hay una cierta épica en subirse a un tren, a un avión, en dar el primer paso que nos lleva a algún lugar nuevo. El recorrido en sí trae el romanticismo, también la sustancia, el contenido de la aventura. Pero la esencia del viaje es llegar, es bajar de ese tren, poner pie a tierra, mirar por primera vez, escuchar por primera vez, oler el lugar entre dudas, dejar que a uno lo miren así, como al extraño que es y que aparece de pronto allí donde no pertenece.

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El arte sin pulsión violenta, sin angustia, sin preocupación. La creatividad como una parte natural de los ritmos del día, imperceptible, discreta. Nada deseo menos que verme esclavo de la necesidad creativa, tener esa dependencia del arte que uno practica y que le lleva a orientar toda su vida en esa dirección: hacia la literatura, la música, la pintura.

Lo hermoso es crear por simple disfrute, como quien da un pequeño paseo o enciende el televisor para pasar el rato, como quien decide ir a tomar algo con un amigo o decorar una esquina de su casa. El drama de la creación lo dejo para los genios atormentados que saben sacarle partido al tormento de sus carencias. Para los demás, mejor el gozo espontáneo de poder dar la vida y no creerlo relevante.

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Hay un atractivo indudable en los elementos solitarios. Las personas y las cosas, cuando aparecen así aisladas, lo hacen con una gran fuerza estética. Es la belleza extraña del estoicismo, de la lucha vencida frente a ese contratiempo de la soledad, el magnetismo de las formas a veces llamativas que deja toda tragedia, y a las que no podemos negarles nuestra atención.

Los árboles solitarios en mitad de un cultivo, nudosos, irreverentes, como forajidos fuera de la ley del bosque, apátridas de aquellas espesuras. Los miramos sobre todo en estos días de invierno, con la desnudez de las hojas frente al barbecho del campo, en esas soledades suyas tan pictóricas como intrigantes.

También las construcciones perdidas, los castillos, las casas antiguas, pero sin olvidar las pequeñas cabañas y las chozas, mejor aún si nadie las habita y el tiempo ha empezado a jugar en ellas sus travesuras.

Y entre ellos, las tantas cosas pequeñas y olvidadas que aparecen de esta manera, porque si uno mira con detalle descubre que los paisajes se hacen rara vez de conjuntos homogéneos, más bien de un sinfín de piezas únicas, sin iguales, en la sola compañía de otras nadas hermanas.

Para todos ellos, sobre este derredor de individualidades bien pinceladas, mi punta de empatía esta mañana, por estimar que habrán de sentirse tan solos como uno mismo se siente en ciertas alboradas.

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En poesía, el amor y, sobre todo, su ausencia son fáciles de fingir. Hay un sinnúmero de poemas de desamor escritos por poetas de quienes se sabe que llevan desde hace tiempo una vida amorosa tranquila y feliz, ya resuelta, incluso rutinaria; poemas desgarrados escritos en una tarde en la que tal vez quien los anota se sintió completamente feliz y a salvo del asedio de las nostalgias y los duelos. A nadie le sorprende esta usurpación de los sentimientos, le damos al poema amoroso una validez plena sin preocuparnos por la ascendencia de las emociones que porta.

Yo, que no soy capaz de esta impostura y solo logro escribir aquello que me acecha en el ahora, confieso sentir a veces una especie de indignación ante estos poemas, como si fueran una perversión de la poesía, que ha de escribirse cuando la lágrima está fresca y el sufrir aún se escucha dentro. Pero confieso también que, a pesar de su impostura, estos poemas me alcanzan como cualquier otro, y sé bien que así ha de ser, porque cualquier literatura no deja de ser fantasía y no por ello menos válida.

Porque uno lee unos buenos versos, de desamor fingido o real, da lo mismo, y los encuentra reales como inimitables tragedias, siente al hacerlo que las pasiones del corazón se le han puesto en su contra, que recién perdió a la mujer de su vida, o que nada de su amor es correspondido; las estrofas le transportan al mundo donde esos sentimientos son ciertos, le hacen casi desear que esa tristeza fugaz que le causa la literatura fuera verídica, para poder de ese modo alumbrar versos como aquellos. Y al hacerlo, nunca se pregunta si son auténticos, si la persona al otro lado del poema recorría al escribirlos la misma senda emocional por la que ahora este le arrastra.

Quizás esa sea la señal definitiva del artista: el convocar en otros los sentimientos que él mismo no siente, y que incluso comienza a olvidar que siquiera existan.

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A veces sucede de esta manera: hablamos de algo y de pronto aparece alguna idea sobre la que merece la pena ahondar, o bien uno enuncia una frase que valdría para llenar alguna de estas notas. El ojo literario que uno no cesa de ejercitar la descubre al instante, intenta memorizarla, y cuando cree haberlo logrado, continúa en la conversación como si tal cosa. Después, aquí en el cuaderno, se desarrolla esa idea, y a ese comentario que pasó casi desapercibido se le da protagonismo en algunas páginas.

Se hace con satisfacción, por saber que el germen de lo escrito proviene del otro, pero también con algo de arrepentimiento, por compartir con ese otro no más que la idea, un simple boceto, y dejar el desarrollo para la literatura. Una suerte de infidelidad inocua. Y como en todas las infidelidades, en esta también es inevitable que el infiel sea, además, reincidente.

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Tienen la apatía y el dolor un lado estético, no hay duda. La belleza de la felicidad es indudable, pero más hermoso que la felicidad ininterrumpida es un equilibrio justo entre bienestar y tristeza, también con la riqueza visual de los malos momentos. La belleza de quien siempre se muestra feliz y sonriente es una belleza agotadora, empalagosa, y a la que solo salva un poco de emoción neutra o la luz distinta de algún altibajo ocasional.

No es así con el niño. No hay manera de cansarse de este espectáculo. La felicidad en el vaivén de un columpio, en una carrera sin destino ni objetivo, en el teatro de un par de muñecos, eso podría uno mirarlo sin descanso. No hay fatiga ante esta belleza. Más bien al contrario: es el niño quien se agota de darnos ese espectáculo y va haciéndolo más pobre, adoptando esa alegría de los adultos, menos pura, menos espontanea, más impostada, que requiere de vez en cuando un poco de tristeza para tener una cierta naturalidad, por ser la tristeza, a cualquier edad, la más real y auténtica de nuestras emociones.

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¿Por qué creemos mejor encontrar a alguien sin proponérnoslo, dejar que sea solo el destino quien nos traiga a esa persona y la ponga en nuestro camino cuando menos lo esperamos? ¿Por qué ese desprestigio para los amores buscados de manera explícita, para quienes trabajan y pelean en esa búsqueda y no esconden su necesidad de hacerlo? ¿De dónde viene ese ideal romántico del azar frente al trabajo y la dedicación, como si el uno preservara la honestidad del vínculo y el otro lo fuera degradando de antemano?

Defiendo valorar los amores de la manera en que se valoran los hijos. No es tanto el linaje y el pasado quienes construyen estas uniones, sino el tiempo y la cercanía, la complicidad y el esfuerzo. Y como solo eso importa, mejor no juzgar si la otra parte la esperábamos con ansia o nos llega por un descuido.

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A veces tengo la sensación de escribir algo que ya he dicho, cambian las frases pero podría ser el recuento de otro día anterior. No importa. No importa en la vida ni tampoco en la literatura, no me he de sentir mal por repetir ese puñado de cosas que son en realidad todo lo que tengo, ni por llenar este cuaderno de reincidencias. En la vida y en la literatura, construir universos no es cuestión de poblarlos de personajes e historias, sino de definir con claridad los pilares sobre los que se articulan.

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¿Es el nacimiento de un hijo el momento más feliz de la vida? No lo creo. Es tal vez el más intenso, el que más cambios trae, el más significativo, y qué duda cabe que viene lleno de felicidad, pero hay otras felicidades mayores. Sin ir más lejos, la del propio hijo a lo largo de su vida, que es una felicidad creciente, por cuanto a medida que se aleja de esa emoción del inicio va dejando lugar a un amor más fundamentado, a unas rutinas plácidas, y, sobre todo, a la satisfacción de ir viendo cómo se construye día a día esa vida común.

No hay que tenerle miedo a esta clase de afirmaciones, ni tampoco a desmitificar el valor de los instantes sagrados que hemos dejado atrás. La vida puede venir con malas noticias, y pudiera ser que todo lo bueno haya quedado ya en nuestro pasado, pero también es posible que nos quede lo mejor por delante, aun si ya hemos superado los episodios donde se suponía que estaba lo más valioso de la vida.

Pensar que la felicidad mayúscula llega con un hijo, o que lo mejor de la vida está entre ciertas edades, todo eso no son más que generalizaciones muy poco acertadas. Creer en ello solo sirve para perder la esperanza y el deseo de búsqueda, y una vez que eso sucede, desde ahí no resta más que una cómoda antesala hasta la muerte.

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Paseamos y me pregunta por el paisaje y los cultivos. Quiere saber qué es lo que ha empezado a crecer a las afueras del pueblo, ese verde aún tímido que empieza a despuntar, y si se trata de girasoles como los que recuerda haber recogido en esa parcela. Yo le digo que no lo sé, y no parece importarle. El paisaje es suyo de todas formas, y también los colores de las parcelas, y sus ritmos, y la verdad misma de la tierra. No importa que no sepa más y no sea ella quien trabaja el campo para darle forma, igual que no importa para sentir como propio el horizonte no haber sido uno mismo quien lo ha trazado. Basta con crecer junto a lo que se ama, eso es cuanto hace falta para forjarse pertenencias.

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Abajo el día lluvioso, el cielo ceniciento, el paisaje de distancias cortas. Aquí arriba la luminosidad del sol puro, el relieve de un mar de nubes tupido, las sombras nítidas, el espacio sin límites.

Volar, dicen, ha sido siempre el gran sueño del hombre. Explorar los cielos y esa parte del mundo inaccesible allá en las alturas. De ahí viene la aeronáutica moderna, esta forma de desplazarse que hoy no tiene ni mística ni épica alguna, demasiado rutinaria, como si asumiéramos que esa facultad nos fue dada y no hubo que soñarla y perseguirla.

Pero a veces uno, incluso si nunca tuvo deseo ni aprecio por surcar los cielos, cree recuperar un poco de esa ensoñación primigenia, por ejemplo ahora en esa transición entre el gris a ras de suelo y este despliegue de luz y nubes. Y piensa que quizás el sueño no era aquel mucho menor de mantenerse en el aire como los pájaros, de volar tan solo por el vuelo en sí, sino la fantasía, esa sí grandiosa, de poder tener el sol limpio cuando uno quisiera, de elevarse hacia esta calma y esta claridad. Esto es, de dominar a su antojo la luz y los paisajes.

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Me inquieta la gente que con el aprendizaje se hace más inmisericorde y prepotente ante el trabajo ajeno. La sabiduría adquirida convierte a algunos en jueces más severos, investidos de una legitimidad para la crítica que no dudan en ejercer siempre que hay ocasión.

A mí, por el contrario, el conocimiento me hace más silencioso, me refrena a la hora de opinar sobre los demás. Por supuesto, me permite encontrar más errores, ver en el trabajo de otros las limitaciones que antes no veía, e incluso juzgar que son limitaciones que yo ya he superado. Es decir, saberme mejor que ellos o al menos con otra clase de carencias. Pero todo esto rara vez lo manifiesto. Porque al mismo tiempo que aprendo y mejoro en cualquier desempeño, descubro más sobre mis propios errores, soy más consciente de que cuanto uno hace es mejorable e imperfecto, y con ello creo que pierdo la potestad de juzgar la obra ajena.

Al parecer, no todo es cuestión de sabiduría y cultura, sino sobre todo de una cierta honradez a la hora de darle uso a nuestros talentos.

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Cuántas cosas las que uno ha leído escritas en alguna parte y no sabe de dónde vienen, no sabría decir en qué libro fue aquello, y ya es casi imposible rastrear su origen. Cuántos saberes sólidos, bien instaurados, que por no poder precisar su linaje se sienten casi como innatos. Y esos libros donde estuvieron inicialmente, ahora custodiando en reposo esas ideas a la espera de que otro las recoja, sin recibir el elogio que merecen.

El libro como fuente misteriosa, olvidada en la pequeña bruma de nuestra historia. El escritor como héroe anónimo. Qué imagen tan reconfortante esta antes de sentarse uno a escribir sus ideas.

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Hay una belleza tranquila en los gestos mecánicos, en todo cuanto hacemos sin casi ser conscientes de ello. La elegancia de esas tareas tan interiorizadas que las ejecutamos como si no existieran y pasan por nosotros sin avisar. Las aprendimos en otro tiempo, las pensamos, pusimos cuidado en ejecutarlas como creíamos que debía hacerse. Luego la repetición y la costumbre se ocuparon del resto.

Triste es una jornada sin desempeños así. No puede vivirse tan solo de territorios inexplorados. Necesitamos saber que algo de cuanto hacemos es ya infalible. Y hay que ocuparse cada día de ciertas tareas de esta clase, seguras e irreflexivas, y dejar que la vida tenga su rincón hecho de familiaridad y automatismos.

El hijo como fuente inigualable de tales ritos. Siempre trae algo nuevo, siempre una labor creativa, un descubrimiento, un error al que buscarle la manera de subsanarlo. Pero por cada una de estas novedades, dominamos otra tarea hasta el punto de poder llevarla a cabo sin proponérnoslo. Acaba por ser todo una interiorización de los cuidados, que es otra forma de decir que uno interioriza el cariño y termina por no sentirlo, solo necesitarlo.

Un día, frente al autobús del colegio, aún de buena mañana y mientras agita la mano para despedirse, uno tiene una especie de revelación y cae en la cuenta de que, aunque el día parezca recién empezado, acaba de obrar un pequeño milagro. Lo ha hecho de forma casi inconsciente, sin pensar en nada, como un autómata: ha ido junto a su cama con palabras dulces; ha esperado el despertar perezoso pero sonriente; ha elegido la ropa; ha preparado el desayuno; ha ido de la mano hasta el baño para hacer una limpieza breve; después vestirse, en esto no todo el mérito es propio, que ahora intenta delegar y solo echar una mano cuando haga falta, pero aun así también eso se hizo sin pensar, casi sin estar aún despierto. Y allí, digo, según se aleja el autobús, siente uno que su vida es mucho más sólida y armada sobre mejores mimbres.

¿Y si todo pudiera ser así, automático, como guiado por una inercia invisible, y al final del día se nos concediera una ventana de lucidez y consciencia, de autonomía, para ver que todo eso que hicimos de manera fría era hermoso, una heroicidad desganada, una bondad inherente de la que, sin embargo, no tenemos noticia?

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Como regalo, un libro es algo pobre. No por no ser capaz de despertar ilusión o cumplir con lo que de él se espera, o porque no sirva para despertar sorpresa, sino porque al mismo tiempo es una oportunidad perdida. Regalar un libro es bloquear un camino, cerrar la oportunidad de que sea uno mismo quien lo encuentre.

Es el lector quien debe dar con el libro, ir en su búsqueda, preguntar, rastrear, darle caza. Quizás dejarse sorprender por él entre una pila de tomos viejos, o acudir al llamado que le hace desde la estantería, o entregarse a él cuando, guiado por quién sabe qué instinto, lo coge aun sin conocerlo y lee unas frases que bastan para convencerle. Al lector le incomodan los intermediarios, prefiere tratar directamente con sus libros y que no le quiten el placer de esa conquista.

La llevé hoy conmigo a comprar libros. Su primera visita a un lugar así. La dejé junto a los de niños, y ella, ya con el cuidado suficiente, los fue curioseando. Yo mientras tanto hacía lo propio con los míos. Vino a mí emocionada con uno de ellos. No por querer que lo compráramos y fuera nuestro, sino por mostrarme lo fascinante que le parecían aquellas páginas y aquellos dibujos.

Me pidió que se lo contara. Nos apartamos a un lado y le leí un par de páginas. Luego le dije que mejor seguíamos en casa, y le pregunté si quería que nos lo lleváramos. Se alegró, yo creo que no pensaba que pudiéramos hacer aquello. Cogí un libro para mí, pagué, y volvimos a casa.

Ese fue el regalo. Desde que entramos hasta que salimos de la librería, todo el proceso completo, el juego de buscar cada cual su literatura, compartir nuestras capturas y salir de allí con ellas. La librería como un inmenso papel de regalo, uno de esos tan hermosos que se han de rasgar con cuidado, prolongando así la comezón morbosa de la incertidumbre.

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El lado teatral de la escritura. Ante unas frases más complejas, o cuando se me atora el fluir de la escritura, me veo repitiendo en voz alta algunos párrafos. Lo hago una y otra vez, con terquedad, probando la entonación y dándole un empuje distinto, como si quisiese buscar la inercia adecuada para que el texto continuara por sí solo y se completara sin mi ayuda. Y al hacerlo, me doy cuenta de que gesticulo y muevo los brazos sin saber bien por qué. Con lo silenciosos y pausados que creía que eran mis textos, algo interior sin manifestación física alguna. Pero es reconfortante ver la vida que hay en las palabras según uno las va ordenando y jugando con ellas, porque no hay conexión tan cercana con el texto como en estos momentos de dificultad, y quizás estos aspavientos tan cómicos tengan su parte de culpa.

Al final se vencen los obstáculos y el texto avanza y se le da cierre. Es entonces momento de revisar, de releer y pulir. Ahí surge de nuevo el movimiento; ahora no es todo el cuerpo, no son los brazos agitándose, sino solo las manos las que gesticulan. Parece que quisieran asir algo, las palabras mismas, para darles forma o para obligarlas a que sigan el orden establecido de la literatura.

Luego el texto definitivo, no hay ya más necesidad de escenificar tensiones. El cuerpo descansa con el convencimiento de haber vencido.

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Se acordó de un pequeño ramillete de florecillas que había recogido hacía unos pocos días, y a partir de ahí empezó a hablar con ilusión del tiempo que está por venir.

—Ya va a llegar la primavera, papá.

¿Qué puede haber más dulce que esto, más sentimental que ver a una niña que apenas ha empezado a comprender el discurrir de las estaciones hablar con esperanza de una futura primavera?

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No he sido consciente de la complejidad de la vida hasta que he empezado a compartirla con ella, a explicársela, a pensar en cómo mañana habrá de lidiar con todo lo que hoy todavía desconoce y cómo yo habré de estar a su lado para ayudarla a entenderlo.

El cometido principal de un hijo es sacar a la luz la profundidad del mundo, provocar en otros el vértigo que todavía es incapaz de sentir por sí mismo.

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Una postal que llega por equívoco, un mensaje en el contestador dirigido a otra persona, un correo electrónico que no es para nosotros; qué placer a veces el de recibir algo así. Incluso si no es nada personal, tiene el regusto de lo prohibido, de andar atisbando donde no nos corresponde, da igual que sea de manera involuntaria y por culpa de otros.

Un mensaje de esos hoy en mi teléfono móvil. Recordé las contadas ocasiones en que me había sucedido algo así antes, y me reí con este recuerdo.

Durante un segundo, vivir la vida de otro sin riesgo ni beneficio, solo el aire revitalizante de lo ajeno cuando uno lo hace suyo y no lleva intención alguna.

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En la foto están ella y mi padre. No duerme, pero tiene los ojos cerrados y se acurruca en sus brazos. Debía tener menos de cinco o seis meses, aún con el rostro de bebé en el que ahora casi cuesta reconocerla.

—Mira, papá, que chiquitita era yo —dice riéndose.

La consciencia del pasado, del cambio, de lo atrás que queda aquel que fuimos. Y todo ello sin pensar en lo que aguarda por delante ni en lo que significa ese avance del tiempo.

Prueba hermosa como pocas de que lo más valioso de la infancia es la ignorancia.

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El juguete ha de servir para levantar mundos. Un juguete es el sustrato de esos universos que el niño, criatura de múltiples verdades, necesita crear para salir adelante. Los juegos que nutren otras realidades, fértiles, generadores de lo que para nosotros son fantasías y para el niño certezas rotundas, esos son los que perduran. O si no, al menos los que vale la pena observar en la fugacidad de su gozo.

Por ejemplo, los juguetes de construcción. Mecanos y Legos, de metal, madera o plástico. Son la antesala del arte, de la literatura, de la música, que no son sino la expresión máxima de esa filosofía, la de armar el mundo con un puñado de elementos, ya sean palabras o notas o colores. Allí construye el niño, igual que el adulto lo hará después en esas otras ocupaciones, los pilares de su mundo, las piezas mayores a partir de las fundamentales. Las otras arquitecturas de nuestra vida las comenzamos a alzar con esos juguetes.

Luego están los que le permiten construir un futuro, que no es sino otro mundo en un tiempo distinto. Los juguetes en que el niño imagina otra edad, los que le permiten hacer las mismas cosas que los adultos y copiar sus tareas y sus rutinas. Los juegos de imitación, los juguetes que son una reproducción a escala de lo que usan los mayores, igual que el niño es una reproducción a escala de quienes lo aman.

Y por último, los juguetes con los que no crea como tal un mundo, pero con los que es capaz de explorar los que ya tiene. Juguetes viajeros, reveladores, que dibujan escenarios e invitan al pensamiento, a la imaginación, al asombro. Y si aquellos otros preludiaban el ejercicio de la escritura o la música, estos nos preparan para la lectura y la escucha, para la contemplación de los paisajes, para los viajes y los descubrimientos y todo lo que nos haga espectadores del milagro mismo que somos.

Está montada en su caballo de madera, balanceándose adelante y atrás cada vez más rápido. Mira para comprobar que la observo, buscando de mí esa amonestación ligera que le hará sentirse rebelde. Sonríe y baja el ritmo, ahora más dulce, trote musical, velocidad de crucero. Pierde la mirada hacia el frente y allá va, cruzando por quién sabe qué llanuras, disfrutando de quién sabe qué libertad de amazona o fugitivo, viajando a lomos de un balancín a través de su mundo. Lo que sucede tras la mirada de un niño mientras viaja así nunca llegaremos a entenderlo.

Se gira de nuevo hacia mí. Me mira escribir y vuelve a reírse. Sigo sin entender su viaje, pero ella, en la transparencia de ese gesto, se diría que entiende bien este mío, el de estas palabras, el de estas piezas con que juego a ensamblar un universo para que ella pueda habitarlo mañana si lo desea.

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Se había quedado un olor húmedo, ni siquiera aroma de lluvia, porque aquello no alcanzaba ni a chubasco veraniego y no había dejado más que un puñado de gotas. La iglesia anunciaba el mediodía con repicar bien timbrado. Lo escuché desde la salida del pueblo, como una despedida o el deseo de buena ventura para alguien que zarpa, y con aquel comienzo tan ceremonioso no me quedó más remedio que alargar la caminata para que estuviera a la altura del momento.

Por el camino cantaban hoy con más fuerza que nadie los verdecillos, con ese chirrido suyo desde lo alto de las ramas. Se arrimaban las golondrinas a los trigales tardíos y sin cosechar, cortos pero aun así secos, todos ellos sin relieve. De tan iguales que eran los trigos, y de tan poco viento que hacía, parecían más un suelo firme que otra cosa. Hasta que de entre ellos salió un corzo y echó a correr, y al verle surcarlo con esa gracia suya, el campo se convirtió en mar, un mar de ritmos bien ordenados, casi cómicos, como ese con olas de cartón y tabla que usan en los decorados antiguos de los teatros.

El paseo duró una hora exacta. Al entrar al jardín, sonaba de nuevo la campana, esta vez con un golpe único, seco. Recordatorio del litigio perenne entre la verdad y el silencio.

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Después de la comida, en el jardín sin hacer nada. El sol es intenso pero todavía no incomoda, no pica; es el tiempo perfecto para disfrutar del campo.

Me invade un sopor espeso y me voy escurriendo; se vencen los párpados, la cabeza, voy a quedarme dormido.

Dormirse ante este sol y este día, qué forma más dulce de revolución. El mundo ofrece lo mejor de sí mismo y uno lo ignora, prefiere sin más ejercitar su pereza. Es la rebelión del hedonismo sosegado, discreto, pero hedonismo al fin y al cabo.

Duermo. El triunfo se consuma en silencio, sin violencia.

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La vida lejos de un hijo tiene algo de ajeno. De estar viviendo lo que no es de uno, lo que le pertenece al otro y se disfruta hoy sin su presencia; un préstamo concedido por el único propietario legítimo, tal y como él lo es hoy de nuestra vida.

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La felicidad se conquista en los días luminosos, pero se decanta y se paladea en las jornadas grises. El sol de ayer ha dejado un cielo casi negro, un silencio de llovizna, el aire quieto como a la espera de algo violento. Salgo al jardín y lo voy rememorando todo muy despacio: la calma de ayer, la sensación de completitud, la enésima confirmación de que uno tiene buena fortuna. Luego vendrá ella y saldremos a pasear. No importa que el día sea triste; la felicidad rara vez es una cuestión absoluta, es más un asunto de contrastes.

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No sirven las buena palabras de terceros, ni siquiera cuando estos son voz autorizada o incluso con más criterio que uno mismo. No sirve la bendición de un público u otro, la critica bondadosa, las condecoraciones de una u otra clase. Si el creador no se siente convencido de su trabajo, no hay manera de recuperar el bienestar salvo esperar a que el tiempo obre el milagro contrario de dar lustre a esa obra que hoy cree insuficiente. La creación y el arte son inmunes a la lisonja, solo el orgullo y la vanidad pueden alimentarse de esta.

Aspiro a escribir algo de lo que pueda sentirme siempre satisfecho, un texto sobre el que tenga un convencimiento sin fisuras. La única meta de la escritura es obtener el beneplácito de uno mismo.

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A cada lugar su manera de ir envejeciendo. Al sur, el sol inmisericorde, con los escaparates de los viejos negocios que pierden con prisa el color de sus reclamos. Junto al mar, la humedad y el salitre, la huella de óxido que queda en los quicios de las ventanas. Al norte el frío, la fractura del hielo y ese aspecto congelado de no envejecer, degradación esta peor que ninguna otra, pues no cambiar es de por sí una manera de echarse a perder.

A cada lugar su deterioro, su estrategia para elaborar ruinas y olvidos a los que unos y otros llegamos más tarde, y da igual si resulta exótico o no, encontramos idéntica huella de nuestro propio declive.

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La fragilidad como fuente de aprendizaje. Estar al lado de alguien frágil, indefenso, y aprender de ello. Todos deberíamos pasar por ese trance, y si no es con un hijo, que sea con otra persona. Ejercitar el cuidado desde nuestra firmeza y robustez, sentir el privilegio de la fortaleza, de la independencia.

La dejo en la cama y no tarda apenas en dormirse. La miro al apagar la luz. Parece incapaz de todo lo que no sea permitir que otros la protejan, incapaz de esas rabietas, de esas revoluciones, de ese carácter fiero que a veces saca. Solo dulzura, solo saber estar en las manos de otro.

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Acaso sea la belleza y la ironía de las palabras estivales el único consuelo poético a este calor del verano, porque esta es estación llena de voces melodiosas, gustosas en el paladar al pronunciarlas, y que aun así hablan de asuntos arduos. ¿Quién eligió para los conceptos más sufridos las voces más dulces? ¿Fue tal vez por hacerlos más soportables, por quitarle hierro a esas ideas?

Se habla ahora y se dice, por ejemplo, agostarse, palabra bellísima, bien torneada, de trasfondo sin embargo sombrío; o canícula, que al decirla tiene ese sonido juguetón y fresco aunque nos hable de bochornos y sudores.

Acaso sea esta la única poesía que se pueda extraer de estos días hirvientes en que también las musas se han quedado guardando reposo y a la sombra. ¿Qué otra lírica podría esperarse en estas condiciones? ¿Qué otra poesía en un tiempo en el que los atardeceres no desatan melancolías sino alivios, ese alivio de abrir la puerta a la tibieza de la noche y ver marcharse el sol sin desearle buen viaje, y lo más poético que acertaríamos a enunciar sería aquello de «a enemigo que huye, puente de plata»?

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Igual que las arenas del desierto son los árboles del camino, las plantas de los campos. Busca el caminante refugio del sol y los calores, persigue la sombra, desea un trago. Y de vez en cuando, traidoras y mentirosas, las frondas le devuelven un murmullo que quiere sonar al del agua fresca, como un espejismo este no de luz, sino de sonidos.

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En la escritura, hace tiempo que soy incapaz de los tonos sombríos. Nunca ha sido mi manera de escribir, pero ahora he perdido la poca habilidad que acaso tuve. Hice algunos textos así en mis primeros años, alguna poesía más desesperada, ese existencialismo tan errado y poco estético de la juventud. Por suerte, un talento y una necesidad que hoy se han perdido.

Está claro que se disfruta más esta escritura clara, despierta, vital. La satisfacción del resultado es comparable, para eso solo cuenta la literatura, pero el proceso tiene un confort agradable, un algo de avance nutritivo que no lo hay cuando uno lo hace en ese registro gris. La escritura doliente, como catarsis, siempre he pensado que es un mito exagerado e irreal.

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La risa como indicador fiable de la madurez.

Hago memoria de cómo ha ido cambiando la suya y recuerdo al menos cuatro tonos distintos, bien diferentes entre sí, cada cual con su significado y capaz de despertar en mí una emoción particular. Pero habrán sido muchos más, porque la memoria sonora es muy pobre, como también lo es la de los sentimientos.

Este de hoy tiene también los días contados.

Habría que grabar cada una esas risas, una carcajada por cada edad, y después escucharlas todas seguidas para ver resumido el cambio que cuentan, igual que algunos hacen mediante fotografías.

Y de la misma manera que uno es consciente de los otros cambios físicos, tratar aquí de combatir el tiempo, el deterioro inevitable de nuestra forma de reír, más grave que cualquier otro.

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Escucho cómo suenan sus juegos. Cerca de ella, recostado en el sofá, con los ojos cerrados. Cada cual en sus divertimentos; yo escucho y ella arma sus teatros. No habla, pero oigo los sonidos que hace, los de los juguetes y el cuerpo, las respiraciones, los pequeños resoplidos.

No hay sonidos más visuales ni ruidos más capaces de crear imágenes que estos. La imagino en todo detalle; la cara de frustración cuando suena una pieza que resiste a encajarse, el placer que ha de sentir al ir pasando unas cartas de las que oigo cómo las abanica, el murmullo muy débil de un peluche frotándose con otros juguetes.

La oigo acercarse después, y sé que viene a abrirme los ojos. Lo hace siempre, como si no soportara verme dormido. Nos reímos, y ella se asegura de que estoy despierto, consciente. Luego vuelve a sus juegos y se olvida de mí.

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Aprendemos a recordar con la muerte. Todo lo demás es evocación torpe. Muere alguien, algo, y solo entonces sabemos lo que es memorar el pasado, solo así vemos con claridad el ayer y lo que éramos.

El final de nuestra vida es, dicen, una luz al final de un túnel. El final de una vida ajena es una luz también, allá al fondo del túnel de nuestra historia, que ilumina lo que hay en este, los episodios en común que antes solo tanteábamos a ciegas en el recuerdo y ahora podemos ver con claridad bien distinta.

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Qué insistencia en buscarle grietas a la felicidad, se diría que no confiamos en que exista una felicidad robusta, inexpugnable, y que cuanto más intensa es esta, más frágil también ha de ser. La mía es tranquila, con futuro, de las más estables que he disfrutado nunca, pero también es la más satisfactoria, y me siento raro confiando a ciegas en su solidez.

Hay siempre algo que nos recuerda lo excepcional que es todo bienestar. Para que no bajemos la guardia aunque no haya enemigos.

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Me pregunta por algunas cosas de cuando yo tenía su edad y le digo que no lo recuerdo, que hace mucho de aquello y no tengo memorias de mis cuatro años. Nadie de mi edad las tiene, le cuento, pero no es capaz de entenderlo. Intento explicarle que con el tiempo se pierden los recuerdos, se sustituyen por los más recientes. Se sorprende.

Nos asusta lo que no hemos experimentado aún, más aún si se trata de pérdidas, y ella no ha perdido todavía ninguna de sus memorias. Las conserva todas, no ha tenido que desembarazarse de nada. La idea se le queda en la cabeza y la va rumiando el resto del día. A veces, cuando llega a alguna deducción, viene y la comenta conmigo. Quiere saber cuándo empezará a perder sus recuerdos.

El hijo como representación amable, a otra escala, de los problemas que nos atormentan.

Bendita época en que uno no teme aún por sus memorias y no ha de venir al papel a tratar de salvarlas.

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Aquello que escribía Tolstoi sobre las familias felices y las infelices, que las primeras se parecían entre sí y las segundas eran desgraciadas cada cual de su propia manera, se puede decir también de los libros. Es más fácil innovar en la tristeza, más sencillo ofrecer algo nuevo en el texto gris. Los libros dolorosos son más variados, más creativos, aun cuando puedan ser repetitivos y vulgares, y de hecho lo sean más a menudo de lo deseable.

Es mucho más complejo hacer llegar la felicidad al papel sin lugares comunes, sin fórmulas. La felicidad está reñida con la originalidad en cierta forma, y será por eso que son pocos los que la cultivan con éxito en sus páginas. Pero cuando se sabe contar, entonces es refrescante como ningún otro sentimiento escrito. Las felicidades se asemejan, pero una felicidad bien descrita y puesta con acierto en el papel, el recuento de una alegría y su imaginario, es un animal único, irrepetible. Eso sí, animal casi indomable.

Yo estoy aún lejos de ser capaz de ello.

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Dovlatov: «Desgraciadamente, escribimos nuestra vida sin borrador previo. No es posible enmendarla, tachando líneas sueltas. Tampoco corregir erratas».

El problema, más que no poder ensayar o revisar el texto que supone existir, es que este lo escribimos en muchas páginas distintas, en las de todas esas personas que hacen parte de nuestra vida, y se las damos a leer de inmediato. Y allí quedan, escrituras espontáneas sin posibilidad de retoque alguno, para que ellos las lean día tras día, en el recuerdo y en la imagen que guardan de nosotros, sin que podamos hacer nada por decirles que alcanzaríamos a ser mejores si tuviéramos la oportunidad de borrar algunas palabras.

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Más que tratar de hacer aflorar talentos improbables, lo fundamental es conocer las carencias que uno afronta. Quitarse de en medio ideas equivocadas y no pelear contra lo inevitable de uno mismo. Es así como se avanza. El arte es en esencia trabajo y terquedad, esfuerzo, y el talento más importante es saber hacer este de una manera productiva, bien enfocada.

Discurso derrotista tal vez, habrá quien diga que así no se rompen límites ni se abren mundos. Habrá quien a eso no lo llame arte; en esto abundan los que gustan de épica y de bombásticas genealogías de creador. Yo por mi parte voy descubriendo cada día con más convicción que esta verdad es por completo inquebrantable.

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En la solapa de un libro: «El autor dejó de escribir y pasó los años restantes revisando y actualizando su obra». Revisar y actualizar lo que ya tengo escrito, no añadir nada nuevo, solo refundición y adorno y pulimento. Ya hay material suficiente para ello. Ojalá ser algún día capaz de hacerlo.

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La sensación, en ocasiones, de que uno no hace sino acumular arrepentimientos y preocuparse por si estos ya son demasiados, aumentando el desagrado hacia sus propias acciones, pero consciente por alguna razón de que, cuando llegue el momento de mirar atrás, habrán de parecerle demasiado escasos, insuficientes.

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El tiempo y el trabajo afinan el desempeño de todo arte. Sin embargo, el talento que ha de haber tras todo ello está allí desde el inicio, sin pulir tal vez, pero íntegro y en buena salud. No hay más que releer lo antiguo, incluso lo más pobre que hoy uno quiere olvidar, para darse cuenta de que, más allá de la ejecución deficiente, es posible ver allí esa disposición creativa y esa capacidad. Acaso con más fuerza, porque en esto los años, como en tantas cosas, no aportan más que pérdida.

La evolución artística es, pues, una lucha contracorriente, el intento de no perder el tren de ese don creativo que confiamos en tener. Se apaga el talento y lo compensamos con mayores destrezas, aprendemos técnicas, comprendemos mejor lo que se ha de hacer y lo que no, somos más hábiles con las herramientas de nuestro arte. Le damos a nuestro potencial menguante una manera más sólida y correcta de expresarse. Y sucede que con esto mejoramos, somos cada vez mejores escritores, músicos, pintores, pero lo que queda con el tiempo es mucho de trabajo artesano y poco de arte puro. La competencia artística se alcanza las más de las veces cuando hemos perdido el talento innato y solo nos queda la mera laboriosidad y la pericia bien entrenada.

Salvo raros casos, a partir de un ciento punto resulta ridículo reivindicarse como artista.

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Lo maravilloso de la literatura es su aspecto inofensivo, lo poco vistosa que resulta. Simples letras, palabras, frases; la obra maestra con la misma apariencia que el ripio estéril. La literatura no impresiona a primera vista, no destaca; hasta que uno no lo lee, un libro es el objeto más banal.

Quién diría que las palabras, la misma sustancia con la que uno hace sus conversaciones rutinarias, la materia prima que todos conocen, cotidiana y simple, sirven para lograr propósitos tan altos.

Pero con ellas bien empleadas, la literatura es capaz de llegar más lejos que ningún otro arte. Lo maravilloso es pensar que detrás de ello no hay sino vocablos, silabas ordenadas, y que quien escribe no necesita más que eso, un material al alcance de cualquiera. Me fascina trabajar con elementos así, tratar de alcanzar la excelencia a partir de piezas vulgares.

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Tener cada día unas horas sin obligación, un tiempo libre que dedicar a las pasiones de cada uno. Poder disfrutar del ocio y de las aficiones ligeras, ya con el deber terminado. Requisito necesario pero no suficiente para un cierto equilibrio emocional.

Hay que ir más allá. Lo fundamental es el tiempo que queda cuando se cumplen no solo los compromisos ajenos, sino también los propios. Cuando se ha tenido suficiente tiempo para dedicarlo a uno mismo y aún sobran minutos en los que no se sabe qué hacer. Agotarse de las actividades que uno mismo elije de igual forma que se fatiga de las que la vida impone.

La vida florece en esos minutos muertos, estériles, tan difíciles de cultivar.

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Una de las maneras más satisfactorias de escribir un texto es la siguiente: se trabaja en él, se pule una y otra vez, se reescribe una frase aquí y otra allá, y poco a poco va tomando forma. Suena mejor, empieza a gustarle a quien lo escribe, pero aún no convence. Le falta algo. Habrá que trabajarlo más. Así se continúa hasta que, en cierto punto, uno acaba por aceptar que no hay manera de llevar esas palabras a buen puerto. Es inútil, no se puede sacar de allí lo que se desea. Un último intento, alguna corrección más, pero sigue siendo en vano. Y después de pensarlo muchas veces, el escritor borra lo escrito, lo desecha, y piensa que quizás la idea no fuera tan buena como parecía.

Pasa un poco de tiempo, a veces no más que unos minutos, y uno se sienta de nuevo a escribir. Escribe esa misma idea desde cero, pero por un camino distinto. Y ahora todo lo escrito suena como debe, ese es el texto que quería desde un principio. Lo estuvo buscando en otro lugar, en esas otras palabras, pero no era allí donde estaba. Y sin embargo, no lo siente como una pérdida de tiempo, ni ese texto borrado como un desperdicio. Aquel era el trabajo que llevaba hasta este nuevo resultado. Aunque de manera distinta, la labor de pulir la escritura se hizo en aquellos párrafos, no en estos, que ya salen limpios, casi definitivos.

Hoy escribí un cuento de esta manera.

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Le doy un helado y veo cómo lo disfruta. Las pasiones universales existen sólo en la infancia, eso pienso. ¿Habrá algún niño al que no le guste hacer esto mismo? Y si no son los helados, será algo distinto: otra comida, un juego, un simple entretenimiento. No ha de ser difícil encontrar constantes así.

Con la madurez se diversifican las querencias y los rechazos. Hay incluso quien pretende definir su individualidad en base a ello. Pero en la infancia compartimos más gustos que en ninguna otra edad, somos más que nunca miembros de una misma especie, hechos de verdades innatas, puras.

—¿Quieres comerte tú uno, papá? —me pregunta.

* * *

La escarcha es indudablemente más estética que la nieve, como una versión sutil y elevada de aquella. Veo el campo helado esta mañana y pienso que sería burdo cubrirlo de nieve, le quitaría la elegancia que ahora tiene.

* * *

Medianoche y estoy a punto de irme a dormir. Leo en el sofá y de pronto ella grita «¡Papá!». No respondo, sé que lo más probable es que no sea más que una falsa alarma. Si quiere algo, volverá a llamar.

No lo hace. Subo antes de acostarme y duerme profundamente. Fue un fogonazo en mitad del sueño, quién sabe de qué manera habré pasado por su cabeza.

No me llama, solo me nombra. No pregunta para saber dónde estoy; me invoca para convencerse de que sigo cerca.

* * *

Aprendió esta mañana en un cuento la costumbre de deshojar flores cuando uno tiene dudas sobre un amor. Le gustó la idea, y en cuanto el día ya invitaba a pasear, pidió que saliéramos a buscar margaritas para darnos nosotros a ese ritual.

Encontró unas en el jardín y allá que se puso a arrancarle sus pétalos a la primera de ellas, para saber si yo la quería o no. Le salió que no. Me miró confundida, incapaz de entenderlo, como si el diseño de aquella flor fuera incorrecto. Estaba convencida de la infalibilidad del método, pero no podía creer el resultado. De pronto aquella manera de preguntarle a la vida se le antojó sin legitimidad alguna, y dejó tirado en el suelo el puñadito de otras flores que había recogido junto con aquella.

—Papá, tú me quieres, ¿verdad?

La pregunta era retórica, por supuesto. No buscó respuesta y se sentó en el columpio a esperar a que me acercara para darle impulso.

Poco importan las supersticiones, los designios, el destino mismo, cuando uno tiene confirmación tangible de los sentimientos.

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Me gusta oírla en el silencio del pueblo. Los gritos que da mientras se columpia, la risa nerviosa cuando la encuentro al jugar al escondite, la mera conversación que hacemos cuando paseamos.

Lo valioso de este lugar no es el silencio en sí, eso sería quedarse tan solo en el cliché. El valor está en el lienzo que ofrece, en poner otros sonidos sobre él y en la manera esclarecedora en que resuenan así, al aire libre, sin impedimentos.

El silencio como herramienta para conocerse uno mismo, eso no es más que un tópico gastado. El silencio para conocer a los demás, para explorarles, esa es su verdadera fuerza.

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La huella del ser humano en el paisaje, en la naturaleza, en sus semejantes, ¿por qué ese empeño en menospreciarla? Dejamos a veces un rastro desagradable, heridas en lugar de genealogía, pero cuando no es así, la manera en que moldeamos el mundo es el más noble de los espectáculos, el más enriquecedor de los procesos.

¿Por qué dar tanto valor a lo que aún no tiene señales de nuestra especie, a lo virginal, a lo que es todavía independiente de sociedades y hombres? La naturaleza primigenia, el paisaje virgen allá donde no habitamos, el joven aún no contaminado por las costumbres de la tribu. Belleza de lo puro, que es real y objetiva, pero no mayor que la de su realidad opuesta.

Para otros esa pureza del mundo sin nosotros. A mí lo que me hace vivir es ver la bondad de la que somos capaces.

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Sería todo mejor si, en el arte, la crítica no tuviera un rango superior a la alabanza. Las buenas palabras corren siempre por el filo de la sospecha. Dar beneplácito a una obra es admitir que el autor ha sido capaz de conquistarnos, de engañarnos con su arte en cierta manera. Pero, ¿y si el engaño fuese real? ¿Y si hubiera algo que no hubiéramos sabido ver, un defecto pasado por alto? La reputación de quien ensalza está siempre en entredicho.

Es más seguro buscar los puntos flojos, no mostrarse débil a ninguna clase de embeleso. Criticar lo hermoso es un error más perdonable que ensalzar lo que carece de valor.

Cuanto más agresiva es la crítica, más cobarde es quien la enuncia. Lo verdaderamente valiente es confesar la pasión por un artista, una obra, a sabiendas de que puede valernos un desprestigio.

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Regresamos de un paseo y propone que nos sentemos en uno de los bancos que hay a la entrada del pueblo.

—Vamos a ver el atardecer —dice.

Quedan más de un par de horas hasta que el sol se esconda, pero ella se queda mirándolo, convencida de que el ocaso está por llegar en un instante. Me siento a su lado y así esperamos durante unos minutos, frente a las colinas, sin que nada cambie, con la misma luz intensa sobre el campo.

Cuando se cansa, se levanta y me dice que la siga. Proclama que ha sido un atardecer bonito.

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Me disgustan las visiones de la naturaleza cargadas de épica, el mensaje de que la libertad del campo y los espacios abiertos requiere aventura, riesgo, soledad, alguna clase de esfuerzo excepcional. La literatura que cultiva estas visiones me aburre, la encuentro fatua.

La naturaleza es una verdad espontánea que no requiere épica ninguna. Para el ser humano, la naturaleza debiera ser asunto rutinario, mera cotidianidad.

Reivindiquemos esta manera de contar lo salvaje, el significado de esta palabra más allá de toda retórica grandilocuente.

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Se sabe que podrá encontrar la salida y volver a volar al aire libre, por el mismo lugar por el que entró o por cualquier otro. Y aun así, qué triste es la imagen de un pájaro dentro de un edificio, como este que ahora ha venido a revolotear cerca de mí dentro del aeropuerto y parece tan perdido. Le sigo con la vista por ver si encuentra la manera de escapar y regresar al campo, a ser posible con alguna miguita que le compense este encierro.

Por suerte, sé poco de cautiverios, pero con estos pensamientos me atrevería a decir que, cuando se trata de estar encerrado, el tamaño de la jaula ha de tener poca o ninguna relevancia.

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La poesía es una cura de humildad insuperable. Cuanto más capaz es uno de dar aliento lírico a sus versos y más se sabe merecedor del título de poeta, menos entiende el porqué de todo ello. Ahondar en la poesía es ahondar en el desconocimiento, porque está en la naturaleza de un buen poema el tener una génesis indescifrable.

¿Por qué hay más poesía en estos nuevos versos que en los anteriores? ¿Cómo lo explicamos, cómo podríamos enseñar a otros la manera de seguir un desarrollo similar? Construirse como poeta es aceptar las limitaciones que tenemos para entender nuestro propio arte.

De todo esto no es difícil inferir lo que significa la arrogancia de ciertos escritores, y más aún de aquellos que utilizan el título de poeta con la pompa misma de un título nobiliario.

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Hoy hace un año que murió. Harán una misa el domingo, pero no iremos.

Qué rápido pasa el tiempo. Lo hace siempre, lo vemos en todas partes: en uno mismo, en un hijo que crece, en lo atrás que quedan las historias que compartimos con otros. Pero tal vez en ninguna verdad se advierte esa velocidad como aquí, en el desfile de esas muertes ajenas y algo distantes que uno ve pasar desde la barrera a toda prisa.

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Si lo que escribo lo entiendo como una forma de seguir vivo, no tengo claro de qué manera me gustaría quedar para la posteridad: si prefiero dejar algo que permita descubrirme y recordarme como buen escritor, o algo que sirva para hacer lo propio con las virtudes humanas que pudiera tener. Es decir, dejar quizás unos pocos textos más pulidos, sin fallos, solo uno o dos libros con la mejor literatura de la que sea capaz, o bien dejar todo, preocuparme por contar sin falta mi filosofía y mi historia, mi verdad, con una literatura que sirva no más de vehículo para todo ello, suficiente pero secundaria.

Como digo, no sabría decir a día de hoy qué propósito se me antoja más valioso al escribir, si preservarme como escritor o hacerlo como persona.

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Al final de la tarde, por la carretera que rodea el pueblo. Lleva su bicicleta, acaba de aprender a montar sin los ruedines, y el tramo recto y llano es inmejorable para que practique. En la cabeza, el casco nuevo que le compré el otro día, del color que ella eligió.

La imagen es poderosa, se abarca un paisaje inmenso. Ella va en una esquina del plano, todo muy cinematográfico, avanzando delante de mí con su equilibrio aún titubeante. Cuando se para, da la vuelta para confirmar que la he visto.

Cuando uno disfruta ya de una cierta libertad, no hay mejor manera de sentirse más libre que ver a otros disfrutar la suya. Sobre todo a quienes saben hacerlo de forma más provechosa que la nuestra.

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Sirve de poco fotografiar monumentos hoy día, siendo que pueden encontrarse instantáneas mejores por doquier, en las que el arte fotográfico de otro le hará más justicia a la grandiosidad del lugar que lo que uno va conseguir. Pero por eso mismo, hay algunos de esos monumentos en los que debemos tomar nuestras propias fotografías y que estas sean pobres y sin relumbre, que no luzcan tan espectaculares, para recordarnos que ese destino, a pesar de lo impresionante que lucía en las otras imágenes que vimos de él, tiene poco que contar y ni siquiera hubiera merecido visita.

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Insisto, hoy con más convencimiento que nunca, en la idea de que la felicidad no es producto de un instante, sino de nuestra historia, de la tranquilidad del presente, y de la seguridad y los augurios que hacemos sobre nuestra felicidad futura. Lo demás son solo destellos, alegrías pasajeras, cosa bien distinta.

Sobre esta filosofía, estoy tentado a escribir que estos son tal vez los días más felices que recuerdo.

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No dice «dibujar un mapa», sino «crear un mundo». No entiende que el papel guarda solo réplica de un universo, sea real o imaginado; para ella, su creación es tan real y legítima como la realidad misma.

Se sienta con unos rotuladores y pinta. Para qué ser tan solo cartógrafo, si uno puede ser hacedor de mundos.

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El convencimiento de que su infancia es mucho más hermosa que la que yo tuve. No porque la mía no lo fuera, o porque envidie su dicha y crea que salgo perdiendo en la comparación de ambas, sino porque es mucho más hermoso deleitarse en contemplarla, ser feliz a partir de su felicidad, que perder el tiempo en el recuerdo de mis propios inicios.

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La madurez del viajero es sobre todo cuestión de perspectiva y largo plazo. Al inicio buscamos los disfrutes fugaces, los lugares que pueden proporcionarnos felicidad y placer durante un día, quizás solo unas horas, aun si en ellos vayamos a quedarnos toda una temporada. Será un periodo hecho de jornadas distintas, sin rutinas, un destino nuevo cada mañana aunque despertemos en la misma cama.

Más tarde le tomamos gusto al viaje reposado. Cultivamos la querencia por los sitios quizás menos deslumbrantes, destinos de goce tímido en los que, sin embargo, poder acomodar un plan duradero, asentarnos en cierta forma, empezar a aprender ese arte de poseer lo que nos es ajeno y distante.

Al final, importan poco los disfrutes breves, incluso si el viaje sí lo es y nuestra visita es fugaz, porque lo que nos atrae, lo que hace que valga la pena un viaje, es llegarse hasta lugares donde tal vez no hay nada, vacíos de sorpresas y relumbre, pero en los que seríamos capaces de instalarnos a pasar la vida si hiciera falta.

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Qué instrumento tan eficaz como inquietante es hoy un mapa para ocultar la diversidad. Verdades incompatibles, culturas de valores opuestos, realidades que nada saben una de otra, todo ello representado en idéntica simbología y desde idéntica mirada. Quién acertaría así a desentrañar la pluralidad del mundo.

Las carencias de un mapa no están en su escala, en la precisión siempre insuficiente de sus medidas. Están en esas otras dimensiones de las que no hace inventario la topografía, y que ahora, en lugar de quedar al arbitrio de la imaginación y el deseo cuando se consulta un mapa, se resuelven en una homogeneidad de colores y símbolos.

Hoy más que nunca, el cartógrafo debe ver el mundo sobre el terreno para dar significado a sus cartas. Comparar la realidad y la réplica torpe de ella que supone un mapa, y ver que nada tiene que ver este con aquella. Que el objeto del mapa no es recoger un lugar, sino ayudar a entenderlo a quien ya lo conoce. Y que eso es y ha sido siempre lo más fascinante de crear uno de ellos.

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Dame cualquier causa noble y encontraré a quien hace de ella un uso innoble. Repito esta frase a menudo cuando alguien, siempre escorado en demasía hacia ciertas posiciones ideológicas, se aventura a desprestigiar la opción que no acepta y busca para ello un ejemplo de mala praxis alrededor de esta.

Qué ridículo es ese intento de invalidar así las ideas, los hechos mismos, como si la bondad de un planteamiento pudiera rechazarse por lo que sucede alrededor de este. No existen verdades que solo congreguen comportamientos nobles, porque todo se presta a ser utilizado de maneras cuestionables. Y nada hay más fácil que abanderar por mero interés propio una causa en la que no se cree.

Desacreditar lo que uno no comparte suele ser más complejo de lo que se piensa.

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Volver a ver la belleza frente a la que uno ha estado antes y sobre la que ya ha escrito. Recordar esas palabras, saberlas ahora inseparables de cuanto se observa.

Paisaje hoy en esa rara profundidad en la que parece estar hecho de capas y más capas, una luz distinta a cada distancia, un infinito de planos iluminados que van perdiendo definición hacia el horizonte.

Podría repetir idéntico lo que escribí entonces ante esta misma vista, aun si no sería capaz de decir cuándo sucedió aquello, en qué estación, si fue hace algunos meses o es cuestión de años.

El poder de la literatura para fijar y realzar el recuerdo.

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Desconozco cómo les gustaría a quienes me rodean ser recordados. Amigos, familia, no importa la cercanía; no sé cuál de sus talentos o virtudes querrían ver sobrevivir junto a su nombre. Con qué palabras desean que se hable de ellos, no acierto a imaginarlo. Y si cultivaron alguna pasión creadora, ¿qué parte de lo creado querrían dejar para mañana representarlos?

Esta cuestión es cada día más importante para mí, pienso a menudo en ello. Pero de los demás no solo ignoro qué respuesta darían, sino si acaso sienten inquietud por este asunto o ni siquiera se lo han planteado nunca.

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La anisotropía del tiempo vital. En retrospectiva, parece que la vida pasó demasiado veloz, llegamos hasta aquí sin casi darnos cuenta, el existir es un instante fugaz que solo cobra entidad en el presente. Mirando hacia el futuro, la sensación es la opuesta, que aún queda tiempo, que podemos en los años por delante ser capaces de todo; solo es cuestión de método y compromiso. En una dirección, idealismo, vértigo, quizás algo de arrepentimiento. En la otra, un estúpido optimismo.

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Acabábamos de acostarnos. Se levantó para ir al baño y pasó por nuestra habitación a darnos unos mimos.

—¿Es agradable dormir así como vosotros, abrazados? —nos pregunta luego desde su cama.

Hoy le recuerdo la pregunta y hablamos de ello, de lo que le respondí ayer, de las relaciones y el amor y las muestras de afecto.

No sé cuánto de ello le interesa, o si mis explicaciones tendrán algún efecto a corto plazo. Pero en el largo recorrido, espero que estas charlas modelen su educación sentimental de una manera nutritiva, que la lleven a amar y ser amada de un modo sano.

Introducirla en el universo de las relaciones y los afectos es una de las tareas de la paternidad que más disfruto. No sé si por saber que es algo vital para su bienestar futuro, o por verme yo en buena situación para ello.

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La palabra «huérfano». No creo haberla usado en este tiempo desde que murió mi padre. No me representa. Un niño es huérfano, pero yo simplemente no tengo padre. La orfandad es algo excepcional, algo que no debiera suceder. Sin embargo, perder a tu padre ya pasados los cuarenta es lo esperable. Doloroso, pero dentro del orden natural de las cosas.

Matices semánticos que hacen las verdades más digeribles, o al menos en eso intenta uno refugiarse.

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Sucede una tragedia y uno gana con ella un catalizador de sus propias tristezas, un comodín para invocar el llanto. Cuando le asedian penas ligeras, insidiosas pero sin entidad suficiente, las amplifica con el recuerdo de ese otro pesar mayor y así logra purgarlas. Extraño, pero tal es la dinámica del dolor, siempre caprichosa.

Murió mi padre y apenas lo recuerdo en los momentos de tránsito, en los ritmos cotidianos. Pero llega alguna pequeña melancolía, una tarde de humor flojo sin que haya una explicación para ello, y si me siento con necesidad de liberar esa molestia acudo a su recuerdo. Una imagen, un momento, y entonces ya mi tristeza es lo suficientemente intensa, puedo llorar un poco, sentirme mal y al mismo tiempo con el confort de que trae el mirarse no las heridas profundas, sino las cicatrices amplias, viejas, que ya no pueden abrirse.

¿Es así como va a funcionar a partir de ahora esa mezcla de dolor y memoria, de presente y de daño antiguo?

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No es cierto que la escritura permita contarse de mejor manera, o que haya rincones de uno mismo que no puedan alumbrarse sin literatura. Pero cuando uno comienza a narrarse por escrito, descubre sin remedio que ya no es capaz de ciertos ángulos sin pasar por el papel, que no todo lo que contiene puede materializarlo en el yo tangible de su persona y su propia voz.

La literatura no es un desdoblamiento; es una escisión. La completitud no existe en ninguna de esas verdades por sí mismas, sino en su conjunto, en la realidad y en lo literario, en el testimonio vital compuesto de ambas partes.

Yo no quiero que me lean para recordarme, o para descubrirme, o para sobrevivir en la literatura. Quiero que me lean quienes ya tienen esa otra mitad para así conocerme completo. Para que unan a lo que ya saben ese otro costado que solo sé desvelar en mi escritura.

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¿Cuál es la dirección correcta en literatura: escribir lo que uno siente y descargar en el papel el sentimiento, o expresar por el contrario aquello que le falta para buscarlo en el texto? Es decir, en la tristeza, ¿darse al gris como catarsis, o al texto luminoso que le ayude a uno a iluminarse? En la felicidad, ¿escribir líneas alegres y materializar ese impulso vital, o jugar con el drama aprovechando que se sabe lejano?. De otra manera: ¿literatura para uno mismo y con un efecto transformador y tangible, o artesanía sin consecuencias?

Diría que la imagen popular del escritor es la primera, la de quien se conduce en la dirección de su pulso. Pero yo soy más de la opción contraria, el escribir a contracorriente de los sentimientos, y apostaría a que la mayoría escriben también de esa misma manera.

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Viene bien un poco de vergüenza en literatura. Precaución, pudor, quizás autocensura. Es sano conocer los límites de lo que uno mismo tolera confesar, porque la literatura se pierde en la intimidad excesiva si es que no se sabe manejar esta. En la crudeza y el detalle, mejor pecar por defecto que por exceso.

Yo he intentado a veces contar más de lo debido, acaso por entender que la sinceridad y la confidencia daban entidad al texto. Pero no está entre mis talentos escribir con esa honestidad. Otros saben hacerlo: el recuento intimo, descarnado o demasiado personal es el que da valor a su literatura. Yo he aprendido a escribir sin entrar en lo más privado; más aún, sin caer en esa tentación.

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¿Hasta qué edad escribiré sobre ella de la manera en la que lo hago ahora? Es decir, como un descubrimiento, como un aprendizaje, o más bien dos que corren paralelos, el suyo y el mío cada cual en su territorio. ¿Es sólo una cuestión de autonomía, de saberla dependiente, infantil, en crecimiento? ¿Y si es así, cómo hablar de ella cuándo se supere esa frontera?

¿Qué significará el querer narrarla siempre de esta manera, con independencia de su evolución y su situación frente al mundo y la vida, como si lo que valiera la pena contar no fuera ella, sino este vínculo primigenio entre nosotros?

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A veces, al recordar alguna de las historias infantiles que he escrito para ella, habla de «el cuento», o de «ese cuento que ...». Sin mencionar que son míos y soy yo el autor, sin decir «tu cuento» o nada parecido, sino así, dándoles ese carácter genérico, universal. De narrativa sin autor, de cuento popular que todos conocen sin saber cuál es su origen.

Sé que no ha olvidado de dónde vienen, pero esa manera de citarlos me da un orgullo aún mayor, como si lo que escribo para ella hubiera trascendido y fuera ya parte de un canon amplio o de una tradición literaria que ella hereda, sintiéndose igual de especial que yo por ser en primer grado que sucede esa herencia.

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Qué necesario el tiempo que empleamos en pensar la vida. No en analizarla, no en valorar lo que somos y hacemos, no en pensar en futuros u opciones. Tampoco en evaluar nuestro papel y nuestra verdad, ni en filosofar o querer profundizar en este o aquel significado, que eso es asunto bien distinto. Hablo de pasar tiempo repitiendo para los adentro lo que acaba de vivirse, observar de nuevo sin afán de descubrimiento la película de sí mismo. Verse como espectador simple, no como crítico, no como juez de ninguna realidad.

Tiempo vacío, yermo incluso, si se considera desde el presente, pero bien empleado si es que uno quiere entender en su final el desenlace de la historia.

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Ninguna transformación igual que la del campo secándose. No bajo el sol, sería demasiado obvio, sino bajo la calma de un día gris sin lluvia. Qué elocuente el ritmo de los árboles dejándose secar por el aire, la hierba evaporando su humedad, la tierra bebiendo con morosidad sus pequeños charcos.

Estuvo lloviendo toda la noche, y por la mañana el paisaje estaba empapado, no le cabía ya más agua ni más desánimo. Quedó un día plomizo, diría uno que estático, porque aquella estampa parecía inalterable con la poca voluntad que las fuerzas de la naturaleza parecían tener. Pero aun así se fue secando el campo, es como una magia inesperada, y al llegar la tarde se asomó tímido un sol que ni siquiera fue bienvenido, porque se le sabía innecesario.

Hay ya hojas caídas al pie del tilo. Pensaba recogerlas un día de estos, comenzar el ritual de la jardinería otoñal, pero las dejaré secarse un poco más, tal vez hasta que crujan de nuevo un poco al pasar sobre ellas.

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Hay una diferencia fundamental entre lo estéril y lo inútil. Trabajar con ánimo de mejorar en cualquiera de mis ocupaciones, salvo la literatura, me resulta hoy una pérdida de tiempo, cada vez tengo menos interés en ello. Perseguir algún fin es lo que me parece inútil, pero disfrutar de esas pasiones sin más sí tiene sentido. Es simplemente algo estéril, no produce nada, no hay avance ni destino, solo pasatiempo, y eso, además de mucho más tolerable, es reconfortante.

Perder el tiempo es estéril, y no hay nada malo en ello. Lo inútil, y eso sí acaba doliendo, es tratar de exprimir ese mismo tiempo sin tener claro un objetivo de cuyo valor se esté plenamente convencido. Y ya digo que, a día de hoy, yo solo encuentro este en la literatura.

Una vida estéril puede ser muy satisfactoria; una vida inútil es insoportable.

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Ninguna pieza que he compuesto, e incluso diría que ninguna que he interpretado, me ha emocionado tanto como aquellas que he escuchado y han sabido transformarme. En manos de otros, la música tiene en mí un efecto mucho más profundo. Podría decir lo mismo de la literatura.

Siendo así, ¿por qué me es más necesario componer, tocar, escribir, crear, en lugar de ser un simple receptor de la creatividad y el talento artístico de otros?

* * *

La vida está llena de situaciones en las que la excelencia es irrelevante. Sirve en ellas de igual modo alcanzar un cierto nivel mínimo que superar este con creces. Y siendo que el esfuerzo por sí mismo carece de todo valor y es una medida ridícula de la integridad de una persona, tiene sentido regirse en esos casos por una ley de mínimos.

Yo nunca me he esforzado más de lo necesario. Cuando he tenido la seguridad de haber llegado a un desarrollo suficiente, me he limitado a quedarme ahí, no he dedicado más tiempo a pesar de que, de haberlo hecho, mis capacidades me habrían llevado a un mejor resultado.

He dejado pocas empresas sin concluir, pero muchas de ellas las he cerrado sin hacerlas avanzar tanto como hubiera podido.

Este comportamiento contrasta con la idea que otros tienen de mí, quizás por haber dedicado incontables horas a distintas labores y haber hecho en ellas gala de un perfeccionismo inacabable. Cultivo una imagen de trabajador infatigable, y es cierto que lo soy, pero solo en aquellos terrenos en los que la excelencia me resulta valiosa.

He ahí el valor de no gastarse en esfuerzos innecesarios: el poder dedicar esa energía a verdades más sustanciosas para uno mismo, o al simple descanso, sin duda más edificante y necesario que la ridícula redención de sacrificarse sin tener ganancia tangible en el horizonte.

La pereza bien aprovechada es una virtud.

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La verdad es, en literatura, de rango muy inferior a la belleza. No tiene ni el mérito ni el peso de esta. El rigor es sencillo, no así la estética ni el arte. Nadie aconseja a un escritor que aprenda a ser más fiel a la realidad, sino que depure la forma de su discurso hasta que deje de importar si lo que cuenta es o no cierto.

Siendo de esta manera, cabe preguntarse por qué la literatura es un desempeño tan reputado, cuando sus principios son justo los opuestos a los que han de perseguirse en la vida.

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Ni la literatura ni la música, ya sea como creador o como simple testigo, me han servido nunca para superar los momentos difíciles de mi vida. No me han ayudado, no me han proporcionado apoyo ni sosiego. Más aún, me ha resultado siempre difícil y desagradable escribir, leer, hacer música cuando mi ánimo ha estado dolido.

Lo que la literatura me ha ayudado a superar son los sinsabores cotidianos, los ritmos flojos de mis rutinas. La vida en sí que nunca es lo suficientemente sólida ni amable. Los obstáculos sin drama, los tránsitos incómodos pero sin peligro real de dejar herida.

La épica redentora del arte es un lastre del que hay que deshacerse lo antes posible.

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Utilizar una palabra que el lector desconoce es un error de cálculo. Lo difícil es quedarse justo antes de esa frontera en la que se inicia la pedantería, escoger la palabra lo más exacta posible dentro de las que el lector conoce, pero una que él mismo no pensaría en utilizar; sorprenderle con nuestra elección dentro del territorio que él controla. En la diferencia entre lo que la lingüística llama lenguaje pasivo y lenguaje activo, ahí es donde el escritor demuestra su acierto, su mano izquierda.

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Lo fundamental de la vida está en los márgenes, apartado de lo hegemónico y lo mayoritario. Pero no, como piensan muchos, en los márgenes distantes, no en la radicalidad ni el extremo, sino en los flancos inmediatos, a distancia amistosa de lo ordinario y central. En ese olvido de límites difusos es donde tiene lugar lo más necesario.

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El placer de concluir la escritura de un libro es sobre todo una cuestión de futuro. Dejar atrás un hito que hoy se entiende como valioso y nos llena de orgullo, pero empezar a pensar ya en lo que seremos capaces de hacer mañana. Si la vida nos regala aún el tiempo suficiente, pronto no será más que un logro superado.

El fruto de toda creación no es más que una suerte de miliario en el que medir nuestro progreso. Confiar en que aún queda tiempo para vencerse a uno mismo, esa es la clave para saberse vivo.

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